viernes, 11 de junio de 2010

GRACIAS POR VENIR


Sales del edificio. El cemento te ahoga. El aliento condensado de todos los sufrimientos que se hayan de convención, forma una densa bruma en la que ya te es imposible respirar. Una de las plañideras te mira con desconfianza, no te reconoce, debe de ser una de las nuevas. Buscas en los bolsillos del pantalón, abres la mochila, las prisas nunca fueron buenas.


Se acerca borrosa, desenfocada. Te toca la espalda quemándote a su contacto y te dice: “te acompaño en el sentimiento”. Tal vez guardes un bozal en la mochila, pero como estabas buscando el tabaco tampoco te has parado a examinar todo el contenido. Nadie puede acompañarte por dónde ni tú mismo conoces el camino. Intentas centrarte en sus rasgos. Podría ser familia de los herreros pero no parece tener el mentón cuadrado, aunque tampoco serías capaz de asegurarlo. Lo único a lo que te recuerda es a un perro de esos guardianes de los dibujos animados, a un bulldog sin dueño y que ladra sin parar. Sus babas te acompañan en el sentimiento y para que no te aburras te regalan toneladas de condescendencia y lamentos de mercadillo en oferta. Para hacerte más agradable el camino te prestan su asco y su vida de mierda, sus temores y esperanzas, que harán de la tuya un lugar plácido, una casa de campo a las afueras, con huerto, mujer, un par de críos, a poder ser la parejita y un perro en el jardín junto a la piscina. Pero un perro que no se parezca a ella. Llamas mentalmente a la protectora para rogarles que no olviden la inyección letal, ya que al tratarse de un perro rabioso, nunca se sabe, y que no hay que dejar que se acerque demasiado, y que de hacerlo siempre es bueno poder lanzarle un dardo desde lejos, un tiro con puntería que la acalle, y que seque sus babas incontrolables, un dardo certero que le regale el descanso eterno. Sigues sin verla con nitidez. Su mano no se aparta de tu hombro y además de quemaduras te produce náuseas y urticarias.


Le dices mentalmente que se vaya, en el lenguaje de los perros, con patadas invisibles. Sonríes y le susurras con los ojos llorosos “muchas gracias por venir”. Te acaricia de nuevo arrancándote jirones de piel. “Me ha llamado la tía esta mañana para decírmelo. Tan de repente, y tan joven...


Muchas gracias. Cuando por fin te deja, te preguntas si fue real, si acabas de hablar con esa señora infecta o la imaginación te traiciona. El insomnio siempre ayuda. Vuelves a meter la mano en el bolsillo. Olvidas lo que estabas buscando. Haces recuento de tus últimos movimientos. El olvido salta a través de ellos y te lo pone difícil. Una lágrima se desliza por tu nariz y aterriza en tus labios. La saboreas y la necesidad de nicotina vuelve a tu memoria. ¿Dónde has dejado el tabaco? Miras a tu alrededor para ver si alguien conocido fuma. Una sombra te impide seguir la inspección. Se abalanza sobre ti y su peso te quita el poco aire que aún llegaba a tus pulmones. Sus convulsiones te sacuden como en un terremoto y sientes un río de lágrimas y saliva sobre tus hombros, acariciando con su ácido tus recientes heridas.


La sombra cae sobre ti en una puesta de sol repentina, y se te abalanza, cruel y húmeda. Descifras “te acompaño en el sentimiento” entre balbuceos y sollozos. Te sientes más solo que nunca a pesar de hacer años que tus sentimientos no experimentaban el tener lista de espera. El peso de las mantas que la sombra te somete bajo los sobacos es excesivo, el calor insoportable y la presión empieza a despedazar tu esternón. Tus sentimientos quieren estar solos, lo reivindican a gritos en un manifiesto silencioso, conciso y rotundo. Desean resguardarse en una caja de zapatos cerrada, en el reflejo de la otra parte del espejo escondidos en el revés de una esquina, estar a oscuras, sin voces ensordecedoras. No quieren ya estar ni contigo, les has cansado, y a ti ya no te quedan fuerzas ni para convencerlos de que permanezcan, ni mucho menos para acompañarlos. Te piden permiso, eso sí. Para descansar a solas. Se lo concedes sin hacerte de rogar. Te dejan con la sombra parásito que te sigue abrazando. La separas, controlando el impulso para que no se convierta en el empujón que agradecerían tus manos. Ya no distingues ni su forma humana. El bulto negro que tienes delante no se ha caído al separarlo de ti. No se ha abierto la cabeza contra el bordillo como continúas fantaseando. Intentas imaginarte cómo podría una sombra sin cabeza, perderla de un golpe. Desistes. Podría ser un familiar o un amigo, un curioso o un alma errante, un fantasma, una nube. Se revuelve y te repite: “te acompaño en el sentimiento”, por si no te habías enterado la primera vez. Sonríes con la broma interna que eso supone, ahora que sólo tú sabes que eso no sería posible, que se ha ido para no ser acompañado por nadie, y aún menos por una sombra sin cabeza. Por un momento dudas si revelarle esa gran verdad, miras a dónde se supone que se encontrarían sus ojos de haber tenido cuencas que los pudiesen acunar y le vomitas en un tono uniforme de contestador - teleoperadora “muchas gracias por venir”. Crees haber sonreído en ese gesto autómata que llevas ensayando todo el día, pero no estás del todo seguro. “Me imagino lo duro que tiene que ser también para ti.” También, también, también...


