martes, 1 de febrero de 2011

receso


desde el principio he usado la blogosfera más como terapia que como verdadera plataforma de difusión...

en la actualidad mis necesidades son otras, y la energía para mantener al día este espacio con el único nivel de calidad que para mí sería aceptable, es demasiada, y en tiempos de crisis el ahorro resulta indispensable...

así que, os agradezco tremendamente el haberme seguido, tanto a los que me habéis leído en silencio como a los que me habéis hecho partícipe de vuestras opiniones, siempre generosas y alentadoras.

gracias de todo corazón.

quedan dos series abiertas que tal vez complete algún día, el trío de corazones y mis diálogos capitales, cinco escritos pendientes que convierten esta entrada en un posible hasta luego, con poema incluido que también cierra una serie que trataré de recopilar en poemario.

gracias de nuevo a tod@s.

besos y más besos.

con cariño,

omar.


despedida


hoy me levanto
y te pregunto sin boca,
¿qué es una noche sin sueños?
un palacio sin ventanas,
un acantilado sin rocas.


¿qué fue de las mañanas
con párpados abiertos,
con néctar en las copas?
¿por qué no sale el sol?
¿por qué ya no me tocas?


¿qué pasó con las tormentas,
lejanas y lluviosas?
pregunto y tu respondes,
silencio.
espero una respuesta,
tan solo llega el viento.


ansío ansiar
espero a esperanza,
madera sin tallar
que transformas en lanzas
para atravesar mi vientre,
vaciando mi templanza.


hoy me despierto
y te pienso sin cabeza,
te deseo ya sin ganas,
cementerio de belleza,
dónde los cuervos cantores
reinan con nobleza
arrebatándome el alma
cultivando en mí pereza.


me siento a esperarte,
como una luna sin cielo
en un horizonte sin montañas,
chequeando pasajeros
en un barco que no zarpa.


¿qué fue de los muelles con agua?
¿qué pasó con los puertos
que se hundieron en la nada?
¿dónde fueron los aciertos
que respiraban las algas?
¿dónde escondiste el desconcierto
al que sin ti me arrimaba?
¿que sucede con el dolor
cuando no se puede levar anclas?


y las nubes me responden,
por escrito,
en un papel en blanco
con una pluma sin mango,
que de nuestro buitre arrancaron
con cariño en los infiernos,
entre la carne podrida,
mientras se acababa el invierno.


hoy me incorporo,
avanzando sin piernas,
separando las sábanas
a mis llagas enganchadas,
corriendo las cortinas
sin levantar las persianas
de correas desconchadas,
roídas por la desidia.


y te recuerdo sin memoria
en el lago del olvido.
¿qué pasó con la euforia
de los niños prodigio?
tal vez fueron abortados
por no pedir cobijo.
¿qué ocurrió con la tristeza
de esos padres desolados?
¿se los bebió la pereza
por haber sido descuidados?


las fuentes están secas,
los caminos desiertos,
ya no quedan sorpresas,
ni animadores despiertos.
la vida cerró sus puertas
a los payasos ya muertos.
se acabaron las entradas,
se agotó el último aliento.


y te beso sin labios,
me correspondes,
silencio.

lunes, 17 de enero de 2011

LA PEREZA DEL DIÁLOGO



ACTO I

- Entonces bastaría con estar cansado...

- Por supuesto. ¿Para qué buscar motivos más elevados?

- Es que eso querría decir que si se tiene un mal día o uno simplemente se levanta cansado, ya sería suficiente, y la verdad es que me parece un tanto frívolo...

- Frívolo, si basas una decisión tan importante, o mejor dicho tan amplia, únicamente en la serie de hechos concretos de un sólo día. Si se es mínimamente inteligente, se supone que se posee algo más de perspectiva.

- Genial. Ahora pasas de frivolizar a convertirte en un pedante elitista. ¿Cuál sería tu idea para poder asegurar la capacidad de decisión? ¿Un examen de aptitudes? ¿La regularás por niveles del coeficiente de inteligencia?

- No habría que ser tan radicales...

- No sé... Después de todo, se trata de tu idea. Mira, de tanto pensar me ha entrado la sed, ¿Te apetece que te traiga algo?

- Un gin-tonic estaría bien.

- Ya sabes que no hay alcohol.

- Pues una naranjada, entonces.

