martes, 28 de diciembre de 2010

visita


¿Cuántas palabras caben en cinco minutos? ¿150 palabras?¿1000? ¿Y eso cuántas frases representaría? ¿5, 12 frases? ¿Cómo se puede medir el espacio con exactitud para que abunden menos silencios? Tal vez si se deja de respirar entre palabra y palabra, y en los puntos se absorbe la frase siguiente sin pausas, quepan muchas más cosas. O si se pronuncian aspirando quizá se haga sitio suficiente como para meter otras nuevas que ocupen el mismo espacio. Desorden, caos, desconcierto.


¿Cuántas ideas caben en 5000 palabras? ¿Un millón? ¿cinco? ¿ninguna? Si se puede calcular el número de palabras que compone una idea, no será difícil dar con la fórmula que determine el tiempo necesario para concebirla, o el numero de ideas contenidas en una misma unidad de tiempo. Reflexión, abstracción, desconcierto.


¿Cuántas emociones contienen los silencios? Dando por hecho que en las palabras nunca caben verdaderos sentimientos. ¿Cuántos segundos vacíos de ruido se necesitan para transmitir una emoción? Cuestión de ir economizando el tiempo y saber en todo momento del que se dispone para comunicar ideas y del indispensable para ponerles un determinado estado de ánimo. Concentración, dispersión, desconcierto.


En un aluvión de emociones, se tragarían las palabras para poder expresar durante más tiempo las sensaciones más íntimas. Aunque para que la Comunicación sea fluida, sería de gran interés llegar al equilibrio perfecto en el que los silencios de sensiblerías y dialécticas del raciocinio convivan en armonía.


Y vistas las bases teóricas. Pongamos el ejemplo de una media hora y de sus treinta minutos (tiempo redondo, número divisible entre varios). ¿Cuánto tiempo habría que dedicarle al silencio y cuánto a las palabras? ¿Y cómo habría de compaginarse? ¿Transmitiendo, pongamos el caso, 3 ideas para pasar a mostrar 1 emoción? ¿Respetando una sagrada regla de equilibrio cósmico de 3x1? Dispuesto lo cual, pasemos al siguiente punto. Si por idea necesito unos 5 minutos y por emoción otros tantos, en media hora daría entonces para 5 ideas y 1 emoción (3 ideas, 1 emoción, y otras 2 ideas más a falta de poder expresar más emociones). Lo que ampliándose al plazo de 1 hora completa, alcanzaría mayor justicia con un total de 15 ideas transmitidas por tres emociones mostradas. Una Comunicación Eficaz. La naturalidad siempre ha estado sobrevalorada.


Mas por supuesto todos los cálculos se van al traste, en cuanto introducimos una nueva variable, el Interlocutor, que hasta ahora no ha cumplido otro papel que el de mero espectador silencioso de nuestro monólogo bien estructurado, de nuestro soliloquio sin escucha activa. Además que de desear ajustarse más a la realidad y dejar de moverse en lo abstracto, habría que contar con que el tiempo real del que disponemos es de cuarenta minutos.


Pongamos que nuestras mentes ágiles a pesar del paso del tiempo y del peso de tantas sustancias, cómplices por tanto pasado compartido, no pierden minutaje en captar las transmisiones del otro. Siempre supimos leernos las arrugas de la frente con tan solo mirarnos la espalda.


Si suponemos que de ese tiempo, ya real, ambos hemos de ser capaces de condensar nuestras expectativas y de compartir por igual el espacio para Comunicar con Justicia; digamos que cada uno dispone entonces de sus 20 minutos, a rellenar de 4 Ideas y de 1 Emoción. Siendo ésta, la solución más equilibrada tanto moral como matemáticamente.


Mi Emoción ya la tengo clara. Libertad. Esperanza. Quiero que se pueda ver en mi cara como contemplando la Victoria de Samotracia, o leyendo un libro de Víctor Hugo. Como en un museo mal iluminado, a través del cristal que protege la obra y la esconde, pudorosa. Visualizo las respiraciones que levanten mis hombros para desplegar las alas que sólo yo sé que tengo. Veo mi rostro relajado, en paz, con la mirada más tierna jamás enfocada, feliz, extasiada. Con el brillo de las estrellas en mis ojos y sus deseos en los labios. Y fluyo a través del cristal que nos separa con mi candor sin fronteras que pueda frenarlo. Y te inundo. Y sí, por eso la tengo clara, por que la siento con solo pensarla.


En cuanto a mis cuatro ideas, finalmente son lo de menos. Tanto tiempo calculando en el aire para acabar diciendo lo mismo de siempre, con tartamudeos incluidos, aturullado como una colegiala y con las prisas que concede el desconcierto. No te hablaré de tus padres porque los vas a ver en breve, ni de la gente en general para que a tu madre no se le acaben los temas de conversación. No te hablaré de mis miserias, que son las de siempre, y que hasta a mí me han acabado aburriendo. Te diré que estoy contento de verte y te hablaré de mis últimas locuras y ya habré consumido una idea. Nos habremos reído un rato.


Te hablaré de los colegas y de los últimos amoríos, de las juergas, de los nuevos hijos y de los viejos trabajos, de sus anhelos. Habré gastado mi segunda.


Después llega el obligado espacio que me impones para ponerte al corriente de las últimas películas vistas y de los libros devorados... Habré agotado mi tercera idea.


