miércoles, 8 de septiembre de 2010

TRÍADA SOLITARIA III: HAIZE-HEGOA


Pepu mira las nubes a través de las cortinas de la pequeña ventana del bar. Atxaspi está repleto de gente. Acaba de haber cambio de turno, por lo que calcula mentalmente que deben de ser las siete de la tarde. Hace tres años que vive en Lesaka y su luna de miel con el pueblo se ha desvanecido, aunque sigue disfrutando de los largos y plácidos silencios, como en todo viejo matrimonio. Su vida sigue siendo igual de ordenada que en Girona, ciudad de la que nunca había salido. Tampoco es casual que haya escogido un destino que con los ojos semicerrados, o las suficientes copas de más, pueda llegar a confundirse con las calles de la judería de las que procede. La piedra gris y las largas temporadas de lluvia hacen que la añoranza nunca haya llegado a resurgir.


Sin trabajo ni necesidad de uno, se ha construido una rutina que ha acabado por asumir como vida. Se levanta a las diez para consultar su correo mientras toma un café ardiendo, echa un vistazo a las novedades de su red social, e imagina una frase de estado que fantasea que acabarán mirando todos los amigos de una lista de la que no conoce ni a la mitad de integrantes. Hacia mediodía sale a dar una vuelta saludando siempre a la misma gente, y se aisla en la piscina durante un par de horas. Conversa siempre con las mismas personas en la sauna tras haber concluido sus series de largos idénticas a las del día anterior. A su vuelta a casa, se sienta en el salón a leer un rato escuchando algo de jazz o de música clásica, dependiendo del ánimo de sus lecturas, se prepara algo de comer, y tras la siesta programada de veinte minutos, sale de nuevo a tomar un café al único bar que frecuenta del pueblo.


Costumbres que sin necesidad de argamasa, acaban endureciendo el vacío que las acaba uniendo con fuerza, construyendo el muro que le permite sentirse a salvo.


Desde su mesa, la de siempre, Pepu observa a los grupos que van llegando. Siempre con los mismos rituales, como reflejo de sus propias ambiciones. Observa y analiza. Observa y se imagina formando parte de cada uno de ellos. En ocasiones, como si efectuase un viaje astral, se sienta en una de de las mesas de tres, y la completa para poder jugar al mus. Se ve vestido de chándal, con botas de monte o deportivas, unos kilos menos y alguna sonrisa de más. Sudado tras haber jugado unos tantos en el frontón, o después de haber recogido unos cuantos hongos en sus vueltas imaginarias por el monte. Cuando un cazador se acerca a la barra, visualiza su imagen adelantándose a pagar el trago, mientras alardea del número de palomas que ha cazado durante la mañana. Cada vez que llegan forasteros sonríe desde dentro y se ve haciéndoles de anfitriones, les muestra el convento, la ermita, los bares. Se pasea con ellos por las tranquilas calles y les cuenta en el paseo divertidas anécdotas sobre el arquitecto de la iglesia. Les descubre pistas rurales por las que llegar a construcciones megalíticas, búnkeres, esculturas en medio de la nada, lagos perdidos en medio de maravillosos bosques, impresionantes cascadas, manantiales de los que brota lo que a él le falta, aunque siga sin saber lo que es.


Se introduce en los cuerpos de los jovencitos del fondo conectados a internet, para volver a sentir la osadía de los dieciséis, el descaro de la adolescencia, su desenfreno. Para reír mientras flirtea por el messenger, disfruta con los juegos en línea, o ve las horas pasar al ritmo de vídeos del youtube sin descanso, simplemente arropado del resto de amigos que le acompañan agolpando sus sillas alrededor de la misma pantalla.


