Yo no sabe a ciencia cierta cuando nació, sin embargo recuerda que le han contado que midió tres dedos y medio de largo por dos de ancho. Le hubiera gustado preguntárselo a su madre, pero nunca tuvo la oportunidad de hacerlo porqué fue abandonado en el contenedor que está entre el quiosco y la parada de autobús una hora después de haber llegado a este mundo. Sobre su padre nadie pudo decirle nunca nada, así que creció en un vacío familiar perfecto para el nombre que más tarde adquiriría.
De un palacio verde a otro sin ventanas, Yo fue trasladado por un barrendero, con contrato temporal a quien habitualmente no le correspondía la limpieza de esa zona, que reparó en la caja de zapatos que había sido puesta junto al contenedor, en el momento en que tomaba una pausa para comprar tabaco. Tasio, el barrendero que nada sabía de niños ni de cajas de zapatos, al escuchar lo que creyó un balido, cogió la caja y se la llevó a su prima Maria Teresa, que se había criado en un caserío y que mucho sabía de ovejas. Un día más tarde, con mayor peso y menor ruido, ya que por todos es sabido que los gritos encogen y adelgazan, Maite decidió llevar al recién nacido a la Borda de sus ancestros, donde antaño habían residido cientos de ovejas y que en la actualidad servía de refugio a alguna errante que se escapaba de los terrenos colindantes, así como a algún otro animal que lo utilizaba como segunda residencia. A la vuelta, Maria Teresa enfrascó la tristeza de la separación, en un tarro envasado al vacío que colocó junto al contorno de ojos, nunca más volvió a sentirla.
Tasio, barrendero ocasional y malabarista en tiempos de crisis, como le gustaba decir a su prima, tenía un talento excepcional para actividades poco rentables. Una de las cuales era la de fabricante de espejos. A través de los años había llegado a perfeccionar tanto su técnica que en toda Navarra nadie hacía espejos como los suyos, de hecho no podían encontrarse iguales en ninguna otra parte del mundo, puesto que tenían la particularidad asombrosa de mostrar a quien se mirase en ellos de una forma tan fiel que podía leerse el alma. Únicamente vendió uno, y el comprador, un noble de algún condado de la zona, quedó tan sorprendido como insatisfecho, lo que arruinó una carrera que ni había llegado a despegar. Así que continuó aplicando su talento excepcional, acumulando espejos, cada vez con cualidades más asombrosas. Como en casa de su prima Maria Teresa, con quien compartía una buhardilla, ya no quedaba sitio para guardarlos, entre los dos decidieron llevarlos a la borda para hacerle compañía al pequeño, así como para librarse de un exceso de stock que ya no les permitía seguir caminando con normalidad por la casa.
El pequeño tuvo una infancia feliz aunque fatigosa. Amamantado por una oveja negra que decidió adoptarlo estableciendo su residencia definitiva dónde antes sólo iba de forma ocasional, creció sano en un palacio sin ventanas pero con tantos espejos que el mundo le parecía inmenso. Tardó más de la cuenta en aprender a andar porque se cansaba mucho más que el resto de personas, por lo que él caminaba y por todos los pasos que daba en cada uno de sus reflejos. Por el mismo motivo todos los movimientos que hacía, le cansaban de forma directamente proporcional al número de espejos en los que aparecía.
Maite se pasaba por la borda todos los viernes para limpiar los desperfectos semanales, sacarle brillo a los espejos de su primo, siempre con los ojos vendados, y asegurarse de que el pequeño y su nueva inquilina tenían todo lo que pudiesen necesitar. Tasio tan solo la acompañaba una vez al mes, aprovechando para llevar algún otro espejo y colocarlo en un sitio adecuado, respetando siempre los detalles de un mismo ritual, sentarse frente a la nueva incorporación con Yo en su regazo mirándose juntos durante horas. En esas ocasiones la plenitud del descanso también era doble, y el pequeño recuperaba el cansancio acumulado por no tomarse la serenidad de hacer lo mismo cuando estaba solo. Ni la oveja negra ni Maria Teresa participaban en dicha ceremonia. La madre adoptiva había desistido al no reflejarse por muy cerca que se plantase de cualquiera de los espejos. Maite lo había hecho una sola vez al haberse caído de bruces encima de uno cuando la buhardilla estaba abarrotada de ellos, y si el dolor de la caída había sido inmenso, el ocasionado por el reflejo le había dejado una secuela en la espalda de la que no llegó a recuperarse nunca.