También resuena en tu cabeza con un eco que hace que la palabra se repita en diferentes melodías como en un coro de infinitas voces. “Erais tan buenos amigos”. Amigos se mezcla con También aumentando acordes, incorporando instrumentos para asemejarse a un lamento con aires de muerte, que bien podría estar saliendo de La Traviata o del Requiem de Mozart. En el escenario perfecto que representa un tanatorio cualquier sombra sin cabeza o perro baboso puede representar el aria cumbre de la ópera más decadente.


Fuimos buenos amigos, cierto, también. Pero no precisamente en el orden utilizado por el bulto, ni con el mismo sentido. Esta vez te giras, la educación huye junto al sentimiento, también está harta, bien que hace, ella que puede y tú sin razones para impedírselo. Dice querer refugiarse en el único ascensor sin remolque del mundo, escondido en una cueva a la que no llegue la luz del día ni se pueda subir a ninguna parte. Si tiene espejo, seguro que se ve la otra parte del reflejo dónde agazapada la aguarden tus sentimientos, al otro lado de esa esquina convexa.


Te tropiezas contra un árbol en movimiento. No ves la corteza pero crees distinguir lo que se supone que son sus ramas agitándose contra tus oídos, y entre las hojas escuchas que lo siente, que te acompañan, sentimiento, pena... Las palabras se intercalan con frases sin sentido. Oyes que la muerte en alguien tan joven es injusta. Piensas en la justicia del momento. Tú sin sentimientos ni educación, libre en una celda de dos metros cuadrados, sonriendo desde las rejas a desconocidos, estrechando la mano de enemigos, siendo abrazado por sombras, acosado por árboles, rodeado por formas tambaleantes y difusas. Piensas en la injusticia de haberle perdido y en el dolor que todavía no ha llegado pero sabes que lo hará sin hacerse esperar demasiado. Huyes del cemento y del olor a ataúd buscando una mano amiga, en la que puedas distinguir los dedos, y en la que subiendo por sus brazos nítidos puedas llegar a disfrutar de una verdadera sonrisa, la que sería la primera del día, y también del silencio que ansías.


Escapas del árbol removido por el viento que clama en voz alta y clara su relación con el “fallecido”. Bonita palabra, pulcra y precisa, aséptica y antierótica como comer una polla con condón, elegante como el macarra de barrio que asiste a la comunión de su ahijado. “Relación con el fallecido”. A fuerza de pensar en las varias veces, para diversos impresos, en los que llevas rellenando ese espacio desde esa misma mañana, lo adoptas como lenguaje propio, cercano y coloquial.


Cada vez que algún llanto suena menos o más cerca, se te parece al maullido de un gato. Los discursos sobre justicia, tu relación con el fallecido, estadísticas sobre accidentes de tráfico, sobre el sol maravilloso que luce en un día tan triste, sobre las relaciones homosexuales, o sobre el momento del día en que se habían enterardo de la malograda noticia. Sobre si habían cagado o se estaban lavando los dientes, sobre si habían recibido una llamada con sobresalto o un sms que no se creerían hasta haberlo leído seis veces. A todos esos discursos los unía un mismo hilo conductor y les faltaban únicamente las risas enlatadas, las de la escena más divertida de la teleserie de moda, la que dan a mediodía en cualquier cadena autonómica. Igual a la que se escucha en las emisiones de monólogos. Sí, efectivamente faltaban la banda sonora, las risas enlatadas y la gente con cara y ojos, las sombras con rasgos perceptibles. Faltaban las personas y sobraban las palabras. Los abrazos de la gente amable se habían esfumado con los fumadores y los paquetes de tabaco perdidos, a algún exilio en un país lejano con playa. Ya sólo quedaban inundaciones de complacencia de saldo, choques frontales e invasiones del espacio vital. El respeto a las reglas del juego ya reinaba en el ambiente sin dejar lugar en su dictadura al dedicado a las personas.


