lunes, 29 de marzo de 2010

TRÍADA SOLITARIA I : TERRAL



Alicia camina sin aliento, mira el reloj y se sorprende de que a la hora bruja no haya ni un alma en la calle. Repasa mentalmente el camino hasta la parada de autobús. Aguanta la respiración para cerciorarse de que el sonido de los pasos que le acechan desde hace un par de calles, no está únicamente en su cabeza. Vuelve a soltar el aire y acelera un poco el ritmo. Mete instintivamente la mano en el bolso y se topa con el estuche de los tampax. Mierda. Con las prisas ha olvidado cambiarse el salvaeslip de socorro y a esas alturas debe de estar empapada.



Se nota las piernas húmedas. La vergüenza se mezcla con el miedo, el sudor con la sangre, las prisas con el cansancio. No recuerda haberse sentido de ese modo desde que sus compañeros de instituto la acosaban sin descanso poniéndola en ridículo año tras año. Una primera lágrima tiembla en la comisura del ojo amenazando con caer la primera de muchas. Intenta relajarse, practicar esas respiraciones de yoga que jamás son útiles cuando de verdad se necesitan.


Busca el silencio, la calma, la compostura. Encuentra de nuevo el sonido de los pasos que no son los suyos, se remueve por dentro, se deshace en pedazos. Definitivamente ese ruido insiste en salir de su cabeza, en acecharla más allá de su imaginación, en expandir su eco fuera de las paredes de su cerebro. La sensación de suciedad vuelve a desbordar la piscina de terror en la que está sumergida hasta el cuello. Estalla en sollozos. Con suspiros cortos y seguidos. Las mejillas bañadas. Las ingles gelatinosas.



Esos pasos aceleran y se acercan, como los suyos empiezan a desvanecerse y su conciencia a alejarse. Alicia recuerda a los niñatos mimados e hijos de puta que le hicieron imposible la mayor parte de su adolescencia. Busca reconfortarse en el desamparo que otras muchas veces sintió en esa misma ciudad que tanto daño le había causado, para tranquilizarse con el hecho de que todavía sigue de una pieza. ¿Por qué esta vez iba a ser diferente? No podía abandonarse, rendirse huyendo de la realidad con un ordinario desmayo.


Retoma los ejercicios de respiración, repasa en su mente y decide que tendría que haberse desapuntado hace años de esas jodidas clases de yoga que no le sirven para recuperar la entereza. Se ríe de ella misma y sigue llorando de rabia, terror, de desconcierto y de asco. Las arcadas empiezan a sucederse, las náuseas no paran de contraer su vientre. Se hunde en el oleaje de sentimientos e intenta recobrar el equilibrio que va perdiendo por momentos. El viento la zarandea, el calor insoportable al que ya se tendría que haber acostumbrado y sigue odiando desde niña, le susurra que desea destrozarla. Empieza a escuchar el cuchicheo del terror, el silbido de la repulsión. Consigue mirar hacia atrás, pierde la maleta con un golpe de bordillo. Una sombra se abalanza sobre ella, suelta el bolso y grita. Grita como si con la fuerza de su grito fuese a acallar el del viento y a expulsar toda la ira acumulada, su vergüenza, su recelo y su repugnancia. Las piernas se le enganchan, los movimientos se bloquean. Esa odiosa ciudad que la vio nacer, desea su infelicidad hasta en los últimos instantes que pase en ella. Siente el reproche que Málaga le está haciendo. Los celos de que se vaya. La sombra ya está encima. El sonido de su grito se ahoga. Unos ojos eclipsan los suyos. Su rostro ya lo tiene encima.

