A Penélope le debo cuatro meses de Felicidad Absoluta. Y eso es de lo más extraño que puede llegar a decirse sobre una jefa. Fue uno de los trabajos más difíciles y surrealistas de toda mi carrera pero gracias a ella, después de todo, conocí a Óscar.
Nunca me había encontrado a nadie tan generoso, amable y divertido. Una vida llena de amantes de una noche, rollos de verano y relaciones relámpago sin importancia y ni siquiera mis dos gatos y los dos perros que había tenido antes que a ellos, me habían aportado tanto.
Cuatro meses de perfecta armonía, el único con el que acostándome a dormir y levantándome a su lado me sentía tan a gusto como haciéndolo yo solo. Las incomodidades del principio y pequeñas riñas sin importancia, ya a penas los recuerdo. Después de todo, es normal que en cualquier periodo de adaptación, y en los primeros momentos de convivencia surjan diferencias. Aún así creo sinceramente que supimos resolverlas sin excesivas complicaciones y con una elegancia sin igual.
Hasta mis vecinas, viejas arpías sin ocupaciones, amas de casa frustradas, pensionistas sin más alegría en la vida que la de hacérsela insufrible a los demás, cayeron rendidas a sus pies. Bastó menos de una semana para que se enamorasen de él. En mi caso fue cuestión de horas, pero bueno, yo soy yo, y nuestra relación era especial, exclusiva y no tenía nada que ver con la que ambos pudiésemos mantener por nuestra cuenta con otras personas.
La verdad es que era un seductor nato, atento, encantador, cariñoso, un ser con Ángel, en definitiva. Resultaba difícil resistirse a sus encantos. Su debilidad eran sobretodo las mujeres maduras y los niños, pero hasta a mis amigos, a los que al principio no les había gustado en absoluto y no paraban de poner pegas a nuestra relación, acabó encandilándolos. Llegó un momento en que incluso venían a casa cuando yo no estaba para poder pasar un momento a solas con él. Traidores. Aunque en el fondo me encantase que se llevasen tan bien, y creasen sus propios vínculos, y cuando se me hacía cuesta arriba y mi autoestima podía quedar dañada, simplemente recurría a la farmacología. No hay mal trago que con una buena pastilla se quede anclado en la garganta.
Mis gatos, ni que decir tiene que enseguida empezaron a sentirse atraídos, y al final acabaron sustituyéndome vilmente por él como objeto de juegos y cariño, lo que me hizo menos gracia, la verdad. En ese momento aumenté la dosis de Prozac, limitando el consumo de Lexatin a las crisis agudas. Es cierto que me desquiciaba su desorden, pero su enorme iniciativa y empeño en hacer las cosas como a mí me gustaba lo compensaba. No me considero demasiado maniático, aunque determinados objetos que claramente se encuentran en lugares que no les correspondan lleguen a causarme taquicardias y pequeñas hiperventilaciones, pero estoy trabajando en ello. Cada vez estoy más centrado, y ya no recurro a autolesionarme ni a farmacología psiquiátrica específica.
Otra cosa positiva durante esos meses de convivencia fue que ahorré muchísimo. A penas hacíamos vida social, fuera de los cuatro amigos que nos visitaban y las vecinas que aparecían de improviso para verle. Tampoco salíamos demasiado. Yo trabajaba unas doce horas al día y cuando volvía, lo encontraba siempre esperándome, alegre, paciente y comprensivo. Nuestras salidas se limitaban a un paseo nocturno después de la cena, casi todos los días. Más tarde volvíamos a casa a ver algún DVD o cualquier emisión decente que diesen por la televisión, incluyendo alguna teleserie brasileña de vez en cuando. En comida tampoco nos gastamos demasiado, la verdad. Aunque él no trabajaba, y sin yo entenderlo todavía, había conseguido que la mitad del vecindario cocinase para él. Aprovechando el plato diario de verdura que le cocían a sus maridos, añadían una ración extra para Óscar, y se la traían puntualmente todos los días en un higiénico tupperware.

Sagrado Óscar… Con su timidez y estrategias de manipulación, había acabado convenciéndonos a todos de que era el mejor, y a pesar de su jactancia, lo más irónico de todo es que era cierto. Ni la arrogancia, ni la soberbia, y si me apuran tampoco tiene por que serlo la pedancia, han de constituir pecado alguno hasta que se demuestre lo contrario. En ellas y si lo que ensalzan es la verdad, no tiene por que verse ningún defecto.
He tenido dos perros, Jane y Miguel, y aunque los adoraba, los canes no dejan de ser un coñazo. Son muy dependientes, a penas pueden estar solos, y necesitan atenciones constantes. Mis gatos Pepe y Momo, que aún me acompañan, son un encanto, la verdad. Limpios, independientes, cautos en el reparto de cariño, huraños con los desconocidos, perfectos compañeros. Pero como en todas las viejas relaciones, lo que tenemos es lo que les une a tres abuelas que tejen todas las tardes frente al televisor. Hemos envejecido los tres juntos. También he tenido tres novios, esos ya no me acompañan, afortunadamente. Tres historias de principio afrodisíaco, desenlace desordenado y final catastrófico. Demasiada pereza convivir con ellos e incluso soportarlos en sus rutinas diarias. Amigos. Sí, tengo. Tengo muchos.
