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miércoles, 1 de diciembre de 2010

retratos: el arcángel



Vive en un sótano sin ventanas desde hace más de 35 años. Su única ventilación es a través de una pequeña rejilla que comunica con la alcantarilla que se encuentra frente al locutorio de arriba. Por ella se cuelan las enredaderas de moho que se balancean al ritmo de la salsa que no cesa en la calle, y el ruido de las risas y de los tacones que se acercan al edificio. Antaño entraba el sonido de los bombardeos, y el repique de las campanas de la iglesia que desapareció entre el bullicio. Alguna que otra rata despistada, saluda de vez en cuando acariciando las rendijas con sus zarpas antes de volver a encontrar la salida. Sus sueños se contonearían con la banda sonora permanente que vibra en su techo, si no fuese por su sordera, grato regalo del que disfruta desde la infancia.


Gabriel nació a cielo abierto en la localidad de Troceble, un pequeño pueblo pesquero de un litoral ya erosionado por la rabia del mar. Creció trenzando redes y limpiando pescado, cargando camiones, ayudando en la lonja a los hombres y en la cocina a las mujeres, bajando al puerto a flirtear en silencio con las turistas, para pasear después en barca y masturbarse en medio de la nada. Maduró entre callos sangrantes en las manos y grietas en las mejillas; cicatrizando todas sus penas con el salitre, amansando sus miedos con la brisa. Envejeció de adolescente, con artrosis prematura y temprana pérdida de la ilusión. Fue el mediano de siete hermanos, con los que ya no recuerda ni haber convivido, tal vez por no haber conocido nunca el timbre de sus voces.


El hornillo eléctrico que hace semanas que no se usa, está incrustado con grasa reseca en el frigorífico vacío que le llega a la altura de las rodillas. El resto de la cocina, está plagado de bolsas de basura repletas de tesoros y de revistas apiladas que llegan hasta el techo, como inmensos edificios adosados en una ciudad sin cielo. Viejos recortes de periódico pueblan las paredes desconchadas y llenas de manchas de humedad, enganchados con cinta adhesiva ya amarilleada. Recuerdos del pasado desordenados en un “collage” surrealista. Noticias variopintas sobre sitios en los que tal vez estuvo, reportajes de los que ya no recuerda el interés, entrevistas a gente de la que ya ni se acuerda.


Las cajas de fruta colmadas de joyas de papel y memorias de materiales no reciclables, se organizan por tamaños, los colores se fueron apagando mimetizándose con las paredes. Las etiquetas supervivientes que marcaban su contenido, o se pudrieron hace tiempo o ya no se leen por haberse desgastado. Sobre una televisión con cuernos, que no funciona desde el apagón analógico, una foto en blanco y negro reposa en su barroco marco de plástico dorado. Desde su interior sin cristal que la proteja, una sonrisa llena de polvo mira con ternura al viejo que la observa desde el sillón de piel desollada del que sobresalen rebeldes muelles que se le clavan en la espalda.


A los 25 años, Gabriel se enamoró, por primera y última vez, de una joven veraneante de la capital, cinco años más joven. Con ella compartió tres veranos, una semana santa, unos cuantos puentes y varias cartas que aún conserva en la misma caja redonda de sombrero en el que veló la primera. Ruth ya formaba parte del círculo más íntimo de la familia antes de que se conocieran. Era hija de la mejor amiga de su madre, inseparables desde niñas, hasta que se enamoró de un rico comerciante con el que emigró a la ciudad tras casarse. Con mayor suerte que la que habría corrido de quedarse en Troceble, disfrutó de una exquisita educación, gracias a la que con tesón, pudo iniciar a Gabriel en la lengua de signos, así como en los clásicos de la literatura, a través de los que le enseñaba lecciones vitales y le ayudaba a mejorar su lenguaje escrito.


Ruth le dio su primer beso, y lo acogió entre sus brazos cuando rompió a llorar emocionado por la electricidad en sus labios. También lo convirtió en un hombre regalándole su primer orgasmo compartido, de nuevo bañado en lágrimas. Fue la única mujer a la que le escribió “Te quiero” en cinco lenguas diferentes, sin incluir la de signos con la que la saludaba a diario cuando estaban juntos, ni contar las letras de idiomas inventados que dibujaba por las mañanas con sus dedos sobre sus pechos, despertándola con sus pezones encendidos.


El viejo con la mirada perdida en el olvido, pasa la lengua seca por sus labios cuarteados en recuerdo de un beso ya lejano, pero tan solo en el tiempo. La saliva que imagina ajena no existe, ni por sus ojos puede ya filtrarse el recuerdo. Únicamente entre las líneas de sus marcadas arrugas podría leerse la melancolía que se dibuja en sus ojos tristes. Mentalmente rememora las cartas que cree abrir sin destapar la caja redonda que las guarece y que esconde en el mueble de su inservible televisión. Por su cabeza desfilan frases de esperanza, palabras en las que se mece, párrafos de piel suave y sin voz, sueños caligrafiados por la mano de un ángel...


Nunca hablaron de casarse. De hecho fue una de las pocas cosas que Ruth no le enseñó a decir en la lengua de signos. Siempre que él le preguntaba, ella le engañaba señalándole verbos lascivos o locuciones sin sentido. Gabriel rechazó dos conciertos de matrimonio, y con su tara, como su madre no se cansaba de repetirle, no le iba a ser nada fácil encontrar esposa. Al cumplir los 27, supo con la certeza que se tiene tan solo en sueños, que no amaría a ninguna otra mujer más que a Ruth, por lo que dejó de preocuparle su suerte casamentera.


Entre las cajas de cartón apiladas en las esquinas del sótano, aún se conservan las manchas de orín de gato, de los incontables que ha ido acogiendo a lo largo de los años, y de los que desde hace un par de semanas ya no disfruta. Posiblemente fueron los del locutorio quienes llamaron a la protectora. Pasa sus dedos por el sillón mellado y piensa que sus compañeros eran mucho más suaves, y que de sus lustrosos mantos nunca salieron objetos punzantes como esos dichosos muelles tan molestos. Ahora ya sólo quedan él y su foto, con la que sigue hablando en silencio, y en la que no puede leer las manos por terminar en los hombros.


Dos veranos después de su revelación de los 27, llegó a la conclusión de que se quedaría para vestir santos. Al recibir una carta de despedida en la que Ruth anunciaba su compromiso con un banquero de tierras del norte. Antes de cumplir los 30, Gabriel fue dando tumbos de costa a costa, bordeando la península en desordenadas carambolas hasta anclar en el lodo de una ciudad de interior, a la que llegó con un único propósito, el de perecer junto a sus recuerdos.


Malabarismos en el mercado y trapicheos en el parque para conseguir embutido robado sin fecha de caducidad. Limpiabotas el fin de semana, limpiacristales de lunes a viernes, en el semáforo que llaman de los locos y en el que la mayoría de servicios se pagan con malas caras. Paseador de perros y aparcacoches, jubilado gorrilla. Aguantador de puertas del Súper con la mano derecha extendida y una sonrisa sin dientes en la cara. Mendigo de cartones de vino y buscador de colillas. Tasador de basura, especulador de mierda, equilibrista de sueños rotos, acumulador de infortunios, prestamista de ilusiones inexistentes, anticuario de una memoria selectiva y dispersa, alquimista de adversidades, ilusionista de corduras olvidadas.


Gabriel intenta leer los labios de Ruth, y le parece entender que lo del banquero no fue más que una broma macabra. Él le sonríe y la perdona. Le contesta sin abrir la boca que él también sigue soltero, que está bien situado y que dispone del sitio perfecto como retiro para sus últimos días juntos. Ella intenta levantar los brazos que no han salido en la fotografía para proponerle matrimonio.


En un sillón con lepra, cuyos jirones de piel descansan adormecidos, yace un viejo con los ojos sonrientes. Nadie sabrá nunca que en ellos podría leerse “Sí quiero” si existiesen intérpretes de decepciones. En su tumba sellada y con aires de Cumbia los taconeos pretenden despertarlo, pero la muerte es mucho más dulce y prefiere abrazarse a ella. En el locutorio las voces se solapan y las conversaciones se cruzan, acallando los inventados maullidos que pasan por la cabeza del viejo loco que vive en el piso de abajo, mientras se va apagando frente a una foto desgastada en la que no se distinguen más que unas cuantas sombras.


lunes, 23 de agosto de 2010

trío de corazones I: Mario Comes. Investigador




Son las tres de la mañana del tercer día de insomnio. En mi mesa de trabajo, los restos de tabaco de liar y cenizas se incrustan en los cercos semi secos de tazas de café y de vasos de whisky. En el despacho sin ventilar, esos olores encerrados en una niebla de polvo se mezclan con los de sudor y de semen que emanan de mi cuerpo. La única manera que tengo de concentrarme es viendo porno. Mis mejores ideas en los casos más difíciles de resolver han visto la luz gracias a una industria de pollas y viagra, tan multicultural como variada, y sin embargo tan mal considerada por el gran público. Incultos.


