lunes, 8 de febrero de 2010

EL ADJUNTO


Luis aquella mañana se sentía mucho más pesado que de costumbre, sin embargo, su rutina había sido la de siempre, incluyendo los acontecimientos de la noche anterior. Había cenado sopas de ajo, lejos quedaban ya los atracones desproporcionados de tiempos pasados que ni siquiera recordaba. Cuando hubo descubierto que la restricción era directamente proporcional a la ligereza del alma, no tuvo más remedio que aceptarla como amiga e incluirla en su lista de costumbres. Sus desayunos también eran pobres, y es que empezar una jornada laboral con el peso de una piedra en el estómago, no sólo bajaba el rendimiento, si no que aumentaba la angustia de saberse irresponsable. La austeridad alimenticia y sobre todo la social, habían ayudado con el paso de los años a una salud mental en la que el equilibrio sólo era posible si se alejaba de las distracciones, y por fin parecía haberlo logrado. Su trabajo había empezado a dar los frutos que siempre surgen de todo sacrificio, y este último le había permitido salvarse de una vida vacía y sin aliciente alguno. ¿Cómo hubiera conseguido, si no, la promoción al puesto de Adjunto en tan poco tiempo?

Frente al espejo, Luis no detectaba diferencia alguna respecto al recuerdo de su reflejo de la mañana anterior. Ahondaba en la memoria y tampoco era capaz de dar con ninguna si comapraba la presente imagen a la de todas las mañanas de las que lograba acordarse.

En su aspecto parecía haberse parado el reloj del tiempo. Tez blanca, y es que la luz del sol era un lujo del que disfrutaba más bien poco, perfectamente afeitado, la experiencia diaria lo llevaba directamente a la perfección, y de aspecto general impoluto. Traje, camisa y corbata de tonos oscuros, generalmente su recurrente negro, para no tener que preocuparse a diario por el color que iba con cada uno de los días que lo mecían. Y de todas formas, puesto que su estado de ánimo nunca fluctuaba, el monocroma de su indumentaria expresaba fielmente la sobriedad de su humor inamovible.

Pero esa mañana y por primera vez desde que había traspasado el portón de la madurez, una contrariedad lo desorientaba. Algo se escapaba a su control, y lo que era peor, se consideraba incapaz de darle una explicación plausible al hecho de que la carga que aumentaba por segundos empezaba a impedir su libertad de movimientos.

Un Adjunto de vida ordenada y sin sobresaltos debía corresponder a su entorno en la forma exacta en que éste se había acostumbrado a percibirlo, sin improvisaciones ni sorpresas. No podía irrumpir en su rutina con un peso insoportable que no sabía ni de dónde venía, ni el motivo que hacía que aumentase imparable. Nadie entendería tal diferencia, por sutil que fuese, y francamente empezaba a creerse incapaz de poder ocultar el malestar que ya se extendía por todo el cuerpo.

Su imagen lo miraba compasivo. A través del espejo seguía sin observar ningún detalle externo que justificase su estado actual. Aunque poniendo mucha antención empezó a darse cuenta de que el color de sus mejillas enrojecía ligeramente. Tal vez de tanto mirar a su imagen, ésta por falta de costumbre se estuviese sonrojando, aunque eso no explicaba el creciente malestar que cada vez más
lo abatía. Preocupado aunque paciente, siguió a la expectativa de percibir el más mínimo cambio que le ayudase a comprender, sin apartar la vista de sus propios ojos observándole.

Unas gotas de sudor deslizándose por su frente lo sorprendieron de repente. Sorpresa. Un sentimiento que tenía guardado bajo llave y que parecía haber resurgido espontáneamente sin ni siquiera pedir permiso. Cuando Luis intentó quitárselas, fue consciente de un nuevo efecto del peso, mientras su imagen lo obedecía burlona; su brazo se negaba a moverse como si alguien tirase desde abajo con una soga atada a las muñecas. ¿Por qué el espejo le estaba mintiendo? y ¿Qué era esa extraña carga que impedía que pudiese alzar los brazos?

Con ambas manos como pegadas a sus muslos, siguió con la vista fija en ese otro Luis que obedecía a sus pensamientos restregándoselo por la cara, que ahora enrojecía en conjunto, como difuminando el pigmento más oscuro de sus mejillas. Su diabólica imagen se movía liviana pero mostraba fiel los cambios que su cuerpo estaba experimentando, en eso parecía no engañarle. Ese otro Luis se sacudía las gotas de sudor, se frotaba las manos y daba los saltos que mentalmente ordenaba el verdadero. Pero su aspecto empeoraba por segundos. Las venas de mejillas, nariz y sienes empezaron a hincharse arrebatándole a su cutis de porcelana el lacado blanco para mancharlo con tonos oscuros que se acercaban cada vez más al azul corporativo de la empresa en la que trabajaba.

* * * * *

El sentimiento de peso con el que había amanecido, había empezado a trepar desde el estómago agarrándose a la columna, para balancearse en cada una de las vértebras como sobre un trapecio. Desde las cervicales, ya rozando la cima, prefiere quedarse. Se reparte por su cuello como en un abrazo de locura. Se lo acaricia y se posa en la nuez, o sobre ella, en el nudo que la cubre.

Sigue sin comprender el motivo, pero al menos da con el origen. Cuando ese otro Luis deja de obedecerle, y se percata de la asfixia inminente, sabe que es el fin. Su lengua sale hinchada de la boca, rompiendo el espejo.

A través de los añicos puede ver como la corbata aumenta de tamaño y se ciñe amorosa en un fuerte abrazo al cuello de su camisa, como una serpiente. El peso del nudo le impidie moverse. El saber que su verdugo está siendo su fiel compañera durante largos años, le entristece profundamente, aunque su último pensamiento es el que realmente le mantiene aún en vilo. ¿A quién nombrarían como nuevo Adjunto? Y apenas con el eco de la repetición mental de su nuevo título, y sin ni siquiera conocer las competencias del cargo, las dos lenguas de Luis, la del espejo y la otra, se reflejan con ironía, como lamiendo la corbata que las ha sacado de sus cuevas, al menos en esa despedida saborean el sonido de un último suspiro de alivio.


3 comentarios:

Xim dijo...

Diossssss, pero que bien escribes Omarcito!!! exquisita narración, un tanto doriangrayana por supuesto, pero lo cortés no quita la valía literal del texto, faltaría más, al contrario lo enriquece apoyado por esa especie de homenaje a Wilde y su clásico relato. Plas, plas, plas, plas, plas, ad infinitum!!! Felicidades, decididamente el mejor blog de literatura que leo en la actualidad... Besotes Grandes

Xim

Anónimo dijo...

Que sensación más conocida, es que te va arrastradando día a día hacía una angustia o un momento en el que no sabes nada de nada de lo que acontecerá en tu vida.

Un beso cielo

TUT dijo...

Estaba pensando en que le pasaría a Omar, si habría vuelto de su viaje y aquí te tengo de nuevo con uno de esos relatos que te hacen sentir hasta la angustía del pobre Luis.
Estoy de acuerdo con Xim, lo que escribes es de lo mejor que hay por este mundo bloggero.

Un abrazo.