Desvía la mirada, paseándola entre los cuerpos que posee y la ventana. Sopla de nuevo haize-hegoa (viento sur). Las nubes se desplazan como a cámara rápida. Piensa en su rutina. En que en el fondo, no dista tanto de la que tenía en Girona. Saluda al mismo número de gente, decena arriba o abajo, lo que le convierte en el ser social que ansía ser aún sin conocer sus deseos. Estudia sus respuestas, como ha hecho siempre, siempre que alguien se las solicita. Intenta integrarse como de él se espera, ya hace unos meses que se apuntó a clases de euskera. El café y el chupito de orujo blanco que pide a diario, ya lo demanda en la lengua del pueblo, como uno más, al menos en su cabeza.


A partir de las siete, con el cambio de turno, se limita a los chupitos. Nunca ha soportado el aburrimiento que le conlleva el insomnio, y ha acabado aprendiendo a dosificar la cafeína.


Y tras fantasear una y otra vez con las vidas ajenas, acaba olvidándose de la que nunca ha tenido. Saluda a quién entra, corresponde a quién le sonríe, y sueña. Sueña con que todavía es despertado por el Señor Tanaka, su precioso gato negro, y con que en cuanto llegue a casa tambaleándose en una niebla de orujo blanco, se frotará contra sus piernas ronroneando, reclamando su bol de pienso, pidiendo brazos durante un segundo y medio, antes de morderle, reivindicando su espacio para acabar escapándose de un salto. Sueña con que su gato no llegó a perderse nunca, y con que le acompañó en su traslado a Lesaka, a Atxaspi, dónde tendría que haberse instalado, por ser el único lugar en el que consigue tener, no una, si no infinidad de vidas propias. También sueña con el camarero, sí, si nunca ha renunciado a ser tópico es porqué le reconforta. Y se imagina hablando con él de arte, de filosofía, de literatura, de la tregua de ETA, sobre el calentamiento global, de la última película de Lars Von Trier. Y se sueña besando sus ojos negros, foráneos como los que le permiten mirarlo.


Tan solo hace un par de años que trabaja en la barra, los mismos que lleva en Lesaka. Bello y altivo, etéreo y esquivo, perfecto compañero y pericioso amante. Cuando mira su pelo azabache, imagina sus dedos deslizándose entre los brillos que le resaltan los focos de la barra. Igual que cuando el Señor Tanaka se interponía cada noche entre su libro y su cabeza, golpeándole, sobre su pecho, la barbilla para ser acariciado, sobre expuesto por la luz de la lámpara.


* * * * *


Hoy sirena insaciable, mañana Alfonsina Storni. La única constante de Karmen seguía residiendo en el mar. Su ánimo fluctuaba con las mareas, sus ganas con el viento. Aunque vivía en Hendaya, sus noches pertenecían a la luna, sus días a las nubes que no paraban de mecerla en un eterno desconcierto. Si estaba satisfecha con alguno de sus cuadros, lo celebraba con litros de alcohol en el barrio viejo de Irún, si se sentía decepcionada, había tomado la costumbre, sin saberlo, de acercarse a Lesaka a asfixiar sus angustias en toneladas de porros. Si le tocaba exponer, aparecía, o no, por las salas de exposiciones de Bilbo o de Donosti. Cuando sus piernas la guiaban, tomaba cualquier avión, dispuesta a presentarse por cualquier ciudad europea.


Los amigos para Karmen eran como los adornos de un árbol de Navidad. Ornamentos prescindibles destinados a celebrar una fiesta sin sentido, como su propia vida. Se consideraba una persona leal, su fidelidad no había sido nunca puesta en venta. Se entregaba sin condiciones, pero sólo si no se le exigía nada en absoluto. Se sentía viviendo rodeada de un séquito de pretendientes babosos, amigas envidiosas y admiradores sin sustancia.


Karmen nunca había estado sola, y menos desde que empezó a exponer y a ser mínimamente conocida. Pero en cuanto más rodeada de gente se encontraba, más ajena al mundo se sentía. Por mucho que lo intentase, no lograba realmente “empatizar” con nadie. No, como en esa fusión indestructible que le llegaba con cada una de sus obras en cuanto las terminaba. Era capaz de leer el alma de cuantos se le acercaban, y podía conseguir de ellos tanto como se le antojase, sin embargo, no lograba conseguir conectar con ninguno de ellos. No realmente.


