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martes, 20 de febrero de 2007

SIN MIEDO

La plaza está vacía. Los bancos de piedra te desafían pero prefieres permanecer sentado en el suelo. La esquina en la que te encuentras se convierte en un teleobjetivo desde el que puedes observar la realidad que te envuelve deliciosamente deformada.

Escuchas el paso del tiempo, ves el mar que se esconde a cientos de metros detrás de los edificios bajos que tienes delante, sientes la multitud concentrada de la gente que ha estado dónde tú ahora, y de la que vendrá cuando ya te hayas ido.

Las palmeras se inclinan educadamente rindiéndote sus honores, preguntándose si es por tu culpa que los pájaros han cesado de acompañarlas. Pero intentan ocultar su rencor tras la reverencia tantas veces ensayada en el reflejo de los ventanales que las rodean. La solemnidad de su gesto empequeñece los humildes saludos de las buganvillas. Tan solo unas cuantas se revelan e intentan reproducir la majestuosidad de sus rivales, pero ni tienen la posibilidad de verse, puesto que no llegan a la altura de los balcones, y en las persianas cerradas de las tiendas resulta imposible, ni se quieren dar cuenta de que han perdido el brillo de la estación pasada.

La única farola de la plaza acaba de alumbrarse. Pretende ser un gran foco y sueña con llegar a faro portuario. Sonríe altiva a los simples vegetales que la envuelven. Ella no necesita pomposas muestras de cortesía. Proviene de una acomodada casta de lámparas de salón y no reconocerá nunca el óxido de su ornamenta ni las cagadas de paloma que han corroído su gastado esmalte. La excusa el reflejo de su bombilla en el cartel del estanco que tiene enfrente. Es lo único que es capaz de vislumbrar. No perderá el tiempo en muestras de afecto. No necesita aprobación alguna. Cree que el desprecio aumenta su elegancia.

Inmune al revuelo que estás causando, te conformas con la visión de la armonía de los objetos inanimados que te aportan la paz que andabas buscando. Huyes de los recuerdos y tu memoria se limita a las paredes que acarician tu espalda. Inclinas la cabeza para que la brisa te bese en la nuca.

La fuente que un día estuvo allí, ha dejado su marca para que nadie la olvide. Hizo correr el rumor de un supuesto traslado a los Campos Elíseos, pero las gárgolas que todo lo ven, saben que no es cierto; que sus estatuas habían empezado a cuartearse y el agua había preferido fluir por tuberías de mejor alcurnia. Impotentes no han podido decírselo a nadie. Sus mandíbulas desencajadas enmudecen sus secretos. Te miran con sus ojos agrietados para que intuyas la verdad que esconden. Aunque lo único cierto, es que lo hacen para darse importancia. Sus gargantas secas no se ven desde abajo y su infelicidad queda resguardada tras la máscara del miedo que creen transmitir. Tú, sin embargo, no has levantado la mirada y ni siquiera sabes que las gárgolas te observan desde arriba.

En la corte hay un nuevo invitado. Una señora accede a la plaza por el callejón que se encuentra a tu izquierda. En un principio no te ve, y tampoco te das cuenta de que el ritual de seducción de tu entorno vuelve a repetirse. Esta vez para impresionarla a ella.

Cuando percibe tu presencia encogida, siente un ligero sobresalto. Se ajusta el abrigo y mira a su alrededor para asegurarse de que nadie la ha visto asustada. Siente la tentación de apartarse, pero el cambio de trayecto mostraría debilidad. Finalmente decide continuar su camino perdonándote la vida por invadir su espacio vital. Se detiene un instante y te dedica una imperceptible caída de ojos. Abre su bolso de imitación y saca una moneda que lanza a tus pies. La compasión aunque sea fingida, la convierte en un ser superior y le permitirá explotar la aventura en incontables reuniones sociales, ya que a falta de testigos que puedan contrastar su hazaña, necesitará hacer uso de su mejor oratoria para resultar convincente. Desaparece con la misma rapidez del viento, y te saca del trance su desagradable fragancia a perfume barato. Si no hubiese sido por eso, ni te habrías dado cuenta de que alguien acababa de romper tu soledad.

