Monday, November 23, 2009

DUDA RAZONABLE



Siente como el vaivén mece su cuerpo. Relaja todos sus músculos para sentir esa agradable sensación, cada milímetro de grasa moviéndose al libre albedrío de las cálidas sacudidas. Por momentos, imagina que el sonido que le ronronea, como la lenta percusión de una nana, se acomoda al compás de sus latidos, y no al revés. Cada giro, cada curva, cada mínima variación de velocidad, acaricia su piel violentamente como intentando despertarle y le tambalea recordándole que no debe dormirse para no perderse ni un segundo de la aventura. Inspira al vuelo de la libre danza de su cuello y escucha el tintineo de alguno de los lugares por los que está pasando. Expira al ritmo de la misma coreografía y oye el silbido que esta vez viene de dentro, silbido de autoafirmación que señala a los que no les hayan visto desde lejos, que están pasando en ese mismo instante. Como tiene los ojos cerrados, porque la vista engaña, se conforma con las imágenes que se van formando en su cabeza, tan aleatorias como cada espasmo que le tambalea. Y aunque los abriese, tampoco serviría de gran ayuda, puesto que la señora del sombrero azul, la que ocupa el 4 A, se ha asegurado de que así sea. La oscuridad es tan densa encima de sus párpados, como debajo de ellos, y en ese segundo le parece un regalo que le permite soñar despierto, así que lo acepta educadamente, tal como ha hecho con los ofrecidos al tacto y al oído.

Puesto que la felicidad es un combustible caprichoso que nunca revela estar en reserva, se le termina sin previo aviso. Tendría que haberlo imaginado dada la intensidad de los últimos minutos, pero el cese es tan brusco que le sorprende de forma desagradable.

Esperando un presente para el gusto o el olfato, como gratamente ha acogido los del resto de sentidos, se da cuenta de que el secreto de la sorpresa, se encuentra en no mostrarse expectante. Tiene la lógica Teoría de que basta con esperar algo que se tendría que recibir altruistamente, para que no llegue nunca. El secreto de la sorpresa está en la ignorancia o el olvido. El destino le ha vuelto ha engañar. El olfato que tendría que ser su siguiente experiencia mística le saca de su trance con un olor que no esperaba, si no hubiese reclamado lo que ni si quiera le correspondía, seguramente lo habría recibido. No es creyente, ni conoce disciplinas metafísicas o filosóficas, pero su Pensamiento – Ley de la no Expectación, le parece una explicación más que razonable para ese tipo de ocasiones.

El perfume de la señora del sombrero, que ni tan sólo se ha quitado para dormir, va tomando dimensiones desafiantes hasta hacerse insoportable. La fritura se mezcla con el rancio de la transpiración, y juntos acompañan al dulce e intenso aroma de litros de mezcla floral. Abre los ojos y cree ver la traza del olor que va subiendo hasta penetrar por sus fosas nasales. Escucha con atención y el perfume le entra en los oídos haciéndose cada vez más potente. Siente como su tacto baboso se va impregnando de la cabeza a los pies y empieza a sentir náuseas. Nunca ha entendido la obstinación de algunas personas en forzar la definición de higiene para confundirla, o incluso hacerla sinónimo de cosmética. Ese burdo disfraz no consigue engañar nadie, y en su caso, le hace volver a la claustrofóbica realidad del minúsculo compartimiento en le que lleva metido, ya no sabe ni cuánto tiempo.

Se levanta de su litera sin encender la luz y abre la puerta cerrándola a su paso. Tabaco es la única representación que se forma en su mente para salir del incómodo estado de ánimo en que se halla. Respira intentando recuperar aire limpio, o en su caso con restos de humo que borren los restos que aún sigue teniendo del hedor de su compañera de habitación. A través de la ventana puede ver como la noche pasa desenfocada, con su mezcla de luces que parecen cometas desplazados en línea recta, y la vegetación negra que se confunde con las sombras. Siente un ligero mareo. De repente recuerda que nunca le ha gustado la inestabilidad del tren. Descalzo, sortea vagones hasta llegar al Bar con la esperanza de encontrarlo abierto y poder comprar tabaco.

Piensa en la absurda analogía de la Felicidad y el Combustible, y en el estúpido refrán de “La esperanza es lo único que se pierde”. Ni es feliz a causa del insomnio y las continuas pérdidas de equilibrio, ni tiene motivo alguno de mantenerse esperanzado, puesto que el bar lamentablemente está cerrado. La noche y el tren han conspirado en secreto con la suerte para impedirle el sueño y el placer de fumar. Sólo se le ocurre coger el dichoso combustible y prenderle fuego al vagón con la Esperanza dentro, sin olvidar a la puerca del 4 A a la que imagina ardiendo. Tantas llamas, lejos de reconfortarle, aumentan sus ganas de fumar. El último cigarrillo lo aspiró literalmente en el andén, antes de subirse al tren, y ni siquiera tuvo la posibilidad de acabarlo, ya que amablemente un revisor le invitó a apagarlo por estar prohibido su consumo en esa zona no autorizada. Lástima que ya no le quedase gasolina imaginaria para quemarlo junto a la gorda apestosa en el vagón bar. Ha dejado de pensar con lucidez, la ira le embarga.