En mi ordenador suena "Clencha", del CD de la gira de King Putreak y The Vientre, con la maravillosa voz de Aurora Beltrán, puta y macarra, juguetona y drogadicta, de escándalo. En mi monitor hay una imagen congelada de mi último intento por encontrar la inspiración.


Me hago una raya a la salud y prosperidad del cliente e improviso un rulo con la etiqueta de papel de un yogur que encuentro en el suelo. Suena el teléfono. Me la enfilo en un suspiro sobre la alfombrilla del ratón, golpeando mi nariz contra el teclado por las prisas y descuelgo.


- Corazones Perdidos. Buenas Noches.


- ¿Mario Comes?


- El mismo. ¿Señor Ortiz? - y es que resultaba imposible no reconocerlo a la primera.

- Buenas noches, Señor Comes. Disculpe las horas, pero no podía dormir. Llamaba para ver que tal llevaba nuestro caso.


- Sin novedades Señor Ortiz. He investigado la línea familiar y la sentimental y de momento no he hallado ni rastro.


- Ya veo.


- Como le dije, al menor indicio que tenga, no se preocupe que se lo haré saber enseguida.


- ¿Y cree que puede llevarle mucho?


- Esperemos que no, Señor Ortiz. Pero ya sabe como son estas cosas. De todas formas, le llamo a la mínima pista que surja, eso no lo dude.


- A ver si puede ser pronto...


- Yo también deseo que así sea. ¿Quería algo más, Señor Ortiz? Es que me pilla en un mal momento. ¿Sabe?


- No, no, eso era todo Señor Comes. Espero su llamada entonces.


Cuelgo al cretino impaciente chupando la etiqueta por si ha quedado algo de coca y miro la pantalla. La peli se ha quedado en pausa en el momento que el jovencito de los balcanes se pone encima del pureta que parece un pastor de rabo enorme para clavarse a él de una sola estacada. Me fijo en su polla, gigantesca pero flácida. No me pone nada, la verdad. Y además está circuncidada. Nunca me han puesto cachondo los rabos con forma de seta. Setas, las justas, alucinógenas y sólo cuando no estoy de servicio. Me pasa por la cabeza el historial de drogas del cliente y vuelvo a revisar su informe.


Hacía cinco días que Ortiz me había llamado con su asmática voz desagradablemente aguda, para unirse a las filas de mi bolsa de clientes, compuesta por mariquitas desconsoladas y reinas del drama, en busca de sus corazones perdidos. Cinco días que trabajaba sin descanso, los tres últimos sin ni siquiera haber dormido. Y con mi perfeccionismo estaba jodidamente seguro de que no se me escapaba nada, pero nunca estaba de más echar un nuevo vistazo.


Familia. Padre alcohólico. Madre ausente. Palizas hasta los seis años. Hijo único. Bla, bla, bla. Sin tratamientos psicológicos conocidos. Mierda. Los loqueros solían ser buenos aliados, al menos tenían a menudo alguna idea sobre el último paradero conocido. No había constancia de que hubiese seguido ningún tipo de terapia hasta la fecha. Sin contacto con sus padres, lo que no era de extrañar, yo también lo habría roto de estar en su lugar y por supuesto de haberlo tenido en alguna ocasión. Sin primos con los que hubiese tenido trato, ni mujer ni hijos, esta línea de investigación quedó descartada la primera noche, y seguía sin revelarme nada.


Sentimental. Dos novias hasta la universidad y tres parejas masculinas de cuatro años cada una. Joder, que precisión temporal. Esto me había llevado más tiempo. Examiné a la primera de las novias, por lo de los primeros amores inolvidables y toda esa mandanga, y ésta únicamente recordaba haberse dado un par de morreos con él en la hora del recreo y sólo cuando estaba demasiado fumada, así que no entendió mucho que la llamase justamente a ella. Me mandó a la mierda, me llamó capullo pervertido acosador y me colgó el teléfono. Estaba claro que era una zorra despiadada, pero del tipo de zorras que no te van a ayudar a que avance el caso, así que tampoco valía la pena ofuscarse demasiado. La insulté unas cuantas veces mentalmente, y me la casqué viendo una de mecánicos en un taller, no existía pena que el porno no fuese capaz de borrar.


Los dos primeros novios fueron duros de roer. El primero resultó ser chico de compañía, y había descubierto ésa, su gran pasión y carrera profesional, gracias a Ortiz, o más bien a los cuatro años de chuleo fácil en los que le estuvo sangrando hasta los testículos. Entre lo escurridizo y lo solicitado que estaba el chico, se me estuvo escapando un par de días seguidos, y al final di con él a través de una agencia, por lo que me tocó palmar 40 euros. El chaval al final se enrolló, y cuando acabamos de hablar se propuso a hacerme una mamada para que aprovechase la pasta, pero nunca me han puesto los cachas, ya estaba cansado, y prefería hacerme una buena paja al llegar a casa, la verdad. El segundo novio tendría unos veinte años más que Ortiz y se movía con menos brío que mi abuelo. El cara, aseguraba que todos sus males eran culpa suya, que nunca tenía que haberle abandonado así... bla, bla, bla... En fin, un tarado mental que no había superado la ruptura. Otro de tantos. Pero su corazón tampoco había podido estar ahí por última vez. Así que volví por donde había venido, y me dispuse a conducir de nuevo los quinientos kilómetros que me separaban de casa, abandonando el lugar sin nuevas pistas y con el rabo entre las piernas.


El último de la lista, lo cierto es que me había costado más de descartar. Su ex más reciente se mostraba reticente a hablar de sentimientos, y su incomodidad me decía que podía estar ocultando el corazón de Ortiz. De momento era el único sitio que mostraba indicios de que podía haberse quedado allí, aunque sólo hubiese sido por descuido. Sin embargo me acabé enterando de que había sido una de esas relaciones que con el tiempo se erosionan como el tabique de una nariz bien curtida, sin quedar espacio para el corazón y mucho menos para el cerebro. Tanteé un poco más y seguí sin buenas noticias. Pregunté por vicio las prácticas sexuales más íntimas de la pareja, expresando su crucial relevancia para la resolución del caso, y me aburrieron tanto sus descripciones que me arrepentí de haber sido tan curioso.


La vida sexual de Ortiz era una puta mierda, incluso en el apartado de Amantes aparecía escrita la frase: “Véase Sentimental”, así que todas las indagaciones tuvieron que hacerse desde cero y por mi cuenta y riesgo. Había llamado a cuantas saunas, clubs de sexo y bares de ambiente existían en las tres ciudades en las que Ortiz había vivido. Y nada. No había sido visto en ninguno de los locales. Mis contactos en el mundo del mariconeo eran buenos. Aunque no lo frecuentase más que por trabajo, por preferir el cancaneo al aire libre, si mostraba una foto en cualquiera de los garitos de la Guía Spartacus, no había camarero por novato que fuese que se atreviera a mentirme. Llevaba años trabajando principalmente para clientela gay, y en el ambiente se me respetaba como a un capo, seguramente por la cantidad de favores que me debían.


El cruissing era otro asunto, el mío, pero tampoco parecía ser santo de devoción de Ortiz. Al final iba a resultar un auténtico monaguillo de comunión, vestido de marinerito blanco, con el misal y el rosario, listo para la foto y para servir como aperitivo a algún cura cachondo. No como la mayoría de falsos castos con los que me encontraba a diario, sólo les faltaba ondear la pancarta del foro de las familias mientras esperaban en secreto la nominación a Miss Puta Europea. Después de los encuentros rutinarios con cámaras de seguridad y personal de estaciones y aeropuertos, también acabé desechando los sitios de ligue como posible paradero del corazón de Ortiz. Internet tampoco me iba a acabar resultando de ayuda. Tras las inspecciones de costumbre y monitorizaciones de los dos routers del cliente, no encontré rastro alguno de accesos al chat o a páginas de contactos, ni huella de la existencia de algún perfil abierto en ninguno de los portales que conocía.


En el apartado Amical, se veía de nuevo la reseña. “Véase Familiar y Sentimental.”


El infeliz no tenía trabajo, así que Laboral estaba prácticamente vacío. Únicamente constaba que había hecho de extra como camarero en algún bar en verano y algún que otro contrato temporal para curros de mierda como telemarketing o promociones en supermercados.


De todas formas en ninguno de los puestos lo recordaba ningún superior, y tampoco quedaba ningún compañero de trabajo a quien pudiese preguntarle por Ortiz. Siempre me decían lo mismo, o que no lo recordaban, o que era un chico muy retraído. Así que este punto tampoco me iba a ser de ayuda.


Ni familiares, ni amantes, ni parejas, ni amigos, ni compañeros de trabajo. El Señor Ortiz, con su voz de pito y desesperante impaciencia, tenía oficialmente una auténtica vida de mierda. Algo así parecido a la mía pero sin cobrar por ello y, por lo que sabía, sin ni siquiera disponer del consuelo del porno. Menudo desgraciado.