Con el tiempo, Yo llegó a comunicarse con todos y cada uno de los espejos que iluminaban la borda, su contacto con la oveja negra llegó a parecerle tan poco real por el simple hecho de no reflejarse, que la única amiga, madre y compañera de fatigas que había tenido, acabó abandonando la borda para instalarse en otra más cerca del mar. Maite no pudo enfrascar la decepción de su inquilina, no habría encontrado tarro suficientemente grande para guardarla toda, además de que la oveja negra decidió abandonar los parajes un jueves, de forma que cuando Maite llegó al día siguiente, ya se había marchado con su pesar. La oveja que no se había reflejado nunca, para el pequeño tampoco parecía haber existido. No pasaba lo mismo con Maite, que aunque se negaba a ver su propio reflejo poniéndose como venda la corbata negra que su padre usaba en los funerales, el pequeño sí que la veía junto a él, por lo que aunque lejana, la percibía como verdadera.
Yo nunca creyó necesario aprender a hablar, además de que nadie se tomó nunca la molestia de enseñarle a hacerlo. Su contacto con personas se limitaba a la sesión mensual de descanso extremo que compartía con Tasio, y éstas siempre eran en absoluto silencio, y a la visita semanal de su benefactora Maite, que al dirigirse a él asegurándose de no reflejarse en ningún sitio, Yo era incapaz de escucharla, y cuando se reflejaban juntos en alguno de los espejos porque ella lo estuviese limpiando a ciegas, la concentración le impedía formular ninguna palabra. Así que nunca llegó a familiarizarse lo suficiente con el lenguaje como para llegar a practicarlo.
Las visitas ocasionales de determinados animales, principalmente ovejas, que habían caracterizado la borda a lo largo y ancho del tiempo, escaseaban ahora de forma sorprendente. Al parecer se había corrido la voz de que cientos de niños aparecían y desaparecían de las paredes, a esas alturas, ya completamente cubiertas de espejos. Asustados por los rumores y sin atreverse a verificarlo por sí mismos, fueron dejando de acercarse, hasta convertir la borda en una casa maldita por la que ya sólo moraba la presencia del niño. Además, Maria Teresa había recibido una oferta interesante para enfrascar la rabia de un grupo de parlamentarios en un lejano país, y Tasio desolado, y con un pequeño bote de mermelada donde su prima había había envasado la melancolía, decidió marcharse a tierras del este a probar suerte con la venta de espejos, así que Yo también dejó de recibir la compañía de esos dos extraños seres que lo habían acompañado desde siempre.
Sin raciones semanales ni leche de oveja, Yo tuvo que ingeniárselas para sobrevivir, cosa que le fue posible gracias a una manzana que Maite le había regalado antes de irse, Tasio no se vio capaz de despedirse de él, siempre había sido un sentimental y no podía controlarlo. Así que bocado a bocado, teniendo en cuenta que cada mordisco alimentaba en función de las veces que se reflejaba en los espejos del palacio sin ventanas, Yo llegó a la edad adulta sin más compañía que la suya propia, además de la de alguno de los gusanos que salían de la manzana.
Con la edad, el cansancio aumenta, y si al menos uno tiene la posibilidad de sorprenderse mientras se va conociendo a sí mismo, el camino puede ser menos tortuoso y más divertido. En el caso de Yo, reflejado desde niño en la verdad absoluta, nunca hubo lugar para la sorpresa, ni para la decepción, ni para la tristeza. Aunque debería decirse que en realidad nunca hubo lugar para ningún tipo de sentimiento, bueno o malo. Cuando uno se ve tal como es desde siempre, ni siquiera cabe el acabar aburriéndose de uno mismo, entre otros motivos por desconocerse el significado del concepto “diversión”.
Yo, en la posición del Loto permaneció varios cientos de años postrado frente al mayor de los espejos que reflejaba la gran mayoría de los que Tasio había instalado por toda la borda. Con la vejez había aprendido que el menor de los movimientos, multiplicado por el poder de la magia del barrendero, podía ser letal, y si a algo no estaba dispuesto era a desaparecer. Por la misma razón también empezó a dejar de parpadear, por la fatiga que suponía el movimiento, así como por la fracción de segundo en la que cesaba de verse.
Sin apartar nunca la mirada de sus reflejos, ni moverse, ni parpadear, y alimentándose únicamente del reflejo del esqueleto de la manzana que le había permitido llegar a la edad adulta, Yo fue testigo silencioso de guerras, de reinados y de repúblicas, de dictaduras y de anarquías; víctima de terremotos y de huracanes, de tormentas de arena y de eras glaciales; sobrevivió al fin del mundo y al principio de los tiempos; fue inspirador de diferentes dioses y en él se basaron muchas teorías sobre el agnosticismo de diferentes culturas; pudo haber nacido millones de veces y conocer senderos infinitos; mas prefirió seguir mirándose a sí mismo.