Siempre ha tenido la Teoría de que la falta de nicotina, comprime las arterias del cuello, dificultando así el riego sanguíneo al cerebro. No ha seguido estudios de medicina ni de nada relacionado con la sanidad o el cuerpo humano, y tampoco ha sentido curiosidad por lo que a temas sanitarios se refiere, pero le parece una explicación más que razonable. Motivo por el cual, en el caso de haber hecho una hoguera con el nazi de la liga anti-tabaco de la Estación y la cerda que le había tocado como compañera de compartimiento, calculaba que no habría ido a la cárcel gracias a una alegación, en toda regla, de Enajenación Mental por falta de riego causada por la obligada carencia de nicotina en sangre. Tampoco había estudiado derecho, ni le habían interesado jamás los temas concernientes al Código Penal, pero era otra de sus especulaciones razonables. ¿Quién podía quitarle la satisfacción de creer en sus Teorías plenamente científicas? Después de todo, era a él a quien iban a juzgar por doble homicidio, así que tenía pleno derecho a ir planeando su defensa.

- Perdone. ¿Tiene hora?

Sumido en la estrategia perfecta a llevar delante de un Jurado –¿Había realmente jurados, o sólo se veía en televisión y novelas policíacas?- No se había percatado de la presencia de alguien más en ese vagón desierto. ¡Y menuda presencia! En pijama, por cierto, descosido por los costados, y zapatillas de andar por casa. La miró de arriba abajo haciéndole pasar un examen exhaustivo. Estaba extremadamente delgada, primero pensó a causa de la Anorexia, suposición que descartó decantándose por las drogas. ¡Qué lástima! Tenía unas ojeras que le llegaban a la comisura de los labios. Bajo la luz hepatítica que hay en todos los trenes que no tienen tabaco, le pasó por la cabeza una tercera suposición. Se trataba de la muerte que venía a buscarlo para llevarlo al infierno reconfortante y de humeante nicotina. Incluso alargó la mano, y justo antes de coger la de la desconocida para acompañarle a las plácidas llamas, reaccionó a tiempo y volvió cronológicamente a la segunda de las impresiones: la de la toxicómana desamparada. Nunca había entendido como podía haber tantas almas perdidas en el mundo como para aferrarse a un camino tan en picado como el de la heroína. Es cierto que no podía ver sus brazos, pero presentía los cayos de los pinchazos a través de la roída tela del pijama. Había escuchado que muchos yonkis se pinchaban debajo de la lengua, o en las ingles, y con ese pensamiento le llegó la revelación que clarificaba todo. Aquellos con familia, trabajo o alguien que pudiese percibir los estigmas de la adicción, habían encontrado en el ocultamiento, la solución perfecta. Estiró la lengua tocándose los dientes superiores para imaginar cual sería el mejor sitio para clavar la aguja, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, causándole una ligera rampa en la pierna que le hizo pensar que la drogadicta le acababa de clavar una jeringuilla en la segunda alternativa para yonkis con seres allegados. El caso era que se esa pobre desvalida se drogaba al uso convencional, estaba claro que no le importaba a nadie, y por supuesto, no tenía nada que perder por muy visibles que fuesen las cicatrices de sus brazos. Seguro que no trabajaba y a ciencia cierta se había subido al tren sin pagar, posiblemente aprovechando el despiste del revisor mientras le obligaba a él, una persona decente, a apagar su preciado cigarro. ¿Cómo se ganaría la vida? Esa pregunta le carcomía. Sin lugar a dudas no lo hacía pidiendo, descartó de inmediato la idea de que alguien pudiese darle unas monedas a un engendro de ese calibre. Esa mirada fija le pareció reveladora, por el matiz amenazador y de seducción. Era una ladrona, una yonki ladrona y prostituta. No conocía afortunadamente el mundo de la droga y, por supuesto, en su círculo nadie las había probado nunca. Tampoco había estudiado Sociología o Psicología, sin embargo, alguna vez había escuchado que a alguien le habían contado historias de ese tipo aparecidas en algún Documental. Lo que justificaba su Ley Toxicomanías y Comportamiento Humano. Gente que por una dosis es capaz de cualquier cosa. Le pareció de una forma inquietante, una teoría más que razonable. De hecho, él mismo había matado a dos personas bajo los efectos de la carencia de nicotina. Por lo que vio claro, no que se trataba de la muerte que venía a buscarle ni de una anoréxica insomne, si no de una yonki ladrona y prostituta dispuesta a sangrarle la vida por una simple dosis, realidad que le resultaba mucho menos poética que la primera de las hipótesis, y desde luego menos humana que la segunda de ellas.

- ¿Qué si tiene hora, caballero?