Me olí el sobaco y me dio la orden a gritos de dirigirme a la ducha para quitarme la roña. Seguro que con menos capas de mierda pensaría con más lucidez. Aproveché para meneármela bajo el grifo pensando en que al jovencito de los balcanes le iba a gustar mucho más la mía que la morcillona del viejo asqueroso al que se tira. En cuanto salí, limpio y satisfecho, me puse otra rayita para celebrar la higiene y me vestí para ir directamente a casa de Ortiz. La visión de las últimas gotas de semen girando por el desagüe de la bañera me habían ayudado a dar con la solución al misterio. Ahora sólo tenía que ver a Ortiz para asegurarme, y por supuesto para comunicarle el resultado de mi investigación.


Ortiz como tantos otros de mis descorazonados clientes, no había querido personarse por mi oficina, loft, picadero, y habíamos limitado todo nuestro contacto al telefónico. Siguiendo escrupulosamente el protocolo existente para estas ocasiones, le había auscultado telefónicamente desde la frente hasta las ingles, para asegurarme tanto de que no estuviese en su sitio, como de que no se hubiese desplazado por causa de algún disgusto o shock pos-traumático, y le había realizado una serie de tests así como una larga entrevista personal.


Me había encontrado con innumerables casos de clientes que por sordera emocional o patologías psicológicas varias, no conseguían escuchar sus corazones, por lo que habían llegado a la conclusión de que los habían perdido. Por lo que el sondeo inicial era imprescindible.


Todo investigador sabe por experiencia propia lo descrito, de la misma forma en que conoce el hecho de que un corazón no se pierde porqué sí, ni aparece en un vertedero por casualidad. O se cae de un susto tras un intenso episodio imposible de olvidar, o bien puede ser robado durante el sueño, y tan solo por un ladrón que ya lo posea de antemano, de lo contrario le sería imposible arrebatárselo a la víctima sin matarla. Lo que cualquier amateur puede pensar es que desde la infancia pudo estar perdido, lo que no habría sido de extrañar debido a los malos tratos en la niñez y la falta de pistas durante la edad adulta. Sin embargo, eso no habría sido posible, puesto que el último electrocardiograma del cliente databa de su época del instituto, y sus resultados eran normales. Por lo que a pesar de sus duros primeros años, había logrado conservarlo, al menos, hasta la adolescencia.


No pudiendo estar ni en su interior, ni en manos de ninguno de los sujetos estudiados por aparecer en alguno de los apartados del Informe Ortiz, sólo quedaba un lugar, y una vez más, y si la intuición no me fallaba, mi última paja me había ayudado a dar con él. Bendito esperma, fuente de sabiduría.


En mi renault 19, medio verde, medio desconchado óxido, suena "Me gusta ser una zorra" de una maqueta de Las Vulpes. Me apetecía escuchar un cd con canciones de Kanka y del Kinteto Afonía, pero el último efebo al que había subido en el parque, se sentó encima al hacerme una mamada y me lo partió. Hijo puta descuidado y sin sentimientos. Desde entonces no he vuelto a poner ningún disco más en el asiento del acompañante.


Acaba la canción mientras estoy aparcando frente a la puerta de Ortiz, me digo que es una señal. Me bajo del coche alejando de mi pecho el cigarro encendido que rueda por mi camiseta, la única que tenía sin chinazos, vaya mierda. Me miro en el retrovisor izquierdo para asegurarme de que no hay restos de farlopa ni en la tocha ni en el bigote y me peino la calva. Me cierro la bragueta y sin llamar al telefonillo subo directamente por las escaleras. Haber cerrado el portal.


Llamo a su puerta y me recibe en bata de franela y un jersey fino de cuello vuelto debajo. Sin muestras de sorpresa. Alguien le habría dicho lo de mi falta de horarios, si no, tampoco habría llamado a las tres de la mañana, unas horas antes, digo yo.

- Pase por favor.- me dice con esa voz de soprano que lleva persiguiéndome los últimos cinco días.


Y según se gira para mostrarme el camino, todas mis sospechas se revelan acertadas. Soy un puto crack. Con mis drogas y mis punkis, con mi porno y mi falta de limpieza. Que vivan los Sex Pistols, y muerte a Chenoa, por perfumada y pulcra. Soy de los mejores del mercado, por una parte porqué mi ausencia de corazón y falta de ganas de encontrarlo, me dan un sentido objetivo del que carece mi competencia, y por la otra por la decadencia en la que estoy sumido y que me convence de que no tengo nada que perder. Vence o muere es mi premisa, y mientras tanto diviértete, claro, cada uno como pueda, en mi caso con el porno y las drogas.


Tres noches sin pegar ojo y cinco días de trabajo exhaustivo, y todo ello en balde. Horas malgastadas para acabar descubriendo que el tío que me contrató para que encontrase su corazón, lo tiene anudado al cuello estrangulándole con el peso que cuelga por la espalda. ¿Desde cuando llevaría con el corazón como horca? Y lo más inaudito ¿Cómo era que nadie le había dicho nunca nada? Si bien es cierto que había que fijarse con atención, ya que un corazón fuera de su sitio se percibe como un espectro, no podía creerme que en ninguna de sus relaciones no se hubiesen dado cuenta. Hay que joderse. ¿En qué momento se le habría salido del pecho y por qué motivo? ¿Qué había hecho que escogiese como escondite uno tan poco discreto? ¿Habría nacido ya así? ¿Tendría una voz normal en cuanto se le deshiciese el nudo para hacerlo volver a su pecho?


Ese era el momento jodidamente mágico por el que seguía en el sector. El subidón de adrenalina que estaba teniendo, aunque creo que justamente coincidía con el de la última raya. Razón de más. Lo más cojonudo de mi trabajo era que siempre se estaba a tiempo para aprender algo nuevo. Que cada caso era un mundo, aunque en la mayoría se llegase a la misma conclusión, y es que la gente es un asco.


Maldito infeliz. A partir de ahora tendría corazón para sentirlo. Y todo gracias a mí, o por mi culpa, según se mire. Le comunicaría el hallazgo, y me iría a casa a redactar el informe. Motivo: Desconocido. Lugar: encontrado al rededor del cuello del cliente, a modo de corbata, bla, bla, bla... Vería una buena peli porno, o tal vez acabaría la de los balcanes...


- ¿Y bien?¿Ha habido avances en nuestro caso?- pregunta Ortiz con esa voz de doblador de dibujos animados.


by JESUSO

viernes, 11 de junio de 2010

GRACIAS POR VENIR


Sales del edificio. El cemento te ahoga. El aliento condensado de todos los sufrimientos que se hayan de convención, forma una densa bruma en la que ya te es imposible respirar. Una de las plañideras te mira con desconfianza, no te reconoce, debe de ser una de las nuevas. Buscas en los bolsillos del pantalón, abres la mochila, las prisas nunca fueron buenas.


Se acerca borrosa, desenfocada. Te toca la espalda quemándote a su contacto y te dice: “te acompaño en el sentimiento”. Tal vez guardes un bozal en la mochila, pero como estabas buscando el tabaco tampoco te has parado a examinar todo el contenido. Nadie puede acompañarte por dónde ni tú mismo conoces el camino. Intentas centrarte en sus rasgos. Podría ser familia de los herreros pero no parece tener el mentón cuadrado, aunque tampoco serías capaz de asegurarlo. Lo único a lo que te recuerda es a un perro de esos guardianes de los dibujos animados, a un bulldog sin dueño y que ladra sin parar. Sus babas te acompañan en el sentimiento y para que no te aburras te regalan toneladas de condescendencia y lamentos de mercadillo en oferta. Para hacerte más agradable el camino te prestan su asco y su vida de mierda, sus temores y esperanzas, que harán de la tuya un lugar plácido, una casa de campo a las afueras, con huerto, mujer, un par de críos, a poder ser la parejita y un perro en el jardín junto a la piscina. Pero un perro que no se parezca a ella. Llamas mentalmente a la protectora para rogarles que no olviden la inyección letal, ya que al tratarse de un perro rabioso, nunca se sabe, y que no hay que dejar que se acerque demasiado, y que de hacerlo siempre es bueno poder lanzarle un dardo desde lejos, un tiro con puntería que la acalle, y que seque sus babas incontrolables, un dardo certero que le regale el descanso eterno. Sigues sin verla con nitidez. Su mano no se aparta de tu hombro y además de quemaduras te produce náuseas y urticarias.


Le dices mentalmente que se vaya, en el lenguaje de los perros, con patadas invisibles. Sonríes y le susurras con los ojos llorosos “muchas gracias por venir”. Te acaricia de nuevo arrancándote jirones de piel. “Me ha llamado la tía esta mañana para decírmelo. Tan de repente, y tan joven...


Muchas gracias. Cuando por fin te deja, te preguntas si fue real, si acabas de hablar con esa señora infecta o la imaginación te traiciona. El insomnio siempre ayuda. Vuelves a meter la mano en el bolsillo. Olvidas lo que estabas buscando. Haces recuento de tus últimos movimientos. El olvido salta a través de ellos y te lo pone difícil. Una lágrima se desliza por tu nariz y aterriza en tus labios. La saboreas y la necesidad de nicotina vuelve a tu memoria. ¿Dónde has dejado el tabaco? Miras a tu alrededor para ver si alguien conocido fuma. Una sombra te impide seguir la inspección. Se abalanza sobre ti y su peso te quita el poco aire que aún llegaba a tus pulmones. Sus convulsiones te sacuden como en un terremoto y sientes un río de lágrimas y saliva sobre tus hombros, acariciando con su ácido tus recientes heridas.


