jueves, 24 de diciembre de 2009

LA MUERTE DE DON DIONISIO (Feliz Navidad)


Castidad cierra los ojos para poder avistar las medusas brillantes en el mar oscuro que tanto le gustan. Son muchos años de práctica, y al final ha conseguido perfilar sus cuerpos translúcidos, sus sinuosos tentáculos y sobre todo, la perfecta armonía de sus movimientos de buceo. Desde niña, siempre fue consciente de que los puntos que aparecen en la nada al cerrar los ojos boca arriba en la playa, eran mucho más que simples estrellas en el espacio interior, ahora se han convertido en sus mejores amigas.

Cristina intenta programar los latidos de su corazón al ritmo de las olas. Consiste en sincronizar sus respiraciones con el sonido del mar, y en una dosis de paciencia de la que sólo ella es capaz.

Condolencia se transforma a ratos en estatua de sal, a otros en Venus de mármol. Deja que el viento acartone su piel al salir del agua y la sigue mojando hasta que la capa de sal es tan espesa que marca estrías en su torso. Se reboza en la arena y fantasea con ser la escultura estrella de un famoso museo de cualquier capital europea.


El sol se hace más intenso, el solsticio de verano le ha dado más fuerza que nunca. Reprimido por la noche más larga del año, ahora luce rebelde como recuperando las horas perdidas. No pretende ser cruel, pero sabe que lo que tiene que transmitir no va a ser agradable para ninguna del las tres hermanas.


En el pueblo las plañideras se agrupan junto a la puerta de Don Dionisio para pedir trabajo a su viuda. Las virtudes que pide le puesto las dominan desde hace años, el atuendo para la entrevista se ha acabado convirtiendo en una segunda piel para cada una de las aspirantes. El sueldo será ajustado, pero no llega para todas, con lo que la competición de llantos será decisiva. Cada lágrima mal derramada puede ser eliminatoria.


Una gaviota sobrevuela “El Peñón del Cuervo”. El Sol la ha llamado, y sin orden alguna, se limita a gritar desolada, más como lamento que como queja o agresión, esperando instrucciones. Fosforescente, como sólo las enviadas pueden serlo, aguarda el rayo que la guíe.


El Ayuntamiento es un hervidero de desconsuelo. Por los pasillos corretean los funcionarios sin alma y los becarios perdidos. Por las ventanas entra el sonido de la amargura y el desconcierto que se vive en la Plaza Mayor. Alcalde, padre, empresario, proxeneta, director espiritual, modelo a seguir, objetivo inalcanzable, amante invisible, personaje venerado y amado, respetado por la mayoría, ignorado u odiado tan sólo por unos pocos y descarriados aspirantes a anarquistas, carne del pueblo, vino de las colinas, cordero de las playas de la aldea, nunca visto en público y sin embargo mitificado. La Leyenda de Don Dionisio acababa de llegar a su fin. Nadie quería creerlo ni escribir el final de una Historia que de una forma u otra había acabado marcando la vida de todos los lugareños.

* * *

Castidad cierra los párpados con fuerza porque le ha parecido ver una medusa gigante y quiere asegurarse. Al hacerlo, desaparece. Abre los ojos y sonríe al darse cuenta de que ha confundido a la madre medusa con una vulgar gaviota. Se acerca a la orilla y deja que la espuma le haga cosquillas en los dedos de los pies. El calor aprieta. El sol parece susurrarle a través del viento que ha llegado la hora de sumergirse, de tomar un baño con sus adoradas amigas, de convertirse en una de ellas. Perfecta fisiología, que hace inmune al calor, y también al dolor. Perfecta simetría de inigualable belleza. Una belleza transparente, un brillo que sólo ella puede vislumbrar, como en su padre.


En el Café Central, los Patriarcas sortean el futuro e intentan olvidar la incertidumbre a golpes de dominó. Todos se sienten vacíos, desnudos, imberbes, sin ninguno de los privilegios que como Patriarcas se habían ido ganando a base de duros y sacrificados años. Cada ficha doble amplía las posibilidades de juego que les depara el futuro. Sumergidos en la rutina lúdica, tal vez sólo sean capaces de colocar una simple ficha de más. Inmersos en el olvido, siguen chasqueando, una tras otra, las fichas encima de la mesa.

El corazón de Cristina late al unísono de las ondas que se van alisando en la orilla. Ella aún no lo sabe. Son muchos los ruidos que la desconcentran. El viento sopla con demasiada fuerza. El sonido de la arena, crujiendo en su espalda a cada movimiento, es cada vez más elevado. Los aleteos de una gaviota, que presiente cada vez más cerca, los siente como si fuera ella misma quien estuviese volando. Aspira, y el crujir de sus omóplatos contra una duna se confunde con un largo planeo de la gaviota. De repente, es ella quien vuela, con alas invisibles y sonoras, como las reprimendas de su padre. Poco a poco se va alejando de sus gritos, de su represión, de esa falsa devoción generalizada que ella nunca ha sentido, y a medida que se aleja, se va sintiendo más libre y liviana. Piensa que sus propios aleteos son dirigidos por los latidos del corazón que está intentando controlar desde hace horas. Sin embargo, el perfecto ritmo de vuelo por quien en realidad está siendo marcado es por las olas.

