viernes, 17 de septiembre de 2010

trío de corazones II: Mario Comes. Un mal menor.



Hacía tiempo que no me la chupaban con tanto interés. El chaval tendría unos veinte años, rubio, lampiño, algo bajito, eso sí, pero el perfecto protagonista de una porno estudiantil, y es que a cuatro patas la altura importaba más bien poco. Mi atractivo no es desbordante. Tengo algo de barriga y las arrugas se me marcan dándome quince años más de los cumplidos, pero en zonas oscuras una buena polla y una botellita de popper lo son todo, y me aseguran la entrada al paraíso de los efebos imberbes de culitos afeitados. Así que no suelo tener demasiados problemas para encontrar plan siempre que me apetece. Llevaba una semana sin follar, más que a través de los grandes éxitos de Kamil Fox, por lo que estaba tan cachondo que a pesar de las horas intempestivas, decidí cambiar la pantalla del ordenador por la luna del coche y lanzarme a la calle. Venir a la zona del puerto siempre es una buena idea, por los aparcamientos suelen abundar los niñatos, chaperos en su mayoría, pero siempre hay alguno dispuesto a entregarse por un poco de limpiacabezales.


Incorporo la cabeza para esnifar un poco y acerco la del rubiales tapándole un orificio de la nariz y poniéndole la botella en el otro para que haga lo mismo. Me sonríe agradecido y continúa a sus labores. En el momento álgido del subidón, dónde un hombre no es más que él y su polla, flotando a través del placer como un condón usado en el inodoro, que por mucho que se tire de la cadena se resiste a bajar a las cloacas, va y suena el teléfono. Tiro mentalmente de la cadena unas cuantas veces hasta que acabo bajando a tierra.

- Corazones perdidos.

- ¿Comes?

- No, no, tú sigue, esto no va contigo.- le digo al rubio que hace un amago de parar.


- ¿Te pillo en un mal momento? Es que llevo una hora llamándote a la oficina y no hay forma de localizarte.


- Tranquila Robles. Puedo atenderte. ¿Qué quieres?


- ¿Te podrías pasar por comisaría? Es urgente.


- Me corro y tiro para allá.


- Eres un cerdo, Comes. “Tú sigue...”, Eres un puto cerdo...


- ¿Qué quieres? Cada uno es como es. A ti te ha tocado ser una bollera reprimida y se te aguanta.


- Vete a la mierda Comes. No tardes porqué es realmente importante. Estás metido en un lío de los grandes.


- ¿Y no me puedes dar un avance?


- ¿Mientras te la chupa un desconocido, y por teléfono? Ni de coña, es un tema serio... No tardes, por favor.


- Dame media hora y estoy ahí.



El rendimiento de mi Barbie Hermandad Universitaria había bajado considerablemente, imagino que el móvil había hecho que perdiese la concentración, y eso que la llamada no era para él. Para acelerar el proceso, ya que no tenía ni la más mínima intención de que saliese del coche hasta que me hubiese exprimido del todo, le di un poco más de popper y para no sufrir de envidia me metí también un par de tiritos. Desde las nubes, mi corrida fue tan intensa que pensé que podía quedarme pillado para siempre. Lo cierto era que tenía que bajar el ritmo con esa droga, tanta felicidad no podía ser buena. Aún me acuerdo de Jaime, el francés, cuando en los noventa estaba de moda meterse sin parar en las discotecas, el pobre se acabó creyendo cuervo y aún está en una de esas instituciones chungas. Aunque si lo pensaba fríamente, mejor dejarlo para otra vida, sí, porqué en ésta ya tenía el organismo tan lleno de mierda que una más o menos tampoco podía influir en exceso.


Arranco el coche, a penas el rubito y su boca bajan por la puerta del acompañante y meto el CD Never Mind the Bollocks, Here's the Sex Pistols. Buena banda sonora post-orgásmica. Me alejo del puerto y el móvil vuelve a sonar. Puta Robles.


- Corazones perdidos.

- Disculpe las horas pero es que estamos muy preocupados.- bajo la música y paro el coche en doble fila.

- No se preocupe. Por algo pongo el número de móvil en el anuncio. ¿En qué puedo ayudarle?- mi mejor sonrisa telefónica para un potencial cliente.

- Es nuestro hijo. Hace semanas que no nos habla, y un amigo de mi marido nos dijo que tal vez usted podría ayudarnos.

- ¿Pero están seguros de que es por el corazón?

- Yo no entiendo mucho de estas cosas, verá. Me casé con mi marido y no he estado nunca con ningún otro hombre.

- Pues ya lo lamento, señora. No sabe lo que se pierde. De todas formas tendría que hablar con el chico, hacerle una serie de pruebas, rellenar unos informes antes de aceptar el caso...

- Como le decía no nos dirige la palabra y se niega a salir de casa, está encerrado en su cuarto. ¿Habría alguna posibilidad de que se pasase usted por casa a verlo?

- Si no hay otro remedio... Llámeme por la mañana y concertamos una cita si le parece...

- De verdad que es muy urgente. Y por supuesto, estamos dispuestos a gratificarle en consecuencia. ¿Podría venir ahora mismo?


