martes, 28 de diciembre de 2010

visita


¿Cuántas palabras caben en cinco minutos? ¿150 palabras?¿1000? ¿Y eso cuántas frases representaría? ¿5, 12 frases? ¿Cómo se puede medir el espacio con exactitud para que abunden menos silencios? Tal vez si se deja de respirar entre palabra y palabra, y en los puntos se absorbe la frase siguiente sin pausas, quepan muchas más cosas. O si se pronuncian aspirando quizá se haga sitio suficiente como para meter otras nuevas que ocupen el mismo espacio. Desorden, caos, desconcierto.


¿Cuántas ideas caben en 5000 palabras? ¿Un millón? ¿cinco? ¿ninguna? Si se puede calcular el número de palabras que compone una idea, no será difícil dar con la fórmula que determine el tiempo necesario para concebirla, o el numero de ideas contenidas en una misma unidad de tiempo. Reflexión, abstracción, desconcierto.


¿Cuántas emociones contienen los silencios? Dando por hecho que en las palabras nunca caben verdaderos sentimientos. ¿Cuántos segundos vacíos de ruido se necesitan para transmitir una emoción? Cuestión de ir economizando el tiempo y saber en todo momento del que se dispone para comunicar ideas y del indispensable para ponerles un determinado estado de ánimo. Concentración, dispersión, desconcierto.


En un aluvión de emociones, se tragarían las palabras para poder expresar durante más tiempo las sensaciones más íntimas. Aunque para que la Comunicación sea fluida, sería de gran interés llegar al equilibrio perfecto en el que los silencios de sensiblerías y dialécticas del raciocinio convivan en armonía.


Y vistas las bases teóricas. Pongamos el ejemplo de una media hora y de sus treinta minutos (tiempo redondo, número divisible entre varios). ¿Cuánto tiempo habría que dedicarle al silencio y cuánto a las palabras? ¿Y cómo habría de compaginarse? ¿Transmitiendo, pongamos el caso, 3 ideas para pasar a mostrar 1 emoción? ¿Respetando una sagrada regla de equilibrio cósmico de 3x1? Dispuesto lo cual, pasemos al siguiente punto. Si por idea necesito unos 5 minutos y por emoción otros tantos, en media hora daría entonces para 5 ideas y 1 emoción (3 ideas, 1 emoción, y otras 2 ideas más a falta de poder expresar más emociones). Lo que ampliándose al plazo de 1 hora completa, alcanzaría mayor justicia con un total de 15 ideas transmitidas por tres emociones mostradas. Una Comunicación Eficaz. La naturalidad siempre ha estado sobrevalorada.


Mas por supuesto todos los cálculos se van al traste, en cuanto introducimos una nueva variable, el Interlocutor, que hasta ahora no ha cumplido otro papel que el de mero espectador silencioso de nuestro monólogo bien estructurado, de nuestro soliloquio sin escucha activa. Además que de desear ajustarse más a la realidad y dejar de moverse en lo abstracto, habría que contar con que el tiempo real del que disponemos es de cuarenta minutos.


Pongamos que nuestras mentes ágiles a pesar del paso del tiempo y del peso de tantas sustancias, cómplices por tanto pasado compartido, no pierden minutaje en captar las transmisiones del otro. Siempre supimos leernos las arrugas de la frente con tan solo mirarnos la espalda.


Si suponemos que de ese tiempo, ya real, ambos hemos de ser capaces de condensar nuestras expectativas y de compartir por igual el espacio para Comunicar con Justicia; digamos que cada uno dispone entonces de sus 20 minutos, a rellenar de 4 Ideas y de 1 Emoción. Siendo ésta, la solución más equilibrada tanto moral como matemáticamente.


Mi Emoción ya la tengo clara. Libertad. Esperanza. Quiero que se pueda ver en mi cara como contemplando la Victoria de Samotracia, o leyendo un libro de Víctor Hugo. Como en un museo mal iluminado, a través del cristal que protege la obra y la esconde, pudorosa. Visualizo las respiraciones que levanten mis hombros para desplegar las alas que sólo yo sé que tengo. Veo mi rostro relajado, en paz, con la mirada más tierna jamás enfocada, feliz, extasiada. Con el brillo de las estrellas en mis ojos y sus deseos en los labios. Y fluyo a través del cristal que nos separa con mi candor sin fronteras que pueda frenarlo. Y te inundo. Y sí, por eso la tengo clara, por que la siento con solo pensarla.


