martes, 20 de febrero de 2007

LA AUDIENCIA NACIONAL

Los primeros rayos de sol se filtran a través de la persiana entreabierta de la ventana de la cocina. Superan la carrera de obstáculos del humo que sin descanso sale de los infectos pulmones de María, para iluminar el último gran desayuno de la familia al completo. Esa naturaleza muerta de zumos, frutas naturales, cereales, huevos y embutidos varios, que ahora está envuelto de la neblina que produce el denso aliento de una madre a la espera.

Daniel aparece por la puerta con su erección matinal, sonriendo e invitando a María a cambiar su Marlboro por el salubre contenido de sus calzoncillos. Ella mira el reloj, mira su cigarrillo, piensa lo que tardará en convertirse en colilla, y duda. “Piensa que puede ser nuestra última vez.” Ese argumento tampoco la acaba de convencer del todo, pero aún así, se anima en cuanto la Pequeña Luisa atraviesa la puerta deseando los Buenos Días a sus padres. María le da un beso en la frente, le quita las legañas con una servilleta mojada de saliva, pone el Colacao en el micro y le sirve un bol de cereales con fruta. Mientras la pequeña empieza su desayuno somnolienta, María se pone de rodillas, Daniel se acerca y le introduce la polla en sus secos labios. Julián irrumpe en la cocina y se sirve un café, saluda a sus padres y estrecha a su hermana entre sus brazos. “Tendríais que encararos más al espejo, mamá. O por lo menos recógete el pelo. Estoy seguro de que no se ve nada”. Sumisa, María se recoge la melena en un moño, sonriendo al adolescente y levantando el pulgar en señal de agradecimiento. Daniel parece no enterarse de nada, entregado al placer de la felación de su esposa, pero cambia el ángulo hasta poder ver perfectamente reflejado en el espejo de la pared de la cocina, como su miembro entra y sale de la boca de María.

Juan se une al desayuno familiar, rito matinal, con su novia Marta. Le sirve el Colacao a su hermana y se sienta al lado de sus padres deseándoles los Buenos Días. Mira al espejo, menea la cabeza con resignación y aparta un mechón de la cara de su madre. Gira la cabeza hacia Marta, y vuelve a quejarse. “Sonríe un poco Marta. Ya nos dieron un toque ayer”. Un simple “Vete a la Mierda” es todo lo que obtiene por respuesta. “Supongo que sabes lo que eso significa ¿Verdad, cariño?”. Marta lo ignora de nuevo. Aparta el trozo de mantel que tiene delante, recolocando parte del bodegón enfrente de la pequeña Luisa, que devora todo lo que se le cruza. Marta saca una papelina del bolsillo de su pijama, la tarjeta cliente del Caprabo que está sobre la nevera y se trabaja tres rallitas. Mientras esnifa, olvidando el cansancio, Juan se acerca a su hermana.

“Cielo, ya vale. Te estás pasando. ¿No te parece que ya es suficiente?” Luisa cegada por la gula parece no escuchar la reprimenda. “Venga, ya sabes lo que toca” Levanta la vista de la comida por primera vez y empieza a hacer pucheros. “Tú te lo has buscado” “Otra vez no, Juan, por favor” Pero éste la coge en brazos, la sitúa junto a sus padres asegurándose que entra en el cuadro del espejo y repite “Ya sabes lo que toca.” María sonríe a la pequeña a través del espejo y Luisa obediente, entre lágrimas, se mete dos dedos hasta la campanilla y vomita.

En ese instante suena el timbre. María se apresura en exprimir a su cónyuge. La pequeña Luisa echa los últimos resquicios de bilis y se lava la boca enjuagándose con agua del fregadero. Juan empieza a recoger la mesa a toda prisa ayudado por su hermano Julián. Marta intenta pararse una hemorragia con un trozo de papel de cocina.

El timbre vuelve a sonar. Esta vez con más insistencia, como presagio de la explosión de Daniel, que se refugia en el regazo de la pequeña Luisa, mientras María apoya exhausta, los brazos en el suelo.

El tercer timbrazo anuncia la entrada de “La Voz”. “Familia. Por favor. Dejad todo lo que estéis haciendo y reuníos en el salón.” Nadie replica. Marta coge de la mano a la pequeña y con la otra sigue presionándose el tabique nasal. María coge la de Julián, mientras Juan le retira unas gotas blanquecinas de la comisura de los labios. Daniel avanza a pasos agigantados hacia el salón sacudiéndose la verga, aún semierecta, para eliminar los últimos restos. Un gran foco les espera. Se sientan alrededor de la mesita del salón y se cogen todos de las manos a la espera de nuevas instrucciones.

Esta vez los nervios están a flor de piel. “TU HIPOTECA” ha llegado a su fin y sólo pueden quedar cuatro. La Audiencia Nacional ya ha decidido y todo está en manos del destino. Atrás quedaban ya los sollozos al despedirse de los padres de Daniel, primeros expulsados del programa con destinación desconocida. Los aplausos tras la esperada eliminación de la madre de María, incomunicada actualmente en alguna residencia de ancianos del sur de Francia. Y sobre todo, la agonía de desprenderse de Javier, el miembro más generoso de la familia y al que la Audiencia Nacional había sentenciado a ser expulsado del concurso, asignándole la Patria Potestad a la Cadena.

Diez concursantes. Noventa días de encierro. Un sólo requisito: lazos familiares demostrables. Un objetivo: La Hipoteca de la casa en la que vivían. Una restricción: Sólo podían quedar cuatro. Del resto, no se volvería a saber nada. La Audiencia Nacional decidiría mediante mensajes cortos, llamadas telefónicas, correos electrónicos, sellos telepáticos y transmisiones digitales lo que pasaría con ellos. Todo ello, controlado, minuciosamente, bajo la supervisión notarial.

¿Sería expulsada Marta? A fin de cuentas tan sólo era la novia de Juan y no guardaba ningún otro lazo con la familia. Aunque había que tener presente su adicción a la coca y sus devaneos sexuales con Daniel, que siempre iba a favorecerla en el Juicio Final. ¿La pequeña Luisa, tal vez? Tenía muchos números, según los últimos sondeos de opinión del INE, y es que siempre daba mucho juego la separación definitiva en directo, por muy buena concursante que hubiese sido. ¿Juan o Julián? No habían dado mucho que hablar en los noventa días, a pesar de que el incesto de las últimas semanas los situase como finalistas. ¿Daniel o María? En definitiva eran el Pilar de la Familia. ¿Pero eso iba a beneficiarles o por el contrario la Audiencia Nacional se decantaría finalmente por el divorcio?

Noventa días de estrategias, deslealtades, actuaciones descaradas, emociones magnificadas, sufrimientos simulados o no, desconfianzas. Tres meses de espera para el gran momento final. La definitiva estabilidad de sus vidas, la hipoteca soñada, el premio a su angelical paciencia. ¿Acaso había otro modo de conseguirla? Todo ese tiempo para llegar a un único sentimiento común. Todo había valido la pena para los cuatro ganadores. ¿Pero quiénes serían los elegidos?

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Texto duro, me gusta. La verdad es que no me lo hubiera imaginado nunca de ti... ¿A quién hay que pedirle tu mano?

عمَر dijo...

jejeje!! Si es para tener la posibilidad de inscribirnos en un programa como el del relato, cuenta conmigo. Por cierto ¿Quién eres?

Anónimo dijo...

Good words.

dijo...

me encantan los cuentos :)