- Perfecto. No te muevas de aquí, que vuelvo enseguida.

- Eres muy amable. ¿Cómo me has dicho que te llamabas?

- Marta. Soy Marta.

- Encantado de conocerte, de verdad. Te esperaré aquí. Oye, Marta...


ACTO 2

- Hola. ¿Has venido sola?

- Aquí nadie ha venido solo. He estado escuchando tu conversación con Marta. Muy interesante.

- Vaya, muchas gracias.

- Pensaba que te molestaría que te estuviese escuchando.

- No, para nada. No sabía que os conocieseis, eso es todo.

- Ya, claro...

- Lo digo en serio. ¿Y tú que opinas de lo que estábamos diciendo?

- Soy mucho más pragmática que Marta. Me ha gustado lo que has dicho de que no es necesario buscar motivos más elevados.

- Gracias, de nuevo.

- Cuando se quiere hacerlo, se hace y punto. Y a quién no le guste que no mire. Después de todo somos dueños de nuestros propios cuerpos. ¿no? ¿A quién darle cuentas de nuestras decisiones?

- ¿A Dios?

- No me hagas reír. Como si le importase lo que nos sucede...

- Y eso en el caso de que exista...

- Habla más bajo que pueden escucharte.

- ¿Pero quién va a escucharme?

- Yo he seguido toda tu charla ¿te acuerdas? Oye, te voy a dejar, que llega Marta. Ha sido un placer.

- Espera, ¿cómo te llamas?

- ¿Perdona?

- ¿Que cómo te llamas?

- No, si ya te había oído, lo que ocurre es que no daba crédito. Soy Noelia, por supuesto.

- Noelia. Bonito nombre, como mi ex...

- Sí, claro. Exactamente igual que ella.

- ¿Por qué te ríes? Perdona, no te vayas. Noelia...


ACTO III

- Ven, si no quieres que te vea...

- ¿Dónde? ¿Debajo de la mesa?

- Tú mismo. Además es el único sitio dónde se puede fumar.

- ¿Y por qué iba a tener que esconderme de Marta? Parece muy simpática...

- Claro, todos los comienzos son maravillosos. Y además ella no fuma. ¿Te apetece una calada?

- Muchas gracias. Cuanto tiempo...

- Si quieres puedes terminártelo, la verdad es que ya no me apetecía.

- ¿Y por qué seguías fumando?

- Fumo siempre cuando reflexiono.

- ¿Y ya has acabado?

- Eso parece.

- Gracias de nuevo, estoy teniendo una tarde de locos y me sabe a gloria.

- Nunca mejor dicho. En lo que te equivocas es en la hora, todavía son las nueve.

- No te entiendo...

- Bueno, da igual. De todas formas siempre me dicen que nunca digo nada interesante. Todo el tiempo.

- ¿Puedo hacerte una pregunta?

- Sobre darle cuentas a Dios.

- ¿Perdona?

- Sólo contestaba a la pregunta que querías hacerme. Estaba reflexionando sobre el hecho de darle cuantas a Dios de las decisiones que tomamos. Y lo cierto es que no me parece realmente relevante que exista.

- Pero es que si no existe, ya no vale la pena ni planteárselo.

- Eso en el caso de que deba plantearse. Yo creo que a los únicos a los que hay que dar cuentas de una decisión de esa embergadura es a aquellos que se quedan. No entiendo que haya de introducir variables metafísicas.

- ¿Me estás diciendo que en función de toda esa gente, es decir de toda la humanidad excluyéndose a sí mismo, te plantearías realmente el hecho de hacerlo o no.

- No seas simplista que no te pega nada. Te digo que para hacerlo basta con desearlo. Porque como Noelia, pienso que somos dueños de nosotros mismos. Pero que de necesitar dar cuentas a alguien, o justificarse, habría que hacerlo con aquellos que se quedan, y me refiero a los más cercanos.

- ¿Por qué tal vez consideres que ellos serían los únicos capaces de hacerte desistir?

- ¿Desistir? Por supuesto que no. Partimos de la base de que la decisión es inamovible, o al menos así me lo he imaginado desde el principio. En todo caso les permitiría comprender. En cierta manera nuestra justificación les haría libres de culpa.

-¿Y por qué iban a tener que sentirse responsables?

- Muy tuyo. Eso es normal que no lo entiendas. El egoísmo te ciega...

- Pero si no nos conocemos de nada...