La Parroquia está vacía, el Patio de los Naranjos desierto, la sacristía parece haber sido saqueada, las dos únicas imágenes de la Iglesia; un cristo crucificado y su madre, la Dolorosa, llorando a los pies de la cruz; se han quedado inertes, sin vida. Ya no hay lágrimas ni sangre. Por fin ha cesado el dolor que llevaban milenios padeciendo.

Una estatua de sal y piedra puede correr distintas suertes a la orilla del mar. Puede ser arrastrada y deshecha por el paso de los años y de las olas, o puede ser golpeada y destruida en un solo instante por el azar de una piedra impulsada por el viento o el mar, o por el choque de un pájaro en el lugar preciso, en el centro de gravedad de la escultura. Al fin y al cabo, la resistencia de la sal y la arena mezcladas, no está destinada a ser eterna. Condolencia imagina que una corriente fortuita del viento desvía el vuelo de la gaviota, que tiene a pocos metros de su cabeza, obligándola a abalanzarse en pleno centro de su cráneo y desparramando sus minúsculos pedazos por la orilla. De esta forma, Condolencia, está sintiendo por primera vez el desamparo de lo voluble y de lo efímero de su existencia, fantaseando sobre las diferentes formas de acabar con ella. Intenta recordar los argumentos de su adorable padre, amante y mapa, sobre la importancia de dejar huella en esta vida a base de buenas obras y contención, devoción y misericordia, con el fin de hacer que ésta sea eterna. Pero la inmortalidad se confunde con sus fantasías, y el calor abrasador le hace sentir en un instante un terrible presagio, noticia que no se atrevería ni a soñar dormida.

La mercería está cerrada por defunción, según anuncia un cartel en la entrada garabateado a mano. El panadero ni se ha molestado en poner cartel alguno, invadido por la pereza de acercarse a algún vecino que supiese escribir, pero tampoco ha abierto sus puertas. Tal como la Señora María ha hecho con las suyas, por lo que el colmado también está cerrado. El Comercio se halla desatendido, pero como las necesidades de los aldeanos también se encuentran en un extraño letargo, el equilibrio del lugar sigue existiendo. Aunque ninguno de sus habitantes se atreva de momento a creerlo.

* * *

Las corrientes de agua fría trepan por las piernas de Castidad, las de agua caliente acarician sus pezones. Sólo sus muslos están protegidos por las algas que se van aferrando cada vez más fuerte exprimiendo su entrepierna, en la que empieza a mezclarse agua de todas las temperaturas. Al mirar hacia abajo, no puede ver el placer. Sus piernas parecen haber desaparecido, a partir del ombligo, largas algas de textura suave que parecen salir de su propia cintura, luchan contra las olas con movimientos coreográficos. Castidad tampoco puede ver la luz en ella que desprenden las medusas, pero intuye que las convulsiones, estremecimientos y el éxtasis que está experimentando, y que jamás podría llegar a reconocer como un simple orgasmo, son espejismos del brillo que lleva buscando hace tiempo. Sus pechos endurecidos por el frío y el placer parecen apuntar hacia el fondo del mar. Si su padre supiese lo que está sintiendo… Educada en la obediencia y el autocontrol, nunca hubiese aprobado la expansión e inmoralidad de ese momento. Su calor se va calmando a medida que el pecado avanza. Las voces represoras siguen sonando en su interior, pero le parece que utilizan el pasado y subjuntivo, no el desagradable imperativo al que está tan acostumbrada.

En la casa de la viuda de Don Dionisio no hay nadie. Las plañideras no entienden nada, sus lágrimas ya sólo son de confusión. Únicamente una de ellas empieza a reírse asegurando haberlo entendido todo. La oveja descarriada arranca sus negras vestiduras en una constante carcajada, ante la sorprendida mirada de sus compañeras. Ella ya no se siente perdida. Desprenderse del negro muerte la libera, reírse la llena de inmensa sabiduría. Desnuda, ya no recuerda haber conocido a Don Dionisio. Intenta recordar, y siente la convicción de que nunca ha existido. Junto a la puerta de la cocina, el resto e las plañideras llora al féretro inexistente. Ya no hay motivo para seguir llorando. La muerte de Don Dionisio ya es tan solo una burda excusa. Miran a su compañera y no entienden porque sintiéndose más desnudas que ella no logran desprenderse del peso del luto.

El corazón de Cristina hierve como el Sol y late con el Mar. No lo sabe aún, pero ahora es su propio corazón quien controla el ritmo de las olas y la intensidad del día. Absorta en su vuelo, el odio la hace libre. La muerte de su padre, que para ella nunca ha existido, y de la que por fin es consciente, le ha dado las alas que siempre había deseado, y que sin saberlo siempre había llevado en la espalda.