¿Y mi cuarta? Ya soy víctima de mis propias teorías restrictivas. ¿Qué podría decirte en mi cuarta que tú ya no sepas? Y vuelve el estrés que impone toda elección. A veces pienso que lo mejor sería improvisarla, pero ¿y si me quedase en blanco y perdiese esos preciados cinco minutos buscando palabras que los cubran? No, lo mejor es llevarla al menos prevista. En esa cuarta te diría lo que te quiero, tópico y estúpido, te diría que aún te espero, que nada para mí ha cambiado, que sigo siendo tuyo. No te hablaré de los desgarros que me provocan echarte tanto de menos, ni de lo que quema tu ausencia. Te diré que cuento las horas para la próxima visita, y que colecciono las que nos separan del próximo vis. Me centraré en lo positivo, en lo intenso y grande que aún nos une. En la electricidad que ni un cristal separa, en la energía que las rejas no pueden apresar, en el deseo que no puede estar encerrado porque necesita recrearse junto a los sueños. Te hablaré de nosotros. Te hablaré de lo nuestro. Después ya pasaré a lo de la emoción, o tal vez empiece con ella, todavía he de decidirlo. De momento ya habré consumido mis cuatro ideas, y estoy seguro de que me quedarán tantas cosas por decirte como ahora mismo mientras te pienso.



MINISTERIO DEL INTERIOR. GOBIERNO DE ESPAÑA


La legislación penitenciaria reconoce el derecho de los internos e internas a comunicar periódicamente de formal oral y escrita, en su propia lengua, con familiares y amigos o representantes acreditados de organismos e instituciones, salvo en los casos en que la autoridad judicial de la que depende haya decretado prisión incomunicada.


En todas las comunicaciones presenciales se respeta al máximo la intimidad de los comunicantes y se tienen en cuenta las dificultades en los desplazamientos de los familiares en la organización de las visitas.

Comunicaciones personales

Se realizan en los locutorios del Establecimiento, con familiares y amigos previamente autorizados, con un máximo de cuatro personas por visita. Son posibles dos visitas semanales de 20 minutos cada una, o bien una única visita a la semana por 40 minutos. Estas visitas suelen realizarse durante el fin de semana.



jueves, 16 de diciembre de 2010

manual didáctico


manualdidáctico

aprendepoesíaen5decepciones


clasesprácticas


i.epílogo


Blanqueando tu silencio,

busco versos en la niebla,

para escribir en la tierra

las decepciones del tiempo.


Frases sueltas se presentan.

Hacen cola sin vergüenza.


Me acarician mientras tiemblo.


Sueño,

piensan,

cedo,

reinan.



ii.adagio



Cuando bailo tus mentiras,

marcan paso las estrofas,

con el crujir de las hojas,

de unas notas bien medidas.


Pierdo el alma con la prosa

en un concierto sin derrotas.


Sin afán mientras me agitan.


Brincan,

tocan,

pisan,

doman.


iii.introito



Ordeno tus desatinos

en un musical de rimas,

sin ensayos ni salidas

pautan ellas nuestro ritmo.


Recolocan ironías

gobernando la desidia.


En su música no existo.


Vivo,

pinzan,

viro,

dictan.

iv.obertura



Buceando bajo tus miedos

entre palabras me evado,

construyeron con amparo

mil prisiones en el viento.


En los mares reflejaron

las historias del pasado.


Con vocablos sin aliento.


Pienso,

ardo,

pierdo,

vago.

v.ultílogo



Amasando nuestras dudas,

pongo juntas en los muros,

en las grietas de susurros

suspirados sin fortuna.


Pinto comas, danzo puntos,

cantan las pausas los mudos.


Invento falsas ternuras.


Mudas,

surjo,

curas,

sufro.

jueves, 9 de diciembre de 2010

tocata y fuga



Vuelven las lámparas del water

a enardecer mis almorranas,

con sus cien fuegos de artificio,

entre mis mil “gracias” de estiércol.


Susurran mis intestinos

sobre tu sordo derroche,

alegrándonos la noche

que ignora tus desatinos.


Si riego de orín tu demora,

se salpican tus esperanzas,

gotas que manchan tu desidia

dispersando mi aburrimiento.


Cabalgo a lomos de tazas

de roca y de porcelana,

que acogen de buena gana

mis palabras entre hogazas.


Cuando con mi lluvia dorada

te disfraces con lentejuelas,

mis heces podrán dar volumen

a tus arrugados embustes.


Me abandono en tu impaciencia,

de ricas adversidades,

tizno de necesidades

nuestra aciaga diferencia.


Me vacío de los reproches

que rocían tu vil torpeza,

desollando las cicatrices

descosidas por tus silencios.


Mis fueros yo desalojo,

ante tu cruel reverencia,

bella pose: “indiferencia”

la que luces con arrojo.


Te acaricio con excrementos,

barnizándote en mi verdad,

ilustrándote en mis entrañas,

escondido entre bastidores.


Y tiro de la cadena,

alejando el desconcierto

de nuestro corto concierto,

de una luna casi llena.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

retratos: el arcángel



Vive en un sótano sin ventanas desde hace más de 35 años. Su única ventilación es a través de una pequeña rejilla que comunica con la alcantarilla que se encuentra frente al locutorio de arriba. Por ella se cuelan las enredaderas de moho que se balancean al ritmo de la salsa que no cesa en la calle, y el ruido de las risas y de los tacones que se acercan al edificio. Antaño entraba el sonido de los bombardeos, y el repique de las campanas de la iglesia que desapareció entre el bullicio. Alguna que otra rata despistada, saluda de vez en cuando acariciando las rendijas con sus zarpas antes de volver a encontrar la salida. Sus sueños se contonearían con la banda sonora permanente que vibra en su techo, si no fuese por su sordera, grato regalo del que disfruta desde la infancia.


Gabriel nació a cielo abierto en la localidad de Troceble, un pequeño pueblo pesquero de un litoral ya erosionado por la rabia del mar. Creció trenzando redes y limpiando pescado, cargando camiones, ayudando en la lonja a los hombres y en la cocina a las mujeres, bajando al puerto a flirtear en silencio con las turistas, para pasear después en barca y masturbarse en medio de la nada. Maduró entre callos sangrantes en las manos y grietas en las mejillas; cicatrizando todas sus penas con el salitre, amansando sus miedos con la brisa. Envejeció de adolescente, con artrosis prematura y temprana pérdida de la ilusión. Fue el mediano de siete hermanos, con los que ya no recuerda ni haber convivido, tal vez por no haber conocido nunca el timbre de sus voces.