Puta urgencia de los cojones. Robles, y ahora una ama de casa, seguramente malfollada. El caso es que me acabó convenciendo, y es que en el fondo soy un alma débil sobre todo cuando se me gratifica en consecuencia. Mi antigua compañera de la Policía Racional tendría que esperar. Como ya la conocía, le envié un mensaje de texto excusándome por tener un caso y apagué el móvil para que no me diese por culo. Ya la llamaría en cuanto hubiese calmado a la feliz familia desestructurada que estaba a punto de encontrar. Paro el coche en un callejón para hacerme una raya rápida, porqué imagino que lo de dormir, vistos los últimos acontecimientos, no podré disfrutarlo hasta dentro de muchas horas.



El matrimonio Ealmann, carta de visita institucional que la señora había utilizado para presentarse por teléfono, seguramente se trataba de una familia judía adinerada. Así que ni el hijo ni el marido me pondrían lo más mínimo al estar circuncidados. Vivían en una casa con piscina a las afueras de la ciudad. La dirección parecía clara, pero en los laberintos de pijos en los que los jardines parecen clonados junto a los buzones de formas carnavalescas siempre me pierdo, además de no llevar GPS por agobiarme en exceso la señorita con voz de aeropuerto y tener jodido el mechero del coche desde que se lo compré a un cliente satisfecho.


Así que a los cinco minutos de entrar al barrio, y como me ocurría siempre en las zonas residenciales, unos amables guardias de seguridad, a los que me habría follado sin reparos pero con uniformes, me acabaron indicando el camino tras convencerles de que no tenía ninguna intención de robar ni de secuestrar a ningún residente. Una vez en la puerta, reconocí fácilmente la casa, una mansión recargada de las cutres que aparecen en el canal Playboy, con esculturas apiladas como en un almacén, setos recortados con formas redondeadas, el escudo de la familia y una talla en piedra donde se leía “Gure Hametsa” (nuestro sueño en euskera con una h de más), tal y como me había indicado la Señora Ealmann en nuestra conversación.


En cuanto llamo al timbre, sale una ecuatoriana con uniforme y cofia a recibirme. Nuevos ricos, seguro. Me lleva a una sala de reuniones con una mesa gigantesca y me ofrece algo de beber mientras espero. Por supuesto le pido un whisky.


El plan de situación era el siguiente. El hijo, Fede, de diecisiete años, era estudiante de segundo de Bachillerato en un instituto privado de la zona. El año pasado, al parecer había estado flirteando y pajeándose con un compañero en el viaje de fin de curso, unos campamentos de disciplina militar organizados anualmente para los alumnos, cada vez en un sitio distinto, y sus padres, junto a la Dirección del Centro, le habían acabado llevando a una Clínica de Barcelona para curarle las taras y reeducarle. En cuanto al otro chico, le habían expulsado del Colegio. Imagino que la visión de un par de pollas ensambladas en una Institución Privada de su reputación habría causado un gran revuelo. Putos pijos, como si ellos no se hiciesen pajas pensando en cosas más aberrantes.


El curso lo había empezado bien, y tras el primer trimestre, el chico había cambiado radicalmente. Ni en el Colegio ni en casa sabían a qué podía ser debido. Había dejado de hablar con todo el mundo, y la última semana no había salido de su habitación. La preocupación de los padres principalmente residía en que Fede estaba a punto de perder el curso, e iba a tener que acabar repitiendo, lo de encontrar su corazón, no era más que un medio para llegar a tiempo al fin último, la selectividad en junio. Cretinos. Pero el que paga manda.


La investigación parecía sencilla. Tras examinar al chaval y asegurarme de que realmente tenía el pecho hueco, tenía que hacerme con todas las pruebas médicas de la clínica barcelonesa y pasarme al trabajo de campo, entre colegialas con coletas luciendo carpetas forradas con fotos de los descafeinados Jonas Brothers, y friquis inadaptados de gafas de pasta con una timidez superior al mayor tamaño de sus pollas. Una época que detestaba, y que parecía haber borrado de mi existencia no venerando jamás otra edad que la que todavía no había cumplido, sin pensar nunca en la patética insignia de que “otros tiempos siempre fueron mejores”.


Me voy a casa con varios informes rellenos, documentación facilitada por los padres, y los primeros pasos a seguir ya ordenados en mi cabeza. Y antes de tomar una ducha consulto el correo. Tres urgentes de la agente Robles, que ni abriré hasta el día siguiente y varias suscripciones a páginas porno y webcams en vivo que también tendrán que esperar. Me quito la camiseta de Sociedad Alcohólica, que procede de un intercambio en unas fiestas que ni recuerdo, y los pantalones vaqueros con los bajos carcomidos. Me pongo una de porno de cowboys. Es curioso como el jefe del fuerte se folla a uno de sus oficiales mientras retuerce las pinzas de madera que pellizcan sus pezones. No estoy seguro de que existiesen las pinzas de ropa en esa época, pero habrá que ceder una cierta licencia poética al director, a demás de probarlo, siempre se abren horizontes con este tipo de cine. Me corro mientras tres vaqueros empiezan a magrearse dentro de una cuadra. Me pongo una rayita post-esfuerzo y me dirijo a la ducha pensando en como podré conseguir información de la Clínica de desmariconización.