En cuanto a mis cuatro ideas, finalmente son lo de menos. Tanto tiempo calculando en el aire para acabar diciendo lo mismo de siempre, con tartamudeos incluidos, aturullado como una colegiala y con las prisas que concede el desconcierto. No te hablaré de tus padres porque los vas a ver en breve, ni de la gente en general para que a tu madre no se le acaben los temas de conversación. No te hablaré de mis miserias, que son las de siempre, y que hasta a mí me han acabado aburriendo. Te diré que estoy contento de verte y te hablaré de mis últimas locuras y ya habré consumido una idea. Nos habremos reído un rato.


Te hablaré de los colegas y de los últimos amoríos, de las juergas, de los nuevos hijos y de los viejos trabajos, de sus anhelos. Habré gastado mi segunda.


Después llega el obligado espacio que me impones para ponerte al corriente de las últimas películas vistas y de los libros devorados... Habré agotado mi tercera idea.


¿Y mi cuarta? Ya soy víctima de mis propias teorías restrictivas. ¿Qué podría decirte en mi cuarta que tú ya no sepas? Y vuelve el estrés que impone toda elección. A veces pienso que lo mejor sería improvisarla, pero ¿y si me quedase en blanco y perdiese esos preciados cinco minutos buscando palabras que los cubran? No, lo mejor es llevarla al menos prevista. En esa cuarta te diría lo que te quiero, tópico y estúpido, te diría que aún te espero, que nada para mí ha cambiado, que sigo siendo tuyo. No te hablaré de los desgarros que me provocan echarte tanto de menos, ni de lo que quema tu ausencia. Te diré que cuento las horas para la próxima visita, y que colecciono las que nos separan del próximo vis. Me centraré en lo positivo, en lo intenso y grande que aún nos une. En la electricidad que ni un cristal separa, en la energía que las rejas no pueden apresar, en el deseo que no puede estar encerrado porque necesita recrearse junto a los sueños. Te hablaré de nosotros. Te hablaré de lo nuestro. Después ya pasaré a lo de la emoción, o tal vez empiece con ella, todavía he de decidirlo. De momento ya habré consumido mis cuatro ideas, y estoy seguro de que me quedarán tantas cosas por decirte como ahora mismo mientras te pienso.



MINISTERIO DEL INTERIOR. GOBIERNO DE ESPAÑA


La legislación penitenciaria reconoce el derecho de los internos e internas a comunicar periódicamente de formal oral y escrita, en su propia lengua, con familiares y amigos o representantes acreditados de organismos e instituciones, salvo en los casos en que la autoridad judicial de la que depende haya decretado prisión incomunicada.


En todas las comunicaciones presenciales se respeta al máximo la intimidad de los comunicantes y se tienen en cuenta las dificultades en los desplazamientos de los familiares en la organización de las visitas.

Comunicaciones personales

Se realizan en los locutorios del Establecimiento, con familiares y amigos previamente autorizados, con un máximo de cuatro personas por visita. Son posibles dos visitas semanales de 20 minutos cada una, o bien una única visita a la semana por 40 minutos. Estas visitas suelen realizarse durante el fin de semana.



jueves, 16 de diciembre de 2010

manual didáctico


manualdidáctico

aprendepoesíaen5decepciones


clasesprácticas


i.epílogo


Blanqueando tu silencio,

busco versos en la niebla,

para escribir en la tierra

las decepciones del tiempo.


Frases sueltas se presentan.

Hacen cola sin vergüenza.


Me acarician mientras tiemblo.


Sueño,

piensan,

cedo,

reinan.



ii.adagio



Cuando bailo tus mentiras,

marcan paso las estrofas,

con el crujir de las hojas,

de unas notas bien medidas.


Pierdo el alma con la prosa

en un concierto sin derrotas.


Sin afán mientras me agitan.


Brincan,

tocan,

pisan,

doman.


iii.introito



Ordeno tus desatinos

en un musical de rimas,

sin ensayos ni salidas

pautan ellas nuestro ritmo.


Recolocan ironías

gobernando la desidia.


En su música no existo.


Vivo,

pinzan,

viro,

dictan.

iv.obertura



Buceando bajo tus miedos

entre palabras me evado,

construyeron con amparo

mil prisiones en el viento.


En los mares reflejaron

las historias del pasado.


Con vocablos sin aliento.


Pienso,

ardo,

pierdo,

vago.

v.ultílogo



Amasando nuestras dudas,

pongo juntas en los muros,

en las grietas de susurros

suspirados sin fortuna.


Pinto comas, danzo puntos,

cantan las pausas los mudos.


Invento falsas ternuras.


Mudas,

surjo,

curas,

sufro.

jueves, 9 de diciembre de 2010

tocata y fuga



Vuelven las lámparas del water

a enardecer mis almorranas,

con sus cien fuegos de artificio,

entre mis mil “gracias” de estiércol.


Susurran mis intestinos

sobre tu sordo derroche,

alegrándonos la noche

que ignora tus desatinos.