La sombra cae sobre ti en una puesta de sol repentina, y se te abalanza, cruel y húmeda. Descifras “te acompaño en el sentimiento” entre balbuceos y sollozos. Te sientes más solo que nunca a pesar de hacer años que tus sentimientos no experimentaban el tener lista de espera. El peso de las mantas que la sombra te somete bajo los sobacos es excesivo, el calor insoportable y la presión empieza a despedazar tu esternón. Tus sentimientos quieren estar solos, lo reivindican a gritos en un manifiesto silencioso, conciso y rotundo. Desean resguardarse en una caja de zapatos cerrada, en el reflejo de la otra parte del espejo escondidos en el revés de una esquina, estar a oscuras, sin voces ensordecedoras. No quieren ya estar ni contigo, les has cansado, y a ti ya no te quedan fuerzas ni para convencerlos de que permanezcan, ni mucho menos para acompañarlos. Te piden permiso, eso sí. Para descansar a solas. Se lo concedes sin hacerte de rogar. Te dejan con la sombra parásito que te sigue abrazando. La separas, controlando el impulso para que no se convierta en el empujón que agradecerían tus manos. Ya no distingues ni su forma humana. El bulto negro que tienes delante no se ha caído al separarlo de ti. No se ha abierto la cabeza contra el bordillo como continúas fantaseando. Intentas imaginarte cómo podría una sombra sin cabeza, perderla de un golpe. Desistes. Podría ser un familiar o un amigo, un curioso o un alma errante, un fantasma, una nube. Se revuelve y te repite: “te acompaño en el sentimiento”, por si no te habías enterado la primera vez. Sonríes con la broma interna que eso supone, ahora que sólo tú sabes que eso no sería posible, que se ha ido para no ser acompañado por nadie, y aún menos por una sombra sin cabeza. Por un momento dudas si revelarle esa gran verdad, miras a dónde se supone que se encontrarían sus ojos de haber tenido cuencas que los pudiesen acunar y le vomitas en un tono uniforme de contestador - teleoperadora “muchas gracias por venir”. Crees haber sonreído en ese gesto autómata que llevas ensayando todo el día, pero no estás del todo seguro. “Me imagino lo duro que tiene que ser también para ti.” También, también, también...


También resuena en tu cabeza con un eco que hace que la palabra se repita en diferentes melodías como en un coro de infinitas voces. “Erais tan buenos amigos”. Amigos se mezcla con También aumentando acordes, incorporando instrumentos para asemejarse a un lamento con aires de muerte, que bien podría estar saliendo de La Traviata o del Requiem de Mozart. En el escenario perfecto que representa un tanatorio cualquier sombra sin cabeza o perro baboso puede representar el aria cumbre de la ópera más decadente.


Fuimos buenos amigos, cierto, también. Pero no precisamente en el orden utilizado por el bulto, ni con el mismo sentido. Esta vez te giras, la educación huye junto al sentimiento, también está harta, bien que hace, ella que puede y tú sin razones para impedírselo. Dice querer refugiarse en el único ascensor sin remolque del mundo, escondido en una cueva a la que no llegue la luz del día ni se pueda subir a ninguna parte. Si tiene espejo, seguro que se ve la otra parte del reflejo dónde agazapada la aguarden tus sentimientos, al otro lado de esa esquina convexa.


Te tropiezas contra un árbol en movimiento. No ves la corteza pero crees distinguir lo que se supone que son sus ramas agitándose contra tus oídos, y entre las hojas escuchas que lo siente, que te acompañan, sentimiento, pena... Las palabras se intercalan con frases sin sentido. Oyes que la muerte en alguien tan joven es injusta. Piensas en la justicia del momento. Tú sin sentimientos ni educación, libre en una celda de dos metros cuadrados, sonriendo desde las rejas a desconocidos, estrechando la mano de enemigos, siendo abrazado por sombras, acosado por árboles, rodeado por formas tambaleantes y difusas. Piensas en la injusticia de haberle perdido y en el dolor que todavía no ha llegado pero sabes que lo hará sin hacerse esperar demasiado. Huyes del cemento y del olor a ataúd buscando una mano amiga, en la que puedas distinguir los dedos, y en la que subiendo por sus brazos nítidos puedas llegar a disfrutar de una verdadera sonrisa, la que sería la primera del día, y también del silencio que ansías.


Escapas del árbol removido por el viento que clama en voz alta y clara su relación con el “fallecido”. Bonita palabra, pulcra y precisa, aséptica y antierótica como comer una polla con condón, elegante como el macarra de barrio que asiste a la comunión de su ahijado. “Relación con el fallecido”. A fuerza de pensar en las varias veces, para diversos impresos, en los que llevas rellenando ese espacio desde esa misma mañana, lo adoptas como lenguaje propio, cercano y coloquial.


Cada vez que algún llanto suena menos o más cerca, se te parece al maullido de un gato. Los discursos sobre justicia, tu relación con el fallecido, estadísticas sobre accidentes de tráfico, sobre el sol maravilloso que luce en un día tan triste, sobre las relaciones homosexuales, o sobre el momento del día en que se habían enterardo de la malograda noticia. Sobre si habían cagado o se estaban lavando los dientes, sobre si habían recibido una llamada con sobresalto o un sms que no se creerían hasta haberlo leído seis veces. A todos esos discursos los unía un mismo hilo conductor y les faltaban únicamente las risas enlatadas, las de la escena más divertida de la teleserie de moda, la que dan a mediodía en cualquier cadena autonómica. Igual a la que se escucha en las emisiones de monólogos. Sí, efectivamente faltaban la banda sonora, las risas enlatadas y la gente con cara y ojos, las sombras con rasgos perceptibles. Faltaban las personas y sobraban las palabras. Los abrazos de la gente amable se habían esfumado con los fumadores y los paquetes de tabaco perdidos, a algún exilio en un país lejano con playa. Ya sólo quedaban inundaciones de complacencia de saldo, choques frontales e invasiones del espacio vital. El respeto a las reglas del juego ya reinaba en el ambiente sin dejar lugar en su dictadura al dedicado a las personas.


En una tormenta de verano viajan tus sentimientos y tu educación. Al fin han creído cauto volver, pero han decidido hacerlo a lo grande, the show must go on, cayendo sobre el mundo que se hunde sin haber sentido el aliento de una boca no difuminada. Caen en forma de granizo partiendo en pedazos a los árboles irrespetuosos de ramas inquietas, se desbordan en torrentes que disuelven las acuarelas difusas que ves a lo lejos borrando la dantesca escena, fluyen también en brillantes ráfagas de gotas apagando las sombras. Desaparecen de tu vista arrasados, todos de golpe, junto a la “relación con el fallecido”, los sinceros pésames y el resto de palabras que forman un charco de tinta al mojarse que tiñe todo lo que quedaba. Olvidas las firmas, las esquelas, los preparativos, los gracias por venir. Miras hacia arriba sorprendido de estar completamente seco.


* * *


Una sombra aparece a lo lejos. Por un momento te asalta el desconcierto de que todo empiece a reaparecer poco a poco. Bien podría ser un árbol, tratarse de un perro pero parece ir tomando forma de persona. Se acerca enfocado y ya solo puedes ver su sonrisa, por fin la primera del día. Sus ojos aligeran la carga que se colgaba sobre tus párpados por haberlos confundido con un trapecio. Recobras la respiración y el cielo vuelve. Su cuerpo te habla, te observa con detenimiento, te examina. Parece que has pasado la prueba.


Te estrecha contra su pecho y te hundes en su cama de agua acolchada, con cojines bordados de cariño y rellenos con calma. Con la destreza de un niño que redescubre, con la curiosidad satisfecha de un gato, y en su colchón te incrustas sin desinflarlo. Te pierdes en su abrazo, sin sentimiento ni educación, que siguen ocupados terminando agonías y destiñendo hipocresías. Sin prisas te entregas.


En una perfecta lectura de necesidades, en el momento en que las lágrimas comienzan a rascarte la garganta, se aparta dejando tan solo su mano en contacto con la tuya, lo suficiente para que no te tambalees. Te sigue mirando en silencio. Sabe que estás roto, que tus añicos están esparcidos por el suelo y que cada paso que alguien da sobre ellos los convierte en polvo. Sabe lo que lo sientes y que jamás podrá acompañarte más lejos de dónde ya ha llegado,. En silencio, te sonríe y te pone un cigarro en la boca después de besarte los labios. Coge otro para él y los enciende. Os paseais bajo el sol. Tu disfrutas de cada una de las caladas como si fuese la primera, él se entretiene tirándote piedras por la espalda. Por un momento las estrellas se apagan.


jueves, 18 de marzo de 2010

recuerdo



Fuiste un amante generoso, de los que no abundan. A pesar de haber acabado antes que yo, dichosos nervios los míos, seguiste el reclamo de mis deseos obedeciendo a mis jadeos, recorriste con atino las pistas marcadas sobre mi piel como subrayando las frases tatuadas exigiendo caricias, tapaste con besos las grietas abiertas por mi ansiedad formando una masilla indestructible al mezclar tu saliva y mi sudor.