A través de un ex-cliente colgado al que su hermano también le había llevado a la misma clínica, contacté con una enfermera que se oponía a los tratamientos medievales de ese tipo, y me acabó facilitando por mail todos los informes referentes al paciente Federico Ealmann.


En los datos recibidos no había ninguno relevante que pudiese ayudarme. Los médicos describían con detalle las diferentes atrocidades que realizaban allí con los pacientes. Los psicológicos lo perfilaban como un joven dócil e influenciable y por lo tanto colaborativo y dispuesto al cambio. Los informes de alta daban a entender que Federico Ealmann había superado su periodo de reeducación con éxito, y que podía ser reinsertado a la sociedad con plena normalidad, con la firma unánime de todo el équipo que lo había tratado y que sellaba un diagnóstico irrefutable. Putos zumbados.


En la Ciudad Condal, no se había quedado a pesar de que por poco se lo arrebatan a ostias. Y en las primeras pruebas de ingreso a su instituto, los electrocardiogramas daban unos resultados normales junto al resto de pruebas médicas realizadas. Así que de momento no había de dónde rascar.


Me esperaba una larga mañana, así que me metí un par de rayas más y me fui a inspeccionar los alrededores del Instituto para ver si encontraba alguna pista.


Los marcadores me decían que su corazón no se encontraba en las inmediaciones, así que ya sólo quedaba mi encanto personal. Hoy por lo menos iba decente, una camiseta de tirantes sin churretes y una cazadora adidas de las viejas, que es tan estrecha que no me la puedo abrochar por culpa de la barriga. Estoy afeitado. Soy un hombre decente, adulto y responsable.


Conozco al jefe de estudios, el Señor Morell, un hombre estricto pero agradable, que me facilita el expediente académico de Fede. Todo empieza a flojear en el mes de noviembre, pero no se cierra en banda hasta después de navidades.


Me entrevisto con todos sus compañeros de clase. Un desfile de clones de animadora y de melenudos con el flequillo hacia un lado de los fabricados en serie, con los pantalones por debajo del culo y los calzoncillos de tela de cuadros marcando glúteos. Todos lo definen como a alguien introvertido y muy reservado. Nadie resalta el incidente de los Campamentos del año anterior, así que la escuela supo maquinar lo suficiente como para acallar el suceso y que no llegase a los alumnos. Un plan retorcido pero interesante, como el pezón en la pinza del oficial que confunde sus gritos de dolor y de placer.


Consigo ver después de clase a cada uno de sus profesores y únicamente me motivan el de Literatura y la de Gimnasia, a la que acabo destapando como a la sorprendida descubridora de los dos amantes furtivos, y consiguiente delatadora oficial de los hechos ante el resto de profesorado. Es fría en sus descripciones, no expresa la más mínima emoción mientras habla, se rige por unas normas y cualquier consecuencia de las mismas le parece lógica, no le plantea ni la más mínima duda. Es imposible que se trate de mi ladrona, porqué para qué iba a querer robar uno, si no podía estar motivada por el que a ella misma le faltaba. Y es que entre seres sin corazón nos reconocemos casi en el acto, quizás por el hecho de que en nuestras conversaciones no existen las interferencias de los latidos, o por el hecho de que los huecos del pecho se atraigan delatándonos al vuelo. Definitivamente no podía relegarla más que a potencial clienta en un futuro remoto en el que mi expansión comercial incluyese a bolleras profesoras de gimnasia, o incluso a reprimidas Policías Racionales. Así, tal vez dejaría de recibir las llamadas de Robles, que no me atrevía ni a contar mentalmente mientras permanecía con el móvil apagado.


Las notas de Fede en Literatura eran brillantes. La mariquita estirada y cincuentona que además era su tutora, me detestó desde el principio, eso por no haberme visto desnudo. Estaba convencido de que él sí tenía corazón pero de que se le habría podrido hacía tiempo, en alguno de sus últimos liftings. Había sido, sin embargo la única persona del claustro que votó a favor de no tomar represalias tras el incidente del viaje de fin de curso, como las que acabarían llevando a ingresar a Fede a la Clínica Nazi y al otro chaval a ser expulsado de la escuela. Aunque eso no le diese puntos, por no ser más que una reivindicación egoísta. ¿De verdad podía haber alguien en ese Instituto que se pensase que era hetero? Me costaba creerlo, y mucho, pero los caminos de los pijos son inescrutables.


Me dijo que el primer suspenso de su reciente trayectoria había sido justamente en su asignatura, lo que yo ya había verificado en su expediente, en el examen dedicado a los Poetas Malditos. Absenta y hachís, libertad y sufrimiento. Palabras y más palabras. Y estaba convencido que podía haber estado experimentando con las drogas, lo que yo ya había descartado al disponer de los resultados de las Revisiones Médicas Trimestrales, con un negativo decepcionante en tóxicos. En septiembre y enero con igual suerte, habiendo una única diferencia, la que más me interesaba, y es que en el último, ya se detecta la primera ausencia de pulso.


Le pregunto por su autor favorito y sin dudar me dice que Rimbaud fue el primero en fascinarle, lo que le extrañaba en exceso, sobre todo teniendo en cuenta que en el examen de noviembre, no había contestado a ninguna de las preguntas referentes al poeta.


