
Alicia camina sin aliento, mira el reloj y se sorprende de que a la hora bruja no haya ni un alma en la calle. Repasa mentalmente el camino hasta la parada de autobús. Aguanta la respiración para cerciorarse de que el sonido de los pasos que le acechan desde hace un par de calles, no está únicamente en su cabeza. Vuelve a soltar el aire y acelera un poco el ritmo. Mete instintivamente la mano en el bolso y se topa con el estuche de los tampax. Mierda. Con las prisas ha olvidado cambiarse el salvaeslip de socorro y a esas alturas debe de estar empapada.
Busca el silencio, la calma, la compostura. Encuentra de nuevo el sonido de los pasos que no son los suyos, se remueve por dentro, se deshace en pedazos. Definitivamente ese ruido insiste en salir de su cabeza, en acecharla más allá de su imaginación, en expandir su eco fuera de las paredes de su cerebro. La sensación de suciedad vuelve a desbordar la piscina de terror en la que está sumergida hasta el cuello. Estalla en sollozos. Con suspiros cortos y seguidos. Las mejillas bañadas. Las ingles gelatinosas.
* * * * * * *
Carlos está sentado en la parada del bus. El viaje será largo, pero si todo sale bien, será el último. Un mes como máximo y el estrés se habrá acabado para siempre. Sonríe. Pierde su mirada en el vacío y se ve pasar las tardes en el Peñón del Cuervo, tomando una caña en Los Baños del Carmen, una copa en ese nuevo sitio de la Araña…
Necesita la playa. Ese sonido constante de las olas. Pero ante todo, el olor a Mar. Ese olor impregnado en las calles, en su cuerpo antes de acostarse, en el cuerpo de sus amantes en los encuentros de una noche. La gente que huele a mar, siempre le había inspirado mucha más confianza. En las ciudades de interior, la gente olía a rancio, al calor seco de un bar plagado de humo, a baúl enterrado, a metro, a infelicidad y a conformismo. Las calles de una ciudad sin mar, para Carlos, eran grises, opacas, estaban ligeramente desenfocadas, como ahumadas por la polución de una fábrica cercana. Hedían a encierro, a cárcel sin ventanas, a ropa vieja que no se ventila desde hace años.
Mira el reloj y vuelve a sonreír. Un cuarto de hora y el bus le llevaría al aeropuerto. Un mes y la vuelta ya sería definitiva. Le esperarían mil porros en las playas de Pedregalejo, otros tantos besos por las calas de La Araña, litros de cerveza en Guadalmar… Las mareas volverían a regir el ritmo de sus venas, los latidos de su estado de ánimo.
Las doce de la noche y ni una persona en la calle. Las violentas ráfagas de viento parecían haber arrastrado a la gente hasta dejar todo vacío a su paso. El calor había fundido a todas las personas a las que había acariciado. Persianas cerradas. Silencio. Tranquilidad. La última persona que había visto pasar, lo había hecho hacía más de un cuarto de hora, y parecía desorientada, como perdida siguiendo el camino que el viento le marcaba.
Recorre mentalmente la suavidad de los pechos de Marta, la tersura del vientre de Julia, el calor de los abrazos de Noelia, la arena en el ombligo de Raquel. Otras tantas aventuras le esperarían a la vuelta. Pero solo mujeres que oliesen a Mar. Estaba harto del resto de fragancias de las mujeres de ciudades de interior. Esta sería la última vez que saldría de Málaga con esa añoranza, ya que las próximas serían para irse de vacaciones, y no para volver de ellas.
Carlos echa una mirada instintiva a su maleta, se ajusta el cuello de la camisa y vuelve a mirar el reloj. Sólo diez minutos para la llegada del autobús. El momento se acerca. Mira, y a lo lejos ve una pareja que se aproxima. Otro golpe de viento debe de haberlos llevado hasta allí. Por fin alguien más para hacerle compañía. Se acercan a paso firme hacia su misma parada ¿También irían al aeropuerto? Que bonito el amor. No. Parecía que discutían. Bueno, al fin y al cabo, eso también formaba parte de la pareja ¿no?, o al menos eso le había parecido oír. Aspira profundamente. Puede sentir como toneladas de olas llenan sus pulmones de vida.
* * * * * * *
Pablo. 43 años, malagueño y malaguita, funcionario de correos, proveniente de una familia de clase medio-alta con fuertes convicciones católicas. Acompaña a diario a la salida del trabajo a su padre a jugar a la petanca, vuelve a casa, discute con la madre, comen juntos, se echa la siesta y le da tiempo para acercarla a misa de ocho. Cuando le apetece, se queda, como barnizando con ese gesto su día de la más consistente rutina, pero la mayor parte del tiempo, no atraviesa ni la puerta del templo. Vuelve a casa, sintiéndose subversivo y único, se conecta a Internet y chatea durante horas, aprovechando esos momentos de paz, de libertad infinita. No cambiaría su ciudad natal por ninguna otra, aunque apenas haya salido de ella el tiempo suficiente como para poder comparar, y no conozca de Málaga más que su lado más discreto, menos radical y alternativo.