Le dio la impresión de que le estaba gritando. Tanta violencia era incapaz de soportarla a esas horas, sobre todo teniendo en cuenta la falta de horas de sueño y el hecho de no tener cigarrillo alguno en el que desahogar la angustia e inseguridad que le invadían. De repente, pensó en lo violento de las personas, en las guerras continuas y agresiones sin descanso. La falta de Amor y Comunicación eran las explicaciones más generalizadas, aunque él siempre había tenido otra teoría, menos sensiblera y mucho más consistente. Si bien es cierto, que no había estudiado Historia ni Economía y que tampoco eran materias que le importasen en absoluto, eso no impedía que pudiese tener una Opinión al respecto. Al fin y al cabo, vivía en un país libre, o así lo creía. Las Adicciones eran la causa de todos los problemas, eso sí, descartando la del tabaco, ya que estaba científicamente demostrado el aumento del riego sanguíneo y la mejora cualitativa de las neuronas bajo sus efectos. Para él las Adicciones no tenían nada que ver con los productos que eran de imprescindible consumo, como la bebida, la comida, el sexo o el tabaco, necesidades fisiológicas, si no las puramente enfermizas, como el alcohol, -Aunque una copa de vino al día había escuchado que era buena para la circulación- las drogas, el juego y cosas por el estilo. El caso era que a pesar de la Globalización, y aquí empezaba la base de su raciocinio, en la Tierra no había alcohol ni drogas suficientes como para abastecer a todo el planeta, de forma que su repartición no era equitativa y mucho menos, justa. Los afortunados, consumían más de la cuenta, descartando todos los muertos por sobredosis que perecían por la Ley de Selección Natural, y el resto tenía que conformarse con el síndrome de abstinencia. De forma que tanto el exceso como el defecto, conducía a la humanidad a una ola de violencia que parecía no tener límite, y de la que en ese preciso instante estaba siendo una víctima inocente.

- ¿Habla español? ¿Do you speak spanish?

Su Teoría Adicciones – Causa/Efecto – Violencia sabía que no había sido estudiada en profundidad, aun así, le parecía más que razonable, y es más, para él era la única válida. Sentía la misma certeza que con la de la Relación directamente proporcional del aumento de nicotina con el del riego sanguíneo al cerebro, así como con la posibilidad de llevarla a Juicio alegando Enajenación mental, la misma que con su aportación a la sociología sobre el comportamiento del grupo marginal “drogadictos”. Exactamente la misma certeza de que iba a morir a manos de una yonki, ladrona y prostituta con el mono, porqué la vida no es justa, y sobre todo porqué no le quedaba ya más combustible a mano. Ya que puestos a poner a arder a la vecina que no había conocido un baño en su vida y al fascista del operario de la Estación, la que tenía en frente habría sido sin duda alguna, la menor de las tres pérdidas. Y de todas formas la diferencia entre doble y triple homicidio era mínima, puesto que se habría considerado involuntario por no haber habido premeditación.

Pero no le quedaba más gasolina, de hecho nunca había tenido la suficiente. Así que cuando vio que la chica se llevaba la mano al bolsillo del pijama desgastado, sólo fue consciente de que un nudo en el estómago empezaba a crecer en tamaño y temperatura, sintió como palidecía y comprendió que la última calada que había dado al cigarro antes de subir al tren, ya había sido completamente absorbida por su organismo, y que ya se le habrían cerrado todas las arterias que suben la sangre al cerebro. Y lo prefirió así. Al menos no sufriría dolor físico mientras la desalmada sin futuro le sacase los órganos, en el vagón vacío, con el bisturí que estaba sacándose del bolsillo, para venderlos en el Mercado Negro.

Y como a cámara lenta y sin oponer resistencia alguna ante la Ley de la Gravedad, cayó en un movimiento seco haciendo coincidir el ruido de la caída con el chasquido del mechero que encendía, en ese momento, el cigarro de la sorprendida joven por el extraño y silencioso tipo que acababa de desvanecerse delante de ella. Ignorando que junto a él también se habían desvanecido todas sus razonables teorías.

Se arrodilló junto a él y empezó a abofetearle con ternura para intentar reanimarle mientras daba sus primeras caladas al último cigarro de su cajetilla. ¿Por qué diablos se habría desmayado? El sueño le impedía pensar con claridad. ¿Sería narcoléptico a demás de mudo? ¿Habría sufrido el bajón de algún calmante? En todo caso parecía que el corazón le seguía latiendo. Le pareció que podía ser un violador y el desmayo una simple estrategia para acorralarla sin que le diese tiempo a salir corriendo. Sí, tenía cara de violador, respiraba como un obseso sexual. El vagón estaba desierto, el pasillo que daba paso al siguiente, vacío. El miedo le recorrió el cuerpo y se arrepintió de haberse acercado a ese hombre a pedirle la hora. Una mujer que viajaba sola tenía que tomar ciertas precauciones. No tendría que haber salido a fumar, éste podía ser su último cigarro. Paralizada, siguió arrodillada caminando hacia atrás sin perder al hombre de vista, a fin de cuentas podía aprovechar cualquier mínimo despiste para asaltarla. Los asesinos en serie proliferaban cada vez más ¿O serían los medios de comunicación los que cada vez le daban más bombo?...

