viernes, 1 de octubre de 2010

bestiario


Era un intelectual en decadencia. Sí. Un puto maníaco-depresivo. Ya sé, ya sé... Lo que se suele decir en estas ocasiones es que era una persona fabulosa, que siempre se van los mejores, que lo guardaré en mi corazón hasta la eternidad, bla, bla, bla... Pero tampoco tengo por qué mentir. Y si me preguntas, pues te tendré que decir la verdad, digo yo... Siempre me he considerado una persona sincera ante todo.


Intelectual porqué parecía tener una jodida cita para todas las ocasiones. Para todo lo que nos ocurría siempre existían teorías filosóficas de autores, por supuesto ya muertos, o paralelismos con historias de novelas de escritores, evidentemente enterrados. Sí, la verdad es que siempre me sacó mucho de quicio eso. […] ¿El hecho de que no hubiese ninguno vivo? No, no, que va, eso me daba igual. Aunque también decía bastante sobre él ¿no?, sobre ese afán suyo de vivir anclado en el pasado, no sé yo. Lo que peor llevaba era lo otro, el que siempre tuviese respuesta para todo, como un interminable libro de instrucciones en el que ningún capítulo había sido escrito por él. No sé, debía de tener memoria fotográfica o algo, por que no me parece normal. Si me dolía la cabeza, por ejemplo, me hablaba de las famosas migrañas de Virginia Woolf. Cuando teníamos cualquier discusión, acababa apareciendo el Kundera de los cojones. Puto Kundera. Ni que hubiese tenido miles de relaciones habiendo experimentado todo tipo de situaciones. [...] Sí, a veces tenía la impresión de que dormíamos con él y todo, menudo tostón de tío. Y esos títulos tan raros de sus libros, la inmortalidad... sí, supongo que para él era inmortal, eso sin duda.


Ante conversaciones elevadas, de las que le encantaba mantener sobre todo con desconocidos en los bares, o conmigo mientras me hacía las uñas, ya que estaba tan concentrada que ni siquiera me molestaban sus rayadas, acababa tenebrosamente poseído por los fantasmas de Schopenhauer o de Nietzsche. Ya solo con tantas consonantes seguidas en sus nombres, me canso al pensar en el peso que tendrán sus libros. […] No, no, ni de coña. Empecé el Anticristo, y me pareció un coñazo, así que lo dejé enseguida. De todas formas en la Wikipedia te explican de que va. Al final siempre acababa haciendo lo mismo, consultar todas sus referencias, para ver si llegaba a conocerlo un poco más, y sobre todo para no volverme loca.


¿En decadencia? ¿He dicho yo eso? Sí. Supongo que es la palabra que mejor lo definiría, o lo habría definido, no sé que forma es la que se ha de utilizar con los muertos. Piensa que no soy ninguna intelectual, aunque mis amigas sí que lo crean. Algo se me pegaría, digo yo. Tanto tiempo juntos... El caso es que sí, lo consideraba muy decadente, y con esta te responderé a dos de golpe, supongo que también puede servir para describirlo como bipolar. Porqué la vida con él era como una continua montaña rusa, dudo que mucha gente fuese capaz de aguantarlo en el día a día. Vivía siempre en el exceso. Cuando estaba bien, tenía el don de transmitirte esa sensación de vértigo por la que adoraba balancearse, haciendo equilibrios sobre el peligro, y cuando estaba mal... Pues bueno, más de lo mismo, sus demonios te abrazaban engulléndote, llevándote a los rincones más oscuros del infierno. Drogas, alcohol, insomnio, sexo compulsivo... Al menos follaba bien, eso sí, cuando estaba de subida podía echarte el mejor de los polvos... Pero al final estar con él era un puto tobogán que cambiaba de pendiente cada cinco minutos. […] ¿Medicación? Pues no te sabría decir. Yo nunca le vi tomar ningún tipo de pastillas más que las que compartíamos a nivel lúdico para ir a alguna Rave o fiesta de sus amigos más alternativos, los cutres como yo les llamaba... ¿Pero de las psiquiátricas? No creo, la verdad. De hecho, dudo de que hubiese tomado algo recetado por algún médico... No iba a menudo, nunca estando conmigo, al menos.