Lo que es imposible que te pase desapercibido es la petición de papeles de una pareja de policías. Acurrucado sonríes, y sin una palabra se los ofreces. Se resignan ante la imposibilidad de imponerte respeto y toman tu afabilidad por desafío.

En el suelo hay siete monedas. Tres de ellas con caras desorientadas, intercalan miradas entre sí y sortean según su posición vigilar a los agentes que te levantan con violencia o recordarte que las recojas para no quedarse desamparadas en el suelo de piedra. Las otras cuatro con las narices aplastadas contra los adoquines, refunfuñan para que alguien les de la vuelta. Humilladas, no desean que las tomen por maleducadas por estar dando la espalda a la escena. A fin de cuentas no lo están haciendo voluntariamente.

Ajeno a lo que está pasando abandonas la plaza sin mirar atrás. Oyes los murmullos aliviados y esperas encontrar un rincón que te acoja con la misma hospitalidad. En la ciudad de los sueños, el olvido es posible, la aceptación un hecho consumado, y las apariencias pierden su importancia ante la transparencia de la verdad absoluta.
Tu silencio te acompaña. Otras gárgolas esperarán tu llegada para contarte los secretos que nunca oirás. Lo único que te diferencia del resto es que nunca volverás a sentir miedo. Sin memoria sería imposible.

LA AUDIENCIA NACIONAL

Los primeros rayos de sol se filtran a través de la persiana entreabierta de la ventana de la cocina. Superan la carrera de obstáculos del humo que sin descanso sale de los infectos pulmones de María, para iluminar el último gran desayuno de la familia al completo. Esa naturaleza muerta de zumos, frutas naturales, cereales, huevos y embutidos varios, que ahora está envuelto de la neblina que produce el denso aliento de una madre a la espera.

Daniel aparece por la puerta con su erección matinal, sonriendo e invitando a María a cambiar su Marlboro por el salubre contenido de sus calzoncillos. Ella mira el reloj, mira su cigarrillo, piensa lo que tardará en convertirse en colilla, y duda. “Piensa que puede ser nuestra última vez.” Ese argumento tampoco la acaba de convencer del todo, pero aún así, se anima en cuanto la Pequeña Luisa atraviesa la puerta deseando los Buenos Días a sus padres. María le da un beso en la frente, le quita las legañas con una servilleta mojada de saliva, pone el Colacao en el micro y le sirve un bol de cereales con fruta. Mientras la pequeña empieza su desayuno somnolienta, María se pone de rodillas, Daniel se acerca y le introduce la polla en sus secos labios. Julián irrumpe en la cocina y se sirve un café, saluda a sus padres y estrecha a su hermana entre sus brazos. “Tendríais que encararos más al espejo, mamá. O por lo menos recógete el pelo. Estoy seguro de que no se ve nada”. Sumisa, María se recoge la melena en un moño, sonriendo al adolescente y levantando el pulgar en señal de agradecimiento. Daniel parece no enterarse de nada, entregado al placer de la felación de su esposa, pero cambia el ángulo hasta poder ver perfectamente reflejado en el espejo de la pared de la cocina, como su miembro entra y sale de la boca de María.

Juan se une al desayuno familiar, rito matinal, con su novia Marta. Le sirve el Colacao a su hermana y se sienta al lado de sus padres deseándoles los Buenos Días. Mira al espejo, menea la cabeza con resignación y aparta un mechón de la cara de su madre. Gira la cabeza hacia Marta, y vuelve a quejarse. “Sonríe un poco Marta. Ya nos dieron un toque ayer”. Un simple “Vete a la Mierda” es todo lo que obtiene por respuesta. “Supongo que sabes lo que eso significa ¿Verdad, cariño?”. Marta lo ignora de nuevo. Aparta el trozo de mantel que tiene delante, recolocando parte del bodegón enfrente de la pequeña Luisa, que devora todo lo que se le cruza. Marta saca una papelina del bolsillo de su pijama, la tarjeta cliente del Caprabo que está sobre la nevera y se trabaja tres rallitas. Mientras esnifa, olvidando el cansancio, Juan se acerca a su hermana.