Putos niñatos, y es que con esos profesores y los padres que le tocaban a cada uno, era imposible no salir retrasado. Me alegraba de pertenecer a una generación anterior, sin padres y autodidacta.


Con varias carpetas con toda la información recogida de Fede y la cabeza hirviendo, me dirijo a mi piso para ordenar las ideas que me superan.


Me sirvo un whisky y me preparo una clencha. Me apetecería escuchar algo de música, pero se me han jodido los altavoces, así que me pongo otro ratito la de vaqueros, el mejor cine porno mudo, para disfrutar de la orgía final con los indígenas. Arcos, fusiles, flechas, gorros de ala ancha y botas de montar, todo muy tópico, pero con pollas de infarto y culos apetecibles. Toros mecánicos en los que los indios se enculan con los papiros de los tratados de paz firmados, mientras los caballos corren libres por el fuerte, entre mamadas y bukkakes que los oficiales se regalan alrededor de hogueras. Un paraíso que ni en Bailando con Lobos, ya le habría molado al Costner, seguro. Me corro con los títulos de crédito, y entre los claros de mi esperma brilla una luz intensa. Sólo hay una posibilidad, y únicamente podía estar escrita en las bronceadas vergas que me habían acabado mostrando la solución.


Se me ha acabado la coca. Necesito estar despierto y recuerdo que en la cocina aún me queda una caja con bombetas de speed. Me tomo un par y llamo a la familia Ealmann para preguntarles por la cartera con las cosas de Fede. Me comentan que la acostumbra a dejar en el gimnasio para no cargarla hasta casa. Cuando me dice que se encuentra a dos manzanas del instituto, entiendo porqué no ha saltado mi detector de corazones con las características del de Fede, y me cago mil veces en la profesora de Gimnasia, por no haberme dado esa información, menuda zorra. Tampoco podía saber que necesitaban otro puto gimnasio además del de la escuela, no hay nada como tener pasta. Me dirijo a las instalaciones deportivas a toda ostia mientras escucho Anarchy in the UK, para qué cambiar el disco, si el tema es de puta madre. Rompo la cadena de la verja de la entrada, con unas tenazas de podador que llevo siempre en el coche, menuda mierda de seguridad que tienen los del Centro, y me adentro para corroborar mis sospechas.


Accedo al edificio por una puerta de incendios semi-abierta y me dirijo a los vestuarios. Con la ayuda de mi mechero linterna busco la taquilla con su nombre, F. EALMANN, y saco su cartera, que como la de todos los adolescentes, pesa una tonelada.


Echo un vistazo entre calzoncillos sucios y bolígrafos destapados y sueltos, y saco las libretas y los libros de texto hasta que doy con lo que busco. La Antología Poética de Rimbaud, su autor favorito. No necesito volver a sacar el detector, me limito a abrir el libro de bolsillo por la página en la que tiene puesto el marcador. Y en medio de un poema, lo advierto latiendo ahogado. Leo la página, al parecer de una carta a un antiguo profesor, un tal Izambard. Y cuando la acabo me quedo pensando en la afirmación que aparece de que “yo es otro”, curiosa, al fin y al cabo quién podía llegar a afirmar ser él mismo. No me parece tan descabellado que su corazón haya decidido quedarse entre esas palabras.


Las luces se encienden de repente, mientras oigo los chasquidos de los seguros de unas cuantas armas que me están apuntando.


- Maldito hijo puta.- dice Robles realmente cabreada.- Llevo todo el día buscándote como una cabrona. Ni se te ocurra abrir la boca. Tienes a medio departamento movilizado en tu busca. Mis agentes te han seguido hasta aquí. Está bien, bajen las armas, no hay ningún peligro.

- ¿Pero cómo te atreves...?

- Calla, gilipollas. Que no estoy haciendo otra cosa que ayudarte. Escucha y cierra esa maldita boca por una puta vez. Llevamos semanas siguiéndole la pista a un supuesto asesino en serie. Y hasta ahora la única conexión que teníamos era contigo, ya que varias de las víctimas han sido clientes tuyos.

- Joder, Robles. Parece grande, sí. Pero de todas formas tengo que acabar este asunto. Acabo de resolver un caso y tengo que transmitírselo al cliente. Bueno, a sus padres. Te dije que te llamaría.

- De eso quería hablarte precisamente. Hoy que justamente decides pasar de mi culo, aún diciéndote que quería verte para salvar el tuyo, ha avanzado a marchas forzadas la investigación que llevábamos a cabo.

- ¿De qué coño me estás hablando?

- Cierra esa sucia boca. Para empezar te diré que tu último cliente, un tal Sr. Ortiz está en cuidados intensivos tras haberle robado el corazón. No creo que lo supere como no encuentre pronto un donante.

- No me jodas...

- ¿Cuántas veces te tengo que decir que te calles, joder? Y ha habido un nuevo intento de asesinato esta misma noche al niñato al que le tienes que entregar ese paquete.- dice señalando el corazón que ahora late entre mis manos.- Así que acaba de pasar al programa de protección de testigos.- ¿Y ahora no hablas, cabrón? ¿No tienes nada recurrente con lo que interrumpirme?