¿Contenta? ¿Por quién me tomas? He dicho que estaba dispuesta a ser sincera, no que fuese una auténtica hija de puta. ¿Quién puede alegrarse por una cosa así? Desde luego que yo no. Por supuesto que no soy un monstruo. Después de todo, estuvimos casados tres años y medio. Bueno, debería decir que aún lo estamos, ya que en realidad nunca llegamos a divorciarnos. No, claro que no me alegro...


Sí, sí. Todo eso está en regla. Al casarnos en Cataluña, ya fue en régimen de Separación de Bienes. De todas formas siempre fue muy generoso en ese aspecto. Y es que algo bueno tenía que tener, ¿no? Me parece que me queda alguna pensión o algo así, pero eso ya me lo lleva un abogado. […] Sí, claro. También me corresponde lo del seguro, además de los derechos de sus primeras novelas. Después de todo las escribió estando conmigo.


¿Lo peor? No te sabría decir. Tengo muy poca memoria, la verdad. Supongo que es una virtud, porqué así es más fácil que las cosas no te afecten durante demasiado tiempo... Recuerdo que nuestras últimas broncas fueron a causa del gato. Sí, de eso me acuerdo bien, como si hubiese sido ayer mismo. Nunca me gustó el bicho ese, para ser sinceros. El primer libro que me regaló a la semana de conocernos fue La Gata de Colette. Vaya huevos. Y ese sí que me lo leí por ser al principio y no ser demasiado gordo. Y decir que me acabé sintiendo culpable por los celos, si se pueden llamar así, que me daba el puto Lucas... […] Sí, claro. A ese le siguieron varios libros de Tanizaki, Murakami y otros nombres que ya ni recuerdo, pero también serían japoneses o chinos o coreanos, que sé yo, y yo que pensaba que en esos sitios se comían a los gatos, ¿o sería en la india? Bueno, poco importaba ya. De nuevo los putos libros, pero supongo que lo del gato me gustaba aún menos. Sí. Lo peor, sin duda, fue tener a Lucas durmiendo viscoso sobre mis piernas, o mirándome con odio en el salón cada vez que me sentaba a ver la tele o simplemente a descansar.


¿Interés? No sé a qué te refieres. Yo me encargaba de casi todas sus conferencias y contratos con las editoriales. Es normal que cobrase. Curraba para él, ¿no? Por qué iba a tener que hacerlo gratis... […] No, nunca discutimos por dinero. Pero también es verdad que nunca nos faltó. Supongo que sí, que de haberlos tenido, habríamos acabado mucho antes. De todas formas nunca fuimos una pareja al uso. Ni con el dinero ni con los amantes... […] Ambos teníamos nuestras aventuras, por supuesto. […] Sí, claro. Claro que estaba al corriente de sus líos con hombres, incluso llegamos a compartir alguno.


¿Tres buenas y tres malas? Ahí me lo pones realmente difícil. Veamos... Lucas... mmm... Su carácter de mierda... Sí, y su soberbia. Supongo que esas serían las peores. ¿Tres buenas? Supongo que el sexo, sí, era realmente bueno... y el dinero. Sí. Definitivamente el dinero. Me sedujo gracias a él, y para qué engañarte, cuando decidí marcharme ya tenía mi vida más que montada. […] ¿Quererlo? Sí. Bueno, todo lo que se puede querer siendo tan joven. Era prácticamente una niña ¿sabes? Y aún lo soy, claro... Perdona ¿Cuándo me dijiste que iba a salir la entrevista?


* * * * *


Lo ha escuchado de refilón en las noticias. Hace años que no sabe nada de él. Sin embargo, la punzada en el pecho es mucho más fuerte de lo que nunca hubiese imaginado.


Cuando baja a dar su paseo de la mañana, puede verlo por escrito en la portada de casi todos los periódicos de tirada nacional, y cada vez, sin excepción, siente el mismo dolor que oyéndolo por la radio. Y siempre esa estúpida fotografía, la que aparecía en la contraportada de todos sus horribles libros, la que había recibido con una firma el día de su santo, broma macabra sabiendo que nunca los celebraba.


Afortunadamente, en el pueblo nadie puede relacionarlos. Así que tampoco tendrá que aguantar insoportables pésames ni incómodas preguntas, que por otra parte tampoco iba a saber contestar, puesto que hacía unos diez años que habían roto el contacto.