“Cielo, ya vale. Te estás pasando. ¿No te parece que ya es suficiente?” Luisa cegada por la gula parece no escuchar la reprimenda. “Venga, ya sabes lo que toca” Levanta la vista de la comida por primera vez y empieza a hacer pucheros. “Tú te lo has buscado” “Otra vez no, Juan, por favor” Pero éste la coge en brazos, la sitúa junto a sus padres asegurándose que entra en el cuadro del espejo y repite “Ya sabes lo que toca.” María sonríe a la pequeña a través del espejo y Luisa obediente, entre lágrimas, se mete dos dedos hasta la campanilla y vomita.

En ese instante suena el timbre. María se apresura en exprimir a su cónyuge. La pequeña Luisa echa los últimos resquicios de bilis y se lava la boca enjuagándose con agua del fregadero. Juan empieza a recoger la mesa a toda prisa ayudado por su hermano Julián. Marta intenta pararse una hemorragia con un trozo de papel de cocina.

El timbre vuelve a sonar. Esta vez con más insistencia, como presagio de la explosión de Daniel, que se refugia en el regazo de la pequeña Luisa, mientras María apoya exhausta, los brazos en el suelo.

El tercer timbrazo anuncia la entrada de “La Voz”. “Familia. Por favor. Dejad todo lo que estéis haciendo y reuníos en el salón.” Nadie replica. Marta coge de la mano a la pequeña y con la otra sigue presionándose el tabique nasal. María coge la de Julián, mientras Juan le retira unas gotas blanquecinas de la comisura de los labios. Daniel avanza a pasos agigantados hacia el salón sacudiéndose la verga, aún semierecta, para eliminar los últimos restos. Un gran foco les espera. Se sientan alrededor de la mesita del salón y se cogen todos de las manos a la espera de nuevas instrucciones.

Esta vez los nervios están a flor de piel. “TU HIPOTECA” ha llegado a su fin y sólo pueden quedar cuatro. La Audiencia Nacional ya ha decidido y todo está en manos del destino. Atrás quedaban ya los sollozos al despedirse de los padres de Daniel, primeros expulsados del programa con destinación desconocida. Los aplausos tras la esperada eliminación de la madre de María, incomunicada actualmente en alguna residencia de ancianos del sur de Francia. Y sobre todo, la agonía de desprenderse de Javier, el miembro más generoso de la familia y al que la Audiencia Nacional había sentenciado a ser expulsado del concurso, asignándole la Patria Potestad a la Cadena.

Diez concursantes. Noventa días de encierro. Un sólo requisito: lazos familiares demostrables. Un objetivo: La Hipoteca de la casa en la que vivían. Una restricción: Sólo podían quedar cuatro. Del resto, no se volvería a saber nada. La Audiencia Nacional decidiría mediante mensajes cortos, llamadas telefónicas, correos electrónicos, sellos telepáticos y transmisiones digitales lo que pasaría con ellos. Todo ello, controlado, minuciosamente, bajo la supervisión notarial.

¿Sería expulsada Marta? A fin de cuentas tan sólo era la novia de Juan y no guardaba ningún otro lazo con la familia. Aunque había que tener presente su adicción a la coca y sus devaneos sexuales con Daniel, que siempre iba a favorecerla en el Juicio Final. ¿La pequeña Luisa, tal vez? Tenía muchos números, según los últimos sondeos de opinión del INE, y es que siempre daba mucho juego la separación definitiva en directo, por muy buena concursante que hubiese sido. ¿Juan o Julián? No habían dado mucho que hablar en los noventa días, a pesar de que el incesto de las últimas semanas los situase como finalistas. ¿Daniel o María? En definitiva eran el Pilar de la Familia. ¿Pero eso iba a beneficiarles o por el contrario la Audiencia Nacional se decantaría finalmente por el divorcio?