Monday, November 16, 2009

AMANECE

Amanece.

No siento, ni respiro, ni veo. Mi olfato aún no ha nacido. En posición fetal mi útero es la arena y el salitre mi cordón umbilical.


Me alimento del yodo sin saberlo. Mientras tanto, todo está oscuro y el cielo a punto de parir.


Con los párpados cerrados empiezo a percibir una acuarela teñida de naranja. Mi garganta está seca y noto un nido de abejas en mis pulmones. La madre y reina no quiere abandonarme, pero la brisa de la mañana la acaba convenciendo.


Un graznido de gaviota suena lejano y anuncia el sufrimiento de las nubes más siniestras que desean conservar su oscuridad. El ave se acerca y su quejido rompe el horizonte separando el mar del cielo que han estado toda la noche fundidos en un abrazo.


Las rocas lloran, la orilla rompe aguas.

El naranja se hace más intenso en mis pupilas selladas, y a través de sus cortinas la luz se mezcla de malvas, rosas y de tímidos azules.

Mis oídos sangran y por fin soy capaz de disfrutar del grito de las gaviotas, del lamento de una noche arrepentida.

La sangre se desliza por mis hombros reanimando mis músculos, erizando el vello de mis brazos, granulando la piel de mi espalda para que se confunda con la arena que ya empieza a sacudirme con sus contracciones.

Un murciélago que se escapa deshilacha con sus patas la seda que borda mis párpados. Huye. Mi vista me regala una sangría de imágenes desenfocadas, una mezcla desordenada de colores cálidos como lanzados al aire directamente de sus botes de pintura.

El enjambre que me parasita acaba cediendo ante la insistencia del aire y lo vomito destaponando mis fosas nasales. Ya pueden unirse a su reina. Me dejan vacío por dentro, y al fin respiro. Mi pecho se contrae, mi vientre es un concierto de espasmos. Ya soy capaz de oler la acuarela que hasta ese momento únicamente veía.

El sonido de las olas violetas, me deja ver el olor a sal. Ya puedo escuchar la arena mojada.
La mañana ha dado a luz. No tiene sexo, ni voz, ni peso. Estiro mis piernas. Desperezo los brazos que nunca había movido. Mi piel se desprende de las escamas nocturnas de sal y de lodo.

El mar de rojo sangre se cree separatista, y poco a poco reivindica su reinado desprendiéndose del sol que ha estado protegiendo durante toda la noche. Lo empuja hacia arriba para que logre alcanzar el lugar que le corresponde, para que se despegue de su húmedo colchón.

Las caracolas cantan en la espuma blanca. Las piedras de la orilla cobran vida y susurran entre ellas. El mar escupe los despojos del parto mientras el techo busca su azul acariciando contento al sol que vuelve a estar en su sitio.

Siento. Respiro y veo. El olor de la mañana me despierta. La caricia de la arena me da los buenos días. El mar me salpica saludando amable. Acabo de nacer. Sonrío estirado en la playa. Mi cuerpo me vuelve a pertenecer, aunque solo sea momentáneo. Cuando el mar me reclame volveré a entregarme, sin condiciones. Sin prisas.

Friday, November 13, 2009

PARADOJA


De encadenarme a tus ojos
hallando en paz mi condena.
De ser tu grano de arena
en una orilla de antojos.

De atarme a aquella cadena
en un pasado remoto.

De ser tu eterno devoto,

con el infierno de escena.


De seguir estando roto,

en un estanque de yeso,

sin saber llevar el peso

de no tener voz ni voto.

De olvidar tu último beso
recordando el desconcierto
de saberme en un desierto,
y en la vida como un preso.

De clamar al cielo abierto
con un silencio absoluto,

celebrando nuestro luto,

con menor gozo que acierto.


De no pagar mi tributo
por ahuyentar lo labrado,
sin ver lo nuestro acabado

con un final impoluto.


De amar un libro cerrado

con sus páginas en blanco,

subiendo por el barranco

que me regalo en pecado.

De esperar por ti en un banco

con la ceguera de un loco,

bajo el destello del foco

de las miradas que arranco.


De no odiarte ya ni un poco.

De no quererme tampoco.

Friday, November 06, 2009

DESPERTARME


Estaba sumido en el mejor de los estados, entre la vigilia y la muerte. Allí dónde las imágenes pierden su importancia, se desprenden de su textura y colores para dar paso a las sensaciones, al cosquilleo de lo intangible, que sin embargo se presenta mucho más verdadero que la propia vida cotidiana. Siempre he sabido que la autentica realidad se encontraba en ese preciso punto, ni minutos antes dónde la oscuridad nos invita conscientemente a bucearla, ni instantes después cuando ya estamos tan sumergidos que nos es imposible disfrutarla. Ese Conocimiento Absoluto que nos llega como mínimo una vez al día, como regalo de las experiencias insulsas que nos vemos obligados a sufrir mientras estamos despiertos y como consuelo de las que se nos ofrecerán en sueños.