Siempre había escrito, desde pequeño. Y desde siempre había sido el mismo desconocido engreído al que tampoco se había tomado nunca la molestia de acercarse. Fue un niño lejano e introvertido, un adolescente estirado y silencioso, un adulto prepotente y frío. Para él, siempre había sido el mismo demonio cambiando únicamente de tamaño. El mismo hijo de puta reservado que no le había mostrado jamás la más mínima muestra de afecto.


Mete las manos en los bolsillos de su abrigo y piensa en que él tampoco ha sido nunca excesivamente cariñoso, aunque lo achaca a su rígida infancia, y a que también eran otros tiempos. Resguarda sus congelados dedos del aire que sopla y piensa que debe de ser ley de vida. Rememora la educación recibida, y cae en la cuenta de que no ha hecho otra cosa que utilizar con él los mismos patrones que lo han enderezado.


Camina sin rumbo. En su memoria se dibujan las notas que tenía de pequeño y el hecho de que siempre había sido brillante. Sigue pensando que con sus notas en matemáticas, podría haber hecho una carrera de verdad, y no picotear de unas cuantas para acabar dando tumbos como un vagabundo sin estudios, de un país a otro, sin llegar a asentarse en ningún sitio.


Se ajusta la bufanda tapándose la nariz y devuelve la mano al calor del bolsillo. Recuerda la última vez que discutieron. También hacía frío. Ya hacía años que vivía fuera de casa, y lo revivía con asombrosa claridad. Ya llevaban un tiempo alejados, sus malas compañías y el capricho de ponerse a contar obscenidades en libros que todo el mundo podía leer, eran motivos de continuas disputas. Ese día los dos estaban mal, habían bebido tal vez más de la cuenta y ninguno había llegado a controlar sus palabras. La excusa que desencadenó el enfado, había sido su reciente adquisición de un gato. Le entra un escalofrío y recuerda sus propias palabras diciéndole que si no era capaz de mantener una relación sana con nadie, cómo iba a poder ocuparse de un animal, aunque no hubiese escogido uno de verdad como un perro o un pájaro. El viento le escuece en los ojos, del olvido resurgen ataques verbales sobre su madre, y estacadas mortales sobre culpabilidades, y trapos sucios, malas palabras, rencores escondidos, y odio, y reproches. Lo único que no recuerda ni desea, fue lo que le dijo en un momento del calentón, y que acabó sellando el silencio entre los dos que jamás podría volver a ser levantado.


Alza la vista para descubrir que sus pies lo han llevado a la altura del convento, mira al cielo para ver si va a nevar. Intenta pensar en cosas alegres contagiándose de las nubes. Intenta pensar en buenos momentos de su propia niñez. Intenta ser el hombre fuerte que siempre ha reivindicado. El hombre sin trampa ni cartón, el hombre sin grietas, el hombre sin alma. El hombre. El hombre que hay que ser para poder educar a un hijo. El hombre capaz de pegar, gritar o amenazar, porqué esa es la única forma que existe para poder ocuparse de alguien. El hombre de palabras duras e irrompibles silencios. Un hombre de verdad. El hombre. Baja la vista del cielo dándose cuenta de que no le es posible. En su lugar le asaltan autoreproches y arrepentimientos, sentimientos muy poco útiles.


Intenta descifrar entre los árboles si se siente culpable por no haber querido a su hijo, o triste por su muerte, en cuyo caso significaría que en realidad si que lo había amado. Las dudas son demasiado espesas para llegar a una conclusión. De lo único que sí está seguro es de que él nunca fue amado, ni tan solo respetado por ese célebre desconocido que no había sido más que su hijo.


Se sienta en un banco junto al río, ya no se siente las orejas. Le asalta la certeza de haber intentado domar a un monstruo, criar a un ser cruel e incapaz de amar a nadie. A nadie más que a un gato, por qué ni por su propia salud se había preocupado nunca. La inercia conduce sus pensamientos, desiste en su intento por controlarlos. Piensa en su hijo muerto como en un extraño egoísta y ausente, capaz de eliminarlo de su vida de un solo plumazo, sin segundas oportunidades, como si él mismo le hubiese llegado a pedir alguna. Le reconforta pensar en que el desaparecido escritor no tenía moralidad ni sentimientos, y por lo tanto tampoco merecía duelo alguno.


