Por la ciudad camino. En mi cabeza somos dos. Ahora uno duerme. El que está despierto, avanza y con cada paso, respira las imágenes de los edificios que atraviesa. Escucha las voces de los parques por los que pasa. Cada muro que se alza a su paso, le susurra, le perfora con su aroma, le acaricia con su mirada. Como un autómata registra los paisajes, se impregna de cada una de sus visiones. Graba en su retina los espacios que se le presentan, las pareces vacías gritando para que alguien las vea, pudorosas, reclamando el ser cubiertas, desnudas, clamando la indulgencia de quien se atreva a vestirlas. El que está despierto siempre advierte esos signos. No deja que sus paredes se desgañiten pidiendo ayuda. Él siempre está allí para acudir al rescate, nunca les falla. Memoriza el camino que ha seguido, la proximidad de posibles espectadores, las dimensiones exactas del muro impaciente, contento de haber encontrado un salvador que acabe con su frío. Cuando lo ha grabado todo, rebobina para asegurarse de no haberse dejado ningún detalle fuera del alcance de la memoria, y cuando está seguro, despierta al otro.Remolonea al principio, se estira y bosteza. Cuando los ojos se le abren del todo, ya es consciente de que puede empezar a pensar en cual es la mejor forma de pintar ese muro vacío. Tras horas de creación acabará pariendo.
En mi cabeza somos dos, pero nunca están despiertos al mismo tiempo. Mientras uno observa y pulsa el botón rojo de su grabadora, el otro descansa, y cuando se dan el relevo porque una pared ha sido descubierta, el que dormía ahora se pierde entre bocetos multicolores, bucea entre sprays y disolventes, navega entre formas y texturas, siente las piezas, multiplica sus plantillas, da cuerpo al traje que acabará vistiendo el edificio que ha requerido su presencia.

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