Empezaba a dejarme llevar al mundo inconsciente, contra lo que siempre me resisto, escapando a la vez de la monótona conciencia mundana, cuando sonó el teléfono. Tendemos a incorporar a nuestros metrajes hipnagógicos esos pequeños detalles perturbadores para seguir sumidos en la paz de esa Sabiduría, pero llega un momento en el que resulta imposible. Abro los ojos, respiro, siento el aire entrar en mis pulmones, escalofríos que erizan el vello de mis brazos, y me percato de que todo ha dejado de ser real, de que ya estoy despierto. ¿De qué sirve ignorar el mundo en el que ahora me encuentro? Descuelgo el teléfono. No hago cálculos mentales, ni enciendo la luz, ni busco el reloj que nunca he tenido. Tiene que ser algo importante o no compensaría todo lo que se me acababa de arrebatar. Contesto.

No obtengo nada por respuesta. Vuelvo a preguntar si hay alguien al otro lado, y parecen ignorarme. Me dispongo a colgar y algo me obliga a no hacerlo. Pongo atención y me escucho. Oigo mi respiración a través del auricular, me concentro y alcanzo a mis latidos. Cierro los ojos y me llega el ruido de mis párpados juntándose. Sonrío. Intento sentirme, pero a través del cable telefónico sólo me llegan sonidos. Me es completamente ajeno el objeto de esa llamada, sobretodo teniendo en cuenta de que me la estoy haciendo yo mismo. Si he sido yo el que me ha abstraído de la Realidad, y sigo siendo consciente de no estar durmiendo, sólo me queda recapacitar sobre lo que me ha impulsado a despertarme. Es lo mínimo que me debo.

Me pregunto, me interrogo, me indago. No obtengo respuestas, pero la importancia de mis cuestiones me apabulla. El eco que me viene de vuelta parece aclararme que las indagaciones van por el camino correcto, aunque se intensifica la sensación de que las respuestas no son lo importante, y que de hecho no van a llegar nunca. Aún y así siguen los interrogantes. Es la primera vez que me oigo tan claramente sin estar en mi estado de ánimo preferido.

El tiempo desaparece, hacía tiempo que no disfrutaba consciente. Escucharme lo clarifica todo. Me da la tranquilidad que llevaba tiempo buscando y me doy cuenta de que la hubiera encontrado antes si me hubiese oído a tiempo. Pero no es tarde. He recibido mi llamada y tengo que sacarle el máximo partido. Me importo mucho más de lo que jamás hubiese pensado. No tengo que volver a olvidarme.

Disfrutar es importante. El día siempre ha sido una sucesión de acciones sin importancia que me he limitado a seguir por saber mi recompensa en el momento que precede al sueño. Los sueños, películas surrealistas que recuerdan que a su fin volverá el aburrimiento de los hechos, y estos de nuevo desembarcarán en el círculo sin fin del que lo único importante es el instante de Realidad por el que vale todo la pena. Saber que le importo a alguien, me ha abierto los ojos. Sumido en mi egoísmo y misantropía, tampoco me he molestado ni lo más mínimo en que eso llegase a suceder, y aunque ese alguien haya sido yo mismo, algo me dice que por fin hay algo que va a romper el círculo en el que estoy metido para dar paso a algo nuevo.

Doy las gracias al auricular, y ya no escucho nada por réplica. Me sorprendo tras el momento de intimidad que acabo de compartir con él, conmigo mismo. Enciendo la luz. La habitación está desierta. La cama vacía. El teléfono encima de la cómoda, descolgado. No soy capaz de sentirme, ni de verme. Acabo de comprender el sentido de todo y ya no puedo explicármelo. Sólo se me ocurre que he pasado a través del hilo telefónico para encontrarme en el otro lado.

Estoy en alguna parte, me dispongo a llamarme y pienso que ya no es necesario. No tengo nada que decirme, no tengo nada por lo que preocuparme. Por fin me he encontrado, y todo gracias a una llamada.

Wednesday, November 04, 2009

ÓSCAR


A Penélope le debo cuatro meses de Felicidad Absoluta. Y eso es de lo más extraño que puede llegar a decirse sobre una jefa. Fue uno de los trabajos más difíciles y surrealistas de toda mi carrera pero gracias a ella, después de todo, conocí a Óscar.


Nunca me había encontrado a nadie tan generoso, amable y divertido. Una vida llena de amantes de una noche, rollos de verano y relaciones relámpago sin importancia y ni siquiera mis dos gatos y los dos perros que había tenido antes que a ellos, me habían aportado tanto.

