miércoles, 28 de abril de 2010

NIÑO PEZ, VIEJA SUERTE



Una mañana más, Joxe se despierta con el canto de las gaviotas. En su borda, construida en una playa en la que no se ve el mar, el sol no irrumpe y la gente dejó de existir hace tiempo. La única luz que entra a través de las piedras es el recuerdo de su exilio voluntario, un destierro obligado tras llegar a la conclusión de que la suerte nunca iba a poder ser encontrada entre mortales. Un viaje iniciático que sin haber dado frutos, al menos le trajo el silencio. Placebo de placidez. Sucedáneo de templanza.


La primera vez que rozó la suerte, pretendió encerrarla en un árbol hueco, sellando las entradas al tronco con barro y heces. El trébol de cuatro hojas no tardó en pudrirse por falta de aire y exceso de humedad, negándole la fortuna y dándole una primera lección de vida, que sin embargo no aprendió hasta el quinto intento, después de arrancar otros cuatro tréboles más, los últimos sobre la faz de la tierra. Tras el silencio y la búsqueda, llegó la desesperanza. La borda era suficientemente espaciosa para todos.


Las herraduras le trajeron la segunda de las decepciones. Después de tallar varias en madera y comprobar que todas ellas, antes o después, acababan descomponiéndose con el sudor y la lluvia, esculpió una en plata, con una moneda que aún le quedaba en el bolsillo. Fue la vez que más tiempo mantuvo cerca a la suerte, bien atada al cuello, en contacto con su cuerpo, para no poder olvidarse de ella. El primer verano que se paseó a torso descubierto con la fortuna brillando en su pecho, la casualidad quiso que una hurraca, que pasaba en ese momento, se sintiese atraída por el amuleto y que en un par de aleteos se lo llevase. Enganchándose la cadena de helechos a un pedazo de corazón de Joxe con la precisión del picotazo, a medida que el pájaro se alejaba con la herradura en el pico, su corazón se iba deshilachando, bordeando como con una cinta de meta infinita todos los planetas por los que el animal iba pasando.


Su tercer encuentro con la suerte fue con un elfo de los bosques, sabio testigo de los tiempos, mago de sueños, ilusionista de felicidades, hijo de la tierra, bello y perfecto, juguetón y esquivo. Lo ató a su árbol hueco para obligarle a compartir su secreto, y como mandan las costumbres no lo perdió de vista durante días, para que no se desvaneciese. Embelesado por su poder y tras cinco lunas de desvelo, no vio venir por la espalda a dos cuervos, siervos del elfo, que le arrancaron los ojos a un suspiro de su amo. Antes de desaparecer y a modo de disculpa, el elfo besó a Joxe en los labios, arrebatándole también el habla.


Ciego y mudo, sin esperanza ni corazón, siguió buscando a tientas, en su eterna noche cerrada, subiendo por el sendero que va desde la borda hasta el río, y que desemboca en el mar invisible. Siempre andaba descalzo, para saber cuando caminaba sobre la mierda de algún animal errante. Y creía haber pisado varias, que sin embargo seguían sin responder a las preguntas mudas y sin interrogantes de su cabeza sin ojos. Tantos años arrastrando los pies a ciegas por ciénagas y barrizales, le hicieron inmune al miedo a caminar por acantilados, pero no así al hecho de poder caer por ellos, como demostró la caída sufrida la tarde en la que perdió las dos piernas.


Con mucha menos agilidad que a su llegada aunque igual de persistente y ordenado, Joxe siguió subiendo a rastras el camino hacia el río a diario. Como para demostrarse que todavía podía alcanzar a la suerte, darle caza y ser capaz de preservarla.


Una mañana más, Joxe sale reptando por la puerta de su borda ayudado tan solo por sus manos, restregando contra el suelo el hueco de su pecho, encallando aún más los muñones que despuntan de sus ingles. No llega hasta la tarde al río, recorrido que antes hacía en a penas una media hora. Se acerca a la orilla, lava los arañazos y heridas producidos en la subida, y bebe en el cuenco que forman sus manos, por el que se escapan las gotas que producen la música más maravillosa de todo el día, contentas de encontrarse de nuevo con sus hermanas, de lanzarse a una carrera sin fin, felices de fluir en equilibrio a través de su madre, el cauce del río.


Ya sólo conserva el oído y sus manos, por lo que si oyese a la suerte lo suficientemente cerca, sería capaz, al menos, de acariciarla, con lo que por el momento ya se conforma.


Mientras bebe, un canto se mezcla con la percusión de las gotas escapándose de entre sus dedos. No se trata de su gaviota despertador, ni del viento, ni de ningún compañero nuevo, si no de un canto mágico, una melodía circular, como si alguien hubiese conseguido afinar la perfección. Unas notas que le invitan a sumergirse y seguir la misma suerte que arrastrará a las gotas caídas del cuenco de sus brazos.