- Perdona pero voy a tener que dejarte, y no es porque empieces a aburrirme, que también, si no porqué se me hace tarde... Ah, y soy Enrique, antes de que me hagas a mí también la misma estúpida pregunta.

- Enrique, como...

- Enrique. El mismo que viste y calza. ¿Quién iba a ser si no? Nos hemos acostado pocas veces, pero a juzgar por el sitio en el que me encuentro, imagino que para ti fue importante. Me alegro, la verdad. Para mí fue muy agradable, sí señor, como esta charla... Muy buena, sí, muy buena... Me voy, llámame...

- ¿Pero a dónde? Enrique...


ACTO IV

- No se lo tengas en cuenta, ya lo conoces.

- ¿Y tú quién eres?

- Soy Julia, tu mujer.

- Empiezo a no entender nada.

- Que majo el Enrique éste. Nos ha dejado el tabaco y todo. ¿Quieres uno?

- Sí, por favor. Aunque me empieza a doler un poco la cabeza con tanta confusión...

- Es normal, eres un blandengue. ¿Tienes fuego?

- Creo que esta dentro del paquete.

- ¡Uy que despiste! Gracias. Perdona que me meta dónde no me llaman, cariño, pero cada vez estás peor. Como Enrique considero que los seres queridos tienen relevancia, pero no sólo para que nos oigan, como él dice, si no para que también puedan expresar su opinión libremente.

- ¿Y si te convencen de lo contrario?

- Si son capaces de convencerte, es porqué no lo tenías demasiado claro. Y por que la decisión más reflexionada sólo era fruto de un impulso, o de la pereza...

- Pero la pereza puede ser evectivamente uno de los motivos...

-¿Para no seguir viviendo? ¿Pero tú te estás escuchando?

- ¿Y si simplemente es eso? ¿que no te apetece seguir y eso es todo? ¿Por qué iba a tener que forzarme?

- Eso se llama depresión.

- No si soy feliz. Simplemente se trata de no desear continuar, sin más...

- Puede ser rabia o dolor aunque no los sepas...

- Julia, que te vas por los Cerros de Úbeda... Si no hay dolor, ni sufrimiento, ni emoción, la desidia, la pereza o lo que sea se instalan y pueden justificar tranquilamente que uno quiera acabar con todo.

- Yo sigo convencida de que tiene que haber algo más. Si se deja de sentir ese motor que nos empuja a seguir día a día, no, no puede ser únicamente a causa de la pereza. Perdona que discrepe, pero para mí tiene que existir alguna otra razón de peso, aunque esté escondida y no te des cuenta de que existe...

- ¿Por qué? Te levantas un día y dejas un trabajo o de fumar, acabas una relación o un libro, ves a alguien por última vez... No sé, podría seguir hasta el fin de los tiempos recitando ejemplos. ¿Por qué no iba a querer simplemente acabar con todo por pereza? ¿Por qué iba tener que haber algo más? ¿Por qué si uno ya se ha cansado simplemente de ese eterno y aburrido retorno debería estar obligado a padecerlo sin cese? No lo entiendo la verdad...

- Pero, ¿En serio que no hay nada que te impulse a seguir viviendo.

- No se trata de eso, Julia, de verdad... Estás tú. Supongo, si me aseguras que estamos casados. Imagino que también tengo amigos, familia, aficiones... Pero al final siempre es lo mismo. Una rueda que te arrastra a la desidia. Y efectivamente, si busco, encontraría no una, si no millones de razones para seguir aquí...

- Aquí no. Supongo que quieres decir "vivo"

- Eso, millones de razones para seguir vivo, sin embargo, basta con que una sola tenga más peso que todas ellas juntas.

- Es horrible lo que dices. Eso significa que te hacemos infeliz aquellos que te rodeamos.

- No tergiverses mis palabras, Julia. Eso quiere decir que aunque mi gente, si me permites que os llame así, me hagáis esto más soportable, es el espectáculo lo que me ha acabado aburriendo, es ese mismo espectáculo el que me hace infeliz...

- Podemos hablar de otras cosas mientras ponen la película, o jugar a algo en el teatro...

- Y el tedio seguiría siendo el mismo.

- Cariño, la conversación es muy profunda pero te voy a tener que dejar porque en diez minutos tengo hora en la peluquería. Mmmmh. ¡Mira quién viene por ahí! Es Pablo. No me extraña que te hayas enamorado de él, está tremendo. Te dejo, mi amor, hasta luego.