El hornillo eléctrico que hace semanas que no se usa, está incrustado con grasa reseca en el frigorífico vacío que le llega a la altura de las rodillas. El resto de la cocina, está plagado de bolsas de basura repletas de tesoros y de revistas apiladas que llegan hasta el techo, como inmensos edificios adosados en una ciudad sin cielo. Viejos recortes de periódico pueblan las paredes desconchadas y llenas de manchas de humedad, enganchados con cinta adhesiva ya amarilleada. Recuerdos del pasado desordenados en un “collage” surrealista. Noticias variopintas sobre sitios en los que tal vez estuvo, reportajes de los que ya no recuerda el interés, entrevistas a gente de la que ya ni se acuerda.


Las cajas de fruta colmadas de joyas de papel y memorias de materiales no reciclables, se organizan por tamaños, los colores se fueron apagando mimetizándose con las paredes. Las etiquetas supervivientes que marcaban su contenido, o se pudrieron hace tiempo o ya no se leen por haberse desgastado. Sobre una televisión con cuernos, que no funciona desde el apagón analógico, una foto en blanco y negro reposa en su barroco marco de plástico dorado. Desde su interior sin cristal que la proteja, una sonrisa llena de polvo mira con ternura al viejo que la observa desde el sillón de piel desollada del que sobresalen rebeldes muelles que se le clavan en la espalda.


A los 25 años, Gabriel se enamoró, por primera y última vez, de una joven veraneante de la capital, cinco años más joven. Con ella compartió tres veranos, una semana santa, unos cuantos puentes y varias cartas que aún conserva en la misma caja redonda de sombrero en el que veló la primera. Ruth ya formaba parte del círculo más íntimo de la familia antes de que se conocieran. Era hija de la mejor amiga de su madre, inseparables desde niñas, hasta que se enamoró de un rico comerciante con el que emigró a la ciudad tras casarse. Con mayor suerte que la que habría corrido de quedarse en Troceble, disfrutó de una exquisita educación, gracias a la que con tesón, pudo iniciar a Gabriel en la lengua de signos, así como en los clásicos de la literatura, a través de los que le enseñaba lecciones vitales y le ayudaba a mejorar su lenguaje escrito.


Ruth le dio su primer beso, y lo acogió entre sus brazos cuando rompió a llorar emocionado por la electricidad en sus labios. También lo convirtió en un hombre regalándole su primer orgasmo compartido, de nuevo bañado en lágrimas. Fue la única mujer a la que le escribió “Te quiero” en cinco lenguas diferentes, sin incluir la de signos con la que la saludaba a diario cuando estaban juntos, ni contar las letras de idiomas inventados que dibujaba por las mañanas con sus dedos sobre sus pechos, despertándola con sus pezones encendidos.


El viejo con la mirada perdida en el olvido, pasa la lengua seca por sus labios cuarteados en recuerdo de un beso ya lejano, pero tan solo en el tiempo. La saliva que imagina ajena no existe, ni por sus ojos puede ya filtrarse el recuerdo. Únicamente entre las líneas de sus marcadas arrugas podría leerse la melancolía que se dibuja en sus ojos tristes. Mentalmente rememora las cartas que cree abrir sin destapar la caja redonda que las guarece y que esconde en el mueble de su inservible televisión. Por su cabeza desfilan frases de esperanza, palabras en las que se mece, párrafos de piel suave y sin voz, sueños caligrafiados por la mano de un ángel...


Nunca hablaron de casarse. De hecho fue una de las pocas cosas que Ruth no le enseñó a decir en la lengua de signos. Siempre que él le preguntaba, ella le engañaba señalándole verbos lascivos o locuciones sin sentido. Gabriel rechazó dos conciertos de matrimonio, y con su tara, como su madre no se cansaba de repetirle, no le iba a ser nada fácil encontrar esposa. Al cumplir los 27, supo con la certeza que se tiene tan solo en sueños, que no amaría a ninguna otra mujer más que a Ruth, por lo que dejó de preocuparle su suerte casamentera.


Entre las cajas de cartón apiladas en las esquinas del sótano, aún se conservan las manchas de orín de gato, de los incontables que ha ido acogiendo a lo largo de los años, y de los que desde hace un par de semanas ya no disfruta. Posiblemente fueron los del locutorio quienes llamaron a la protectora. Pasa sus dedos por el sillón mellado y piensa que sus compañeros eran mucho más suaves, y que de sus lustrosos mantos nunca salieron objetos punzantes como esos dichosos muelles tan molestos. Ahora ya sólo quedan él y su foto, con la que sigue hablando en silencio, y en la que no puede leer las manos por terminar en los hombros.


Dos veranos después de su revelación de los 27, llegó a la conclusión de que se quedaría para vestir santos. Al recibir una carta de despedida en la que Ruth anunciaba su compromiso con un banquero de tierras del norte. Antes de cumplir los 30, Gabriel fue dando tumbos de costa a costa, bordeando la península en desordenadas carambolas hasta anclar en el lodo de una ciudad de interior, a la que llegó con un único propósito, el de perecer junto a sus recuerdos.


Malabarismos en el mercado y trapicheos en el parque para conseguir embutido robado sin fecha de caducidad. Limpiabotas el fin de semana, limpiacristales de lunes a viernes, en el semáforo que llaman de los locos y en el que la mayoría de servicios se pagan con malas caras. Paseador de perros y aparcacoches, jubilado gorrilla. Aguantador de puertas del Súper con la mano derecha extendida y una sonrisa sin dientes en la cara. Mendigo de cartones de vino y buscador de colillas. Tasador de basura, especulador de mierda, equilibrista de sueños rotos, acumulador de infortunios, prestamista de ilusiones inexistentes, anticuario de una memoria selectiva y dispersa, alquimista de adversidades, ilusionista de corduras olvidadas.