* * * * * * *

Carlos está sentado en la parada del bus. El viaje será largo, pero si todo sale bien, será el último. Un mes como máximo y el estrés se habrá acabado para siempre. Sonríe. Pierde su mirada en el vacío y se ve pasar las tardes en el Peñón del Cuervo, tomando una caña en Los Baños del Carmen, una copa en ese nuevo sitio de la Araña…


Necesita la playa. Ese sonido constante de las olas. Pero ante todo, el olor a Mar. Ese olor impregnado en las calles, en su cuerpo antes de acostarse, en el cuerpo de sus amantes en los encuentros de una noche. La gente que huele a mar, siempre le había inspirado mucha más confianza. En las ciudades de interior, la gente olía a rancio, al calor seco de un bar plagado de humo, a baúl enterrado, a metro, a infelicidad y a conformismo. Las calles de una ciudad sin mar, para Carlos, eran grises, opacas, estaban ligeramente desenfocadas, como ahumadas por la polución de una fábrica cercana. Hedían a encierro, a cárcel sin ventanas, a ropa vieja que no se ventila desde hace años.



Pero Málaga tenía la luz que él necesitaba, el contraste perfecto. Y además de eso, olía a mar, a azahar y a jazmín. Pero sobretodo a mar. Incluso en el rincón más recóndito del centro podía percibirse la presencia de la playa en la ciudad, esa brisa que lo embarga todo, ese regalo que lo diferenciaba de los sótanos sin ventilación o cocinas sin extractor que representaban para él las ciudades de interior de las que tanto tiempo llevaba escapando.

Mira el reloj y vuelve a sonreír. Un cuarto de hora y el bus le llevaría al aeropuerto. Un mes y la vuelta ya sería definitiva. Le esperarían mil porros en las playas de Pedregalejo, otros tantos besos por las calas de La Araña, litros de cerveza en Guadalmar… Las mareas volverían a regir el ritmo de sus venas, los latidos de su estado de ánimo.


Las doce de la noche y ni una persona en la calle. Las violentas ráfagas de viento parecían haber arrastrado a la gente hasta dejar todo vacío a su paso. El calor había fundido a todas las personas a las que había acariciado. Persianas cerradas. Silencio. Tranquilidad. La última persona que había visto pasar, lo había hecho hacía más de un cuarto de hora, y parecía desorientada, como perdida siguiendo el camino que el viento le marcaba.


Recorre mentalmente la suavidad de los pechos de Marta, la tersura del vientre de Julia, el calor de los abrazos de Noelia, la arena en el ombligo de Raquel. Otras tantas aventuras le esperarían a la vuelta. Pero solo mujeres que oliesen a Mar. Estaba harto del resto de fragancias de las mujeres de ciudades de interior. Esta sería la última vez que saldría de Málaga con esa añoranza, ya que las próximas serían para irse de vacaciones, y no para volver de ellas.


Carlos echa una mirada instintiva a su maleta, se ajusta el cuello de la camisa y vuelve a mirar el reloj. Sólo diez minutos para la llegada del autobús. El momento se acerca. Mira, y a lo lejos ve una pareja que se aproxima. Otro golpe de viento debe de haberlos llevado hasta allí. Por fin alguien más para hacerle compañía. Se acercan a paso firme hacia su misma parada ¿También irían al aeropuerto? Que bonito el amor. No. Parecía que discutían. Bueno, al fin y al cabo, eso también formaba parte de la pareja ¿no?, o al menos eso le había parecido oír. Aspira profundamente. Puede sentir como toneladas de olas llenan sus pulmones de vida.


* * * * * * *


Pablo. 43 años, malagueño y malaguita, funcionario de correos, proveniente de una familia de clase medio-alta con fuertes convicciones católicas. Acompaña a diario a la salida del trabajo a su padre a jugar a la petanca, vuelve a casa, discute con la madre, comen juntos, se echa la siesta y le da tiempo para acercarla a misa de ocho. Cuando le apetece, se queda, como barnizando con ese gesto su día de la más consistente rutina, pero la mayor parte del tiempo, no atraviesa ni la puerta del templo. Vuelve a casa, sintiéndose subversivo y único, se conecta a Internet y chatea durante horas, aprovechando esos momentos de paz, de libertad infinita. No cambiaría su ciudad natal por ninguna otra, aunque apenas haya salido de ella el tiempo suficiente como para poder comparar, y no conozca de Málaga más que su lado más discreto, menos radical y alternativo.