Esa misma mañana había coincidido en la playa con unas amigas del instituto. La mayoría, había acabado como mujeres florero de algún respetable pueblerino. A muchos de ellos se los había follado sin demasiado interés antes de pasarle el relevo a sus teóricas competidoras. En sus robustos cuerpos parecía estar escrita la enseña “venérese después de usar”, y en cuestión de creencias, Karmen, siempre se había considerado más bien agnóstica en todos los sentidos. Cada vez que se reunía con alguna de ellas, socializaba lo justo, les daba a cuentagotas la información necesaria para que pudiesen seguir alardeando de haber estudiado con una chica famosa, y se acababa escaqueando con alguna excusa. Una de ellas celebraba esa misma noche, su compromiso con un chico de Lesaka, y si no hubiese sido porqué sus últimos bocetos le habían parecido una mierda, habría rechazado educadamente la invitación. Sin embargo, acabó accediendo, en ocasiones también escuchaba a su desidia.


Frívola y sonriente, sencilla y deslumbrante, hacia las ocho y media de la tarde, Karmen apareció por la puerta del Atxaspi como una divinidad procedente de otro planeta. Ajena a las miradas, se sentó en la barra, ya que no había quedado hasta media hora más tarde, y pidió, como de costumbre, una crema de orujo con hielo. Se lió un porro y miró a su alrededor buscando una mirada en concreto. Cuando la localizó, satisfecha de su logro, encendió su porro, pagó al camarero sin mirarle y cogió el Gara para echar un vistazo a las páginas de Kultura.


Todo lo que sabía de él era que se llamaba Pepu. Era catalán y judío, dos cualidades que siempre la habían desagradado, aunque no sabría decir exactamente el motivo. Cada vez que aparecía por el pueblo, se lo encontraba en la misma mesa, como si no se hubiese movido desde la última vez que lo había dejado allí.


Parecía ajeno al mundo. Rara vez hablaba con alguien. Sin embargo, se le veía feliz observando desde su burbuja. A ella le gustaría poder ser capaz de hacer lo mismo para sentirse menos sola. No había nada peor que estar destinada a regalar sonrisas a diestro y siniestro y no poderse dedicar ninguna a ella misma mas que cuando estaba pintando.


Le habían llegado rumores de que era escritor, otros comentaban que Guardia Civil, sus amigas simplemente le definían como friki homosexual. Ella absorta con su quietud, se limitaba a mirarlo. Bello y tranquilo, dócil y profundo, alma errante que le regalase una relación sincera, intensa y tormentosa. Imaginaba el binomio escritor/pintora mientras estudiaba las armoniosas facciones del extraño. Ensombrecía sus líneas marcadas con azul ultramar, difuminaba con diversos amarillos y ocres para resaltar sus huesudos pómulos. Utilizaba discretos magentas para sus estrechos labios, y para bordear sus ojos tristes.


Dando unas caladas más al porro, se sorprendió dibujándolo de nuevo, en una servilleta de papel con su lápiz de ojos. No tenía remedio. Lo habría dibujado varios cientos de veces. Conocía cada rincón de sus carnes expuestas y firmes, tímidamente musculosas.


A ésta invito yo”, le pareció oír del camarero. Vio su vaso de nuevo lleno a rebosar de crema de orujo y le sonrió mecánicamente alzando el trago para darle las gracias. Siguió pintando, esta vez en su agenda mientras pensaba si la excitación que sentía sería debida a la regla que le había bajado al despertarse o al dichoso haize-hegoa que endurecía sus pezones cada vez que soblaba sobre su camiseta cuando alguien lo dejaba pasar al abrir la puerta del bar.


* * * * *


Romántico y juglar, amigo de sus amigos, caballero errante, conquistador de Reinos cada vez que una ruptura le desterraba del último habitado, hacía dos años que Carlos, originario de ninguna parte, había llegado en peregrinaje a Lesaka.