Gabriel intenta leer los labios de Ruth, y le parece entender que lo del banquero no fue más que una broma macabra. Él le sonríe y la perdona. Le contesta sin abrir la boca que él también sigue soltero, que está bien situado y que dispone del sitio perfecto como retiro para sus últimos días juntos. Ella intenta levantar los brazos que no han salido en la fotografía para proponerle matrimonio.


En un sillón con lepra, cuyos jirones de piel descansan adormecidos, yace un viejo con los ojos sonrientes. Nadie sabrá nunca que en ellos podría leerse “Sí quiero” si existiesen intérpretes de decepciones. En su tumba sellada y con aires de Cumbia los taconeos pretenden despertarlo, pero la muerte es mucho más dulce y prefiere abrazarse a ella. En el locutorio las voces se solapan y las conversaciones se cruzan, acallando los inventados maullidos que pasan por la cabeza del viejo loco que vive en el piso de abajo, mientras se va apagando frente a una foto desgastada en la que no se distinguen más que unas cuantas sombras.


martes, 23 de noviembre de 2010

expresionismo abstracto

pentotal para un perito pentámero

te escucho,
te advierto,
te ansío,
te invento.

bailo empapado en pigmentos
sobre tus lienzos desiertos.


me miras,
me sientes,
me llamas,
me pierdes.

escribo en ti con pinceles
los secretos de mi suerte.


te acercas,
te aliento,
te aspiro,
te sueño.

mezclo colores al viento
para teñir tu silencio.


me besas,
me pisas,
me empujas,
me erizas.

trazo palabras no dichas
traduciendo tu sonrisa.


te aburro,
te alistas,
te abrazo,
te libras.

cubro nuestra obra con tinta,
borro tus cuadros sin firma.

jueves, 18 de noviembre de 2010

yos en ti...


soy sal cuando me soplas
pronunciando mis deseos
cuando susurras mi nombre
por los pliegues de mi cuerpo.


soy agua en tu silencio
trémula y transparente
escurriéndose por tus manos
entre tus dedos candentes.


soy gelatina bajo tus labios
derretida en tu saliva
salpicando las paredes
escondido entre tus besos.


soy un líquido viscoso,
soy el hielo que se funde,
soy el vaho de tus pasiones,
soy la humedad de tu sombra.


soy el mar cuando me miras
reflejándome en tu cielo,
entre mis olas te pierdo
bajo las sábanas te sueño.


soy el vapor de tus espejos
escalando lo pulido
subiendo por el reflejo
mientras al otro lado me cuelo.


soy un lago en tu recuerdo,
cuando en mí mides tus largos,
buceas suave hasta el fondo
arañas los posos del olvido.

jueves, 11 de noviembre de 2010

escenas de cama: vacaciones




Hay luna llena y la noche es silenciosa, el viento se ha suspendido y todo parece inmóvil, como en una postal navideña en blanco y negro, urbana y nocturna.


Las luces en los edificios oscuros se encienden y se apagan por turnos, como siguiendo una coreografía estudiada para un gran espectáculo. A cámara rápida, los faros de los coches dibujan espirales de colores, decoradas por los vaivenes de los semáforos y los focos permanentes de las farolas. Alejándose del centro, la oscuridad se vuelve más densa, y el silencio más ensordecedor.


En los barrios residenciales reina la falsa calma, como en las salas de espera de los dentistas, a las puertas de la ciudad verdadera, sabiendo que en un momento o en otro tendrán que volver. Son una fiesta de disfraces, en los que se enmascara el estrés y se le pinta una gran sonrisa a la hostilidad, solo hace falta un poco de dinero. Los bancos recién pintados relucen sin polvo y en los cristales nunca hay manchas de dedos. Las casas adosadas se distribuyen por las calles con un equilibrio escrupulosamente planificado, como piezas de Tente de idénticos colores que encajan juntas. Las papeleras de adorno, vacías y confusas, combinan con la forja de los balcones.


Los parques y jardines abundan, pero son grises, y no hay tiendas cerca que les sonrían. Fuera, los neones intermitentes iluminan con sus vómitos policromáticos, el aburrido asfalto salpicando los adoquines de las aceras con todos los tonos de un sueño.


Sobre el verde parpadeante de la cruz de una farmacia, una ventana recibe los destellos que tiñen los rayos de luna que por ella se cuelan.


En la habitación, cargada de rutina, las paredes solo acogen una foto en blanco y negro de una nube apresada en una jaula y suspendida en el cielo. Un armario empotrado lacado en blanco refleja la inmensa cama prácticamente en el suelo, que bajo inmaculadas sábanas de lino, acoge a dos amantes sudorosos.


Con jadeos despiden los placeres de la fusión que los acaba de unir. Una explosión de fluidos empalaga el aire, que parece consumirse por instantes. La escasez de oxígeno es intermitente para respetar la armonía de las luces que barnizan sus cuerpos desnudos. En una convulsión se separan para buscar el aliento que han perdido mientras estaban enlazados.


JULIA: Joder. Hoy te has salido.

ALBERTO: Llevaba una semana muy tenso, ya lo sabes. En el trabajo no paso por buenos momentos.

J: Tendré que alegrarme entonces, o agradecérselo a tu jefe. ¡Oh, Gracias! Gran Jefe Indio. Gracias por habernos devuelto una vida sexual agitada.

A: Tampoco es para tanto.

J: Gracias, Toro Sentado, por hacer que me sienta de nuevo en un matrimonio consumado.