En una tormenta de verano viajan tus sentimientos y tu educación. Al fin han creído cauto volver, pero han decidido hacerlo a lo grande, the show must go on, cayendo sobre el mundo que se hunde sin haber sentido el aliento de una boca no difuminada. Caen en forma de granizo partiendo en pedazos a los árboles irrespetuosos de ramas inquietas, se desbordan en torrentes que disuelven las acuarelas difusas que ves a lo lejos borrando la dantesca escena, fluyen también en brillantes ráfagas de gotas apagando las sombras. Desaparecen de tu vista arrasados, todos de golpe, junto a la “relación con el fallecido”, los sinceros pésames y el resto de palabras que forman un charco de tinta al mojarse que tiñe todo lo que quedaba. Olvidas las firmas, las esquelas, los preparativos, los gracias por venir. Miras hacia arriba sorprendido de estar completamente seco.


* * *


Una sombra aparece a lo lejos. Por un momento te asalta el desconcierto de que todo empiece a reaparecer poco a poco. Bien podría ser un árbol, tratarse de un perro pero parece ir tomando forma de persona. Se acerca enfocado y ya solo puedes ver su sonrisa, por fin la primera del día. Sus ojos aligeran la carga que se colgaba sobre tus párpados por haberlos confundido con un trapecio. Recobras la respiración y el cielo vuelve. Su cuerpo te habla, te observa con detenimiento, te examina. Parece que has pasado la prueba.


Te estrecha contra su pecho y te hundes en su cama de agua acolchada, con cojines bordados de cariño y rellenos con calma. Con la destreza de un niño que redescubre, con la curiosidad satisfecha de un gato, y en su colchón te incrustas sin desinflarlo. Te pierdes en su abrazo, sin sentimiento ni educación, que siguen ocupados terminando agonías y destiñendo hipocresías. Sin prisas te entregas.


En una perfecta lectura de necesidades, en el momento en que las lágrimas comienzan a rascarte la garganta, se aparta dejando tan solo su mano en contacto con la tuya, lo suficiente para que no te tambalees. Te sigue mirando en silencio. Sabe que estás roto, que tus añicos están esparcidos por el suelo y que cada paso que alguien da sobre ellos los convierte en polvo. Sabe lo que lo sientes y que jamás podrá acompañarte más lejos de dónde ya ha llegado,. En silencio, te sonríe y te pone un cigarro en la boca después de besarte los labios. Coge otro para él y los enciende. Os paseais bajo el sol. Tu disfrutas de cada una de las caladas como si fuese la primera, él se entretiene tirándote piedras por la espalda. Por un momento las estrellas se apagan.


4 comentarios:

Xim dijo...

Y eres tú el que me pides que yo deje algún relato más, venga, venga, prefiero leerte a ti hombre...

Plas! plas! plas!...

Besotes

Xim

TUT dijo...

Omar: Nuevamente me dejas sin habla, aturdido sin saber de decir ni que comentar. Tu relato es profundo, íntimo que logra describir toda esa mezcla de sentimientos que nos envuelven ante la partida de alguien a quien queremos, ante la paradoja de la muerte, cuando " todos los sentimientos se hayan de convención". Las frases hechas, las sonrisas fingidas, los agradecimientos con los dientes cerrados, el no saber ni que se siente, el querer acompañarte en el sentimiento que ni tu mismo sabes donde está, si, entonces " los sentimientos quieren estar solos " y lo piden a gritos, pero el mundo no parece darse cuenta mientras asiste al rito final. Ignorar que todos tenemos derecho al dolor, que no es bueno evitarlo ni con Trankimacin si no quieres dejar una herida de por vida en tu alma, que nuestro tiempo de duelo es nuestro y no puede compartirse y que lo único que se puede hacer con alguien que queramos en una situación así, es quizás darle un beso y ponerle un cigarrillo encendido en los labios...

Soberbio ....., no tengo palabras

Omar, te recorde especialmente en Siria, hubo momentos dignos de un relato de los tuyos.

Un fuerte abrazo.

عمَر dijo...

muchas gracias a los dos... soledad cuando sobra gente, desgarro cuando el dolor aún no ha llegado, palabras y caras difusas en un acto tan concreto... y mucho, mucho cariño al final, con el respiro a través de un cigarro amigo...

tut, te leo una vez pase el día de mañana, q ando muy liado con lo del espectáculo.

por cierto, os pongo la web del mismo, ya q no sé poner el enlace directo.

www.zugarramurdi.eu

besos brujiles

TUT dijo...

Por cierto, he estado mirando el video de Zugarramurdi y he intentado ver de uqe ibas disfrazado, pero no he logrado reconocerte.
Me han gustado esas sombras proyectadas en la roca de la cueva.
Espero que no te hayas cortado con una guadaña.

Un beso