Cuatro meses de perfecta armonía, el único con el que acostándome a dormir y levantándome a su lado me sentía tan a gusto como haciéndolo yo solo. Las incomodidades del principio y pequeñas riñas sin importancia, ya a penas los recuerdo. Después de todo, es normal que en cualquier periodo de adaptación, y en los primeros momentos de convivencia surjan diferencias. Aún así creo sinceramente que supimos resolverlas sin excesivas complicaciones y con una elegancia sin igual.

Hasta mis vecinas, viejas arpías sin ocupaciones, amas de casa frustradas, pensionistas sin más alegría en la vida que la de hacérsela insufrible a los demás, cayeron rendidas a sus pies. Bastó menos de una semana para que se enamorasen de él. En mi caso fue cuestión de horas, pero bueno, yo soy yo, y nuestra relación era especial, exclusiva y no tenía nada que ver con la que ambos pudiésemos mantener por nuestra cuenta con otras personas.

La verdad es que era un seductor nato, atento, encantador, cariñoso, un ser con Ángel, en definitiva. Resultaba difícil resistirse a sus encantos. Su debilidad eran sobretodo las mujeres maduras y los niños, pero hasta a mis amigos, a los que al principio no les había gustado en absoluto y no paraban de poner pegas a nuestra relación, acabó encandilándolos. Llegó un momento en que incluso venían a casa cuando yo no estaba para poder pasar un momento a solas con él. Traidores. Aunque en el fondo me encantase que se llevasen tan bien, y creasen sus propios vínculos, y cuando se me hacía cuesta arriba y mi autoestima podía quedar dañada, simplemente recurría a la farmacología. No hay mal trago que con una buena pastilla se quede anclado en la garganta.

Mis gatos, ni que decir tiene que enseguida empezaron a sentirse atraídos, y al final acabaron sustituyéndome vilmente por él como objeto de juegos y cariño, lo que me hizo menos gracia, la verdad. En ese momento aumenté la dosis de Prozac, limitando el consumo de Lexatin a las crisis agudas. Es cierto que me desquiciaba su desorden, pero su enorme iniciativa y empeño en hacer las cosas como a mí me gustaba lo compensaba. No me considero demasiado maniático, aunque determinados objetos que claramente se encuentran en lugares que no les correspondan lleguen a causarme taquicardias y pequeñas hiperventilaciones, pero estoy trabajando en ello. Cada vez estoy más centrado, y ya no recurro a autolesionarme ni a farmacología psiquiátrica específica.

Otra cosa positiva durante esos meses de convivencia fue que ahorré muchísimo. A penas hacíamos vida social, fuera de los cuatro amigos que nos visitaban y las vecinas que aparecían de improviso para verle. Tampoco salíamos demasiado. Yo trabajaba unas doce horas al día y cuando volvía, lo encontraba siempre esperándome, alegre, paciente y comprensivo. Nuestras salidas se limitaban a un paseo nocturno después de la cena, casi todos los días. Más tarde volvíamos a casa a ver algún DVD o cualquier emisión decente que diesen por la televisión, incluyendo alguna teleserie brasileña de vez en cuando. En comida tampoco nos gastamos demasiado, la verdad. Aunque él no trabajaba, y sin yo entenderlo todavía, había conseguido que la mitad del vecindario cocinase para él. Aprovechando el plato diario de verdura que le cocían a sus maridos, añadían una ración extra para Óscar, y se la traían puntualmente todos los días en un higiénico tupperware.



Sagrado Óscar… Con su timidez y estrategias de manipulación, había acabado convenciéndonos a todos de que era el mejor, y a pesar de su jactancia, lo más irónico de todo es que era cierto. Ni la arrogancia, ni la soberbia, y si me apuran tampoco tiene por que serlo la pedancia, han de constituir pecado alguno hasta que se demuestre lo contrario. En ellas y si lo que ensalzan es la verdad, no tiene por que verse ningún defecto.

He tenido dos perros, Jane y Miguel, y aunque los adoraba, los canes no dejan de ser un coñazo. Son muy dependientes, a penas pueden estar solos, y necesitan atenciones constantes. Mis gatos Pepe y Momo, que aún me acompañan, son un encanto, la verdad. Limpios, independientes, cautos en el reparto de cariño, huraños con los desconocidos, perfectos compañeros. Pero como en todas las viejas relaciones, lo que tenemos es lo que les une a tres abuelas que tejen todas las tardes frente al televisor. Hemos envejecido los tres juntos. También he tenido tres novios, esos ya no me acompañan, afortunadamente. Tres historias de principio afrodisíaco, desenlace desordenado y final catastrófico. Demasiada pereza convivir con ellos e incluso soportarlos en sus rutinas diarias. Amigos. Sí, tengo. Tengo muchos.