Fuiste un amante cuidadoso, de los que nunca había llegado a conocer. En la oscuridad de las sombras dónde la agresión reina, no me sedujiste a la fuerza, no me arrastraste a tu lascivia, no te impusiste sin permiso. Te acercaste sorteando los bultos en fila buscando contactos y me dedicaste una única mirada. Suplicante. Sincera. Que me robó una sonrisa, la que permitió que decidieses reír sobre mis labios.


Fuiste un amante silencioso, discreto, como el resto de apuntes en una lista de la compra sin fin, pero marcando tu presencia en negrita. Nuestros nombres nunca fueron pronunciados, nuestros cuerpos retorcidos al unísono de la melodía de tu experiencia se lo dijeron todo, los labios siempre estuvieron demasiado ocupados memorizando pliegues, curvas escondidas y sabores recién descubiertos como para poder pronunciar palabras. El silencio alimentó el placer, la discreción el misterio.


Fuiste un desconocido en un parque, como tantos otros, que desnudó los secretos de dos cuerpos disfrazando el reflejo de sus almas, que satisfizo el bienestar del recuerdo y consiguió mantener en vilo a la memoria. Caminaste como muchos sobre mi lujuria, sin embargo al haberlo hecho descalzo, las huellas de tus plantas desnudas aún se conservan intactas.


Ayer te vi en la parada del autobús 17. No había nadie más con nosotros. Me dedicaste una mirada educada y te sonreí. Esta vez tus labios no besaron los míos. Mi corazón latía intentando vocalizar lo suficiente como para evocar en ti un recuerdo, por lejano que fuese. Esta vez, parecías haber olvidado el lenguaje de mi cuerpo. Tú, que en tan solo una noche habías sido capaz de enseñarme idiomas nuevos. Al apartar tus ojos, se borró mi sonrisa. Llegó el 17, y al subirte en él te llevaste nuestro recuerdo dejándome en la resaca.


Fuiste un amante generoso, cuidadoso, silencioso y discreto. Fuiste un desconocido en un parque que me recordó lo que significaba volver a estar vivo, que despertó sentimientos que ya tenía olvidados y que marcó una senda sobre la que hoy aún me muevo. Sólo tuve que pagar el precio de ser ignorado, y a quien no tiene orgullo ni memoria resulta imposible arrebatarle nada.

martes, 23 de febrero de 2010

HISTORIA DE YO



Yo no sabe a ciencia cierta cuando nació, sin embargo recuerda que le han contado que midió tres dedos y medio de largo por dos de ancho. Le hubiera gustado preguntárselo a su madre, pero nunca tuvo la oportunidad de hacerlo porqué fue abandonado en el contenedor que está entre el quiosco y la parada de autobús una hora después de haber llegado a este mundo. Sobre su padre nadie pudo decirle nunca nada, así que creció en un vacío familiar perfecto para el nombre que más tarde adquiriría.

De un palacio verde a otro sin ventanas, Yo fue trasladado por un barrendero, con contrato temporal a quien habitualmente no le correspondía la limpieza de esa zona, que reparó en la caja de zapatos que había sido puesta junto al contenedor, en el momento en que tomaba una pausa para comprar tabaco. Tasio, el barrendero que nada sabía de niños ni de cajas de zapatos, al escuchar lo que creyó un balido, cogió la caja y se la llevó a su prima Maria Teresa, que se había criado en un caserío y que mucho sabía de ovejas. Un día más tarde, con mayor peso y menor ruido, ya que por todos es sabido que los gritos encogen y adelgazan, Maite decidió llevar al recién nacido a la Borda de sus ancestros, donde antaño habían residido cientos de ovejas y que en la actualidad servía de refugio a alguna errante que se escapaba de los terrenos colindantes, así como a algún otro animal que lo utilizaba como segunda residencia. A la vuelta, Maria Teresa enfrascó la tristeza de la separación, en un tarro envasado al vacío que colocó junto al contorno de ojos, nunca más volvió a sentirla.


Tasio, barrendero ocasional y malabarista en tiempos de crisis, como le gustaba decir a su prima, tenía un talento excepcional para actividades poco rentables. Una de las cuales era la de fabricante de espejos. A través de los años había llegado a perfeccionar tanto su técnica que en toda Navarra nadie hacía espejos como los suyos, de hecho no podían encontrarse iguales en ninguna otra parte del mundo, puesto que tenían la particularidad asombrosa de mostrar a quien se mirase en ellos de una forma tan fiel que podía leerse el alma. Únicamente vendió uno, y el comprador, un noble de algún condado de la zona, quedó tan sorprendido como insatisfecho, lo que arruinó una carrera que ni había llegado a despegar. Así que continuó aplicando su talento excepcional, acumulando espejos, cada vez con cualidades más asombrosas. Como en casa de su prima Maria Teresa, con quien compartía una buhardilla, ya no quedaba sitio para guardarlos, entre los dos decidieron llevarlos a la borda para hacerle compañía al pequeño, así como para librarse de un exceso de stock que ya no les permitía seguir caminando con normalidad por la casa.

El pequeño tuvo una infancia feliz aunque fatigosa. Amamantado por una oveja negra que decidió adoptarlo estableciendo su residencia definitiva dónde antes sólo iba de forma ocasional, creció sano en un palacio sin ventanas pero con tantos espejos que el mundo le parecía inmenso. Tardó más de la cuenta en aprender a andar porque se cansaba mucho más que el resto de personas, por lo que él caminaba y por todos los pasos que daba en cada uno de sus reflejos. Por el mismo motivo todos los movimientos que hacía, le cansaban de forma directamente proporcional al número de espejos en los que aparecía.

Maite se pasaba por la borda todos los viernes para limpiar los desperfectos semanales, sacarle brillo a los espejos de su primo, siempre con los ojos vendados, y asegurarse de que el pequeño y su nueva inquilina tenían todo lo que pudiesen necesitar. Tasio tan solo la acompañaba una vez al mes, aprovechando para llevar algún otro espejo y colocarlo en un sitio adecuado, respetando siempre los detalles de un mismo ritual, sentarse frente a la nueva incorporación con Yo en su regazo mirándose juntos durante horas. En esas ocasiones la plenitud del descanso también era doble, y el pequeño recuperaba el cansancio acumulado por no tomarse la serenidad de hacer lo mismo cuando estaba solo. Ni la oveja negra ni Maria Teresa participaban en dicha ceremonia. La madre adoptiva había desistido al no reflejarse por muy cerca que se plantase de cualquiera de los espejos. Maite lo había hecho una sola vez al haberse caído de bruces encima de uno cuando la buhardilla estaba abarrotada de ellos, y si el dolor de la caída había sido inmenso, el ocasionado por el reflejo le había dejado una secuela en la espalda de la que no llegó a recuperarse nunca.

Con el tiempo, Yo llegó a comunicarse con todos y cada uno de los espejos que iluminaban la borda, su contacto con la oveja negra llegó a parecerle tan poco real por el simple hecho de no reflejarse, que la única amiga, madre y compañera de fatigas que había tenido, acabó abandonando la borda para instalarse en otra más cerca del mar. Maite no pudo enfrascar la decepción de su inquilina, no habría encontrado tarro suficientemente grande para guardarla toda, además de que la oveja negra decidió abandonar los parajes un jueves, de forma que cuando Maite llegó al día siguiente, ya se había marchado con su pesar. La oveja que no se había reflejado nunca, para el pequeño tampoco parecía haber existido. No pasaba lo mismo con Maite, que aunque se negaba a ver su propio reflejo poniéndose como venda la corbata negra que su padre usaba en los funerales, el pequeño sí que la veía junto a él, por lo que aunque lejana, la percibía como verdadera.

Yo nunca creyó necesario aprender a hablar, además de que nadie se tomó nunca la molestia de enseñarle a hacerlo. Su contacto con personas se limitaba a la sesión mensual de descanso extremo que compartía con Tasio, y éstas siempre eran en absoluto silencio, y a la visita semanal de su benefactora Maite, que al dirigirse a él asegurándose de no reflejarse en ningún sitio, Yo era incapaz de escucharla, y cuando se reflejaban juntos en alguno de los espejos porque ella lo estuviese limpiando a ciegas, la concentración le impedía formular ninguna palabra. Así que nunca llegó a familiarizarse lo suficiente con el lenguaje como para llegar a practicarlo.


Las visitas ocasionales de determinados animales, principalmente ovejas, que habían caracterizado la borda a lo largo y ancho del tiempo, escaseaban ahora de forma sorprendente. Al parecer se había corrido la voz de que cientos de niños aparecían y desaparecían de las paredes, a esas alturas, ya completamente cubiertas de espejos. Asustados por los rumores y sin atreverse a verificarlo por sí mismos, fueron dejando de acercarse, hasta convertir la borda en una casa maldita por la que ya sólo moraba la presencia del niño. Además, Maria Teresa había recibido una oferta interesante para enfrascar la rabia de un grupo de parlamentarios en un lejano país, y Tasio desolado, y con un pequeño bote de mermelada donde su prima había había envasado la melancolía, decidió marcharse a tierras del este a probar suerte con la venta de espejos, así que Yo también dejó de recibir la compañía de esos dos extraños seres que lo habían acompañado desde siempre.