Ha oído hablar de sirenas de río, de monstruos acuáticos, de lamías, de mujeres de agua y del niño pez. Ha escuchado todas esas leyendas de boca de los más sabios, los árboles, se ha dormido cientos de veces con los relatos contados por la luna, las nanas cantadas por el viento y los poemas recitados por las águilas. Historias sobre las quimeras de río y sobre la suerte que corren aquellos que las encuentran. Pero ya no tiene esperanza ni corazón para disfrutar de esa fortuna ni para ansiarla, no le quedan ojos para verla, ni palabras para poder resolver las dudas que aún alberga. Y sin piernas tampoco podría saltar si se le escapase de nuevo.


Una muerte más, y como en cada una de las anteriormente sufridas, Joxe es esclavo de su destino. De nuevo se le presenta delante, y esta vez también sabe que no va a poder rechazarla, que será incapaz de resistirse. Escucha las mil voces del niño pez, sí, ahora sabe que se trata de él porqué se lo han susurrado las piedras. Estira los brazos para asirse con fuerza a las raíces de la orilla y poder franquearla. Empuja con los muñones y tomando el impulso de una trucha a contra corriente desaparece. Con la fuerza de un torrente se precipita hacia el mar que nunca ha visto, y dónde acabará confundiéndose con la suerte que tantas veces se le ha escapado, y que esta vez gracias al niño pez va a poder conocer.


* * * * *


A veces aún paseo por el monte con la esperanza de encontrar la borda y acabar mis días en un palacio sin ventanas acompañado de ovejas. El mar ya no llega a esta zona, los buscadores de suerte se lo bebieron. Joxe ya sólo vuelve cuando sopla el haize-hego (viento sur), o eso dicen los ancianos, y sin voz, únicamente puede entenderle el que haya dado con su árbol hueco, que ahora utiliza como cuerdas vocales. Los troncos vacíos abundan en este infinito cementerio de árboles, pero ninguno me habla. Vuelvo a casa y escribo las conversaciones imaginarias mantenidas con Joxe. Miro por la ventana desde mi escritorio y me pregunto si la suerte se parecerá al silencio.


Tampoco oigo respuesta alguna en las montañas. A veces fantaseo con cortarme las manos y sonrío. Escribir con muñones palabras que nunca fueron dichas, menuda suerte la mía.


5 comentarios:

Charlie dijo...

hola!

Fabuloso!
me encantó, es genial la historia, llena de magia! ese bosque me lo viví! Es una historia llena de energía mágica
aunque tiene tonos negativos, nose a mi tanta tragedia me daba risa!!
esq a mitad de la historia me dije ¡Pero pobre tipo, lo que falta es q le arranquen las manos! y después sucede q pierde las piernas ! bueno casi le acierto :)
me encantó la historia, y ese final es genial... una vez tuve ganas de cortarle las manos a una ex pareja y tirarlas al mar :) jaja!

un besoo!
q estes muy biien
(la foto es genial!, esas sombras dibujandose en el cesped! q linndo!)

.

Xim dijo...

Joder!!! qué cuento tan bonito, ni Gloria Fuertes que en paz descanse oiga!!! la puta suerte, siempre esquiva, como una jodida pastilla de jabón mojada, pobre Joxe...

Besotes niñopezeros

Xim

cleopatra dijo...

¡fabuloso!

La suerte es tan esquiva como necesidad tenemos de ella pero sólo concibo a las personas que se juegan enteras por lo que desean.

(Hasta los muñones son una muestra de verdadera ensoñación y utopías)

Te felicito, increíble relato

Te beso embelesada.

TUT dijo...

LLego de viaje y me encuentro con este relato tuyo, este cuento de Joxe que me ha transportado esta mañana a esos bosque, en los que he buscado los árboles huecos, dormidos, prestando atención a las palabras en ellos guardadas, bajé al rio y no vi al niño pez, pero tampoco vi la suerte que se fue torrente abajo.
¿ Como coño se puede escribir así ?.

Un fuerte abrazo y un beso con olor a musgo.

عمَر dijo...

Soy un desastre... cuelgo posts sin ver los comentarios de los anteriores... Y que sorpresa ver los vuestros...

jajaja, charlie, yo tb he fantaseado con cortarle las manos a algún q otro ex... o incluso la cabeza... me alegra que encontrases humor en la tragedia, yo lo viví así mientras lo escribía...

buenas xim, afortunadamente, el verdadero joxe, o al menos el que ha inspirado el cuento tiene mucha más suerte y menos desventuras, aunque no cese nunca en su intento por preservarla... gloria fuertes me encantaba, soy fan de muchos de sus personajes... su pulga federica me trae lindos recuerdos...

cleo, es increíble, pero al hacer referencia a los muñones al final del relato, pensaba en lo mismo. la suerte es menuda y la sufro sin buscarla, al enfrentarme al papel en blanco, pero no deja de ser suerte...

tut el egipcio... me alegro de que te paseases por los bosques que ahora me acogen... tal vez no escuche a joxe, pero nos encontremos entre helechos... suena un tanto pornográfico el comentario ahora q lo releo, pero juro q es de intenciones castas...

besos agradecidos a los cuatro, de los que traen suerte y alejan remordimientos... de los q se recogen en primavera sin haber sido sembrados. me alegro mucho de que os haya gustado, sinceramente...