Los amigos no los puedo ni contar con todos los pelos de mi cabeza, que por cierto van menguando, pero claro, cada uno duerme y come en su casa. No se revientan las espinillas en el espejo del baño, ni dejan restos de heces en el retrete porque nadie les ha enseñado las virtudes de usar la escobilla del water, ni se tiran pedos cada tres minutos coincidiendo con un cambio de postura en el sofá, o cambian los cubiertos de cajón y las cacerolas de armario. Si lo hacen, es en sus respectivas casas, no hemos sufrido la desgracia de haber tenido que compartir el deserotizado encanto de la convivencia. Y los que me conocen, al visitarme siempre utilizan los posavasos para no dejar los cercos en la mesa que tanto me desorientan. Amantes ha habido innumerables, de rostros desconocidos, infinitos, de cuerpos olvidados, eternos, alguna voz me viene de vez en cuando, o algún beso que se quedó anclado en la comisura de mis labios, pero con ellos tampoco se ha de caer en una rutina, son perfectos para todo menos para convivir.

En cambio Óscar le dio un giro a mi vida, me enseñó a compartir, a ser tolerante, a que me diese exactamente igual lo que pensase el resto del mundo, a ser más paciente, a dar más cariño, a que no me molestase el hecho de recibirlo, y sobre todo a dejar de lado las primeras impresiones, los a priori y los estúpidos prejuicios. Fue mi verdadera salida del armario de las convenciones sociales, mi ruptura con el resto de humanidad que aún tenía, para alcanzar algo superior, un lazo perfecto de comunicación fluida, de armonía, de equilibrio soberbio.

Qué en tan solo cuatro meses pueda haber aprendido tanto, no tiene otro calificativo mejor que el de haber alcanzado la Felicidad Incondicional, circular y perfectamente cerrada, el conocimiento se sella, la pregunta halla respuesta en el silencio. Qué quien te enseñe y al que hayas tomado como maestro sea un animal nunca deja de sorprender. Y si además de todo eso, el animal es un cerdo, todo puede dejar de tener sentido, o tal vez ya lo ha perdido hace tiempo, pero creo que en mi caso no es así. Óscar me dio cuatro meses de Completa Felicidad y eso no podré llegar a agradecérselo nunca.

Sigo siendo igual de misántropo pero mi terapeuta me anima diciendo que estoy haciendo progresos con el Trastorno Obsesivo Compulsivo, es una buena noticia, trabajando en Producción se cancanea con mucha gente, y no es prudente que te acaben tildando de maniático, podría descender el trabajo. Pero soy meticuloso y eso me ayuda a ser bueno en lo mío. Puedo conseguir una mesita de los años 60 en menos de media hora, amueblar un apartamento de estilo colonial en una tarde, o convertir todo un edificio en un antiguo palacio en una semana con el equipo adecuado, también puedo traer tres elefantes desde África, o un cerdo vietnamita desde cualquier parte del planeta. Lo que no puedo prometer es no encariñarme con el animal si finalmente no se ha utilizado en la escena y no he tenido más narices que quedarme con el bicho, por no poder devolverse. No hay mal que por bien no venga. Siempre nos quedará Vietnam.

Tuesday, November 03, 2009

MIS DOS ALICIAS (paradoja libertaria)

Hoy me he caído de la cama, y lejos de parar contra el suelo, he seguido hundiéndome por una espiral gelatinosa de azulejos que me ha llevado por innumerables pasillos carentes de luz, en los que mi claridad interior me ha sorprendido más que nunca. Supongo que la culpa de todo la tiene Alicia, ¿Cuál de las dos? Eso es lo de menos. Ambas, una, la de Carroll, guiada por el conejo blanco apresurado por su cita, y la otra, la del famoso diario, por sus malas compañías con prisa por vivir; sin embargo fueron movidas por el mismo sentimiento: la Curiosidad. Cómo me ha pasado a mí esta mañana.

Deslizándome por un pozo sin fondo sin sentir la más mínima seguridad ni roce con el umbral de la razón, me ha embargado la más plácida de las sensaciones, la independencia… Me he visto lúcido, olido tranquilo; me he oído estable, me he sabido despierto y por fin me he tocado libre.

Es curioso que aun viendo en la caída como las paredes se iban estrechando cada vez más, o más que viendo, intuyendo, a la par, se iban encontrando más lejos de mi alcance. Todos mis razonamientos, toda mi lógica y hasta mis conocimientos adquiridos; ya que a falta de Fe, ésta no se podía ver dañada; en convergencia con el embudo que me absorbía, se convirtieron en una inmensa Paradoja, la cual debido a su gran peso, me ha empezado a arrastrar con más fuerza al interior. La velocidad me ha liberado. Lo que no sabía es que la plena autonomía consiste en desprenderse del cuerpo. Me he ido percatando de ello al sentir como las células del mío, me iban abandonando subiendo a través del túnel, seguramente para reencontrarse con la alcoba.

Cada vez me iba haciendo más y más pequeño, y la Paradoja, que seguía arrastrándome, quién sabe si al país de las Maravillas o al de preguntas sin respuesta de la yonki de mi infancia, iba creciendo en progresión aritmética inversamente proporcional al del tamaño de cuerpo.