"Esta vez no pienso hacerme ilusiones”.


Se lo repite una y otra vez mientras se somete la camisa nueva en el pantalón recién planchado, centrándolo perfectamente para que la raya coincida con exactitud con el centro de su rodilla. Se alisa las arrugas imaginarias del cuello y se desempolva las inexistentes motas de caspa de los hombros. Es su tercera visita al aeropuerto en seis meses, y ninguna de ellas ha sido para recoger a la misma persona.


“Podría funcionar si esta vez no me muestro demasiado impaciente y ansioso”.


En el fondo sabe que no será capaz, pero le encanta engañarse. Saborea la vida en pareja que tanto añora y espera el encuentro inminente como a algo mágico, definitivo, para siempre.


“Dios mío. Deja que esta vez funcione. Prometo entrar con mamá todos los días a la iglesia, dejar el vicio del chat, guardar ayuno el domingo...”


Querría perder unos cinco kilos. Eso le ayudaría también a conservar el amor de su vida.


¿Podría decir que esta vez había conseguido encontrarlo? No. Mejor era ir con pies de plomo que después se llevaba la desilusión de su vida, y la última vez había engordado tres kilos.”


Para Pablo, cada relación rota suponía, de media, un aumento de talla. También les echaba la culpa de las nuevas arrugas, las canas o sus cada vez más generosas entradas, aunque eso no era capaz de demostrarlo científicamente. Como la primera impresión es la que cuenta, para su primera cita se había dado el lujo de estrenar la faja reductora milagrosa de la Teletienda. El único problema es que andaba como si le estuviesen estirando de una cuerda atada a la cintura. Es cierto que esa incomodidad no le importaba demasiado, puesto que la barriga casi ni se le marcaba y parecía incluso más alto, y eso era lo realmente importante. Además, había acabado por aceptar, que para estar decente era necesario sacrificio y disciplina.

Una vez en la calle, coreografía sus nuevos y rígidos movimientos con el fin de hacerlos más naturales, disfrutando mentalmente de su vientre casi plano. Se va mirando en los escaparates para cerciorarse de que en el reflejo, aunque no se distinga más que una simple sombra, en ella no se note que lleva la nueva sauna moldeadora no disponible en tiendas. Preocupado por su esbelta figura, por los detalles perfeccionistas de su primer encuentro y por el martirio que está dispuesto a soportar, si éste se materializa en el amor eterno que lleva toda la vida buscando, va avanzando por la calurosa noche en contra de las violentas oleadas de viento, sin darse cuenta de estar invadiendo el espacio vital de la chica que tiene a pocos pasos por delante. La chica tropieza y la maleta se le cae, en pocos segundos su cuerpo la sigue. Pablo acelera el paso para asegurarse de que no se ha hecho daño.


* * * * * * *

El conductor del autobús 19 se detiene en la parada del Paseo del Parque. La noche ha sido muy tranquila. Los oídos le zumban por el incesante viento que entra por la ventanilla que tiene abierta. A pesar de ello, no se queja. Ya está acostumbrado al Terral que desde su infancia le ha hecho inmune a los torbellinos de aire caliente. Lo único que lamenta es no tener suficientes pasajeros que le den conversación. Parecen haberse resguardado todos del viento, dispuestos incluso a perder sus aviones que partirían vacíos. Tres viajes más y volvería a casa. Con su aire acondicionado y su televisión de plasma.


Abre la puerta. Los tres que aguardan en cola van subiendo. Tampoco le darán conversación, parece que van juntos. Lástima. Entre risas pagan sus billetes. Los dos chicos ayudan a la tercera a subir su maleta. Muy caballerosos, sí señor, como tiene que ser. A veces piensa que le gustaría tener amigos con los que ir de viaje. ¿Pero, a dónde? El conductor sin nombre arranca el autobús imaginando destinos que no existen a los que ir con gente que no conoce. Para variar, entre tanto trayecto al aeropuerto, no estaría mal que a la llegada se bajase algún día a embarcar con la maleta que nunca había tenido.