"Esta vez no pienso hacerme ilusiones”.
Se lo repite una y otra vez mientras se somete la camisa nueva en el pantalón recién planchado, centrándolo perfectamente para que la raya coincida con exactitud con el centro de su rodilla. Se alisa las arrugas imaginarias del cuello y se desempolva las inexistentes motas de caspa de los hombros. Es su tercera visita al aeropuerto en seis meses, y ninguna de ellas ha sido para recoger a la misma persona.
“Podría funcionar si esta vez no me muestro demasiado impaciente y ansioso”.
En el fondo sabe que no será capaz, pero le encanta engañarse. Saborea la vida en pareja que tanto añora y espera el encuentro inminente como a algo mágico, definitivo, para siempre.
“Dios mío. Deja que esta vez funcione. Prometo entrar con mamá todos los días a la iglesia, dejar el vicio del chat, guardar ayuno el domingo...”
Querría perder unos cinco kilos. Eso le ayudaría también a conservar el amor de su vida.
“¿Podría decir que esta vez había conseguido encontrarlo? No. Mejor era ir con pies de plomo que después se llevaba la desilusión de su vida, y la última vez había engordado tres kilos.”
Para Pablo, cada relación rota suponía, de media, un aumento de talla. También les echaba la culpa de las nuevas arrugas, las canas o sus cada vez más generosas entradas, aunque eso no era capaz de demostrarlo científicamente. Como la primera impresión es la que cuenta, para su primera cita se había dado el lujo de estrenar la faja reductora milagrosa de la Teletienda. El único problema es que andaba como si le estuviesen estirando de una cuerda atada a la cintura. Es cierto que esa incomodidad no le importaba demasiado, puesto que la barriga casi ni se le marcaba y parecía incluso más alto, y eso era lo realmente importante. Además, había acabado por aceptar, que para estar decente era necesario sacrificio y disciplina.
Una vez en la calle, coreografía sus nuevos y rígidos movimientos con el fin de hacerlos más naturales, disfrutando mentalmente de su vientre casi plano. Se va mirando en los escaparates para cerciorarse de que en el reflejo, aunque no se distinga más que una simple sombra, en ella no se note que lleva la nueva sauna moldeadora no disponible en tiendas. Preocupado por su esbelta figura, por los detalles perfeccionistas de su primer encuentro y por el martirio que está dispuesto a soportar, si éste se materializa en el amor eterno que lleva toda la vida buscando, va avanzando por la calurosa noche en contra de las violentas oleadas de viento, sin darse cuenta de estar invadiendo el espacio vital de la chica que tiene a pocos pasos por delante. La chica tropieza y la maleta se le cae, en pocos segundos su cuerpo la sigue. Pablo acelera el paso para asegurarse de que no se ha hecho daño.
Abre la puerta. Los tres que aguardan en cola van subiendo. Tampoco le darán conversación, parece que van juntos. Lástima. Entre risas pagan sus billetes. Los dos chicos ayudan a la tercera a subir su maleta. Muy caballerosos, sí señor, como tiene que ser. A veces piensa que le gustaría tener amigos con los que ir de viaje. ¿Pero, a dónde? El conductor sin nombre arranca el autobús imaginando destinos que no existen a los que ir con gente que no conoce. Para variar, entre tanto trayecto al aeropuerto, no estaría mal que a la llegada se bajase algún día a embarcar con la maleta que nunca había tenido.
TRÍADA SOLITARIA III: HAIZE-HEGOA

3 comentarios:
No sé por qué me has hecho recordar la trilogía de Azul/Blanco/Rojo...
Muy bien descrito todo como de costumbre, casi se siente uno entre los personajes, muy logrado, Felicidades!!!!
Besotes
Xim
He visto el corto, está bien, se respira la tensión en esos cinco escasos minutos, muy logrado...
CelluloidKssAgain!!!
Xim
Has retratado con precisión los persojes, su situación ,sus vivencias personales y hasta la angustia, el miedo y el hasco de la chica.
Me ha gustado especialmente como dejas translucir tu predilección por la vida cerca del mar, la ciudad con olor a salitre, el olor a mar, a puerta abierta a horizonte sin barreras, como describes el mundo a través de los olores, la ciudad añeja del interior, su olor a rancio, a viejo, sin posibilidad de escape, sin el relajante ruido de las olas, mucho más que cualquier ejercicio de yoga. Tambien tus recuerdos de las cervezas en el chiringuito de la playa , de las charlas con el rumor de las olas de fondo....., sé lo que es eso, yo tambien lo añoro cuando estoy lejos del mar.
Como de costumbre, no me cuesta nada recorrer cada rincón de lo que escribes y zambullirme y gozar en el mar de tu imaginación.
Un cálido beso con sabor a mar.
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