Sin darse cuenta, sus lágrimas automáticas se deslizan al ritmo que marca el cauce del río por sus mejillas de escarcha. Lo achaca a los sudores fríos de la edad, a que su boina de lana provoca el bochorno de sus ideas, ese que le atraviesa el cuerpo entero con un dolor inimaginable para alguien que no haya perdido nunca a un hijo.


Es consciente de que su afortunado y muerto hijo no le ha dejado nada más que el silencio que él mismo le había reclamado en su última disputa, hace ya tanto tiempo. De todas formas ya nadie sabría cómo contactarlo desde que se mudó.


Imagina el desfile de un entierro al que no asistirá, aunque desconozca que no va a organizarse ninguno porqué sigue viendo la noticia sin leerla. Se levanta del banco ajustándose el abrigo y se va para casa. Aún tiene que prepararse la comida.


* * * * *


Tuviste varias vidas, viejo cabrón. Y decidiste dejarlo todo en la nuestra, sin esperar a la siguiente. Y lo peor de todo es que no puedo quejarme porqué sería egoísta. Debería alegrarme porque te fuiste feliz. Por la puerta grande, en la cima de un éxito que aunque nunca te llegase a gustar, jamás te trajo realmente problemas. Amado y amando. ¿Qué más se puede pedir?


Y te veo en la cafetería invitándome a una caña que yo acabo pagando por orgullo. Y me recuerdo mintiéndote con mi mejor sonrisa diciéndote que no me gustaban los viejos. Y te veo desapareciendo de la terraza, en las Galerías de Saint-Hubert, para volver con un paquete de Tropismes, mi librería favorita de Bruselas. La Chatte de Colette, edición de bolsillo. Y se me escapa la misma sonrisa que al coger por primera vez el libro. Y me oigo preguntándote en francés colonial si me has tomado por una prostituta barata. Y nos vivo paseando por Bruselas intentando sorprender al otro, en ese juego de seducción que tanto te gustaba, en un pulso de poder que nunca acabé dando por perdido, hasta ahora que no me queda otra que llorarte, aunque sea en silencio, no sea que me oigas y te cabrees.


Te he dedicado los últimos cinco años, y aún ahora, en tu ausencia, tengo la sensación de acabar de conocerte, de tener que seguir flirteando contigo como una adolescente para acabar consiguiendo tu atención. Esa que nunca me negaste, seguramente por no habértela reclamado en exceso.


Y nos siento follando en habitaciones de hotel de ciudades que nunca acabamos visitando, con las luces encendidas y servicio de habitaciones para los entreactos. Y nos disfruto paseando por las que sí que vimos, además de follar en ellas, como París y Londres, asistiendo juntos, yo como consorte, en tus presentaciones de Madrid o Barcelona, descansando en Córcega, soñando con Grecia.


Y aún te huelo en esta buhardilla. Tu lado de la cama, que no he cambiado desde tu muerte, aún te aguarda. El único que se atreve a ocuparlo es Lucas, para que cuando llegues esté caliente, y estoy convencido de que no te molestaría en absoluto. Y te sigo hablando dormido, y comentando despierto y a carcajadas las últimas payasadas del bicho, de nuestro Lucas, que parece seguir buscándote. Supongo que cree que andas en alguna de tus promociones o escapadas e imagino que le extraña que no ponga la televisión para que podamos verte juntos, porqué en el fondo aún te espera, como yo.


Y mientras escucho claramente tu voz cada cinco minutos en nuestro minúsculo apartamento, saboreo tu boca y tus miradas, siento el suave tacto de los pelos de tu pecho entre mis dedos, el calor de tu cuerpo junto al mío en el sofá, mientras leo alguno de tus manuscritos con Lucas entre mis piernas.


Y me oigo secándote las lágrimas, bebiéndome tu dolor para convertirlo en ternura, besando tu rabia para poder calmar tus angustias y llevarnos lejos, a fantasías moldeadas sobre la marcha, a paraísos construidos especialmente para nosotros.