Si riego de orín tu demora,

se salpican tus esperanzas,

gotas que manchan tu desidia

dispersando mi aburrimiento.


Cabalgo a lomos de tazas

de roca y de porcelana,

que acogen de buena gana

mis palabras entre hogazas.


Cuando con mi lluvia dorada

te disfraces con lentejuelas,

mis heces podrán dar volumen

a tus arrugados embustes.


Me abandono en tu impaciencia,

de ricas adversidades,

tizno de necesidades

nuestra aciaga diferencia.


Me vacío de los reproches

que rocían tu vil torpeza,

desollando las cicatrices

descosidas por tus silencios.


Mis fueros yo desalojo,

ante tu cruel reverencia,

bella pose: “indiferencia”

la que luces con arrojo.


Te acaricio con excrementos,

barnizándote en mi verdad,

ilustrándote en mis entrañas,

escondido entre bastidores.


Y tiro de la cadena,

alejando el desconcierto

de nuestro corto concierto,

de una luna casi llena.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

retratos: el arcángel



Vive en un sótano sin ventanas desde hace más de 35 años. Su única ventilación es a través de una pequeña rejilla que comunica con la alcantarilla que se encuentra frente al locutorio de arriba. Por ella se cuelan las enredaderas de moho que se balancean al ritmo de la salsa que no cesa en la calle, y el ruido de las risas y de los tacones que se acercan al edificio. Antaño entraba el sonido de los bombardeos, y el repique de las campanas de la iglesia que desapareció entre el bullicio. Alguna que otra rata despistada, saluda de vez en cuando acariciando las rendijas con sus zarpas antes de volver a encontrar la salida. Sus sueños se contonearían con la banda sonora permanente que vibra en su techo, si no fuese por su sordera, grato regalo del que disfruta desde la infancia.


Gabriel nació a cielo abierto en la localidad de Troceble, un pequeño pueblo pesquero de un litoral ya erosionado por la rabia del mar. Creció trenzando redes y limpiando pescado, cargando camiones, ayudando en la lonja a los hombres y en la cocina a las mujeres, bajando al puerto a flirtear en silencio con las turistas, para pasear después en barca y masturbarse en medio de la nada. Maduró entre callos sangrantes en las manos y grietas en las mejillas; cicatrizando todas sus penas con el salitre, amansando sus miedos con la brisa. Envejeció de adolescente, con artrosis prematura y temprana pérdida de la ilusión. Fue el mediano de siete hermanos, con los que ya no recuerda ni haber convivido, tal vez por no haber conocido nunca el timbre de sus voces.


El hornillo eléctrico que hace semanas que no se usa, está incrustado con grasa reseca en el frigorífico vacío que le llega a la altura de las rodillas. El resto de la cocina, está plagado de bolsas de basura repletas de tesoros y de revistas apiladas que llegan hasta el techo, como inmensos edificios adosados en una ciudad sin cielo. Viejos recortes de periódico pueblan las paredes desconchadas y llenas de manchas de humedad, enganchados con cinta adhesiva ya amarilleada. Recuerdos del pasado desordenados en un “collage” surrealista. Noticias variopintas sobre sitios en los que tal vez estuvo, reportajes de los que ya no recuerda el interés, entrevistas a gente de la que ya ni se acuerda.


Las cajas de fruta colmadas de joyas de papel y memorias de materiales no reciclables, se organizan por tamaños, los colores se fueron apagando mimetizándose con las paredes. Las etiquetas supervivientes que marcaban su contenido, o se pudrieron hace tiempo o ya no se leen por haberse desgastado. Sobre una televisión con cuernos, que no funciona desde el apagón analógico, una foto en blanco y negro reposa en su barroco marco de plástico dorado. Desde su interior sin cristal que la proteja, una sonrisa llena de polvo mira con ternura al viejo que la observa desde el sillón de piel desollada del que sobresalen rebeldes muelles que se le clavan en la espalda.


A los 25 años, Gabriel se enamoró, por primera y última vez, de una joven veraneante de la capital, cinco años más joven. Con ella compartió tres veranos, una semana santa, unos cuantos puentes y varias cartas que aún conserva en la misma caja redonda de sombrero en el que veló la primera. Ruth ya formaba parte del círculo más íntimo de la familia antes de que se conocieran. Era hija de la mejor amiga de su madre, inseparables desde niñas, hasta que se enamoró de un rico comerciante con el que emigró a la ciudad tras casarse. Con mayor suerte que la que habría corrido de quedarse en Troceble, disfrutó de una exquisita educación, gracias a la que con tesón, pudo iniciar a Gabriel en la lengua de signos, así como en los clásicos de la literatura, a través de los que le enseñaba lecciones vitales y le ayudaba a mejorar su lenguaje escrito.