CERRANDO CICLOS:
TRÍADA SOLITARIA II: SOLSTICIO
TRÍADA SOLITARIA III: HAIZE-HEGOA

jueves, 18 de marzo de 2010

recuerdo



Fuiste un amante generoso, de los que no abundan. A pesar de haber acabado antes que yo, dichosos nervios los míos, seguiste el reclamo de mis deseos obedeciendo a mis jadeos, recorriste con atino las pistas marcadas sobre mi piel como subrayando las frases tatuadas exigiendo caricias, tapaste con besos las grietas abiertas por mi ansiedad formando una masilla indestructible al mezclar tu saliva y mi sudor.


Fuiste un amante cuidadoso, de los que nunca había llegado a conocer. En la oscuridad de las sombras dónde la agresión reina, no me sedujiste a la fuerza, no me arrastraste a tu lascivia, no te impusiste sin permiso. Te acercaste sorteando los bultos en fila buscando contactos y me dedicaste una única mirada. Suplicante. Sincera. Que me robó una sonrisa, la que permitió que decidieses reír sobre mis labios.


Fuiste un amante silencioso, discreto, como el resto de apuntes en una lista de la compra sin fin, pero marcando tu presencia en negrita. Nuestros nombres nunca fueron pronunciados, nuestros cuerpos retorcidos al unísono de la melodía de tu experiencia se lo dijeron todo, los labios siempre estuvieron demasiado ocupados memorizando pliegues, curvas escondidas y sabores recién descubiertos como para poder pronunciar palabras. El silencio alimentó el placer, la discreción el misterio.


Fuiste un desconocido en un parque, como tantos otros, que desnudó los secretos de dos cuerpos disfrazando el reflejo de sus almas, que satisfizo el bienestar del recuerdo y consiguió mantener en vilo a la memoria. Caminaste como muchos sobre mi lujuria, sin embargo al haberlo hecho descalzo, las huellas de tus plantas desnudas aún se conservan intactas.


Ayer te vi en la parada del autobús 17. No había nadie más con nosotros. Me dedicaste una mirada educada y te sonreí. Esta vez tus labios no besaron los míos. Mi corazón latía intentando vocalizar lo suficiente como para evocar en ti un recuerdo, por lejano que fuese. Esta vez, parecías haber olvidado el lenguaje de mi cuerpo. Tú, que en tan solo una noche habías sido capaz de enseñarme idiomas nuevos. Al apartar tus ojos, se borró mi sonrisa. Llegó el 17, y al subirte en él te llevaste nuestro recuerdo dejándome en la resaca.


Fuiste un amante generoso, cuidadoso, silencioso y discreto. Fuiste un desconocido en un parque que me recordó lo que significaba volver a estar vivo, que despertó sentimientos que ya tenía olvidados y que marcó una senda sobre la que hoy aún me muevo. Sólo tuve que pagar el precio de ser ignorado, y a quien no tiene orgullo ni memoria resulta imposible arrebatarle nada.

jueves, 11 de marzo de 2010

ANTOLOGÍA DE UN DUELO SILENCIOSO




I.




Beso tu boca apretando las grapas,
la herida de tu silencio supura.
Despego tus párpados con ternura,
buscándote entre las cuencas mis mapas.


Quemo tu piel arrancando las capas,

que entretejieron tu cruel hermosura.

No hallo calor en tu fría basura,
en tu gélido cobijo me atrapas.



Tu culpa anudo, la cuelgo en mis venas,
me regocijo en tus dulces palizas,
al hablar con tu sombra me serenas.



Escribo sobre tu ausencia con tizas,
en tu vacío pinto con arenas,

con tus cartas en blanco me hipnotizas.




II.



Vomito los “te quiero” que ofreciste,

en garrafas de formol los conservo,
por si voy a tu entierro los reservo

y tapar el silencio que me diste.