Los amigos no los puedo ni contar con todos los pelos de mi cabeza, que por cierto van menguando, pero claro, cada uno duerme y come en su casa. No se revientan las espinillas en el espejo del baño, ni dejan restos de heces en el retrete porque nadie les ha enseñado las virtudes de usar la escobilla del water, ni se tiran pedos cada tres minutos coincidiendo con un cambio de postura en el sofá, o cambian los cubiertos de cajón y las cacerolas de armario. Si lo hacen, es en sus respectivas casas, no hemos sufrido la desgracia de haber tenido que compartir el deserotizado encanto de la convivencia. Y los que me conocen, al visitarme siempre utilizan los posavasos para no dejar los cercos en la mesa que tanto me desorientan. Amantes ha habido innumerables, de rostros desconocidos, infinitos, de cuerpos olvidados, eternos, alguna voz me viene de vez en cuando, o algún beso que se quedó anclado en la comisura de mis labios, pero con ellos tampoco se ha de caer en una rutina, son perfectos para todo menos para convivir.
En cambio Óscar le dio un giro a mi vida, me enseñó a compartir, a ser tolerante, a que me diese exactamente igual lo que pensase el resto del mundo, a ser más paciente, a dar más cariño, a que no me molestase el hecho de recibirlo, y sobre todo a dejar de lado las primeras impresiones, los a priori y los estúpidos prejuicios. Fue mi verdadera salida del armario de las convenciones sociales, mi ruptura con el resto de humanidad que aún tenía, para alcanzar algo superior, un lazo perfecto de comunicación fluida, de armonía, de equilibrio soberbio.
Qué en tan solo cuatro meses pueda haber aprendido tanto, no tiene otro calificativo mejor que el de haber alcanzado la Felicidad Incondicional, circular y perfectamente cerrada, el conocimiento se sella, la pregunta halla respuesta en el silencio. Qué quien te enseñe y al que hayas tomado como maestro sea un animal nunca deja de sorprender. Y si además de todo eso, el animal es un cerdo, todo puede dejar de tener sentido, o tal vez ya lo ha perdido hace tiempo, pero creo que en mi caso no es así. Óscar me dio cuatro meses de Completa Felicidad y eso no podré llegar a agradecérselo nunca.
Sigo siendo igual de misántropo pero mi terapeuta me anima diciendo que estoy haciendo progresos con el Trastorno Obsesivo Compulsivo, es una buena noticia, trabajando en Producción se cancanea con mucha gente, y no es prudente que te acaben tildando de maniático, podría descender el trabajo. Pero soy meticuloso y eso me ayuda a ser bueno en lo mío. Puedo conseguir una mesita de los años 60 en menos de media hora, amueblar un apartamento de estilo colonial en una tarde, o convertir todo un edificio en un antiguo palacio en una semana con el equipo adecuado, también puedo traer tres elefantes desde África, o un cerdo vietnamita desde cualquier parte del planeta. Lo que no puedo prometer es no encariñarme con el animal si finalmente no se ha utilizado en la escena y no he tenido más narices que quedarme con el bicho, por no poder devolverse. No hay mal que por bien no venga. Siempre nos quedará Vietnam.
He tenido dos perros, Jane y Miguel, y aunque los adoraba, los canes no dejan de ser un coñazo. Son muy dependientes, a penas pueden estar solos, y necesitan atenciones constantes. Mis gatos Pepe y Momo, que aún me acompañan, son un encanto, la verdad. Limpios, independientes, cautos en el reparto de cariño, huraños con los desconocidos, perfectos compañeros. Pero como en todas las viejas relaciones, lo que tenemos es lo que les une a tres abuelas que tejen todas las tardes frente al televisor. Hemos envejecido los tres juntos. También he tenido tres novios, esos ya no me acompañan, afortunadamente. Tres historias de principio afrodisíaco, desenlace desordenado y final catastrófico. Demasiada pereza convivir con ellos e incluso soportarlos en sus rutinas diarias. Amigos. Sí, tengo. Tengo muchos.
Los amigos no los puedo ni contar con todos los pelos de mi cabeza, que por cierto van menguando, pero claro, cada uno duerme y come en su casa. No se revientan las espinillas en el espejo del baño, ni dejan restos de heces en el retrete porque nadie les ha enseñado las virtudes de usar la escobilla del water, ni se tiran pedos cada tres minutos coincidiendo con un cambio de postura en el sofá, o cambian los cubiertos de cajón y las cacerolas de armario. Si lo hacen, es en sus respectivas casas, no hemos sufrido la desgracia de haber tenido que compartir el deserotizado encanto de la convivencia. Y los que me conocen, al visitarme siempre utilizan los posavasos para no dejar los cercos en la mesa que tanto me desorientan. Amantes ha habido innumerables, de rostros desconocidos, infinitos, de cuerpos olvidados, eternos, alguna voz me viene de vez en cuando, o algún beso que se quedó anclado en la comisura de mis labios, pero con ellos tampoco se ha de caer en una rutina, son perfectos para todo menos para convivir.