Los primeros átomos en desprenderse de mí, fueron los de mis retinas, despegando mis globos oculares y dotándome de una visión limpia, desintoxicada y real. Cuando empecé a escuchar el sonido de mis sábanas, siendo consciente de encontrarme a kilómetros de ellas, estuve seguro de que las orejas me estaban desapareciendo, llevándose consigo el oído y la estridencia. Siguieron mis labios, y con ellos llegó el descanso de no volver a estar nunca más obligado a romper silencios incómodos. Las extremidades tardaron en abandonarme, nadie dijo que el camino a la libertad fuese fácil. Una Alicia la consiguió en sueños, la otra tras la muerte, aunque muchos piensen que la primera no fue libre hasta que despertó y la segunda lo había conseguido antes, con la heroína. Como ni estaba dormido, ni había tenido la suerte de estar bajo los efectos de algún psicotrópico, mi libertad era realmente sincera, propia y no debida a ningún factor externo. Mi tronco también se resistía, pretendía conservar el alma, puesto que la cabeza ya en el limbo, no podía convencerlo de su inexistencia. Pero acabó cediendo a la inercia. Lo único que siguió bajando durante un buen rato fue el corazón. Se debatía por no estar del todo convencido de si para ser libre había que conservar los sentimientos, o bien si era necesario desprenderse por completo de ellos. Finalmente, reconoció no haberlos tenido nunca, de forma que no merecía la pena seguir en ese eterno conflicto.

Sin materia, la paradoja seguía descendiendo, ya sin la menor barrera. Mi cárcel recién reventada, bajaba subida a ella como si estuviera en una montaña rusa. Sin el peso del raciocinio, la sensiblería, la moral, las convicciones e ideales, y la esperanza y espiritualidad; sólo me quedaba la ligereza del disfrute que abrazaba con cariño a la carga del desconcierto. Subidas ambas a la paradoja que me llevaba por el camino de la libertad, se fundían las dos en una sola, como las dos Alicias en mi cabeza, o más bien en lo que había formado parte de ella cuando todavía la tenía. Una Alicia disfrutando de su incertidumbre y experiencias de fábula, mientras la otra permanecía sumida en el desconcierto que la había llevado al caballo. Ambas abrazadas, bajando por la espiral de plácida confusión a lomos de una Paradoja, que como todas, desconocía el destino, aunque ni siquiera se preocupase por esa nimiedad de querer controlarse a ella misma.

Clienta del despropósito, anagrama de ella misma con exceso de un Ente escrito en el mensaje de un teléfono móvil. Alice, tanto a la que hay que preguntar como a la que busca constantemente respuestas en Wonderland, se funde en una y única. Tal como lo hacen la incertidumbre y el hedonismo. Al final, tan sólo queda la Paradoja.

La Paradoja de desear seguir bajando encima de ella, y de querer escalar para unirme con mi cuerpo, de seguir siendo libre disfrutando del desconocimiento absoluto o de hacer lo que es debido y recuperar todo lo que me pertenece. Paradoja que se desvanece, dolida por no haber sido capaz de retenerme, una vez más decepcionada por todos aquellos que han acabado tomando mi misma decisión. Como la Alicia que decide abandonar la Corte de la Reina de Corazones, o la que acaba por desentenderse de los días de jeringuilla y claveles en los que se ha convertido su vida. El egoísmo nos pudo a todos. El conformismo nos perdió. La sola oportunidad de seguir a lomos de tal Paradoja desapareció por completo cediendo a la soberbia de querer tenerlo todo controlado, en todo momento, no como teniendo un complejo de “Dios”, porqué nos llevaría a desear ser “La Nada”, si no como algo mucho peor.

Recupero mis pertenencias, las riendas de mi vida, la seguridad de mi cotidianeidad. Pierdo la libertad recién adquirida y con ella la única posibilidad que tenía de poseerla, que ahora sé que de presentarse de nuevo, volverá a ser rechazada. Nunca dije que fuera un ser avispado. ¿Acaso la inteligencia formó parte, en algún momento, de las cualidades de alguna de las dos Alicias?

Soy un ser gris, echado en el frío suelo de mi habitación. Sin ilusión alguna. Los sueños ya no son reales, los deseos tienen que ser supervisados por la coherencia, mis actos por la moral, mis sentimientos han de ser correspondidos, y en ningún caso mostrarse en exceso. La Libertad no es para mí, es un camino demasiado incierto, la euforia que ella conlleva, no me compensa. La vida tiene que ser aprovechada como tal, un largo efluvio de actos sin importancia que se suceden sin descanso. Siendo consciente de que los delirios de una Alicia provienen de los brotes sicóticos de un reverendo pedófilo, y los de la otra, de los bombeos cada vez más frecuentes de su sangre con el veneno, mientras escribe su preciado diario inacabado.

Al final ninguna de ellas fue libre. Les pasó lo que a mí, lo que no impide que en ocasiones también tenga mis propios delirios, quien sabe si de grandeza, aunque aún esté por determinar el origen de los mismos.



Alicia en el País de la Maravillas, Lewis Carroll 1865
Pregúntale a Alicia, Anónimo 1977

Saturday, October 24, 2009

INSOMNIO