Sin raciones semanales ni leche de oveja, Yo tuvo que ingeniárselas para sobrevivir, cosa que le fue posible gracias a una manzana que Maite le había regalado antes de irse, Tasio no se vio capaz de despedirse de él, siempre había sido un sentimental y no podía controlarlo. Así que bocado a bocado, teniendo en cuenta que cada mordisco alimentaba en función de las veces que se reflejaba en los espejos del palacio sin ventanas, Yo llegó a la edad adulta sin más compañía que la suya propia, además de la de alguno de los gusanos que salían de la manzana.

Con la edad, el cansancio aumenta, y si al menos uno tiene la posibilidad de sorprenderse mientras se va conociendo a sí mismo, el camino puede ser menos tortuoso y más divertido. En el caso de Yo, reflejado desde niño en la verdad absoluta, nunca hubo lugar para la sorpresa, ni para la decepción, ni para la tristeza. Aunque debería decirse que en realidad nunca hubo lugar para ningún tipo de sentimiento, bueno o malo. Cuando uno se ve tal como es desde siempre, ni siquiera cabe el acabar aburriéndose de uno mismo, entre otros motivos por desconocerse el significado del concepto “diversión”.

Yo, en la posición del Loto permaneció varios cientos de años postrado frente al mayor de los espejos que reflejaba la gran mayoría de los que Tasio había instalado por toda la borda. Con la vejez había aprendido que el menor de los movimientos, multiplicado por el poder de la magia del barrendero, podía ser letal, y si a algo no estaba dispuesto era a desaparecer. Por la misma razón también empezó a dejar de parpadear, por la fatiga que suponía el movimiento, así como por la fracción de segundo en la que cesaba de verse.


Sin apartar nunca la mirada de sus reflejos, ni moverse, ni parpadear, y alimentándose únicamente del reflejo del esqueleto de la manzana que le había permitido llegar a la edad adulta, Yo fue testigo silencioso de guerras, de reinados y de repúblicas, de dictaduras y de anarquías; víctima de terremotos y de huracanes, de tormentas de arena y de eras glaciales; sobrevivió al fin del mundo y al principio de los tiempos; fue inspirador de diferentes dioses y en él se basaron muchas teorías sobre el agnosticismo de diferentes culturas; pudo haber nacido millones de veces y conocer senderos infinitos; mas prefirió seguir mirándose a sí mismo.


Cuando un día, de una estación desconocida, de un calendario que aún no existía, con los ojos abiertos dejó de verse, supo que el mundo se había acabado. En su mente sólo había un negro intenso como el de la oveja que lo amamantó y que nunca llegó a ver, como en el que se había convertido la manzana que le había permitido continuar en vida, como el de las cenizas de Maria Teresa y de Tasio, que seguramente volarían entrelazadas en algún universo en movimiento y que también se le escapaban. Fue un negro tan envolvente, que ni el recuerdo de su reflejo llegaba a percibirse entre las sombras. Llevaba tantos siglos mirándose que no se le había ocurrido memorizar su imagen al no imaginarse que algún día acabaría por no poder seguir haciéndolo. Así que al despertarse en el fin de los tiempos, con un velo que le sostenía los párpados abiertos aunque no permitía que la luz siguiese pasando, Yo cesó de respirar. De hecho nunca había aprendido a hacerlo, siempre se había limitado a seguir las instrucciones de los que sí que eran de verdad, sus propios reflejos. Lamentablemente, ese último suspiro, esa última exhalación no pudo ser enfrascada por Maite, que llevaba años luz lejos de este mundo, ni recogida por ninguno de los espejos de Tasio, porqué aunque se reflejase su muerte, nunca hubiese sido capaz de verla sin sus ojos de antes, cuando se veía y la vida existía realmente. Yo llegó al final de los tiempos, sí, pero éstos no fueron testigos ciegos como el lo había sido sordo de ellos, nunca supieron que el había existido.

lunes, 8 de febrero de 2010

EL ADJUNTO


Luis aquella mañana se sentía mucho más pesado que de costumbre, sin embargo, su rutina había sido la de siempre, incluyendo los acontecimientos de la noche anterior. Había cenado sopas de ajo, lejos quedaban ya los atracones desproporcionados de tiempos pasados que ni siquiera recordaba. Cuando hubo descubierto que la restricción era directamente proporcional a la ligereza del alma, no tuvo más remedio que aceptarla como amiga e incluirla en su lista de costumbres. Sus desayunos también eran pobres, y es que empezar una jornada laboral con el peso de una piedra en el estómago, no sólo bajaba el rendimiento, si no que aumentaba la angustia de saberse irresponsable. La austeridad alimenticia y sobre todo la social, habían ayudado con el paso de los años a una salud mental en la que el equilibrio sólo era posible si se alejaba de las distracciones, y por fin parecía haberlo logrado. Su trabajo había empezado a dar los frutos que siempre surgen de todo sacrificio, y este último le había permitido salvarse de una vida vacía y sin aliciente alguno. ¿Cómo hubiera conseguido, si no, la promoción al puesto de Adjunto en tan poco tiempo?

Frente al espejo, Luis no detectaba diferencia alguna respecto al recuerdo de su reflejo de la mañana anterior. Ahondaba en la memoria y tampoco era capaz de dar con ninguna si comapraba la presente imagen a la de todas las mañanas de las que lograba acordarse.

En su aspecto parecía haberse parado el reloj del tiempo. Tez blanca, y es que la luz del sol era un lujo del que disfrutaba más bien poco, perfectamente afeitado, la experiencia diaria lo llevaba directamente a la perfección, y de aspecto general impoluto. Traje, camisa y corbata de tonos oscuros, generalmente su recurrente negro, para no tener que preocuparse a diario por el color que iba con cada uno de los días que lo mecían. Y de todas formas, puesto que su estado de ánimo nunca fluctuaba, el monocroma de su indumentaria expresaba fielmente la sobriedad de su humor inamovible.

Pero esa mañana y por primera vez desde que había traspasado el portón de la madurez, una contrariedad lo desorientaba. Algo se escapaba a su control, y lo que era peor, se consideraba incapaz de darle una explicación plausible al hecho de que la carga que aumentaba por segundos empezaba a impedir su libertad de movimientos.

Un Adjunto de vida ordenada y sin sobresaltos debía corresponder a su entorno en la forma exacta en que éste se había acostumbrado a percibirlo, sin improvisaciones ni sorpresas. No podía irrumpir en su rutina con un peso insoportable que no sabía ni de dónde venía, ni el motivo que hacía que aumentase imparable. Nadie entendería tal diferencia, por sutil que fuese, y francamente empezaba a creerse incapaz de poder ocultar el malestar que ya se extendía por todo el cuerpo.

Su imagen lo miraba compasivo. A través del espejo seguía sin observar ningún detalle externo que justificase su estado actual. Aunque poniendo mucha antención empezó a darse cuenta de que el color de sus mejillas enrojecía ligeramente. Tal vez de tanto mirar a su imagen, ésta por falta de costumbre se estuviese sonrojando, aunque eso no explicaba el creciente malestar que cada vez más
lo abatía. Preocupado aunque paciente, siguió a la expectativa de percibir el más mínimo cambio que le ayudase a comprender, sin apartar la vista de sus propios ojos observándole.

Unas gotas de sudor deslizándose por su frente lo sorprendieron de repente. Sorpresa. Un sentimiento que tenía guardado bajo llave y que parecía haber resurgido espontáneamente sin ni siquiera pedir permiso. Cuando Luis intentó quitárselas, fue consciente de un nuevo efecto del peso, mientras su imagen lo obedecía burlona; su brazo se negaba a moverse como si alguien tirase desde abajo con una soga atada a las muñecas. ¿Por qué el espejo le estaba mintiendo? y ¿Qué era esa extraña carga que impedía que pudiese alzar los brazos?

Con ambas manos como pegadas a sus muslos, siguió con la vista fija en ese otro Luis que obedecía a sus pensamientos restregándoselo por la cara, que ahora enrojecía en conjunto, como difuminando el pigmento más oscuro de sus mejillas. Su diabólica imagen se movía liviana pero mostraba fiel los cambios que su cuerpo estaba experimentando, en eso parecía no engañarle. Ese otro Luis se sacudía las gotas de sudor, se frotaba las manos y daba los saltos que mentalmente ordenaba el verdadero. Pero su aspecto empeoraba por segundos. Las venas de mejillas, nariz y sienes empezaron a hincharse arrebatándole a su cutis de porcelana el lacado blanco para mancharlo con tonos oscuros que se acercaban cada vez más al azul corporativo de la empresa en la que trabajaba.