A: No estamos casados, y deja de exagerar, que tampoco hacía tanto tiempo que no follábamos.

J: Bueno, si no fuese una reina del drama, no me harías ni puto caso.

A: Te prefiero como reina del porno, la verdad...

J: Mmmmmh... ¿Para tratarme como a una puta?

A: ¿Piensas que te he tratado como a una puta?

J: Por supuesto.

A: Joder. […] ¿Y al menos, te ha gustado?

J: ¿Por qué se lo iba a estar agradeciendo todavía a tu jefe si no? ¿Por qué iba a venerar tanto a tu jodida empresa? Claro que me encanta que me trates como a una zorra.

A: Ya. Porque en el fondo sabes que yo también soy la tuya.

J: Qué perspicaz! […] En diciembre ya hacemos tres años.

A: Y está el puente de la constitución, las navidades, también es el cumpleaños de tu madre...

J: Claro. El cumpleaños de mi madre marca tus meses de diciembre, no te jode...

A: Pues desde hace tres años, sí, mira por dónde...

J: Gilipollas. Tendrías que presentarte al club de la comedia con algún monólogo cutre sobre tu suegra.

A: Y sobre nuestras aventuras vividas en vacaciones...

J: Qué sepas que ya me las han dado. Bueno. Más bien, me han preguntado sobre la semana que quiero cogerme.

A: ¿Y qué opciones hay este año?

J: Una semana entera y los festivos de la otra, como siempre. Ya he pedido la primera.

A: Ah, muchas gracias por consultarme.

J: Pero si a ti te da lo mismo, Alberto. No seas tocapelotas.

A: ¿Y a dónde vamos? ¿O también has reservado a tu bola?

J: [...]

A: Genial. De puta madre. ¿Y a dónde me llevas?

J: No seas negativo. ¿A dónde me llevas? Dice...

A: Ni negativo, ni ostias, Julia. Joder, sabes lo que me revienta y cada año me haces lo mismo.

J: Cariño, escucha. Va, no te cabrees... Este año es diferente. Nada de ciudades europeas.

A: ¿Cruzamos el charco?

J: Esa es la actitud. Pero no te pases, mi vida. Tampoco vamos sobrados, y menos para una sola semana. No. Este año nos vamos al campo.

A: De verdad que eres imposible. ¿Al campo? ¿Para qué? […] Mira, paso de discutir contigo. No me gustan nada las putas fiestas, paso de la familia y odio la tranquilidad... Y encima lo sabes. ¿Dónde has puesto el tabaco?

J: ¿No te vas a poner a fumar ahora, Alberto?

A: No me jodas. ¿Lo tienes en el bolso?

J: Sí, pero no tengo fuego.

A: Yo tengo mechero. ¿Y ya has planeado los menús? Podría ir dándote ideas.

J: Coge un cenicero, por favor. Como tú veas, cariño, así contribuyes en algo a la organización.

A: Manda huevos. Un poco de lengua o riñones al jerez podría estar bien. Así a voz de pronto, no se me ocurre nada que me guste menos y combine mejor con el resto del entorno.

J: No seas cerdo. Te he dicho un cenicero. ¿Qué ganas de joder un buen momento?

A: Encima. Has sido tú la que ha decidido hacerlo con tus maravillosas propuestas. Navidades familiares con tu madre, tus hermanos y en el campo. Dónde no pueda escaparme de tus horribles sobrinos.

J: Alberto, no te pases. Los niños son adorables. Eres tú el agrio. Y vigila la ceniza, joder. Mira como lo estás poniendo todo.

A: Nada, nada. La segunda semana ya me buscaré algún plan para descansar del tuyo.

J: Por mí como si vuelves a ir a Londres con alguno de tus aburridos contables.

A: No son contables.

J: Pues lo que sean, que más da... Ah, por cierto. Mañana por la noche no hagas planes que viene Mario con su última adquisición.

A: Mañana tengo Junta. Saldré tarde.

J: Pues nada, vienes en cuanto salgas. Eso sí, intenta no entretenerte demasiado ¿eh?. Ya te serviré igualmente algo de cena cuando llegues, por eso no te preocupes.

A: Le echas un morro, Julia...

J: Ay, no me llames tanto Julia, que suena muy serio, tonto. Y arrímate un poquito más, que estoy congelada. Así, así...

A: Joder, cariño, que pies más fríos.

J: Venga, gruñón, abrázame y dime que me quieres. Que lo único que sabes hacer es follar y quejarte...

A: Te quiero.

J: Perdona, no te he oído.

A: Que te quiero...

J: Eres adorable, y yo a ti mi amor, ya lo sabes.

A: Buenas noches.

J: ¿Has puesto el despertador?

A: Claro. Como siempre.

J: ¿A las siete?

A: Por supuesto que a las siete.

J: Si es que eres un sol.


Y no te merezco” resuena en la mente de Alberto como prolongación de las palabras de Julia.


Bajo las sábanas, los dos cuerpos se acoplan en posición fetal combatiendo el frío de los rayos de luna. Tras las ventanas de la habitación las hojas empiezan a agitarse. El viento sur rompe el silencio. Los coches hacen sonar sus bocinas lejos de los barrios residenciales, dónde alguno de los neones con secciones fundidas chirría en sus parpadeos como emulando a un grillo afónico.


* * * * *


En las afueras de la ciudad, saliendo por su parte menos elegante, las señales, vallas y semáforos están oxidados. Las aceras son de los diferentes colores usados en el centro con adoquines de varios tamaños, ya que sólo les han llegado las sobras. No se han acabado de pintar ni las separaciones de carriles, ni los pasos de cebra, que finalizan en el centro de las carreteras. En las afueras ya no quedan tiendas ni se encuentran anuncios publicitarios.