Noventa días de estrategias, deslealtades, actuaciones descaradas, emociones magnificadas, sufrimientos simulados o no, desconfianzas. Tres meses de espera para el gran momento final. La definitiva estabilidad de sus vidas, la hipoteca soñada, el premio a su angelical paciencia. ¿Acaso había otro modo de conseguirla? Todo ese tiempo para llegar a un único sentimiento común. Todo había valido la pena para los cuatro ganadores. ¿Pero quiénes serían los elegidos?

lunes, 6 de marzo de 2006

LA SOBERBIA DEL DIÁLOGO
















- He perdido la Fe.
- ¿Perdone?
- Únicamente "soliloquiaba".
- ¿Únicamente qué?
- Déjelo estar. Hablaba solo.
- ¡Ah! Es Usted uno de esos…
- ¿Uno de esos qué?
- ¿Locos?
- Debo de serlo… También habré perdido el juicio…
- ¿También? ¿Qué otra cosa ha perdido?
- La Fe.
- ¡Uf! Demasiado profundo para estas horas de la mañana.
- Ya son las tres de la tarde.
- Pues eso. Demasiado profundo.
- No crea. No me refiero a ese tipo de Fe. De esa nunca he tenido.
- ¿De Cual?
- De la Religiosa.
- ¿Y qué otra Fe existe entonces?
- La verdadera. La Esperanza.
- Y si ha perdido la Esperanza. ¿Qué es lo que hace aquí? Perdone que me entrometa, pero a fin de cuentas es Usted el que ha empezado todo esto.
- No sé. Estoy harto de que me digan “Ya le llamaremos”, supongo.
- Esta vez es diferente. Créame. Ya tendría que saberlo.
- ¿Diferente en qué? He rellenado tres psicotécnicos, otros tantos formularios…
- Se olvida el test de inteligencia.
- Gracias. Y la primera entrevista.
- Razón de más para no perderla.
- Si no la hubiera perdido, no estaría aquí.
- Vuelve a ponerse demasiado filosófico ¿Su último trabajo tenía algo que ver con la Poesía o la Política?
- No. Era Abogado.
- Ahora lo entiendo todo.
- Ahora entiende ¿el qué?
- Pues que esté aquí. Siendo Abogado no podía haber acabado en ningún otro lugar.
- ¿Y Usted?
- Yo tampoco. Por supuesto.
- No. Me refiero que a qué se dedicaba antes.
- ¡Ah, eso! Sacerdote de una pequeña aldea.
- ¿Disculpe?
- Cura de pueblo.
- No, si le había entendido.
- ¿Entonces?
- Pues que me parece increíble que me tache Usted de excesivamente profundo.
- ¿Y de que se sorprende?
- De que un hombre de Fe como Usted se extrañe de que yo me plantee cuestiones existenciales.
- Pues eso. Lo que decía antes, que aún no se ha enterado de nada. ¿Qué cree que hago aquí si no?
- ¿Buscar empleo?
- En fin. Lo dicho… No volveré a repetirme en lo que respecta a su capacidad de comprensión pero le avanzaré que ya lo hemos encontrado ambos.
- Si aún nos falta la última entrevista…
- Nos lo hemos ganado a pulso. Debería saberlo, como Abogado que ha sido. Defendería a mafiosos y directivos inmobiliarios, supongo…
- No. Trabajaba para una ONG.
- Tendría que haberlo supuesto. Soberbia.
- No le entiendo.
- ¿Por qué si no piensa que la única salida que nos queda es la Venta Telefónica? Es la única respuesta posible a nuestras ofensas.
- ¿Relaciona el Pecado con el Mercado Laboral y se permite tacharme de profundo?
- Soberbio, redundante y susceptible.
- En serio, me tiene usted desconcertado.
- Es el estado más común para la sala en que nos encontramos.
- Y me continúa perdiendo.
- Tranquilo. Acabará comprendiendo. Somos almas perdidas por la Soberbia. Por eso estamos aquí. Y por ello se niega a abrir los ojos.
- Razón por la que el único trabajo al que tenemos acceso es al de Teleoperador… Es usted recurrente.
- ¿Dónde si no íbamos a acabar un Abogado con ganas de arreglar el Mundo y el Guía espiritual de una Comunidad? Sinceramente, ¿sigue creyendo que nos correspondía a nosotros esa tarea?
- ¿Y es un Pastor de la Iglesia quién me reprocha algo así? ¿Carece acaso de humanidad?
- Muy Señor Mío, sepa que la humanidad no es lo que necesitamos a partir de ahora. Ni para la espera que aún nos queda, ni para el “trabajo” que habrá tras ella. Vaya asumiendo que esa humanidad, como Usted la llama, se traduce en Soberbia, y es lo que nos ha traído al Telemarketing.