Intentos de asesinato, robo de corazones, asesinos en serie, programa de protección de testigos. Joder. ¿Pero de qué coño iba todo esto? Yo que me había hecho detective de un campo tranquilo en el que pudiese trabajar a mi aire. Sin prisas, sin tiroteos. Mierda, ya no recordaba cuantas noches llevaba sin dormir, y lo peor de todo era que empezaba a subirme el speed y entre eso y el desorden mental del exceso de datos, no podía concentrarme. Lo primero era lo primero, tenía que entregarle a Fede su corazón, también le llevaría el libro, Robles tenía que darme toda la información referente a su caso, y por último pasaría por casa a cambiarme. No, primero pasaría por casa. Sí, sólo algo de porno podía tranquilizarme en ese momento, y Robles conociéndome me entendería, aunque tuviese que escoltarme hasta el ordenador.



trío de corazones

trío de corazones I: Mario Comes. Investigador


lunes, 13 de septiembre de 2010

huyes...


Huyes de nuestra cabaña,

a través de los helechos,

recubiertos de argamasa,

con mis sueños maltrechos

que tu mirada rebasa.



Huyes con crueldad huraña,

librándome del cemento

vertido sobre mis ojos,

llevándote mi tormento,

arrasando mis despojos.



Huyes con fuerza y sin maña,

recogiendo los recuerdos,

las exigencias nubladas,

ignorando los acuerdos

de unas vidas ya pasadas.



Huyes en telas de araña,

escapando a mis reproches,

los ahuyentas en silencio,

acunando viejas noches

que en mi pesar yo te agencio.



Huyes, mi risa te extraña,

piensas que clamo venganza

por tus lunas de aguacero,

en tus ansias de mudanza,

sin querer tu amor austero.



Huyes, mi duelo te engaña,

el hastío de tu ausencia

sigue inerte nuestros pasos,

sin tropiezo y diligencia,

vuela lejos de fracasos.



Huyes, mi ardor te acompaña,

el que urdiste con tu anhelo,

tricotado de esperanza,

destapándome del velo

que me oculta la templanza.



Huyes, tu luz se enmaraña

al perfume de tus besos,

alejándome la angustia,

descargándome los pesos

que sin boca ya está mustia.



Huyes, tu insulsa cizaña

no me vence a cielo abierto,

de combates me despido,

sin rencores me despierto.

Me despereza el olvido.



Huyes, en la triste hazaña

de quemar bosques ya yermos,

recubriendo de cenizas

nuestros once años enfermos

que resiembro entre calizas.



Huyes, tu sol ya no daña,

lo eclipsó la primavera

tras nacer al fin tu muerte,

ya no habrá más vil espera

que la que albergue mi suerte.


miércoles, 8 de septiembre de 2010

TRÍADA SOLITARIA III: HAIZE-HEGOA


Pepu mira las nubes a través de las cortinas de la pequeña ventana del bar. Atxaspi está repleto de gente. Acaba de haber cambio de turno, por lo que calcula mentalmente que deben de ser las siete de la tarde. Hace tres años que vive en Lesaka y su luna de miel con el pueblo se ha desvanecido, aunque sigue disfrutando de los largos y plácidos silencios, como en todo viejo matrimonio. Su vida sigue siendo igual de ordenada que en Girona, ciudad de la que nunca había salido. Tampoco es casual que haya escogido un destino que con los ojos semicerrados, o las suficientes copas de más, pueda llegar a confundirse con las calles de la judería de las que procede. La piedra gris y las largas temporadas de lluvia hacen que la añoranza nunca haya llegado a resurgir.


Sin trabajo ni necesidad de uno, se ha construido una rutina que ha acabado por asumir como vida. Se levanta a las diez para consultar su correo mientras toma un café ardiendo, echa un vistazo a las novedades de su red social, e imagina una frase de estado que fantasea que acabarán mirando todos los amigos de una lista de la que no conoce ni a la mitad de integrantes. Hacia mediodía sale a dar una vuelta saludando siempre a la misma gente, y se aisla en la piscina durante un par de horas. Conversa siempre con las mismas personas en la sauna tras haber concluido sus series de largos idénticas a las del día anterior. A su vuelta a casa, se sienta en el salón a leer un rato escuchando algo de jazz o de música clásica, dependiendo del ánimo de sus lecturas, se prepara algo de comer, y tras la siesta programada de veinte minutos, sale de nuevo a tomar un café al único bar que frecuenta del pueblo.


Costumbres que sin necesidad de argamasa, acaban endureciendo el vacío que las acaba uniendo con fuerza, construyendo el muro que le permite sentirse a salvo.


Desde su mesa, la de siempre, Pepu observa a los grupos que van llegando. Siempre con los mismos rituales, como reflejo de sus propias ambiciones. Observa y analiza. Observa y se imagina formando parte de cada uno de ellos. En ocasiones, como si efectuase un viaje astral, se sienta en una de de las mesas de tres, y la completa para poder jugar al mus. Se ve vestido de chándal, con botas de monte o deportivas, unos kilos menos y alguna sonrisa de más. Sudado tras haber jugado unos tantos en el frontón, o después de haber recogido unos cuantos hongos en sus vueltas imaginarias por el monte. Cuando un cazador se acerca a la barra, visualiza su imagen adelantándose a pagar el trago, mientras alardea del número de palomas que ha cazado durante la mañana. Cada vez que llegan forasteros sonríe desde dentro y se ve haciéndoles de anfitriones, les muestra el convento, la ermita, los bares. Se pasea con ellos por las tranquilas calles y les cuenta en el paseo divertidas anécdotas sobre el arquitecto de la iglesia. Les descubre pistas rurales por las que llegar a construcciones megalíticas, búnkeres, esculturas en medio de la nada, lagos perdidos en medio de maravillosos bosques, impresionantes cascadas, manantiales de los que brota lo que a él le falta, aunque siga sin saber lo que es.