Cuando un día, de una estación desconocida, de un calendario que aún no existía, con los ojos abiertos dejó de verse, supo que el mundo se había acabado. En su mente sólo había un negro intenso como el de la oveja que lo amamantó y que nunca llegó a ver, como en el que se había convertido la manzana que le había permitido continuar en vida, como el de las cenizas de Maria Teresa y de Tasio, que seguramente volarían entrelazadas en algún universo en movimiento y que también se le escapaban. Fue un negro tan envolvente, que ni el recuerdo de su reflejo llegaba a percibirse entre las sombras. Llevaba tantos siglos mirándose que no se le había ocurrido memorizar su imagen al no imaginarse que algún día acabaría por no poder seguir haciéndolo. Así que al despertarse en el fin de los tiempos, con un velo que le sostenía los párpados abiertos aunque no permitía que la luz siguiese pasando, Yo cesó de respirar. De hecho nunca había aprendido a hacerlo, siempre se había limitado a seguir las instrucciones de los que sí que eran de verdad, sus propios reflejos. Lamentablemente, ese último suspiro, esa última exhalación no pudo ser enfrascada por Maite, que llevaba años luz lejos de este mundo, ni recogida por ninguno de los espejos de Tasio, porqué aunque se reflejase su muerte, nunca hubiese sido capaz de verla sin sus ojos de antes, cuando se veía y la vida existía realmente. Yo llegó al final de los tiempos, sí, pero éstos no fueron testigos ciegos como el lo había sido sordo de ellos, nunca supieron que el había existido.

6 comentarios:
Vuelven los fetiches... Me asedian espejos, sillas y cubos... Me repito, pero como con el ajo soy incapaz de controlarme...
En esta ocasión me ha sonado todo muy a lo Ende, y eso es de agradecer...
Besotes de Momo también...
Xim
Por tres veces he empezado a leer el post y por tres veces he tenido que dejarlo, finalmente me lo imprimo y me lo llevo para leerlo tranquilamente el finde.
Besotes
Como de costumbre he disfrutado leyendo tu relato varias veces, tranquilo y con calma, tu no escribes nada que se pueda leer de pasada, afortunadamente.
Esta no existencia de Yo, tan kafkiana ella, me ha transportado a un mundo donde nos ignoramos los unos a los otros, donde seres pasan por la vida inadvertidos,
Podrías decir donde se pueden comprar los botes para enfrascar al vacío , la pena, la decepción , la tristeza etc, sería un detalle por tu parte.
Pues no me extraña que los espejos tuvieran tan poco éxito, si hubiera hecho espejos de esos que deforman la realidad ( como los del Tibidado que hacen a la gente gorda o delgada, deformes y con caras cómicas , o los hicieran guapísimos ) y por supuesto no reflejaran el alma, seguro que habría tiunfado.
Un abrazo Omar.
Por cierto en mi blog sale la referencia al tuyo con un post " Resignación " que no he podido leer ¿ lo retiraste ?, lástima me hgubiera gustado leerlo.
Muchas gracias a los dos...
Xim, cuando he leído Besotes de Momo, se me ha erizado la sonrisa, mi gato negro se llama así, aunque es por otro relato: "El Señor Ibrahim y las flores del Corán", no sé si te lo había dicho, mitad Moisés, mitad Mohamed, eso sí, sufí por parte de madre, cabalista por la de padre, todo un portento que aparece en una de mis fotos (que beneficiaste de Warholiana en cierta ocasión)... Un amigo me llevó a una borda hace no mucho, y me impresionó el hecho de que no hubiese ventanas... Besos de Bastien...
Tut, los botes los prepara Maite, intentaré ver lo que puedo hacer... conmigo han funcionado :) Cada vez me siento si no menos oscuro, algo más sosegado... Si alguna vez pasas por aquí prometo presentarte al personaje arisco y fascinante que se esconde detrás de la barra de un bar de este pueblo... Y prometo que no se trata de apología del alcoholismo, aunque haya pillado algunas buenas a su cuenta... Besitos míos envasados por Maite al vacío.
El poema sigue, pero está colgado en enero, no sé pq extraña razón no me deja pegar el enlace... Restricciones técnicas...
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