- Habla como si el destino existiese. ¿Y si hubiésemos contestado a otro anuncio?
- Vuelve Usted a engañarse. Querer salvar al mundo tiene su castigo.
- Pensaba más bien en una recompensa.
- Debido a su Soberbia. ¿Quién debía recompensarnos y por qué motivo según Usted?
- ¿Es un Religioso quién me hace esa pregunta?
- ¿Qué le da derecho a pensar que su manera moral de obrar era la correcta? ¿Creía que era bueno el altruismo? ¿Qué le haría ganar el Cielo? Pues a esto nos ha traído. ¿Aún no se ha dado cuenta?
- ¿De que no para de contradecirse? ¿De que un momento mantiene que el destino no existe y al siguiente clama al Cielo? Muy Señor Mío, me permito la licencia de citarle…
- Disculpe la interrupción, pero no me cite, mas bien cítese a Usted mismo. A todos los juicios que ha dirigido en nombre de la Justicia, tal como yo he hecho con la Divina por otra parte. Cite las mentiras que le han llevado a pensar que su camino y tan sólo el suyo era el correcto, que el resto del mundo estaba equivocado a falta de ser solidario. Cite todas esas pancartas morales de las que a estas alturas sigue presumiendo. Al menos eso le hará recordar que su Soberbia lo ha conducido a esta habitación en que nos encontramos, preludio de una condena de llamadas sin descanso, de jerarquías telefónicas y ventas sin respiro. Este trabajo, Amigo Mío, es lo único que tiene, tendrá y tendremos, por qué al final, éramos nosotros los equivocados. La Palabra de Dios y de la Justicia no eran más que susurros del Diablo, por llamarle de alguna manera. Nuestra certeza nos ha conducido al Infierno. ¿Dónde piensa si no que nos encontramos?
- ¿Así es la muerte entonces?
- Desengáñese. Tras la muerte no hay nada. Ese fue el primero de mis Pecados. Transmitir esa idea como Sagrada, segura, única y verdadera. Obligar a asumirla como propia al ajeno. Igual que Usted. No estamos muertos. Estamos en el Infierno. O mejor dicho, a sus puertas. Cuando ese despacho se abra, podremos por fin conocer la Condena Eterna.
- ¿Tergiversa el Sentido de la muerte o intenta hacerme creer que somos inmortales?
- La vida eterna que siempre he predicado se ha presentado por sorpresa. Como tendrá tiempo de ver, los caminos del telemarketing son inescrutables.
- ¿Esperamos entonces un nuevo empleo o las llamas del Infierno?
- Créame, Abogado, cuando la puerta de enfrente nos reclame, ya no habrá ninguna diferencia entre ambos.
- ¿Por qué nadie me dijo que la Muerte sería así?
- Simple y llanamente por no haber cuestionado a la persona adecuada.
- ¿Y todo lo que me queda por vivir? ¿Mis seres queridos? ¿Mi despedida?
- Empiece a pensar en futuro, el resto ya no importa. ¿Y quién sabe si en la Plataforma a la que nos dirigen no se encontrará con alguno de ellos…?
- Me insulta con esa insinuación. Con un deseo tan perverso.
- Y aunque lo hiciese mil veces ¿Cree que eso cambiaría algo? Además, piense que fue esa misma certeza la que lo condujo hasta aquí. ¿Cree prudente seguir manifestándola?
- ¿Acaso podría eso empeorar el presente?
- Podría hacerlo con el Futuro. Si algo he aprendido en esta espera es que nada hay seguro.
- Sin embargo manifiesta plena convicción.
- La Resignación del Condenado. Recuerde que la Soberbia también me acompaña.
- Usted me cansa, Caballero.
- La Puerta se separa. Parece que ha llegado su turno.
- Adiós. Buenas Tardes.
- Dios no es quien espera en ese despacho, mas el peso de los cascos y el cansancio de las cuerdas vocales.
- Empiezo a sospechar que si bien en vida fue ministro del Señor, en esta sala lo está siendo del Diablo.
- Que el Telemarketing lo bendiga y la paciencia lo acompañe. Mi espera aún no ha llegado a su fin.
- ¿Mi compasión debería volcarse en Usted?
- Aprenderá en las llamadas a prescindir de esa Soberbia. Apresúrese. ¿No querrá perder ese puesto vacante? Muy Buenas Noches.