Se introduce en los cuerpos de los jovencitos del fondo conectados a internet, para volver a sentir la osadía de los dieciséis, el descaro de la adolescencia, su desenfreno. Para reír mientras flirtea por el messenger, disfruta con los juegos en línea, o ve las horas pasar al ritmo de vídeos del youtube sin descanso, simplemente arropado del resto de amigos que le acompañan agolpando sus sillas alrededor de la misma pantalla.


Desvía la mirada, paseándola entre los cuerpos que posee y la ventana. Sopla de nuevo haize-hegoa (viento sur). Las nubes se desplazan como a cámara rápida. Piensa en su rutina. En que en el fondo, no dista tanto de la que tenía en Girona. Saluda al mismo número de gente, decena arriba o abajo, lo que le convierte en el ser social que ansía ser aún sin conocer sus deseos. Estudia sus respuestas, como ha hecho siempre, siempre que alguien se las solicita. Intenta integrarse como de él se espera, ya hace unos meses que se apuntó a clases de euskera. El café y el chupito de orujo blanco que pide a diario, ya lo demanda en la lengua del pueblo, como uno más, al menos en su cabeza.


A partir de las siete, con el cambio de turno, se limita a los chupitos. Nunca ha soportado el aburrimiento que le conlleva el insomnio, y ha acabado aprendiendo a dosificar la cafeína.


Y tras fantasear una y otra vez con las vidas ajenas, acaba olvidándose de la que nunca ha tenido. Saluda a quién entra, corresponde a quién le sonríe, y sueña. Sueña con que todavía es despertado por el Señor Tanaka, su precioso gato negro, y con que en cuanto llegue a casa tambaleándose en una niebla de orujo blanco, se frotará contra sus piernas ronroneando, reclamando su bol de pienso, pidiendo brazos durante un segundo y medio, antes de morderle, reivindicando su espacio para acabar escapándose de un salto. Sueña con que su gato no llegó a perderse nunca, y con que le acompañó en su traslado a Lesaka, a Atxaspi, dónde tendría que haberse instalado, por ser el único lugar en el que consigue tener, no una, si no infinidad de vidas propias. También sueña con el camarero, sí, si nunca ha renunciado a ser tópico es porqué le reconforta. Y se imagina hablando con él de arte, de filosofía, de literatura, de la tregua de ETA, sobre el calentamiento global, de la última película de Lars Von Trier. Y se sueña besando sus ojos negros, foráneos como los que le permiten mirarlo.


Tan solo hace un par de años que trabaja en la barra, los mismos que lleva en Lesaka. Bello y altivo, etéreo y esquivo, perfecto compañero y pericioso amante. Cuando mira su pelo azabache, imagina sus dedos deslizándose entre los brillos que le resaltan los focos de la barra. Igual que cuando el Señor Tanaka se interponía cada noche entre su libro y su cabeza, golpeándole, sobre su pecho, la barbilla para ser acariciado, sobre expuesto por la luz de la lámpara.


* * * * *


Hoy sirena insaciable, mañana Alfonsina Storni. La única constante de Karmen seguía residiendo en el mar. Su ánimo fluctuaba con las mareas, sus ganas con el viento. Aunque vivía en Hendaya, sus noches pertenecían a la luna, sus días a las nubes que no paraban de mecerla en un eterno desconcierto. Si estaba satisfecha con alguno de sus cuadros, lo celebraba con litros de alcohol en el barrio viejo de Irún, si se sentía decepcionada, había tomado la costumbre, sin saberlo, de acercarse a Lesaka a asfixiar sus angustias en toneladas de porros. Si le tocaba exponer, aparecía, o no, por las salas de exposiciones de Bilbo o de Donosti. Cuando sus piernas la guiaban, tomaba cualquier avión, dispuesta a presentarse por cualquier ciudad europea.


Los amigos para Karmen eran como los adornos de un árbol de Navidad. Ornamentos prescindibles destinados a celebrar una fiesta sin sentido, como su propia vida. Se consideraba una persona leal, su fidelidad no había sido nunca puesta en venta. Se entregaba sin condiciones, pero sólo si no se le exigía nada en absoluto. Se sentía viviendo rodeada de un séquito de pretendientes babosos, amigas envidiosas y admiradores sin sustancia.


Karmen nunca había estado sola, y menos desde que empezó a exponer y a ser mínimamente conocida. Pero en cuanto más rodeada de gente se encontraba, más ajena al mundo se sentía. Por mucho que lo intentase, no lograba realmente “empatizar” con nadie. No, como en esa fusión indestructible que le llegaba con cada una de sus obras en cuanto las terminaba. Era capaz de leer el alma de cuantos se le acercaban, y podía conseguir de ellos tanto como se le antojase, sin embargo, no lograba conseguir conectar con ninguno de ellos. No realmente.