Lo único cuidado son las vías del tren y el acceso a la autovía. Todo parece haberse invertido en los únicos lugares que permiten escapar de allí.


Los apartamentos minúsculos alzados como nichos rascacielos, dan paso a descampados desolados y a parques llenos de jeringuillas. Las papeleras desaparecieron hace años, cuando se quemaron los cajeros automáticos.


Frente a uno de los puentes que suspenden los trenes como exponiéndolos en un museo repleto de gente dispersa, interesada por el aire acondicionado, las luces de una pensión ya no se encienden. Las paredes de obra vista que una vez estuvieron cubiertas de yeso, ahora ya solo ofrecen pegotes aislados entre sus ladrillos.


Siguiendo el cable de luz que sale del letrero, puede subirse hasta su cuarta planta. Tan solo una de las ventanas está cerrada con persiana, y en ella se refleja, como si fuese la pantalla de un cine callejero, el naranja del crepúsculo que tiñe el edificio y las calles. Cada vez que un tren pasa, las paredes retumban y el suelo ronronea.


El ruido de los trenes se confunde con el del somier destrozado de la habitación 407. La Pensión Vista Alegre, que alquila camas por horas, hace años que preside su barrio vacío, acogiendo a turistas despistados y a discretos amantes. Las llaves se recogen y devuelven con la misma frecuencia con que los interruptores cambian de posición.


En la 407, cerrada y a oscuras, el sexo condensado puede cortarse chasqueando los dedos. Basta con aspirar un poco para llenarse los pulmones de esperma. El cartel de no molestar cuelga en la puerta por la parte de fuera, haciendo juego con el resto de perchas rojas de papel que pueblan lo largo del pasillo.


ALBERTO: Soy único escogiendo habitación. Eso no puedes negármelo.

FRAN: Por lo menos en esta no hay cucarachas.

A: No enciendas la luz por si acaso. [...] ¿Cómo estás?

F: Gracias. Ya me lo suelen decir a oscuras...

A: Era una pregunta...

F: Muy bien. Gracias.

A: En serio, Fran. ¿Cómo te encuentras?

F: ¿Y cómo quieres que esté, Alberto? Pues sudado, cachondo, relajado, sucio, desahogado...

A: Sigue, por favor

F: ...extasiado, satisfecho, todavía cachondo... Ya te lo he dicho dos veces y aún no has hecho nada para remediarlo...

A: ¿Y no podemos hablar un poco para variar?

F: ¿Hablar de qué? Joder, me he dejado el tabaco de liar en tu coche.

A: Pilla de los míos si quieres. Están en el bolsillo de la americana. No sé. Hablar de nosotros, por ejemplo.

F: ¿Ahora fumas negro? ¡Qué asco! Bueno, da igual. [...] Joder, qué ganas tenía de un cigarro, y que bien me sabe. [...] Pues no sé que quieres que te diga, Alberto, la verdad. Ahora estamos juntos, acabamos de echar un buen polvo, y en cero coma vas a vestirte rápido y corriendo para volver a casa con tu mujer y tus hijos. ¿Qué quieres, que hablemos de ellos?

A: No seas borde. Y ya sabes que no tengo niños...

F: Pues eso, ya estamos hablando de nosotros. Yo tampoco tengo niños, por cierto. ¿De qué más quieres que hablemos? Me gustan la cocina asiática y el cine europeo, ¿y a ti?

A: Fran...

F: Es cierto, qué bobo... Había olvidado que no podemos salir al cine ni al restaurante. No me jodas Alberto. Nos vemos una o dos veces por semana, disfrutamos el uno del otro. Sin exigencias ni exclusividades. Sin ataduras ni compromisos. ¿De que más quieres que hablemos?

A: No sé. De lo que sentimos. De si me quieres...

F: Eres un auténtico cretino. No me importa que estés casado, y lo sabes. Sinceramente, me la pela, de verdad. Pero no me salgas con tópicos románticos. Asumo ser tu puta y realmente lo disfruto, en serio. Pero ¿De qué me iba a servir quererte? ¿Y de qué nos iba a servir hablar de ello?

A: Eres un cínico.

F: Sí, claro. El cínico soy yo. Hablemos de amor entonces. Has ganado.

A: ¿Tú me quieres?

F: Por supuesto que no. ¿Y tú a mí?

A: Tampoco.

F: Entonces genial. Podemos seguir follando juntos. Ese era el contrato después de todo...

A: Dentro de poco ya hará un año que nos conocemos.

F: Pues habría que ir pensando en renovarlo, siempre y cuando los dos estemos de acuerdo, claro.

A: Mira que eres frío.

F: No decías eso hace un rato mientras me follabas. Pero escucha, en serio. Si te interesa, también podemos cambiar los términos del contrato, basta con modificar alguna que otra cláusula...

A: Vete a la mierda, Fran.

F: ¿Y dónde te piensas que estoy la mayor parte del tiempo?

A: También dirás que es mi culpa...

F: No me hagas caso. Estoy rabioso.

A: Pensaba que te habías quedado bien.

F: Eso es porque ya has olvidado que te he dicho que seguía estando cachondo.

A: En una hora tengo que estar en una reunión.

F: Y teniendo en cuenta que estamos en el culo del mundo, tendríamos que irnos moviendo ya. ¿es eso?

A: No me gustan las prisas, ya lo sabes.

F: Ni a mí. Alberto. Ni a mí...

A: Estaba pensando que podríamos hacer algo juntos en fiestas.

F: Joder. Si queda más de un mes.

A: Ya. Pero si queremos coordinarnos, habría que irse decidiendo.

F: Así que me vas a llevar de viaje... Bien... ¿Y para cuando lo de ponerme un piso en el centro?

A: Venga, relájate... Que sólo intento que sea lo más fácil posible para todos.

F: Al lío. ¿Y qué me propones?