Ruth le dio su primer beso, y lo acogió entre sus brazos cuando rompió a llorar emocionado por la electricidad en sus labios. También lo convirtió en un hombre regalándole su primer orgasmo compartido, de nuevo bañado en lágrimas. Fue la única mujer a la que le escribió “Te quiero” en cinco lenguas diferentes, sin incluir la de signos con la que la saludaba a diario cuando estaban juntos, ni contar las letras de idiomas inventados que dibujaba por las mañanas con sus dedos sobre sus pechos, despertándola con sus pezones encendidos.


El viejo con la mirada perdida en el olvido, pasa la lengua seca por sus labios cuarteados en recuerdo de un beso ya lejano, pero tan solo en el tiempo. La saliva que imagina ajena no existe, ni por sus ojos puede ya filtrarse el recuerdo. Únicamente entre las líneas de sus marcadas arrugas podría leerse la melancolía que se dibuja en sus ojos tristes. Mentalmente rememora las cartas que cree abrir sin destapar la caja redonda que las guarece y que esconde en el mueble de su inservible televisión. Por su cabeza desfilan frases de esperanza, palabras en las que se mece, párrafos de piel suave y sin voz, sueños caligrafiados por la mano de un ángel...


Nunca hablaron de casarse. De hecho fue una de las pocas cosas que Ruth no le enseñó a decir en la lengua de signos. Siempre que él le preguntaba, ella le engañaba señalándole verbos lascivos o locuciones sin sentido. Gabriel rechazó dos conciertos de matrimonio, y con su tara, como su madre no se cansaba de repetirle, no le iba a ser nada fácil encontrar esposa. Al cumplir los 27, supo con la certeza que se tiene tan solo en sueños, que no amaría a ninguna otra mujer más que a Ruth, por lo que dejó de preocuparle su suerte casamentera.


Entre las cajas de cartón apiladas en las esquinas del sótano, aún se conservan las manchas de orín de gato, de los incontables que ha ido acogiendo a lo largo de los años, y de los que desde hace un par de semanas ya no disfruta. Posiblemente fueron los del locutorio quienes llamaron a la protectora. Pasa sus dedos por el sillón mellado y piensa que sus compañeros eran mucho más suaves, y que de sus lustrosos mantos nunca salieron objetos punzantes como esos dichosos muelles tan molestos. Ahora ya sólo quedan él y su foto, con la que sigue hablando en silencio, y en la que no puede leer las manos por terminar en los hombros.


Dos veranos después de su revelación de los 27, llegó a la conclusión de que se quedaría para vestir santos. Al recibir una carta de despedida en la que Ruth anunciaba su compromiso con un banquero de tierras del norte. Antes de cumplir los 30, Gabriel fue dando tumbos de costa a costa, bordeando la península en desordenadas carambolas hasta anclar en el lodo de una ciudad de interior, a la que llegó con un único propósito, el de perecer junto a sus recuerdos.


Malabarismos en el mercado y trapicheos en el parque para conseguir embutido robado sin fecha de caducidad. Limpiabotas el fin de semana, limpiacristales de lunes a viernes, en el semáforo que llaman de los locos y en el que la mayoría de servicios se pagan con malas caras. Paseador de perros y aparcacoches, jubilado gorrilla. Aguantador de puertas del Súper con la mano derecha extendida y una sonrisa sin dientes en la cara. Mendigo de cartones de vino y buscador de colillas. Tasador de basura, especulador de mierda, equilibrista de sueños rotos, acumulador de infortunios, prestamista de ilusiones inexistentes, anticuario de una memoria selectiva y dispersa, alquimista de adversidades, ilusionista de corduras olvidadas.


Gabriel intenta leer los labios de Ruth, y le parece entender que lo del banquero no fue más que una broma macabra. Él le sonríe y la perdona. Le contesta sin abrir la boca que él también sigue soltero, que está bien situado y que dispone del sitio perfecto como retiro para sus últimos días juntos. Ella intenta levantar los brazos que no han salido en la fotografía para proponerle matrimonio.


En un sillón con lepra, cuyos jirones de piel descansan adormecidos, yace un viejo con los ojos sonrientes. Nadie sabrá nunca que en ellos podría leerse “Sí quiero” si existiesen intérpretes de decepciones. En su tumba sellada y con aires de Cumbia los taconeos pretenden despertarlo, pero la muerte es mucho más dulce y prefiere abrazarse a ella. En el locutorio las voces se solapan y las conversaciones se cruzan, acallando los inventados maullidos que pasan por la cabeza del viejo loco que vive en el piso de abajo, mientras se va apagando frente a una foto desgastada en la que no se distinguen más que unas cuantas sombras.