Esa misma mañana había coincidido en la playa con unas amigas del instituto. La mayoría, había acabado como mujeres florero de algún respetable pueblerino. A muchos de ellos se los había follado sin demasiado interés antes de pasarle el relevo a sus teóricas competidoras. En sus robustos cuerpos parecía estar escrita la enseña “venérese después de usar”, y en cuestión de creencias, Karmen, siempre se había considerado más bien agnóstica en todos los sentidos. Cada vez que se reunía con alguna de ellas, socializaba lo justo, les daba a cuentagotas la información necesaria para que pudiesen seguir alardeando de haber estudiado con una chica famosa, y se acababa escaqueando con alguna excusa. Una de ellas celebraba esa misma noche, su compromiso con un chico de Lesaka, y si no hubiese sido porqué sus últimos bocetos le habían parecido una mierda, habría rechazado educadamente la invitación. Sin embargo, acabó accediendo, en ocasiones también escuchaba a su desidia.


Frívola y sonriente, sencilla y deslumbrante, hacia las ocho y media de la tarde, Karmen apareció por la puerta del Atxaspi como una divinidad procedente de otro planeta. Ajena a las miradas, se sentó en la barra, ya que no había quedado hasta media hora más tarde, y pidió, como de costumbre, una crema de orujo con hielo. Se lió un porro y miró a su alrededor buscando una mirada en concreto. Cuando la localizó, satisfecha de su logro, encendió su porro, pagó al camarero sin mirarle y cogió el Gara para echar un vistazo a las páginas de Kultura.


Todo lo que sabía de él era que se llamaba Pepu. Era catalán y judío, dos cualidades que siempre la habían desagradado, aunque no sabría decir exactamente el motivo. Cada vez que aparecía por el pueblo, se lo encontraba en la misma mesa, como si no se hubiese movido desde la última vez que lo había dejado allí.


Parecía ajeno al mundo. Rara vez hablaba con alguien. Sin embargo, se le veía feliz observando desde su burbuja. A ella le gustaría poder ser capaz de hacer lo mismo para sentirse menos sola. No había nada peor que estar destinada a regalar sonrisas a diestro y siniestro y no poderse dedicar ninguna a ella misma mas que cuando estaba pintando.


Le habían llegado rumores de que era escritor, otros comentaban que Guardia Civil, sus amigas simplemente le definían como friki homosexual. Ella absorta con su quietud, se limitaba a mirarlo. Bello y tranquilo, dócil y profundo, alma errante que le regalase una relación sincera, intensa y tormentosa. Imaginaba el binomio escritor/pintora mientras estudiaba las armoniosas facciones del extraño. Ensombrecía sus líneas marcadas con azul ultramar, difuminaba con diversos amarillos y ocres para resaltar sus huesudos pómulos. Utilizaba discretos magentas para sus estrechos labios, y para bordear sus ojos tristes.


Dando unas caladas más al porro, se sorprendió dibujándolo de nuevo, en una servilleta de papel con su lápiz de ojos. No tenía remedio. Lo habría dibujado varios cientos de veces. Conocía cada rincón de sus carnes expuestas y firmes, tímidamente musculosas.


A ésta invito yo”, le pareció oír del camarero. Vio su vaso de nuevo lleno a rebosar de crema de orujo y le sonrió mecánicamente alzando el trago para darle las gracias. Siguió pintando, esta vez en su agenda mientras pensaba si la excitación que sentía sería debida a la regla que le había bajado al despertarse o al dichoso haize-hegoa que endurecía sus pezones cada vez que soblaba sobre su camiseta cuando alguien lo dejaba pasar al abrir la puerta del bar.


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Romántico y juglar, amigo de sus amigos, caballero errante, conquistador de Reinos cada vez que una ruptura le desterraba del último habitado, hacía dos años que Carlos, originario de ninguna parte, había llegado en peregrinaje a Lesaka.


Le había traído el viento sur, y apostaba que en otro de ellos también acabaría yéndose. No se consideraba una persona ambiciosa. Le bastaba con conseguir cualquier trabajo que le permitiese viajar a menudo, entre otros sitios, a cada uno en los que había vivido, y a pequeños vicios como el cine o el teatro, con conquistas o conocidos. El alcohol lo tenía cubierto, y los porros le salían casi gratis, gracias a los contactos que había conseguido trabajando en la barra. No pagaba demasiado alquiler y las distracciones en Lesaka eran pocas, y no excesivamente caras.


Paseaba por pechos franceses, se refugiaba en brazos navarros, buceaba entre piernas guipuzcoanas, ventajas que tan solo poseían las tierras fronterizas o excesivamente turísticas. Hablaba toda lengua que se introducía en su boca, y transmitía todas las aprendidas cada vez que con la suya, lamía el sexo de cualquier desconocida. Todas ellas únicas, irreemplazables, esenciales, maravillosas, mágicas y eternas, como piezas de una exquisita colección cuidadosamente escogida. Tratada con el respeto de la memoria, que permitía que no fuesen efímeras, ya que simplemente duraban lo que tardaba cada una de ellas en exprimirlo, consiguiendo el placer sublime que les otorgaba, y que rara vez habían experimentado con anterioridad, como si hubiese sido creado expresamente para sus cuerpos. Jamás satisfacía dos veces de la misma manera. Escuchaba las ansias de sus amantes y se ofrecía con exclusiva entrega a cada uno de sus oscuros y latentes deseos.