A: Nada en concreto, la verdad. Yo puedo liberarme la segunda semana de vacaciones.

F: Empezamos mal.

A: ¿Por?

F: He pedido a mi empresa la primera semana.

A: ¿Y no hay ninguna posibilidad de pillarte la segunda?

F: Podría intentarlo. Pero te advierto que necesito un plan tranquilo. Así que olvídate de sorprenderme con ciudades exóticas y pateos interminables.

A: ¿y qué es lo que te apetece hacer, entonces?

F: No sé. La verdad es que un colega del curro me ha ofrecido su casa de Andorra y había pensado que para descansar, y tal vez esquiar un poco, podría estar bien. No tenía ni idea de que querías que hiciésemos algo juntos.

A: Si aquello está muerto, Fran. Es muy pequeño.

F: Se nota que no has estado en vacaciones. Hay muchísima gente, y si nos apetece salir de marcha, en temporada está todo abierto.

A: Pero no deja de ser un pueblo.

F: Lejos de todo, lo que te conviene a la perfección. Y encima gratis. ¿Qué más quieres?

A: ¿Y no preferirías, no sé, algo más...?

F: Pues la verdad es que no, así que no te molestes. Decidido. Si te vienes cojo la segunda semana.

A: ¿Y no hay ninguna posibilidad de que te convenza de cambiar de sitio?

F: Pero que más te da, Alberto. Si de sobras sabes que no vamos a salir del cuarto. Así que que más te da si es en una ciudad o en un pueblo. Míranos ahora. ¿Acaso estás en el barrio de tus sueños?

A: No es lo mismo. Detesto los pueblos.

F: Y yo el puto extrarradio. Pensaba que de lo que se trataba era de estar juntos. Pero propón algo si quieres, venga. Cederemos una vez más. Si el plan es tranquilo, por mí no habrá ningún problema.

A: Ya tenías decidido lo de Andorra. Y de todas formas tienes razón. No salimos nunca de la habitación.

F: Que esta vez seguro que no tiene cucarachas. El tío que me lo deja parece bastante limpio.

A: Bueno, eso nunca se sabe. Y para cambiar un poco de tema. ¿Me quieres?

F: Claro que no. ¡Qué pesado! Y espero que tú a mí tampoco. Si no, mal iríamos.


Claro que no” se oye en los pensamientos de Alberto. Hasta la entonación es falsa, y es que siempre ha adorado engañarse en silencio.


Las piernas de los dos amantes están entrelazadas. Un brazo de Alberto sostiene la cabeza de Fran, el otro se posa en su cadera acariciándola mientras se miran a los ojos. Sobre las mesillas de noche tiemblan los móviles, ceniceros y monedas. La lámpara del techo se balancea. El tren que lo provoca parece no terminar nunca.


* * * * *


Los primeros rayos de sol de la mañana iluminan las aceras del centro como si fuese una alfombra roja, sobre la que desfilan con sus mejores galas oscuras, las caras sin sonrisa que se dirigen al trabajo.


Con la mirada ausente y el piloto automático conectado en los tacones, maletines y corbatas, los Actores circulan por los mismos trayectos del día anterior, y de todos los que le precedieron perdiéndose en el olvido. Solapan las huellas de sus zapatos en las que aún siguen calientes por haber albergado millones de veces los pasos de ese camino que ya todos conocen de memoria.


Como procesionarias urbanas, las filas interminables de gente que se mueve a toda velocidad, se esquivan para no entorpecer sus respectivos caminos, sin apenas rozarse. Si se presta la suficiente atención, los pensamientos se escuchan con una pasmosa claridad. Horarios de entrada, reuniones, disputas con los compañeros, exceso de trabajo, acumulación de tareas, informes, actas, entrevistas, visualización mental de zonas wi-fi, redacción de correos electrónicos, clientes, fechas de pago, nóminas, máquinas de café a las que acaban de incorporar sopas...


Edificios de cristal y colosos de todas las formas y colores se levantan del asfalto intentando conquistar también el cielo. En uno de ellos, como otro cualquiera, con espejos negros sobre los que ya no se reflejan ni las ojeras, el portero acaba de habilitar el torno de la entrada, aunque falte más de una hora para que empiece a llegar la mayoría de empleados.


Las fotocopiadoras comienzan a mentalizarse para otro duro día de trabajo. Los ascensores también se preparan. Los ordenadores de despachos colectivos aún duermen. Las luces de emergencia iluminan las plantas en las que aún no se han encendido los fluorescentes con sensores en el suelo. En uno de los despachos de la quinta planta, sin nombre ni letrero de “pasen sin llamar”, las cortinas están corridas, y el pestillo echado. La única luz procede de los dos portátiles que están encendidos.


En el sofá de escay se pegan las húmedas pieles de dos amantes semidesnudos. La intensidad del ambientador no permite que se perciba el olor a sexo desestresante, que destaque el de la velocidad ni que se note el del riesgo.


JULIA: ¡Buf! Ya son las siete y media. ¿A qué hora es la reunión?

FRAN: En media hora.

J: Mierda. ¿Ya has probado el cañón? Que no pase lo de la última vez...

F: Sí, claro. Y ya he dejado el portátil conectado.

J: Joder. No te he pasado la presentación.

F: La he cogido de tu Pen drive, no te preocupes.

J: No eres tan inútil, después de todo...

F: Gracias. Yo también te quiero.

J: ¡Genial! ¿Ya se te ha pasado el cabreo, entonces?

F: ¿Cabreo?

J: Venga, no te hagas el digno, que no te pega nada ser políticamente correcto.

F: De verdad, Julia, que no sé de qué me hablas...

J: ¿De qué coño va a ser? Pues de las vacaciones, de verdad que...

F: ¿Ah, eso? Sí, claro. Me había olvidado, te lo juro...

J: Sí, ya. Por supuesto.

