miércoles, 1 de diciembre de 2010

retratos: el arcángel



Vive en un sótano sin ventanas desde hace más de 35 años. Su única ventilación es a través de una pequeña rejilla que comunica con la alcantarilla que se encuentra frente al locutorio de arriba. Por ella se cuelan las enredaderas de moho que se balancean al ritmo de la salsa que no cesa en la calle, y el ruido de las risas y de los tacones que se acercan al edificio. Antaño entraba el sonido de los bombardeos, y el repique de las campanas de la iglesia que desapareció entre el bullicio. Alguna que otra rata despistada, saluda de vez en cuando acariciando las rendijas con sus zarpas antes de volver a encontrar la salida. Sus sueños se contonearían con la banda sonora permanente que vibra en su techo, si no fuese por su sordera, grato regalo del que disfruta desde la infancia.


Gabriel nació a cielo abierto en la localidad de Troceble, un pequeño pueblo pesquero de un litoral ya erosionado por la rabia del mar. Creció trenzando redes y limpiando pescado, cargando camiones, ayudando en la lonja a los hombres y en la cocina a las mujeres, bajando al puerto a flirtear en silencio con las turistas, para pasear después en barca y masturbarse en medio de la nada. Maduró entre callos sangrantes en las manos y grietas en las mejillas; cicatrizando todas sus penas con el salitre, amansando sus miedos con la brisa. Envejeció de adolescente, con artrosis prematura y temprana pérdida de la ilusión. Fue el mediano de siete hermanos, con los que ya no recuerda ni haber convivido, tal vez por no haber conocido nunca el timbre de sus voces.


El hornillo eléctrico que hace semanas que no se usa, está incrustado con grasa reseca en el frigorífico vacío que le llega a la altura de las rodillas. El resto de la cocina, está plagado de bolsas de basura repletas de tesoros y de revistas apiladas que llegan hasta el techo, como inmensos edificios adosados en una ciudad sin cielo. Viejos recortes de periódico pueblan las paredes desconchadas y llenas de manchas de humedad, enganchados con cinta adhesiva ya amarilleada. Recuerdos del pasado desordenados en un “collage” surrealista. Noticias variopintas sobre sitios en los que tal vez estuvo, reportajes de los que ya no recuerda el interés, entrevistas a gente de la que ya ni se acuerda.


Las cajas de fruta colmadas de joyas de papel y memorias de materiales no reciclables, se organizan por tamaños, los colores se fueron apagando mimetizándose con las paredes. Las etiquetas supervivientes que marcaban su contenido, o se pudrieron hace tiempo o ya no se leen por haberse desgastado. Sobre una televisión con cuernos, que no funciona desde el apagón analógico, una foto en blanco y negro reposa en su barroco marco de plástico dorado. Desde su interior sin cristal que la proteja, una sonrisa llena de polvo mira con ternura al viejo que la observa desde el sillón de piel desollada del que sobresalen rebeldes muelles que se le clavan en la espalda.


A los 25 años, Gabriel se enamoró, por primera y última vez, de una joven veraneante de la capital, cinco años más joven. Con ella compartió tres veranos, una semana santa, unos cuantos puentes y varias cartas que aún conserva en la misma caja redonda de sombrero en el que veló la primera. Ruth ya formaba parte del círculo más íntimo de la familia antes de que se conocieran. Era hija de la mejor amiga de su madre, inseparables desde niñas, hasta que se enamoró de un rico comerciante con el que emigró a la ciudad tras casarse. Con mayor suerte que la que habría corrido de quedarse en Troceble, disfrutó de una exquisita educación, gracias a la que con tesón, pudo iniciar a Gabriel en la lengua de signos, así como en los clásicos de la literatura, a través de los que le enseñaba lecciones vitales y le ayudaba a mejorar su lenguaje escrito.


Ruth le dio su primer beso, y lo acogió entre sus brazos cuando rompió a llorar emocionado por la electricidad en sus labios. También lo convirtió en un hombre regalándole su primer orgasmo compartido, de nuevo bañado en lágrimas. Fue la única mujer a la que le escribió “Te quiero” en cinco lenguas diferentes, sin incluir la de signos con la que la saludaba a diario cuando estaban juntos, ni contar las letras de idiomas inventados que dibujaba por las mañanas con sus dedos sobre sus pechos, despertándola con sus pezones encendidos.


El viejo con la mirada perdida en el olvido, pasa la lengua seca por sus labios cuarteados en recuerdo de un beso ya lejano, pero tan solo en el tiempo. La saliva que imagina ajena no existe, ni por sus ojos puede ya filtrarse el recuerdo. Únicamente entre las líneas de sus marcadas arrugas podría leerse la melancolía que se dibuja en sus ojos tristes. Mentalmente rememora las cartas que cree abrir sin destapar la caja redonda que las guarece y que esconde en el mueble de su inservible televisión. Por su cabeza desfilan frases de esperanza, palabras en las que se mece, párrafos de piel suave y sin voz, sueños caligrafiados por la mano de un ángel...


