Paseas por las tiendas de ultramarinos, invades las grandes superficies, matas el tiempo en colmados, vagabundeas por los supermercados.
Antaño te aferrabas a las marcas, después lo hiciste a las recomendaciones de calidad de las revistas para consumidores, ahora sueñas con productos biológicos o procedentes de cosechas ecológicas, en las que no se utilicen niños, con etiquetas verdes, azules y amarillas.
Silencias a la ansiedad a golpe de talonario, a la tristeza con el contenido suelto de tus bolsillos, a la soledad con tus tarjetas de crédito de innumerables entidades bancarias, a tu rabia con billetes arrugados, aunque acaben de salir del cajero.
Atenúas las críticas reivindicando tu libertad, excusando las que te afectan con el escudo de la verdad absoluta que supone para ti la compra perfecta.
Antaño te aferrabas a las marcas, después lo hiciste a las recomendaciones de calidad de las revistas para consumidores, ahora sueñas con productos biológicos o procedentes de cosechas ecológicas, en las que no se utilicen niños, con etiquetas verdes, azules y amarillas.
Silencias a la ansiedad a golpe de talonario, a la tristeza con el contenido suelto de tus bolsillos, a la soledad con tus tarjetas de crédito de innumerables entidades bancarias, a tu rabia con billetes arrugados, aunque acaben de salir del cajero.
Atenúas las críticas reivindicando tu libertad, excusando las que te afectan con el escudo de la verdad absoluta que supone para ti la compra perfecta.
El lunes tomas el cortado de las once en la cafetería de las multisalas del Eroski, el martes recorres las zapaterías del Centro Carrefour de al lado de tu casa, los miércoles al tener la tarde libre aprovechas para tus compras semanales, los jueves tocan escaparates sin rumbo, el viernes recorres jugueterías para los hijos que no tienes y para los ahijados que nunca te han propuesto. Los fines de semana hay que coger el coche para conocer algún Centro Comercial Nuevo y pasar el día entero.
Hace tiempo que no usas bolsas de plástico y que sigues el cuadrante de reciclaje que pusiste en la nevera con un imán en forma de paella. Pero tiras las colillas al suelo y los condones por el retrete. Organizas tus deshechos por bolsas de colores, y tu vida por comercios en los que dispongan de aparcamiento gratuito.
Me enamoré de tu imperfección, de tus contradicciones, de tu mediocridad.
Te grité desde mi estante y conseguí que me compraras. A pesar de no llevar distintivo de la Unión Europea, poseer pensamientos y costumbres que dañan el medioambiente, y proceder de cultivos en los que se usan elementos químicos para fumigar en las noches de insomnio.
Te llamé desde mi escondite entre latas de conserva, y aunque mi envoltorio pareciese de una procesadora de Europa del este o incluso de algún país asiático, y mis colores no clamasen al cielo New Age por el que deambulas de puntillas, llegaste a mí. Apartaste una lata de sardinas, otra de mejillones en escabeche, y encima de la de berberechos te esperaba sonriente.
Consumidor de productos de lujo, sibarita de un mercado inexistente. Reclamas la originalidad y el naturalismo y acabas coleccionando una copia, un vulgar sucedáneo procesado, una burda imitación congelada fuera de la zona de frío.
Después de tantos años en el cajón que nunca abres de la despensa que a penas visitas, me pregunto si me adquiriste como a las típicas colecciones de septiembre de relojes coloniales, vírgenes de sobremesa o lavativas de todos los países del mundo, que se empiezan y no se siguen nunca. Me pregunto si tu intención era que estuviese encerrado solo, como es el caso, o bien tenías pensado en algún momento, reclutar unos cuantos fraudes más para que me hiciesen compañía.
Después de tantos años yo te sigo queriendo, pero ya no me molesto en seguir chillando, puesto que pasas la mayor parte de tu tiempo de compras y mis lamentos caerían al vacío. Sé que te sigo gustando, por eso me conservas, o tal vez te hayas olvidado de que me compraste, de que te encaprichaste un miércoles de un bien de los que nunca usas, y me almacenaste como a uno de tus artículos de lujo, aunque sigas sin abrirme ni en las ocasiones especiales. Aunque también conserves determinada basura, me niego a verme como la víctima rescatada de un Síndrome de Diógenes, tendrás tus propios motivos para que siga contigo.
Después de tantos años, me conformo con imaginarte desde mi cajón cerrado, a través de mi envase desgastado que alberga un contenido que caducó hace tiempo.
Después de tantos años, sigo con la duda de si lo que realmente te convenía era un sucedáneo en oferta, aunque me alegre de seguir siendo tuyo.
Después de tantos años todo sigue como al principio, tú de compras, yo en mi lugar de la fila esperándote, sin rencores, con alegría, paciente, expectante… Y todavía se sigue escuchando que el Amor no es para siempre. Tonterías.

3 comentarios:
que curioso, ahora que estamos en las rebajas, es forma tan compulsiva que tenemos de comprar y adquirir un montón de cosas que no necesitamos, y que al final acaban en un rincón de cualquier lado.
Un beso
Uf!!! yo odio ir de compras, soy de los que entran en una tienda, eligen, pagan y salen, y jamás iría de compras con una mujer o una loca...
Besotes
Xim
Jejejeje... La agorafobia excusa para las grandes superficies, la claustrofobia para las pequeñas zapaterías... Para el resto de tiendas siempre queda la gripe o una gastroenteritis...
Volvemos a converger, esta vez en una fobia...
Siempre puede ser peor que ir con una mujer o una loca por separado. Como cuando la loca y la mujer son la misma, o si se trata de una loca que se cree mujer, o de una mujer que enloquece sobre la marcha en los escaparates, o una loca que empieza a sentirse femenina de compras...
Besos anticapitalistas...
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