Me recuerdo devolviendo todos tus regalos menos los libros, rompiendo la escritura del piso a mi nombre, sonriendo con altivez a todos tus amantes por saberte realmente mío, burlándome de tus peticiones de mano o de tus propuestas de sueldos vitalicios. Vuelvo a sentir tu decepción en cada uno de mis rechazos, sin embargo, el recuerdo de la sonrisa de tus ojos siempre que me emocionabas con literatura, sigue siendo mucho más grande.


Nos leo hablando de poesía, del amor y del absurdo, del todo y de la nada. Páginas y páginas en blanco de compartidos silencios... Bellos, constructivos, necesarios.


Y nos sigo amando a nosotros por encima de todas las cosas, a la falta de compromiso que nos convertía en un matrimonio, a nuestra falta de rutina convertida en costumbre. A nuestros días sin comer y a nuestras noches sin dormir. A ese universo al que me permitisteis la entrada Lucas y tú, y del que hoy todavía me siento orgulloso. Sigo amando esa promesa que no nos hicimos nunca porque preferimos gastar nuestro tiempo en disfrutarla. Y supongo que seguiré amándonos durante bastante tiempo, el que tarde el dolor en disiparse, lo que ahora resulta tremendamente lejano, él es tan intenso y tú sigues tan presente...


Y te fuiste sin avisar, viejo cabrón. Sin darme tiempo a asumir que tenía que empezar a aprender a vivir sin tu compañía. Por eso sigo sin ventilar nuestro rincón, por miedo a que lo que nos queda se escape por las ventanas. Prefiero conservarte hasta que el olvido se imponga por que ya está cansado de esperarme, por qué siempre supimos que nada es eterno y que todo se acaba consumiendo por inmenso que nos parezca, como ahora tu fuga.


Y hoy me veo ante la tesitura de rechazar otro de tus regalos. Una casa en Suiza, pequeña y sin pretensiones. Perdida en la montaña, como siempre estuvieron mis pensamientos. Con tu padre no me he atrevido a hablar. Le he enviado una carta a la dirección que me dio tu agente, explicándole sin presentarme la parte que le corresponde de tu herencia. Lo de tu ex, pues como siempre, lo lleva su abogado.


Y hoy me asalta la duda y no puedo girar la cabeza pidiéndote consejo. Si nos vamos Lucas y yo, empezará mi nueva vida, la que tú has dispuesto conforme a mis propios sueños. Una vida desde cero. Los dos solos en un nuevo espacio junto a los libros que tú me regalaste, en un nuevo rincón del mundo.


* * * * *


La Doctora Henkart, osteópata y veterinaria, sonríe al ver entrar a Lucas. Como supo desde que recibiera la carta de su mejor amigo, iba a acabar llegando. Y de todas formas si en el peor de los casos, el animal acababa en alguna protectora, y nadie se lo traía, en el chip ya constaban los datos de ella, así que alguien ya la contactaría. Siempre tan previsor. Afortunadamente, y como en el mejor de sus deseos, había acabado siendo el jovencito de la fotografía. Hablarían un rato de Lucas y después ya buscaría la forma de explicarle lo de las cuentas cifradas en la numeración del chip del animal.


6 comentarios:

Xim dijo...

Me ha bastado leer una vez la primera y la segunda parte, de la ex y del padre, pero con la tercera he tenido que leerla varias veces, y todas ellas gratamente emocionado: cuanto sentimiento, cuanta ternura, el jodido amor de los cojones, y qué bien escribes cabrón. No sé si será algo biográfico o ficticio, pero ahí hay cada frase y cada párrafo que son literatura de la buena, y lo digo muy en serio. Adoro tus trilogías, que lo sepas...

beXos de un xim super emocionado...

عمَر dijo...

he sacado mucho en ésta, créeme... autobiográfica afortunadamente no es, aunq como te comentaba en el de comes, a la vez eres todos y no eres ninguno... he sido cualquiera de los tres a ratos, e incluso el muerto en algunos sueños...

en ésta me provocaba hablar de un ausente desde tres puntos de vista diferentes, aportando a cada uno un estilo, y unas cuantas piezas del puzzle para conocer un poco más al muerto...

no sé lo que tienen últimamente las trilogías, xim, de verdad te lo digo... pero encuentro fascinante contar una historia desde tres puntos de vista diferentes... tal vez para que quede claro que hay tantos como espectadores, que no hay uno solo, y menos dos en esa obvia dualidad del bien y del mal, con la que me consta no nos gusta encasillarnos a ninguno de los dos...