No es rencor lo que guardo a lo que hiciste.
Corrijo que cambiaras siempre el verbo,

mas tu porte y sarcasmo un tanto acerbo
envilecen los versos que dijiste.



No entiendo la sonrisa de tus ojos,

ni concibo el concederte mi cuello.
Ya no estás bajo el techo de mi cueva.



Si el olvido podrá borrar enojos

me desconcierta haber sido plebeyo

aunque estuviese bien ser tu manceba.




III.



Moran saltamontes por mis intestinos,
escaparon a saltos de mi garganta,

que es muy traviesa, sí, y que cuando ella canta
porta tu aliento, de adioses asesinos.


La podredumbre se advierte en los vecinos,

pude haber tejido y despunté tu manta,

mas no hubo espera, sireno ni giganta,

ni finales teatrales anodinos.


Aún resuena el silencio de tu hasta luego,

y me escuecen las mejillas por tu ausencia.
Siento miles de erizos en tus recuerdos.


Lloro para que esta vez apague el fuego

sin ahogarme en el dolor de tu presencia,

ni fundirme en lo glacial de tus acuerdos.




IV.



Cambié mis ojos por bolas de cristal,

tus recuerdos por las fotos sobreexpuestas,
y en el rincón en el que tú aún te acuestas,

camuflé una bastilla armada en metal.



Me enterraste entre colchones de orfidal,

maté al amanecer, condené a las puestas,

truqué los descensos cambiados a cuestas
cosí los olvidos usando dedal.



Tus palabras tatuadas en la nuca,

desordenan con atino mi memoria

que en el dolor de la tinta se acurruca.



Sigo oyendo el veneno de tu oratoria,

la huella de tu cuerpo en mí no caduca,
tu pasado converge en mi trayectoria.



V.



Medicado, la lucidez embelesa,

la perfección de las ideas asoma
toda inmensidad del absurdo me doma

sobrevuelas mi dolor en tu calesa.



Extasiado porque el mundo me interesa,

su color, texturas, la luz de su aroma.

Perdido en las horas tu tiempo es mi broma,
tu cruz mi descanso que a penas me pesa.


Huelo el ruido del sol, veo el mar en las sombras,
la luna me envuelve cuando en ti me refleja.
Toco el viento, lo navego sobre alfombras.



Duermo el olvido que del temor me aleja.

Sueño el recuerdo de que aún hoy tu me asombras.

Vivo en la muerte, firmo el pacto sin queja.




V. (BIS)



Caminas descalzo por el olvido,
cansado de torturas con cautela.
Eres sutil en tu inútil barrido,
ya no viertes cemento en mi acuarela.


Sacudes mi recuerdo entre deshechos,

vas con mis esperanzas al infierno,

me devuelves besos insatisfechos,
veranos que no tuvieron invierno.


Me conduces por sendas recorridas,
dónde araño mis piernas con zarzales,

arrastrando mis brechas descosidas,
contruyendo en mi dolor catedrales.



De las palabras no dichas me agencio,

dulce reproche pour tu cruel silencio.

lunes, 8 de marzo de 2010

VENENO


sórdida y noctámbula,
entre la paranoia de las imágenes hipnagógicas y el desvelo del duelo entre la nicotina y el alcohol abriéndose paso bajo mi cráneo.

complaciente compañera,
inolvidable cómplice de pérdidas de memoria,
estruendosa sonrisa de mi triste silencio.

mórbida y roquera.
un parche malgastado contra la fuga de recuerdos,
un remiendo mal cosido por el que se escapan los olvidos.

mi presente y mi pasado
deslizándose a caricias junto al sudor de tus nalgas.

tórrida y guerrera.
dominatrix de los sueños que despiertos desaparecen.

combustible del deseo que amanece en la furia.
fustigadora de débiles que viven en la queja sin fondo.

* * * * *

verdugo de las apariencias,
pirómana de la moral,
¿podré seguir tu ritmo durante mucho más tiempo?