ACTO V

- ¿Aburriendo al personal, como de costumbre?

- Yo, yo...

- Tranquilo, he estado hablando con Noelia. Ya me ha dicho que querías suicidarte. Iba a preguntarte que por qué, pero la verdad es que me da un poco lo mismo, la verdad... ¿Y estás seguro?

- Sí, claro. Si no, no se lo habría dicho a toda esta gente.

- Toda esta gente somos los que nos quedamos, así que un poquito de respeto, por favor.

- Disculpa, es que sigo sin saber demasiado lo que estoy haciendo aquí.

- Entonces es que la decisión no es del todo firme, si no ya lo sabrías. ¿Ya has estado en el piso de abajo o has subido directamente al de amantes?

- No te entiendo. No sé ni cómo he llegado...

- Pensando demasiado, por supuesto. ¿Qué motivo has marcado en el formulario? ¡Por qué al menos habrás estado en secretaría!

- Mira, no lo sé. No recuerdo nada. Estoy cansado. Supongo que pondría eso cansancio, o pereza...

- ¡Perezoso! Siempre te ha podido la pereza. Eres un puto vago, pero esto es nuevo... ¿Pegarte un tiro por algo que unas horas de sueño y unas buenas vacaciones, con su sexo y sus drogas, podría solucionarse, la verdad es que me sorprendes...

- No sé hacer funcionar un arma...

- Eso que más da, ¿sobre dosis, cuchilla y bañera, mar, acantilado? eso es lo de menos...

- Marta dice que soy frívolo.

- Te centras demasiado en ti.

- Sí, también me han llamado egoísta hoy.

- Frivolizas por que en esta vida de mierda no puede hacerse otra cosa. ¿Quién que esté en su sano juicio no lo haría? Yo frivolizo, y todo el tiempo. Tengo los mismos motivos que tú para colgarme de una lámpara y sin embargo aquí sigo.

- ¿Y por qué no lo haces de una vez?

- Imagino que por pereza.


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martes, 28 de diciembre de 2010

visita


¿Cuántas palabras caben en cinco minutos? ¿150 palabras?¿1000? ¿Y eso cuántas frases representaría? ¿5, 12 frases? ¿Cómo se puede medir el espacio con exactitud para que abunden menos silencios? Tal vez si se deja de respirar entre palabra y palabra, y en los puntos se absorbe la frase siguiente sin pausas, quepan muchas más cosas. O si se pronuncian aspirando quizá se haga sitio suficiente como para meter otras nuevas que ocupen el mismo espacio. Desorden, caos, desconcierto.


¿Cuántas ideas caben en 5000 palabras? ¿Un millón? ¿cinco? ¿ninguna? Si se puede calcular el número de palabras que compone una idea, no será difícil dar con la fórmula que determine el tiempo necesario para concebirla, o el numero de ideas contenidas en una misma unidad de tiempo. Reflexión, abstracción, desconcierto.


¿Cuántas emociones contienen los silencios? Dando por hecho que en las palabras nunca caben verdaderos sentimientos. ¿Cuántos segundos vacíos de ruido se necesitan para transmitir una emoción? Cuestión de ir economizando el tiempo y saber en todo momento del que se dispone para comunicar ideas y del indispensable para ponerles un determinado estado de ánimo. Concentración, dispersión, desconcierto.


En un aluvión de emociones, se tragarían las palabras para poder expresar durante más tiempo las sensaciones más íntimas. Aunque para que la Comunicación sea fluida, sería de gran interés llegar al equilibrio perfecto en el que los silencios de sensiblerías y dialécticas del raciocinio convivan en armonía.


Y vistas las bases teóricas. Pongamos el ejemplo de una media hora y de sus treinta minutos (tiempo redondo, número divisible entre varios). ¿Cuánto tiempo habría que dedicarle al silencio y cuánto a las palabras? ¿Y cómo habría de compaginarse? ¿Transmitiendo, pongamos el caso, 3 ideas para pasar a mostrar 1 emoción? ¿Respetando una sagrada regla de equilibrio cósmico de 3x1? Dispuesto lo cual, pasemos al siguiente punto. Si por idea necesito unos 5 minutos y por emoción otros tantos, en media hora daría entonces para 5 ideas y 1 emoción (3 ideas, 1 emoción, y otras 2 ideas más a falta de poder expresar más emociones). Lo que ampliándose al plazo de 1 hora completa, alcanzaría mayor justicia con un total de 15 ideas transmitidas por tres emociones mostradas. Una Comunicación Eficaz. La naturalidad siempre ha estado sobrevalorada.