F: Te lo digo en serio. Lo que no impide que seas una zorra, trepa y calculadora.

J: Me encanta que me lo llamen.

F: Sí, claro, supongo que de tanto escucharlo, te has acabado acostumbrando... ¿Y se puede saber por qué narices sacas ahora el tema? ¿Se trata de una disculpa? ¿o es simple recochineo?

J: Curiosidad. Eso es todo. ¿disculparme yo? ¿y por qué iba a tener que disculparme?

F: Yo me pedí antes la primera semana y lo sabes...

J: Supongo que no insististe lo suficiente.

F: Bueno, de todas formas da igual. Ya me he organizado.

J: Me ha dicho Fermín que le has pedido la casa para la segunda semana.

F: Ya decía yo que me pitaban los oídos...

J: No te hagas ilusiones, niñato. Que no hablábamos de ti...

F: Ya. Solo del sitio en el que voy a pasar mi semana de vacaciones.

J: Y especulábamos sobre con quién ibas a ir...

F: Eso no os importa a ninguno de los dos...

J: Veo que aparcas lo políticamente correcto. Vas a volver a ponerme cachonda... Hombre, lo que es a él... Al fin y al cabo es su casa...

F: Te recuerdo que ofreció sus llaves sin condiciones...

J: Para dejar su casa la primera semana de vacaciones.

F: Ya. Pero como la puta de mi compañera se acabó agenciando mis fechas, pues Fermín, supongo que decidió ampliar el plazo. Es un buen tío.

J: Se va tres semanas a Tenerife.

F: ¿Y a mí qué me importa? De todas formas no tenía ninguna obligación de dejarnos su casa.

J: Ahí te equivocas, Cisco.

F: No me gusta que me llamen así, ya lo sabes, Otero.

J: Gilipollas. Qué poca imaginación... ¿Es la única Julia que se te ocurre?

F: No. Pero sé que es con la que más te jode que te comparen. Al lío. ¿Por qué crees que me equivoco?

J: No lo creo. Estoy convencida de ello.

F: Alimentando el misterio, veo... ¿Quieres unos redobles de polla o vas a soltarlo ya?

J: Vulgar. Se rumorea que pretenden hacerle socio...

F: ¿Se rumorea? ¿Y a qué socio te has follado esta vez para tener acceso al bulo?

J: A tu padre. Al parecer lo nombraron la semana pasada.

F: ¿Nombramiento post-mortem? ¡Bien por la Junta!, parece una medida progresista, pero veo que lo de la sangre joven y las nuevas generaciones se vuelve a quedar en la utopía...

J: Mierda. Lo siento. Fran. Perdona, no sabía que estaba muerto...

F: No pasa nada. Tranquila. Tienes mi permiso para follarte sus cenizas cuando te plazca.

J: Eres un cabronazo... Apuesto a que ni siquiera es cierto...

F: Nunca lo sabremos. Aunque sí que podría serlo... ¡Qué desconcierto!

J: ¡Qué hijo de puta!

F: Por eso me quieres, por supuesto.

J: Hasta la saciedad, ¡cómo no! ¿Recuerdas dónde has tirado mis bragas, niñato embustero?

F: Te las has quitado tú misma después de cerrar la puerta.

J: Mierda. Pues ni idea de dónde pueden estar...

F: Si te subes las medias y te bajas un poco la falda, nadie tiene por qué darse cuenta...

J: No tengo medias de repuesto.

F: Ahí sí que reconozco que la culpa es mía... Por cierto, creo que siguen en la fotocopiadora...

J: No. Están en mi bolso. Yo de ti me cambiaría la camisa, ese manchón de semen se ve a kilómetros de distancia.

F: No si la someto bien. Está justo en la parte de abajo. ¿Te vas vistiendo y tiramos para la sala de reuniones a ir preparando un poco la presentación?

J: Joder. Qué rabia. Pues tendrá que ser sin bragas.

F: Podemos subir la calefacción si tienes frío.

J: Pásame el bolso, por favor. Que me retoque un poco el maquillaje. ¿Y no tendrás demasiado calor tú en los huevos si subes el aire? Gracias, Cisco.

F: De nada, Otero.

J: ¿En serio que no me vas a decir con quién piensas pasar la noche vieja?

F: Pues eso mismo. Tampoco te lo he preguntado yo a ti, ¿no?

J: No tengo ningún problema en decírtelo.

F: Pero yo sí que lo tengo en escucharlo. No me interesa en absoluto saberlo.

J: Supongo que es el precio del sexo casual.

F: No seas manipuladora. Curramos juntos, eso es todo. El sexo no tiene nada que ver.

J: Compartimos horas de trabajo suficientes como para poder conocernos un poco... ¿No?

F: Todo lo que necesitas saber está en mi ficha de personal.

J: Eres un rancio. ¿Están bien los labios?

F: Estás perfecta.

J: Cuando quieres eres un encanto. Tu novia estará contenta.

F: ¡Juliaaa! ¿Ya estás lista?

J: Preparada para arrasar.

F: Pues venga, arriba el telón.

J: Eso se lo dirás a todas...


Elemental, querida Julia.” Se cuela entre los pensamientos de Fran, sin saber ni él mismo a qué se refiere.


Una mente planificada al exterior, está vacía de vida. La concentración; dedicada a la postura del cuerpo, a la modulación de la voz o a su volumen, a la intensidad exacta de las miradas con la cercanía idónea, a la estructura de las palabras o a la emoción deseada; se focaliza en tan arduas tareas con tal desenfreno, que no queda espacio para los sentimientos.


En la planta quinta empiezan a entrar el resto de autómatas sin alma, con sus sonrisas ensayadas en los retrovisores, mientras sorteaban los embotellamientos de acceso al centro. Todos se saludan. Nadie se dice ni una palabra.