el tres, ese bonito número q da equilibrio a cualquier silla... básico... pero tan complejo...

me da miedo enmarcar mis historias en trilogías... pero ahora mismo es la forma q tengo de explicarlas... y tú, más q nadie, has estado viendo mi evolución... y lo peor, o no, es q hay todavía unas cuantas en mi cabeza, queriendo salir... así que irán viendo la luz... ahora estaré un poco más pausado ya que estoy con cuentos infantiles por otro lado, colaborando con ilustradores y fabricando historias... y aunque siguen siendo tantas las que me acosan, habrá tiempo para todas... me siento menos oscuro, creo haber abierto la puerta a las emociones en mayúscula, sin centrarme en una sola...

besos agradecidos por seguir teniéndote ahí, al otro lado. abrazos creativos de los que nos mueven a ambos...

Xim dijo...

Desde niño adopté el número 3 como mi número de la suerte, después comprendí y superé la dualidad de los pares opuestos, un tanto molestos pero necesarios; el 7 es un número que también me atrae, pero me sigo quedando con el 3...

Y sí, se nota que has sacado mucho, y de lo mejor, en esa tercera parte, por eso me ha impactado tanto, tus palabras atrapan al lector, y éste, emocionado, no puede sino releer y seguir corriéndose en esa especie de orgasmo mental (no ya masturbación), por eso te dije claramente que es literatura de la buena, cuando se disfruta con cada línea, cada frase que te sacude y te hace partícipe de la situación, en definitiva, cuando entras en la historia y la vives en primera persona...

Exacto, son tres puntos de vista distintos que dan a conocer a una persona que ya no existe, cada uno a su manera, ahí radica también parte de la originalidad de la historia, pero además de eso, no sé si conscientemente, has creado un crescendo que ayuda a dramatizar aun más la situación:

-1- La ex y su superficialidad y desdén.
-2- El padre con su cariño filial.
-3- El amante en su más íntimo dolor, fruto del verdadero y único amor.

Así que no veo nada negativo en estas trilogías, tú sigue con ellas, incluso estaría bien que te encasillases en ellas, ¿por qué no?, un escritor trilogista, suena bien y todo... Creo que estás pasando una buena racha, así que aprovechala al máximo, seguramente que terminarás sacando lo mejor de ti como escritor, que para mí ya hace tiempo que lo estás haciendo, por eso te sigo...

Bueno, eso es todo, gracias a ti por tu creatividad

beXotes de los grandeX

X

Charlie dijo...

uy!!
eran terribles ambos
y el gatoo también! jaja xD

me encantó la historia (:

besos
<3

pd. cada vez escribís mejor :P

TUT dijo...

Nuevamente me he impreso tu escrito, no solo por ser largo, si no porque siempre los leo y releo varias veces y necesito un buen rato para leer tranquilamente, sin prisas, pararme y escuchar tus palabras....., no sobra ni falta ninguna y dices tanto...

Estos largos relatos tuyos en los que, como un actor, te metes en distintas pieles, escrutas en sus almas y te adentras en las entrañas de esos seres que logras hacerlos tan reales, que puedo verlos y sentirlos, eso es mérito tuyo, desde luego.

En estas tres visiones sobre el escritor, igual que dice Xim, me han emocionado, pero muy especialmente la tercera, quizás porque aún hoy me emociona el amor, aún lo añoro ( ¡ puto amor como dice Xim ).

Y el omnipresente gato, que como espectador asiste a la película de sus vidas.

Nos cruzamos en nuestros caminos con otros que jamás entenderemos ni nos entenderán, eternos desconocidos cuya relación está destinada al fracaso antes de empezarla y marcharemos sin dejar de ser un misterio, un eterno desconocido. incluso para nosotros mismos.

¿ Para cuando el libro Omar ?.

Un beso emocioando y un largo abrazo.

Argax dijo...

Me impresiona el dominio de voces y puntos de vista de las tres partes del relato.
Me gusta el final cifrado.
Como todo lo que te he leído en prosa este relato destila una calidad indudable.

Así que enhorabuena y muchas gracias por crear estas maravillas.

Un beso