En cambio Óscar le dio un giro a mi vida, me enseñó a compartir, a ser tolerante, a que me diese exactamente igual lo que pensase el resto del mundo, a ser más paciente, a dar más cariño, a que no me molestase el hecho de recibirlo, y sobre todo a dejar de lado las primeras impresiones, los a priori y los estúpidos prejuicios. Fue mi verdadera salida del armario de las convenciones sociales, mi ruptura con el resto de humanidad que aún tenía, para alcanzar algo superior, un lazo perfecto de comunicación fluida, de armonía, de equilibrio soberbio.
Qué en tan solo cuatro meses pueda haber aprendido tanto, no tiene otro calificativo mejor que el de haber alcanzado la Felicidad Incondicional, circular y perfectamente cerrada, el conocimiento se sella, la pregunta halla respuesta en el silencio. Qué quien te enseñe y al que hayas tomado como maestro sea un animal nunca deja de sorprender. Y si además de todo eso, el animal es un cerdo, todo puede dejar de tener sentido, o tal vez ya lo ha perdido hace tiempo, pero creo que en mi caso no es así. Óscar me dio cuatro meses de Completa Felicidad y eso no podré llegar a agradecérselo nunca.
Sigo siendo igual de misántropo pero mi terapeuta me anima diciendo que estoy haciendo progresos con el Trastorno Obsesivo Compulsivo, es una buena noticia, trabajando en Producción se cancanea con mucha gente, y no es prudente que te acaben tildando de maniático, podría descender el trabajo. Pero soy meticuloso y eso me ayuda a ser bueno en lo mío. Puedo conseguir una mesita de los años 60 en menos de media hora, amueblar un apartamento de estilo colonial en una tarde, o convertir todo un edificio en un antiguo palacio en una semana con el equipo adecuado, también puedo traer tres elefantes desde África, o un cerdo vietnamita desde cualquier parte del planeta. Lo que no puedo prometer es no encariñarme con el animal si finalmente no se ha utilizado en la escena y no he tenido más narices que quedarme con el bicho, por no poder devolverse. No hay mal que por bien no venga. Siempre nos quedará Vietnam.

3 comentarios:
Amigo mio, lo que no entiendo es porqué dejaste escapar a Oscar, eso no lo cuentas, y tal como lo narras parece un mirlo blanco.
De todas formas me has alegrado el día con tu particular manera de contar tus cosas.
Un abrazo.
Con esta frase casi me desmayo del orgasmo mental que he pillado al leerla: "o algún beso que se quedó anclado en la comisura de mis labios"...
Mucho me temo que a mi amigo runagay le ha salido un competidor muy difícil de superar...
Felicidades como de costumbre, y sigo enfrascado con las alicias también...
Besotes con estupor y temblores
Xim
Hola chicos,
Con mi precaria gestión del tiempo todavía no había leído vuestros comentarios... Muchas gracias a los dos, siempre tan generosos...
Óscar, jejeje, el mirlo blanco... Me gusta como título. A veces hay que dejar escapar determinadas cosas para poder seguir el camino que conlleva una decisión que es incompatible con ellas... De todas formas, no estuvo entre mis brazos... Se trata de una historia robada (o cedida según se mire) a un amante portugués en los descansos de alcoba... Le tocó quedarse con el cerdo, sí, aunque me temo que él no disfrutó tanto la aventura como mi alter ego...
Xim, espero no ser competidor de runagay... A ver si el chico, me va a coger "angustia" antes de conocerme... Aunque la comparación desde luego, es un grato cumplido...
Me hace gracia, aunque no es de sorprender que te atraiga tanto como a mí "la Nothomb", dados tus gustos en general... Con estupor y temblores me reí muchísimo (por cierto, hicieron una versión cinematógrafica bastante acertada, no sé si llegaste a verla)... Aunque me quedo con "Cosmética del Enemigo" y por supuesto con su primero "La Higiene del Asesino"...
Sin ser mi autora favorita (en chicas me quedo con la mujer de Auster, Siri Hustvedt) es de las más frescas del panorama europeo, elegante y precisa, a demás de ser escueta, lo que me parece toda una virtud para la profundidad de sus libros... También tendré que añadir que su bibliofrafía ocupa gran parte de mi biblioteca (entiendase por biblioteca: cúmulo de cajas de frutas de plástico apiladas unas encima de otras)...
En fin, os beso a los dos en el desierto de paraísos artificiales que es la red...
Literariamente vuestro.
Publicar un comentario