Mas por supuesto todos los cálculos se van al traste, en cuanto introducimos una nueva variable, el Interlocutor, que hasta ahora no ha cumplido otro papel que el de mero espectador silencioso de nuestro monólogo bien estructurado, de nuestro soliloquio sin escucha activa. Además que de desear ajustarse más a la realidad y dejar de moverse en lo abstracto, habría que contar con que el tiempo real del que disponemos es de cuarenta minutos.


Pongamos que nuestras mentes ágiles a pesar del paso del tiempo y del peso de tantas sustancias, cómplices por tanto pasado compartido, no pierden minutaje en captar las transmisiones del otro. Siempre supimos leernos las arrugas de la frente con tan solo mirarnos la espalda.


Si suponemos que de ese tiempo, ya real, ambos hemos de ser capaces de condensar nuestras expectativas y de compartir por igual el espacio para Comunicar con Justicia; digamos que cada uno dispone entonces de sus 20 minutos, a rellenar de 4 Ideas y de 1 Emoción. Siendo ésta, la solución más equilibrada tanto moral como matemáticamente.


Mi Emoción ya la tengo clara. Libertad. Esperanza. Quiero que se pueda ver en mi cara como contemplando la Victoria de Samotracia, o leyendo un libro de Víctor Hugo. Como en un museo mal iluminado, a través del cristal que protege la obra y la esconde, pudorosa. Visualizo las respiraciones que levanten mis hombros para desplegar las alas que sólo yo sé que tengo. Veo mi rostro relajado, en paz, con la mirada más tierna jamás enfocada, feliz, extasiada. Con el brillo de las estrellas en mis ojos y sus deseos en los labios. Y fluyo a través del cristal que nos separa con mi candor sin fronteras que pueda frenarlo. Y te inundo. Y sí, por eso la tengo clara, por que la siento con solo pensarla.


En cuanto a mis cuatro ideas, finalmente son lo de menos. Tanto tiempo calculando en el aire para acabar diciendo lo mismo de siempre, con tartamudeos incluidos, aturullado como una colegiala y con las prisas que concede el desconcierto. No te hablaré de tus padres porque los vas a ver en breve, ni de la gente en general para que a tu madre no se le acaben los temas de conversación. No te hablaré de mis miserias, que son las de siempre, y que hasta a mí me han acabado aburriendo. Te diré que estoy contento de verte y te hablaré de mis últimas locuras y ya habré consumido una idea. Nos habremos reído un rato.


Te hablaré de los colegas y de los últimos amoríos, de las juergas, de los nuevos hijos y de los viejos trabajos, de sus anhelos. Habré gastado mi segunda.


Después llega el obligado espacio que me impones para ponerte al corriente de las últimas películas vistas y de los libros devorados... Habré agotado mi tercera idea.


¿Y mi cuarta? Ya soy víctima de mis propias teorías restrictivas. ¿Qué podría decirte en mi cuarta que tú ya no sepas? Y vuelve el estrés que impone toda elección. A veces pienso que lo mejor sería improvisarla, pero ¿y si me quedase en blanco y perdiese esos preciados cinco minutos buscando palabras que los cubran? No, lo mejor es llevarla al menos prevista. En esa cuarta te diría lo que te quiero, tópico y estúpido, te diría que aún te espero, que nada para mí ha cambiado, que sigo siendo tuyo. No te hablaré de los desgarros que me provocan echarte tanto de menos, ni de lo que quema tu ausencia. Te diré que cuento las horas para la próxima visita, y que colecciono las que nos separan del próximo vis. Me centraré en lo positivo, en lo intenso y grande que aún nos une. En la electricidad que ni un cristal separa, en la energía que las rejas no pueden apresar, en el deseo que no puede estar encerrado porque necesita recrearse junto a los sueños. Te hablaré de nosotros. Te hablaré de lo nuestro. Después ya pasaré a lo de la emoción, o tal vez empiece con ella, todavía he de decidirlo. De momento ya habré consumido mis cuatro ideas, y estoy seguro de que me quedarán tantas cosas por decirte como ahora mismo mientras te pienso.