Una gaviota entra por una de las ventanas laterales del Ayuntamiento. Con sus gritos pretende despertar a la mayoría, pero ésta, está sumida en un oscuro desconcierto que le impide oír sonidos a los que no está acostumbrada y escuchar noticias que no le gustan. Don Dionisio ha muerto, y aunque la gaviota se desgañite para hacerles entender que en realidad nunca ha existido, no todos están dispuestos a prestarle su atención. Y los que sí lo estarían, ya han abandonado hace rato el pueblo.


Condolencia aguanta la respiración. Únicamente una estatua de pacotilla seguiría respirando. La belleza de la inmovilidad haría feliz a su padre, confesor y amigo. Roza la perfección moral a la que siempre ha aspirado. Cuando el oxígeno deja de llegar a las puntas de sus dedos, fija su mirada en sus uñas. Está a punto de convertirse en figura de mármol.


La partida de dominó se alarga más de la cuenta en el Café Central. Por un extraño motivo, las fichas no se acaban nunca. Los Patriarcas ya no se sienten perdidos, aunque lo estén más que nunca en una partida que promete alargarse hasta el fin de los tiempos. Ninguno de ellos escucha ni ve a la gaviota que lleva varios minutos rompiendo tazas de café y coñas de coñac en el interior del bar, ni lo hará jamás. Son demasiados años de sordera y ceguera, si se curasen sus afecciones sólo podría ser debido a un acto de brujería. Y nada más lejos de lo deseado.


Castidad avanza hacia el fondo siguiendo el rumbo que marcan sus pezones. Cuando sumerge la cabeza, el cambio de temperatura es casi tan agradable como el roce de los tentáculos en su clítoris. Como su padre jamás aprobaría semejante actitud, es consciente de que no puede volver a sacar la cabeza del agua. Lo último que pretende es decepcionarlo, aunque ya no esté vivo, tal como le parece escuchar entre los cuchicheos de las algas marinas. Castidad siente un brillo en sus pulmones, sonríe mientras avanza hacia el horizonte acuático.


La madera que sujeta las muñecas del Cristo crucificado se desvanecen transformándose en plumas. La redención se la ha dado el renegar de su padre y del dolor. La figura de la virgen se rompe en mil pedazos. Ya no tiene por quién llorar, y la duda sobre su propia virginidad ha desaparecido. No se siente orgullosa de representar el misterio de una Iglesia que ya está vacía. No tiene porque seguir mintiéndose a ella misma.

Cristina sobrevuela el pueblo, a su izquierda una gaviota, a su derecha una figura cerámica y medio en cueros alada que reconoce como la figura de la Iglesia de su padre.


El Panadero ha desaparecido, nadie sabe nada de los Sánchez que atendían la mercería. La Señora María ya no está en el Colmado, ni en la Iglesia, ni en el cementerio cambiando las flores de su difunto esposo. De hecho ninguna de sus tumbas tiene ya ramos adornándolas. Todas se encuentran con la tierra removida, vacías, y ya nadie llora a sus muertos.


Condolencia lo ha conseguido, en sus venas se ha paralizado toda su sangre, el oxígeno no circula, su mirada vacía es de Satisfacción.

* * *

Las calles del Pueblo están vacías. Los pocos que quedan no salen de sus casas. Las rejas de su prisión eran tan altas que ni con la muerte del Alcalde podrán sentirse libres.

Castidad, muerta, está más bella que nunca. Por fin se ha convertido en una medusa brillante. Se dio cuenta al cerrar los ojos y verse rodeada por esos maravillosos seres. No sabe que no habría decepcionado a su padre también muerto, y también ignora que no volverá a verlo. Las medusas la quieren para ellas solas.

Cristina, libre, sigue volando. Se despide de sus nuevos amigos que seguirán intentando salvar las almas de los pocos creyentes que quedan. Su misión nunca fue esa. Ahora que ha conseguido sincronizar sus latidos con las olas del mar, piensa disfrutarlo en un vuelo infinito sobre los interminables acantilados.

Condolencia se despedaza como la figura de la virgen y se une a su hermana marina. Tampoco será nunca consciente de que su padre nunca se sintió ni se sentiría orgulloso de ella.

3 comentarios:

Justo dijo...

La muerte puede generar a veces liberación, vida... ¿no es así? por cada flor enhiesta, hay otra que se agosta.

El relato tan bien enhebrado como siempre.

Un abrazo fuerte, que pases bien las fiestas

Xim dijo...

Tus relatos son tan largos como tus ausencias. Al final no sé cuántas muertes hubo en el pueblo y en el mar, todo bellamente descrito, poéticamente relatado, como es habitual en ti. Las esperas ante tu ausencia merecen la pena...

Besotes Blancos y Felices Fiestas

Xim

Xim dijo...

Omar guapetón, FELIZ 2010 Y MUCHA SUERTE !!!!!

Xim