Cada mujer sonaba con una nota distinta, por lo que improvisaba diversas formas de tocar con cada una de ellas. En ese eterno concierto que había convertido su vida en una permanente orquesta sinfónica, no existían instrumentos menores, pero tampoco había lugar para solos, más que en contadas ocasiones. Curiosamente, uno por ciudad en la que se permitía el lujo de instalarse.


Lesaka desde el principio se le presentó como una sonata de instrumentos de cuerda, violonchelos y guitarras, violines suplicantes, cálidos contrabajos. Tal vez por el quejido del viento contra las ramas que le acabó arrastrando hacia allí, como siguiendo el sonido de un arpa. En la barra del Atxaspi nunca le habían faltado posibilidades de ligar, sin embargo, debido a las dimensiones del pueblo, se había autoimpuesto la premisa de buscarse amantes de fuera, incumpliendo su norma en muy contadas ocasiones, con alguna turista que se alojaba en el mismo hotel o con alguna chica de fuera a la que acababa invitando a su casa.


De todos los instrumentos de cuerda, tan solo uno destacaba entre todos los demás. Se llamaba Karmen. Bohemia e irregular clienta del bar. Bella y ausente, educada y felina, de armónica mirada y afinados movimientos, de cruel perfección e irresistible misterio.


Saberla tan cerca cada vez que visitaba el local, entorpecía sus capacidades, alargaba las horas que lo separaban del cierre, aumentaba su soledad. Concepto difícilmente comprensible en un trabajo en el que ni en un solo momento la experimentaba de veras. En ocasiones, se la había encontrado en la playa de Hendaya. Jamás se había atrevido a saludarla. Se imaginaba simplemente como sonaría, en silencio, bajando su mirada, como estaba haciendo en ese preciso instante. Repetición incansable de todos los que había compartido con ella, a apenas un metro de distancia, sin un solo cruce de miradas, con la certeza de que ella no sabía ni que estaba allí.


Observando a Karmen conversando con sus amigas, se sirve otro orujo de hierbas en vaso de tubo con tres hielos. El quinto desde su entrada. Pincha música algo más animada y baja las luces. En el ambiente percibe que los clientes lo agradecen.


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Sopla Haize-hegoa. La gente se refugia en sus casas y cierra las contraventanas. En Atxaspi, el único bar del pueblo que permanece abierto a esas horas, el camarero empieza a barrer el suelo invitando a los pocos que quedan a abandonar el local. Alguno de los asiduos, le ayuda con las sillas de la terraza de fuera y a subir los taburetes a la barra para que pueda pasar la escoba con mayor facilidad. Cuando cierra la puerta de madera de la entrada, y da salida a los rezagados, sonríe a una de las chicas que conversa animosamente con una de las compañeras de su “kuadrilla” con la que lleva toda la noche bebiendo. Ella ni se percata.


Una vez en el interior, se da cuenta de que todavía queda un cliente sentado en la mesa bajo la ventana de la izquierda, junto a los lavabos. El de siempre, un alma solitaria como en esos momentos siente la suya. Vuelve a la barra a servirse el último orujo de hierbas que bebe de un solo trago, y al salir se da de bruces contra el rezagado. Éste besa al camarero aprovechando su sorpresa, y ante la suya es correspondido.


Mezclándose los diferentes aromas de orujo de ambos, sus bocas son iluminadas mientras se entrelazan por el letrero verde de cerveza que parpadea. Desde fuera, la chica, algo borracha, puede ver la escena desde la pequeña ventana. Una mueca de decepción, solo perceptible por ella, invade su rostro.


Tras el beso verde, llega algo de sexo. Sin música, desenfocado como el bar a ojos de ambos, sumido en la niebla que a menudo ronda sobre Lesaka. El olor a semen y a orujo puebla sus mentes.


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Karmen ha conseguido plasmar la rabia en el burdo retrato al óleo que ha hecho del escritor, guardia civil, friki homosexual. En su mente se dice que nunca volverá a pisar ese pueblo de mierda. Titula la obra “Soledad”, como su madre, como la hija que nunca tendrá la posibilidad de abortar.


Pepu sueña despierto. No ha dormido en toda la noche saboreando el placer de un orgasmo que le acompañará mientras viva. Como resultado de haber roto su sigilosa rutina, como recuerdo de haber conseguido por una vez algo que deseaba tanto, dejar de estar solo.


En un impulso coordinado por la ausencia de ataduras, Carlos sigue el viento sur, en búsqueda de lo que nunca acabará encontrando. Un instrumento que no deje de sonar, y lo más importante, lo suficientemente resistente como para aguantar un solo eterno. Sus maletas siguen al haize-hegoa que lo ha guiado siempre.



CERRANDO CICLOS:
TRÍADA SOLITARIA I : TERRAL
TRÍADA SOLITARIA II: SOLSTICIO