MINISTERIO DEL INTERIOR. GOBIERNO DE ESPAÑA


La legislación penitenciaria reconoce el derecho de los internos e internas a comunicar periódicamente de formal oral y escrita, en su propia lengua, con familiares y amigos o representantes acreditados de organismos e instituciones, salvo en los casos en que la autoridad judicial de la que depende haya decretado prisión incomunicada.


En todas las comunicaciones presenciales se respeta al máximo la intimidad de los comunicantes y se tienen en cuenta las dificultades en los desplazamientos de los familiares en la organización de las visitas.

Comunicaciones personales

Se realizan en los locutorios del Establecimiento, con familiares y amigos previamente autorizados, con un máximo de cuatro personas por visita. Son posibles dos visitas semanales de 20 minutos cada una, o bien una única visita a la semana por 40 minutos. Estas visitas suelen realizarse durante el fin de semana.



jueves, 16 de diciembre de 2010

manual didáctico


manualdidáctico

aprendepoesíaen5decepciones


clasesprácticas


i.epílogo


Blanqueando tu silencio,

busco versos en la niebla,

para escribir en la tierra

las decepciones del tiempo.


Frases sueltas se presentan.

Hacen cola sin vergüenza.


Me acarician mientras tiemblo.


Sueño,

piensan,

cedo,

reinan.



ii.adagio



Cuando bailo tus mentiras,

marcan paso las estrofas,

con el crujir de las hojas,

de unas notas bien medidas.


Pierdo el alma con la prosa

en un concierto sin derrotas.


Sin afán mientras me agitan.


Brincan,

tocan,

pisan,

doman.


iii.introito



Ordeno tus desatinos

en un musical de rimas,

sin ensayos ni salidas

pautan ellas nuestro ritmo.


Recolocan ironías

gobernando la desidia.


En su música no existo.


Vivo,

pinzan,

viro,

dictan.

iv.obertura



Buceando bajo tus miedos

entre palabras me evado,

construyeron con amparo

mil prisiones en el viento.


En los mares reflejaron

las historias del pasado.


Con vocablos sin aliento.


Pienso,

ardo,

pierdo,

vago.

v.ultílogo



Amasando nuestras dudas,

pongo juntas en los muros,

en las grietas de susurros

suspirados sin fortuna.


Pinto comas, danzo puntos,

cantan las pausas los mudos.


Invento falsas ternuras.


Mudas,

surjo,

curas,

sufro.

jueves, 9 de diciembre de 2010

tocata y fuga



Vuelven las lámparas del water

a enardecer mis almorranas,

con sus cien fuegos de artificio,

entre mis mil “gracias” de estiércol.


Susurran mis intestinos

sobre tu sordo derroche,

alegrándonos la noche

que ignora tus desatinos.


Si riego de orín tu demora,

se salpican tus esperanzas,

gotas que manchan tu desidia

dispersando mi aburrimiento.


Cabalgo a lomos de tazas

de roca y de porcelana,

que acogen de buena gana

mis palabras entre hogazas.


Cuando con mi lluvia dorada

te disfraces con lentejuelas,

mis heces podrán dar volumen

a tus arrugados embustes.


Me abandono en tu impaciencia,

de ricas adversidades,

tizno de necesidades

nuestra aciaga diferencia.


Me vacío de los reproches

que rocían tu vil torpeza,

desollando las cicatrices

descosidas por tus silencios.


Mis fueros yo desalojo,

ante tu cruel reverencia,

bella pose: “indiferencia”

la que luces con arrojo.


Te acaricio con excrementos,

barnizándote en mi verdad,

ilustrándote en mis entrañas,

escondido entre bastidores.


Y tiro de la cadena,

alejando el desconcierto

de nuestro corto concierto,

de una luna casi llena.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

retratos: el arcángel



Vive en un sótano sin ventanas desde hace más de 35 años. Su única ventilación es a través de una pequeña rejilla que comunica con la alcantarilla que se encuentra frente al locutorio de arriba. Por ella se cuelan las enredaderas de moho que se balancean al ritmo de la salsa que no cesa en la calle, y el ruido de las risas y de los tacones que se acercan al edificio. Antaño entraba el sonido de los bombardeos, y el repique de las campanas de la iglesia que desapareció entre el bullicio. Alguna que otra rata despistada, saluda de vez en cuando acariciando las rendijas con sus zarpas antes de volver a encontrar la salida. Sus sueños se contonearían con la banda sonora permanente que vibra en su techo, si no fuese por su sordera, grato regalo del que disfruta desde la infancia.