VICTORIA CASTELLANOS

He descubierto que soy la verdadera Victoria Castellanos. Una auténtica malvada de las que ya no quedan. Mezcla de Angela ChanNing y Alexis Colby, pero a la española, con ese toque cañí a jamón serrano y queso manchego, con un pecho de cada sabor, como en la película de Bigas Luna. Soy la villana televisiva que desearía tener dentro Maria Teresa Campos, con más clase, menos kilos, sin ese matiz provinciano y una maldad y falta de pudor, que aún no han encontrado sus límites.

Me meto en la mente de los españoles, invado sus casas, cuando me apetece penetro sus cuerpos, anulo sus almas y me permito el lujo de hacerlo a diario. Por la mañana soy la arpía que se ha acostado con el famoso torero casado, por la tarde la lengua bífida que escupe los trapos sucios de la afamada folclórica, y por la noche aireo los míos propios sin dejar títere con cabeza. Soy el espectro de la discordancia de Gran Hermano, la caja maldita de Jesús Vázquez, la noticia más apocalíptica de los informativos, la pregunta con trampa en el programa de Carlos Sobera. Vomito desinformación, hipnotizo con mi encanto, anulo los cerebros con una sola mirada. Victoria Castellanos nunca ha tenido tanto poder. Espero con ansia la popularización de la Televisión Digital Terrestre, la bajada de precios de la que llega por satélite, el triunfo de los canales vía ADSL y el cableado de todas las calles de España, para aumentar mis posibilidades y seguir matando. Poco importa el motivo, el caso es ser mala, malísima. Las razones ni las recuerdo ni importan. Por eso mi venganza es la peor que ha conocido la Historia de la Televisión. Crónicas Marcianas lo intentó antes que yo, pero en una sola cadena, con un único presentador, y sin una maldad vacía como la mía. Lo sé porqué fui yo quien mató a Sardá, y como las confesiones a Jessica Fletcher en los últimos minutos de “Se ha escrito un Crimen”, sólo fue capaz de decirme que su programa era la respuesta a la muerte de la madre de Bambi, las desgracias de Heidi, los infortunios de Marco, la dramática vida de Candy Candy… Desafortunada venganza por basarse en la sensiblería, nadie que se crea que por haber sufrido lo suficiente en su infancia con la Televisión tiene derecho a transmitir su rabia a los telespectadores, puede llegar demasiado lejos. La caída del falso Mesías ya estaba anunciada.

El verdadero Mal, ni justifica nada ni tiene origen alguno. Han podido matar a mi amante, robarme al hijo, hacerme la ablación del clítoris, cortarme los pechos como a Santa Águeda, o haberme hecho objeto de las más crueles torturas y violaciones, sin embargo, yo ya era mala, no me lo hicieron ser las circunstancias, es más, todo ello sólo consiguió llevarme al éxtasis. Porqué una verdadera Maligna, nace. Los años sólo han permitido que la experiencia haya perfeccionado mis artimañas. La existencia en aumento de nuevos canales me ha dado más fuerza. La insistencia del españolito medio en adoptar la caja tonta como un miembro más de la familia, sólo me ha proporcionado más víctimas.

Soy más grande que nunca, más mala que nadie, más poderosa cuantos más ojos me miran. Me basta un único gesto para matar, un simple movimiento del dedo, una débil fuerza de voluntad que diga: ¿Qué? ¿Ponemos la tele a ver qué echan?

Dios ha muerto, y tras su muerte, mi triunfo ha sido más rápido, menos tardío. Todo era cuestión de ser paciente. El secreto de toda que aspire a ser Dañina. Soy lo primero que la gente enciende cuando llega a casa, al sentarse a la mesa, lo último que ve antes de acostarse. Y a caso cuando se propone que forme parte de sus reuniones alguien dice: ¿Y si esta noche hablamos, sin televisión, como antes?