* * * * *

El sentimiento de peso con el que había amanecido, había empezado a trepar desde el estómago agarrándose a la columna, para balancearse en cada una de las vértebras como sobre un trapecio. Desde las cervicales, ya rozando la cima, prefiere quedarse. Se reparte por su cuello como en un abrazo de locura. Se lo acaricia y se posa en la nuez, o sobre ella, en el nudo que la cubre.

Sigue sin comprender el motivo, pero al menos da con el origen. Cuando ese otro Luis deja de obedecerle, y se percata de la asfixia inminente, sabe que es el fin. Su lengua sale hinchada de la boca, rompiendo el espejo.

A través de los añicos puede ver como la corbata aumenta de tamaño y se ciñe amorosa en un fuerte abrazo al cuello de su camisa, como una serpiente. El peso del nudo le impidie moverse. El saber que su verdugo está siendo su fiel compañera durante largos años, le entristece profundamente, aunque su último pensamiento es el que realmente le mantiene aún en vilo. ¿A quién nombrarían como nuevo Adjunto? Y apenas con el eco de la repetición mental de su nuevo título, y sin ni siquiera conocer las competencias del cargo, las dos lenguas de Luis, la del espejo y la otra, se reflejan con ironía, como lamiendo la corbata que las ha sacado de sus cuevas, al menos en esa despedida saborean el sonido de un último suspiro de alivio.


viernes, 22 de enero de 2010

PREGÚNTALE A LA ALI



PREGUNTALE A LA ALI
Debió de ser en el taxi. No lo tendría que haber cogido. ¿A quién se le ocurre? Sigo sin entender cómo una ciudad tan Ideal como París puede permitir que un piojoso inmigrante consiga la licencia para ejercer el taxi. En Barcelona son mucho más estrictos. Claro, como hablan catalán, visten de Custo y sólo salen por bares de diseño... Claro, si será por eso... Paris, capital mundial de la moda. ¿Por qué le darán menos importancia a la higiene? Aunque lo cierto es, que no sólo pasa en Francia. El año pasado cuando fuimos a Londres de rebajas con Toti, también nos quedamos alucinados al ver que el taxista llevaba un polo Lacoste pasado de moda, posiblemente falso y a juego, para más inri, con su turbante como si estuviéramos en el Libro de la Selva... Pero claro, London es mucho más vulgar. Ellos lo llaman toque “grunge”, pero en mi pueblo se acostumbra a utilizar la palabra “hortera” o incluso "guarro".. Aunque por lo menos los ingleses no son tan cerdos como los taxistas gabachos. En mi próximo viaje haré como la Ali, únicamente me sentaré encima de un fiejo foulard de Hermès. Dice que parte del precio se debe a que al tejer la seda usan repelentes bacterianos, estos indios son la leche, lástima que les dé por disfrazarse cuando se instalan en Europa. ¿Cómo pueden ser tan IN en cuestiones esenciales de moda y descuidar el aseo al mismo tiempo? Aunque ahora que lo pienso no tengo ningún pañuelo viejo de la temporada pasada. ¿Servirán igual unas bragas modelo exclusivo de Victoria Secret? No sé si estarán tejidas en Francia o en la India, pero bueno siempre se puede probar... Aunque si fuese tan simple como llevar ropa de marca, ahora que lo pienso, no estaría en la dramática situación en la que me encuentro. Porqué si la memoria no me falla, me parece recordar que el día “D” llevaba mi traje chaqueta de Thierry Mugler, y si la teoría de la Ali fuese cierta, nunca me habría pasado nada... ¿O llevaba la falda Armani? No, no. Definitivamente me había puesto el Mugler, porque me acuerdo que me puse el desodorante de pelo suyo en el pubis, cuestión de ir íntimamente conjuntada. Al principio me escoció un poco, eso sí, parece ser que está hecho para la cabeza, pero al saber que el equilibrio cósmico estaba en regla al llevar todo a juego, se me pasó enseguida la preocupación. Tal vez fuese culpa del cinturón, no tendría que haber escogido el Prada, pero los zapatos me quedan tan monos ¿Dónde estarán esos Manolos? Hace tiempo que no los veo... No. El Prada no pudo ser... ¿Y si...? Mierda, la lástima es que no recuerdo que bragas me puse. ¿Llevaba bragas? A ver, reina, haz memoria: Te levantaste la falda y te aplicaste el aerosol que casi te deja rasurada, pero ¿bajo qué bragas lo hiciste? Ni idea. Vamos a ver, ¿qué día de la semana era? Espero que no fuese miércoles, por qué claro, los miércoles toca no llevar. La Ali dice que de vez en cuando tiene que respirar el tema o se te cierran los chakras. Y ella de todos los temas estos New Age sabe un rato... ¡Qué estuvo en Woodstock y todo!

Y pensar que de joven fue hippie... ¿Quién iba a decirlo ahora? Aunque conociéndola seguro que era hippie, pero eso sí, limpia. Fijo que se duchaba a diario. Te puedes vestir como un adefesio pero ir aseada. La higiene es fundamental. Menos mal que acabó reformándose, eso sí, porqué si no, no sabría que habría sido de mi vida. Ella que me ha enseñado todo lo que sé sobre moda, aunque en cuestiones de gusto haya superado a mi maestra, por supuesto... Ella que me llevó por primera vez a un SPA, aún recuerdo la mascarilla de caviar, uno de esos grandes momentos que hay en la vida... La Ali, sin la que no habría podido inyectarme botox en los noventa. Mi primer lifting también fue todo un éxito gracias a sus contactos quirúrgicos, y pensar que creía que era una leyenda urbana lo de los hilos de oro de la Deneuve... ¡Ingenua de mí! No. Me niego a pensar que pueda estar equivocada en algo tan básico y crucial como la teoría de los pañuelos Hermès. Claro, es que si los tejen en los Campos Eliseos, han de tener magia propia. ¿No los hacían en la India? ¿O es la tela lo que viene de allí? En fin, poco importa, ya sólo el venderse en un sitio con tanto glamour ya aporta magia. Como las velas del Marché de Noël de Bruselas. Sin ese espíritu navideño con el que fueron concebidas, nunca me hubiesen sacado de la depresión del 95. Seguí todas las instrucciones de la Ali, encender las velas con luna llena, una barrita de incienso al día de las de Sándalo, hechas en Casablanca, habiéndome asegurado que no habían sido tocadas por manos sucias, y eso sí, mis dos prozacs diarios. ¡Qué mala época aquella! ¡Gracias a las velas, que si no! Aunque también pudo influir en algo el Prozac, sé que no fue mano de santo, porque al tomarlo a diario desde que Luismi me ofreció el primero a los 17 cuando engordé aquellos dos kilos horribles, tampoco sentí una gran diferencia al aumentar la dosis.


La Ali, mi gran amiga, mi hermana. Ella que ha estado en todos los grandes momentos de mi vida. ¿Cómo puedo dudar, ni que sea un momento, de ella? Si dice que no hay que sentarse nunca sin haber extendido antes un pañuelo sobre el asiento, será por algo... La Ali no es de las que hablan por hablar... Aún recuerdo que el año pasado en el viaje a New York que hicimos por semana santa, compartió conmigo su bufanda D&G para sentarnos en el avión. ¿También la habrían tejido las indias de Paris con sus saris de Hare Krishna? Supongo que sí, la verdad, porqué si no, no creo que hubiese corrido el riesgo, y tampoco nos pasó nada entonces. Por cierto, hace tiempo que no veo a ninguna de esas indias, ¿He visto alguna vez un Hare Krishna en directo? Bueno, la verdad es que ya no me acuerdo, pero que más da haberlo visto de verdad o en un documental, al fin y al cabo es lo mismo, ¿no?


Tengo que llamarla esta noche para preguntarle lo que piensa. Aunque ¡Qué vergüenza! ¡Qué poco glamour por mi parte! ¿La decepcionaré por no haber hecho caso de sus sabios consejos? Mejor me lo callo, porque hasta una amistad tan profunda como la nuestra, puede llegar a tener sus límites, y mucho me temo que lo mío los superen.


A Toti también paso de contárselo, porqué conociéndolo, me hará pasar por el primer grado. ¿O es el tercero? Tengo que volver a ver Ally McBeal para no cagarla en aspectos legales. Imagínate que suelto alguna incongruencia en un Cocktail... ¡Me da algo! Ya me imagino a Toti. Interrogatorio infernal, cachondeo infinito y conclusión sexual, muy en su línea... Todo lo limita al sexo, pero también es normal, claro, tratándose de un hombre... La Ali me dijo una vez que el lóbulo frontal izquierdo de los hombres se encoge cada vez que tienen una erección, por lo que parte de sus neuronas se desplaza al miembro a través de la médula espinal. Y aunque no haya ido a la facultad, me lo creo. Le dedica mucho tiempo a la lectura de revistas científicas, como Cosmopolitan o Saber Vivir. Además su primer novio estaba en tercero de medicina, digo yo que algo habría aprendido. Y de todas formas, sabiendo que me dirá que lo “he cogido follando”. Y eso que YO nunca follo, únicamente hago el amor. Aunque los acabe de conocer necesito estar profundamente enamorada, o les amo o me es imposible tocarles, es que soy muy sentimental, ya me lo dice la Ali... El caso, es que si me pongo a pensar en los argumentos de Toti, tampoco creo que fuese posible, ya que en el último mes sólo he estado con un chico, con Diego. Y un chico que usa de forma integral perfume de Issey Miyake (me alegra saber que no soy la única que se perfuma los genitales), crema hidratante Shisheido, se depila y sólo lleva slips Calvin Klein, por no hablar de que debería cobrar por derechos de imagen al no vestir más que de Adolfo Domínguez, no puede contagiar nada malo. Además es de Barcelona. No. Sería imposible. Queda absolutamente descartado como responsable del problema actual. Así que no merece la pena discutir con Toti, ya que nunca lo entendería. Aunque si se lo pudiese contar a la Ali... No. Deja. Sería una lástima perder a una hermana por un tema tan banal.