Gabriel nació a cielo abierto en la localidad de Troceble, un pequeño pueblo pesquero de un litoral ya erosionado por la rabia del mar. Creció trenzando redes y limpiando pescado, cargando camiones, ayudando en la lonja a los hombres y en la cocina a las mujeres, bajando al puerto a flirtear en silencio con las turistas, para pasear después en barca y masturbarse en medio de la nada. Maduró entre callos sangrantes en las manos y grietas en las mejillas; cicatrizando todas sus penas con el salitre, amansando sus miedos con la brisa. Envejeció de adolescente, con artrosis prematura y temprana pérdida de la ilusión. Fue el mediano de siete hermanos, con los que ya no recuerda ni haber convivido, tal vez por no haber conocido nunca el timbre de sus voces.


El hornillo eléctrico que hace semanas que no se usa, está incrustado con grasa reseca en el frigorífico vacío que le llega a la altura de las rodillas. El resto de la cocina, está plagado de bolsas de basura repletas de tesoros y de revistas apiladas que llegan hasta el techo, como inmensos edificios adosados en una ciudad sin cielo. Viejos recortes de periódico pueblan las paredes desconchadas y llenas de manchas de humedad, enganchados con cinta adhesiva ya amarilleada. Recuerdos del pasado desordenados en un “collage” surrealista. Noticias variopintas sobre sitios en los que tal vez estuvo, reportajes de los que ya no recuerda el interés, entrevistas a gente de la que ya ni se acuerda.


Las cajas de fruta colmadas de joyas de papel y memorias de materiales no reciclables, se organizan por tamaños, los colores se fueron apagando mimetizándose con las paredes. Las etiquetas supervivientes que marcaban su contenido, o se pudrieron hace tiempo o ya no se leen por haberse desgastado. Sobre una televisión con cuernos, que no funciona desde el apagón analógico, una foto en blanco y negro reposa en su barroco marco de plástico dorado. Desde su interior sin cristal que la proteja, una sonrisa llena de polvo mira con ternura al viejo que la observa desde el sillón de piel desollada del que sobresalen rebeldes muelles que se le clavan en la espalda.


A los 25 años, Gabriel se enamoró, por primera y última vez, de una joven veraneante de la capital, cinco años más joven. Con ella compartió tres veranos, una semana santa, unos cuantos puentes y varias cartas que aún conserva en la misma caja redonda de sombrero en el que veló la primera. Ruth ya formaba parte del círculo más íntimo de la familia antes de que se conocieran. Era hija de la mejor amiga de su madre, inseparables desde niñas, hasta que se enamoró de un rico comerciante con el que emigró a la ciudad tras casarse. Con mayor suerte que la que habría corrido de quedarse en Troceble, disfrutó de una exquisita educación, gracias a la que con tesón, pudo iniciar a Gabriel en la lengua de signos, así como en los clásicos de la literatura, a través de los que le enseñaba lecciones vitales y le ayudaba a mejorar su lenguaje escrito.


Ruth le dio su primer beso, y lo acogió entre sus brazos cuando rompió a llorar emocionado por la electricidad en sus labios. También lo convirtió en un hombre regalándole su primer orgasmo compartido, de nuevo bañado en lágrimas. Fue la única mujer a la que le escribió “Te quiero” en cinco lenguas diferentes, sin incluir la de signos con la que la saludaba a diario cuando estaban juntos, ni contar las letras de idiomas inventados que dibujaba por las mañanas con sus dedos sobre sus pechos, despertándola con sus pezones encendidos.


El viejo con la mirada perdida en el olvido, pasa la lengua seca por sus labios cuarteados en recuerdo de un beso ya lejano, pero tan solo en el tiempo. La saliva que imagina ajena no existe, ni por sus ojos puede ya filtrarse el recuerdo. Únicamente entre las líneas de sus marcadas arrugas podría leerse la melancolía que se dibuja en sus ojos tristes. Mentalmente rememora las cartas que cree abrir sin destapar la caja redonda que las guarece y que esconde en el mueble de su inservible televisión. Por su cabeza desfilan frases de esperanza, palabras en las que se mece, párrafos de piel suave y sin voz, sueños caligrafiados por la mano de un ángel...