Nunca hablaron de casarse. De hecho fue una de las pocas cosas que Ruth no le enseñó a decir en la lengua de signos. Siempre que él le preguntaba, ella le engañaba señalándole verbos lascivos o locuciones sin sentido. Gabriel rechazó dos conciertos de matrimonio, y con su tara, como su madre no se cansaba de repetirle, no le iba a ser nada fácil encontrar esposa. Al cumplir los 27, supo con la certeza que se tiene tan solo en sueños, que no amaría a ninguna otra mujer más que a Ruth, por lo que dejó de preocuparle su suerte casamentera.


Entre las cajas de cartón apiladas en las esquinas del sótano, aún se conservan las manchas de orín de gato, de los incontables que ha ido acogiendo a lo largo de los años, y de los que desde hace un par de semanas ya no disfruta. Posiblemente fueron los del locutorio quienes llamaron a la protectora. Pasa sus dedos por el sillón mellado y piensa que sus compañeros eran mucho más suaves, y que de sus lustrosos mantos nunca salieron objetos punzantes como esos dichosos muelles tan molestos. Ahora ya sólo quedan él y su foto, con la que sigue hablando en silencio, y en la que no puede leer las manos por terminar en los hombros.


Dos veranos después de su revelación de los 27, llegó a la conclusión de que se quedaría para vestir santos. Al recibir una carta de despedida en la que Ruth anunciaba su compromiso con un banquero de tierras del norte. Antes de cumplir los 30, Gabriel fue dando tumbos de costa a costa, bordeando la península en desordenadas carambolas hasta anclar en el lodo de una ciudad de interior, a la que llegó con un único propósito, el de perecer junto a sus recuerdos.


Malabarismos en el mercado y trapicheos en el parque para conseguir embutido robado sin fecha de caducidad. Limpiabotas el fin de semana, limpiacristales de lunes a viernes, en el semáforo que llaman de los locos y en el que la mayoría de servicios se pagan con malas caras. Paseador de perros y aparcacoches, jubilado gorrilla. Aguantador de puertas del Súper con la mano derecha extendida y una sonrisa sin dientes en la cara. Mendigo de cartones de vino y buscador de colillas. Tasador de basura, especulador de mierda, equilibrista de sueños rotos, acumulador de infortunios, prestamista de ilusiones inexistentes, anticuario de una memoria selectiva y dispersa, alquimista de adversidades, ilusionista de corduras olvidadas.


Gabriel intenta leer los labios de Ruth, y le parece entender que lo del banquero no fue más que una broma macabra. Él le sonríe y la perdona. Le contesta sin abrir la boca que él también sigue soltero, que está bien situado y que dispone del sitio perfecto como retiro para sus últimos días juntos. Ella intenta levantar los brazos que no han salido en la fotografía para proponerle matrimonio.


En un sillón con lepra, cuyos jirones de piel descansan adormecidos, yace un viejo con los ojos sonrientes. Nadie sabrá nunca que en ellos podría leerse “Sí quiero” si existiesen intérpretes de decepciones. En su tumba sellada y con aires de Cumbia los taconeos pretenden despertarlo, pero la muerte es mucho más dulce y prefiere abrazarse a ella. En el locutorio las voces se solapan y las conversaciones se cruzan, acallando los inventados maullidos que pasan por la cabeza del viejo loco que vive en el piso de abajo, mientras se va apagando frente a una foto desgastada en la que no se distinguen más que unas cuantas sombras.


3 comentarios:

Xim dijo...

Debido a mi fuerte misoginia me molesta cualquier aparición femenina y el relato, por ende, no despierta mi curiosidad y pierde el debido interés que de hecho posee, porque está verdaderamente bien escrito y estructurado. Lo mismo debo decir de las historias seniles que tampoco tocan el resorte de mi augusta sensibilidad... Repito: muy bien redactado, con descripciones acertadas de los temas desarrollados, felicidades pues. Genial la ocurrencia de: "si existiesen intérpretes de decepciones"...

beXotes homofílicos, abraZos peTerpaNeros

X

Arezbra dijo...

Por un momento, leyendo tu entrada he estado allí con él, me he compadecido, he intentado hablarle y al ver que no me entendía me he marchado. Como yo, muchos. Seguro.Pero al final terminas con él viviendo en un sueño o más bien terminando de vivir por llegar al final de su sueño...un sueño que pudo ser real sin la broma macabra, si no hubiera aceptado sin más el devenir sin luchar.
Magistralmente redactado como bien dice Xim, lleno de frases que se mezclan con recuerdos y pierden su sentido deliciosamente. Me encanta que tu blog sea así, de los que se tarda en leer y aún más en comentar.

Besote!

عمَر dijo...

estimado marqués de sade... y en su pleno derecho se encuentra de defender sus fetiches...
te has fijado, tal vez, en la frase más oscura de todo el texto... :)
los abrazos peterpaneros me han encantado, q lo sepas... besos del principito, abrazos de alicia trans-género

gracias por tus palabras arezbra... hacía tiempo que me rondaba esta idea y no sabía exactamente como contarla... finalmente como retratista... quizás le falte una pizca de emoción ahora que lo releo, pero me alegro de q te haya llegado... mientras escribo sobre cualquier personaje, más q sentirme dentro, siempre lo hago junto a él, por lo q me hace gracia lo primero q dices... besitos plagados de historias q un día serán menos tristes...