De todas formas seguiré su consejo, o al menos trataré de adaptarlo. Sí. Me pondré Chanel nº5. Como lo hacen en los Campos Elíseos, igual que los pañuelos de Hermès y los cinturones de D&G, seguro que eso las mata. Aunque ahora que lo pienso, un perfume no se teje, pero seguro que al ser francés lleva el dichoso componente antibacteriano... Si sólo recordase como se llaman... Sé que Joaquín las atrapó en la mili, por sentarse dónde no debía, seguro. Pero tenían un nombre tan complicado... Si me acordase del jodido nombre podría buscarlo en la Wikipedia, aunque claro, de todas formas tendría que preguntarle a la Ali cómo se enciende el ordenador, dónde se encuentra el botón de la Wikipedia... ¡Buf! ¡Qué pereza! Seguro que me pregunta para qué lo quiero y podría llegar a sospechar algo. No. Mejor no me arriesgo. ¿Pero como se llamaban esos dichosos bichitos?

martes, 12 de enero de 2010

DE COMPRAS


Paseas por las tiendas de ultramarinos, invades las grandes superficies, matas el tiempo en colmados, vagabundeas por los supermercados.

Antaño te aferrabas a las marcas, después lo hiciste a las recomendaciones de calidad de las revistas para consumidores, ahora sueñas con productos biológicos o procedentes de cosechas ecológicas, en las que no se utilicen niños, con etiquetas verdes, azules y amarillas.

Silencias a la ansiedad a golpe de talonario, a la tristeza con el contenido suelto de tus bolsillos, a la soledad con tus tarjetas de crédito de innumerables entidades bancarias, a tu rabia con billetes arrugados, aunque acaben de salir del cajero.

Atenúas las críticas reivindicando tu libertad, excusando las que te afectan con el escudo de la verdad absoluta que supone para ti la compra perfecta.


El lunes tomas el cortado de las once en la cafetería de las multisalas del Eroski, el martes recorres las zapaterías del Centro Carrefour de al lado de tu casa, los miércoles al tener la tarde libre aprovechas para tus compras semanales, los jueves tocan escaparates sin rumbo, el viernes recorres jugueterías para los hijos que no tienes y para los ahijados que nunca te han propuesto. Los fines de semana hay que coger el coche para conocer algún Centro Comercial Nuevo y pasar el día entero.

Hace tiempo que no usas bolsas de plástico y que sigues el cuadrante de reciclaje que pusiste en la nevera con un imán en forma de paella. Pero tiras las colillas al suelo y los condones por el retrete. Organizas tus deshechos por bolsas de colores, y tu vida por comercios en los que dispongan de aparcamiento gratuito.

Me enamoré de tu imperfección, de tus contradicciones, de tu mediocridad.

Te grité desde mi estante y conseguí que me compraras. A pesar de no llevar distintivo de la Unión Europea, poseer pensamientos y costumbres que dañan el medioambiente, y proceder de cultivos en los que se usan elementos químicos para fumigar en las noches de insomnio.

Te llamé desde mi escondite entre latas de conserva, y aunque mi envoltorio pareciese de una procesadora de Europa del este o incluso de algún país asiático, y mis colores no clamasen al cielo New Age por el que deambulas de puntillas, llegaste a mí. Apartaste una lata de sardinas, otra de mejillones en escabeche, y encima de la de berberechos te esperaba sonriente.

Consumidor de productos de lujo, sibarita de un mercado inexistente. Reclamas la originalidad y el naturalismo y acabas coleccionando una copia, un vulgar sucedáneo procesado, una burda imitación congelada fuera de la zona de frío.

Después de tantos años en el cajón que nunca abres de la despensa que a penas visitas, me pregunto si me adquiriste como a las típicas colecciones de septiembre de relojes coloniales, vírgenes de sobremesa o lavativas de todos los países del mundo, que se empiezan y no se siguen nunca. Me pregunto si tu intención era que estuviese encerrado solo, como es el caso, o bien tenías pensado en algún momento, reclutar unos cuantos fraudes más para que me hiciesen compañía.

Después de tantos años yo te sigo queriendo, pero ya no me molesto en seguir chillando, puesto que pasas la mayor parte de tu tiempo de compras y mis lamentos caerían al vacío. Sé que te sigo gustando, por eso me conservas, o tal vez te hayas olvidado de que me compraste, de que te encaprichaste un miércoles de un bien de los que nunca usas, y me almacenaste como a uno de tus artículos de lujo, aunque sigas sin abrirme ni en las ocasiones especiales. Aunque también conserves determinada basura, me niego a verme como la víctima rescatada de un Síndrome de Diógenes, tendrás tus propios motivos para que siga contigo.

Después de tantos años, me conformo con imaginarte desde mi cajón cerrado, a través de mi envase desgastado que alberga un contenido que caducó hace tiempo.

Después de tantos años, sigo con la duda de si lo que realmente te convenía era un sucedáneo en oferta, aunque me alegre de seguir siendo tuyo.

Después de tantos años todo sigue como al principio, tú de compras, yo en mi lugar de la fila esperándote, sin rencores, con alegría, paciente, expectante… Y todavía se sigue escuchando que el Amor no es para siempre. Tonterías.

lunes, 16 de noviembre de 2009

AMANECE

Amanece.

No siento, ni respiro, ni veo. Mi olfato aún no ha nacido. En posición fetal mi útero es la arena y el salitre mi cordón umbilical.


Me alimento del yodo sin saberlo. Mientras tanto, todo está oscuro y el cielo a punto de parir.


Con los párpados cerrados empiezo a percibir una acuarela teñida de naranja. Mi garganta está seca y noto un nido de abejas en mis pulmones. La madre y reina no quiere abandonarme, pero la brisa de la mañana la acaba convenciendo.


Un graznido de gaviota suena lejano y anuncia el sufrimiento de las nubes más siniestras que desean conservar su oscuridad. El ave se acerca y su quejido rompe el horizonte separando el mar del cielo que han estado toda la noche fundidos en un abrazo.


Las rocas lloran, la orilla rompe aguas.

El naranja se hace más intenso en mis pupilas selladas, y a través de sus cortinas la luz se mezcla de malvas, rosas y de tímidos azules.

Mis oídos sangran y por fin soy capaz de disfrutar del grito de las gaviotas, del lamento de una noche arrepentida.

La sangre se desliza por mis hombros reanimando mis músculos, erizando el vello de mis brazos, granulando la piel de mi espalda para que se confunda con la arena que ya empieza a sacudirme con sus contracciones.

Un murciélago que se escapa deshilacha con sus patas la seda que borda mis párpados. Huye. Mi vista me regala una sangría de imágenes desenfocadas, una mezcla desordenada de colores cálidos como lanzados al aire directamente de sus botes de pintura.

El enjambre que me parasita acaba cediendo ante la insistencia del aire y lo vomito destaponando mis fosas nasales. Ya pueden unirse a su reina. Me dejan vacío por dentro, y al fin respiro. Mi pecho se contrae, mi vientre es un concierto de espasmos. Ya soy capaz de oler la acuarela que hasta ese momento únicamente veía.

El sonido de las olas violetas, me deja ver el olor a sal. Ya puedo escuchar la arena mojada.
La mañana ha dado a luz. No tiene sexo, ni voz, ni peso. Estiro mis piernas. Desperezo los brazos que nunca había movido. Mi piel se desprende de las escamas nocturnas de sal y de lodo.

El mar de rojo sangre se cree separatista, y poco a poco reivindica su reinado desprendiéndose del sol que ha estado protegiendo durante toda la noche. Lo empuja hacia arriba para que logre alcanzar el lugar que le corresponde, para que se despegue de su húmedo colchón.

Las caracolas cantan en la espuma blanca. Las piedras de la orilla cobran vida y susurran entre ellas. El mar escupe los despojos del parto mientras el techo busca su azul acariciando contento al sol que vuelve a estar en su sitio.

Siento. Respiro y veo. El olor de la mañana me despierta. La caricia de la arena me da los buenos días. El mar me salpica saludando amable. Acabo de nacer. Sonrío estirado en la playa. Mi cuerpo me vuelve a pertenecer, aunque solo sea momentáneo. Cuando el mar me reclame volveré a entregarme, sin condiciones. Sin prisas.