Nunca hablaron de casarse. De hecho fue una de las pocas cosas que Ruth no le enseñó a decir en la lengua de signos. Siempre que él le preguntaba, ella le engañaba señalándole verbos lascivos o locuciones sin sentido. Gabriel rechazó dos conciertos de matrimonio, y con su tara, como su madre no se cansaba de repetirle, no le iba a ser nada fácil encontrar esposa. Al cumplir los 27, supo con la certeza que se tiene tan solo en sueños, que no amaría a ninguna otra mujer más que a Ruth, por lo que dejó de preocuparle su suerte casamentera.


Entre las cajas de cartón apiladas en las esquinas del sótano, aún se conservan las manchas de orín de gato, de los incontables que ha ido acogiendo a lo largo de los años, y de los que desde hace un par de semanas ya no disfruta. Posiblemente fueron los del locutorio quienes llamaron a la protectora. Pasa sus dedos por el sillón mellado y piensa que sus compañeros eran mucho más suaves, y que de sus lustrosos mantos nunca salieron objetos punzantes como esos dichosos muelles tan molestos. Ahora ya sólo quedan él y su foto, con la que sigue hablando en silencio, y en la que no puede leer las manos por terminar en los hombros.


Dos veranos después de su revelación de los 27, llegó a la conclusión de que se quedaría para vestir santos. Al recibir una carta de despedida en la que Ruth anunciaba su compromiso con un banquero de tierras del norte. Antes de cumplir los 30, Gabriel fue dando tumbos de costa a costa, bordeando la península en desordenadas carambolas hasta anclar en el lodo de una ciudad de interior, a la que llegó con un único propósito, el de perecer junto a sus recuerdos.


Malabarismos en el mercado y trapicheos en el parque para conseguir embutido robado sin fecha de caducidad. Limpiabotas el fin de semana, limpiacristales de lunes a viernes, en el semáforo que llaman de los locos y en el que la mayoría de servicios se pagan con malas caras. Paseador de perros y aparcacoches, jubilado gorrilla. Aguantador de puertas del Súper con la mano derecha extendida y una sonrisa sin dientes en la cara. Mendigo de cartones de vino y buscador de colillas. Tasador de basura, especulador de mierda, equilibrista de sueños rotos, acumulador de infortunios, prestamista de ilusiones inexistentes, anticuario de una memoria selectiva y dispersa, alquimista de adversidades, ilusionista de corduras olvidadas.


Gabriel intenta leer los labios de Ruth, y le parece entender que lo del banquero no fue más que una broma macabra. Él le sonríe y la perdona. Le contesta sin abrir la boca que él también sigue soltero, que está bien situado y que dispone del sitio perfecto como retiro para sus últimos días juntos. Ella intenta levantar los brazos que no han salido en la fotografía para proponerle matrimonio.


En un sillón con lepra, cuyos jirones de piel descansan adormecidos, yace un viejo con los ojos sonrientes. Nadie sabrá nunca que en ellos podría leerse “Sí quiero” si existiesen intérpretes de decepciones. En su tumba sellada y con aires de Cumbia los taconeos pretenden despertarlo, pero la muerte es mucho más dulce y prefiere abrazarse a ella. En el locutorio las voces se solapan y las conversaciones se cruzan, acallando los inventados maullidos que pasan por la cabeza del viejo loco que vive en el piso de abajo, mientras se va apagando frente a una foto desgastada en la que no se distinguen más que unas cuantas sombras.


martes, 23 de noviembre de 2010

expresionismo abstracto

pentotal para un perito pentámero

te escucho,
te advierto,
te ansío,
te invento.

bailo empapado en pigmentos
sobre tus lienzos desiertos.


me miras,
me sientes,
me llamas,
me pierdes.

escribo en ti con pinceles
los secretos de mi suerte.


te acercas,
te aliento,
te aspiro,
te sueño.

mezclo colores al viento
para teñir tu silencio.


me besas,
me pisas,
me empujas,
me erizas.

trazo palabras no dichas
traduciendo tu sonrisa.


te aburro,
te alistas,
te abrazo,
te libras.

cubro nuestra obra con tinta,
borro tus cuadros sin firma.