Le había traído el viento sur, y apostaba que en otro de ellos también acabaría yéndose. No se consideraba una persona ambiciosa. Le bastaba con conseguir cualquier trabajo que le permitiese viajar a menudo, entre otros sitios, a cada uno en los que había vivido, y a pequeños vicios como el cine o el teatro, con conquistas o conocidos. El alcohol lo tenía cubierto, y los porros le salían casi gratis, gracias a los contactos que había conseguido trabajando en la barra. No pagaba demasiado alquiler y las distracciones en Lesaka eran pocas, y no excesivamente caras.


Paseaba por pechos franceses, se refugiaba en brazos navarros, buceaba entre piernas guipuzcoanas, ventajas que tan solo poseían las tierras fronterizas o excesivamente turísticas. Hablaba toda lengua que se introducía en su boca, y transmitía todas las aprendidas cada vez que con la suya, lamía el sexo de cualquier desconocida. Todas ellas únicas, irreemplazables, esenciales, maravillosas, mágicas y eternas, como piezas de una exquisita colección cuidadosamente escogida. Tratada con el respeto de la memoria, que permitía que no fuesen efímeras, ya que simplemente duraban lo que tardaba cada una de ellas en exprimirlo, consiguiendo el placer sublime que les otorgaba, y que rara vez habían experimentado con anterioridad, como si hubiese sido creado expresamente para sus cuerpos. Jamás satisfacía dos veces de la misma manera. Escuchaba las ansias de sus amantes y se ofrecía con exclusiva entrega a cada uno de sus oscuros y latentes deseos.


Cada mujer sonaba con una nota distinta, por lo que improvisaba diversas formas de tocar con cada una de ellas. En ese eterno concierto que había convertido su vida en una permanente orquesta sinfónica, no existían instrumentos menores, pero tampoco había lugar para solos, más que en contadas ocasiones. Curiosamente, uno por ciudad en la que se permitía el lujo de instalarse.


Lesaka desde el principio se le presentó como una sonata de instrumentos de cuerda, violonchelos y guitarras, violines suplicantes, cálidos contrabajos. Tal vez por el quejido del viento contra las ramas que le acabó arrastrando hacia allí, como siguiendo el sonido de un arpa. En la barra del Atxaspi nunca le habían faltado posibilidades de ligar, sin embargo, debido a las dimensiones del pueblo, se había autoimpuesto la premisa de buscarse amantes de fuera, incumpliendo su norma en muy contadas ocasiones, con alguna turista que se alojaba en el mismo hotel o con alguna chica de fuera a la que acababa invitando a su casa.


De todos los instrumentos de cuerda, tan solo uno destacaba entre todos los demás. Se llamaba Karmen. Bohemia e irregular clienta del bar. Bella y ausente, educada y felina, de armónica mirada y afinados movimientos, de cruel perfección e irresistible misterio.


Saberla tan cerca cada vez que visitaba el local, entorpecía sus capacidades, alargaba las horas que lo separaban del cierre, aumentaba su soledad. Concepto difícilmente comprensible en un trabajo en el que ni en un solo momento la experimentaba de veras. En ocasiones, se la había encontrado en la playa de Hendaya. Jamás se había atrevido a saludarla. Se imaginaba simplemente como sonaría, en silencio, bajando su mirada, como estaba haciendo en ese preciso instante. Repetición incansable de todos los que había compartido con ella, a apenas un metro de distancia, sin un solo cruce de miradas, con la certeza de que ella no sabía ni que estaba allí.


Observando a Karmen conversando con sus amigas, se sirve otro orujo de hierbas en vaso de tubo con tres hielos. El quinto desde su entrada. Pincha música algo más animada y baja las luces. En el ambiente percibe que los clientes lo agradecen.


* * * * *


Sopla Haize-hegoa. La gente se refugia en sus casas y cierra las contraventanas. En Atxaspi, el único bar del pueblo que permanece abierto a esas horas, el camarero empieza a barrer el suelo invitando a los pocos que quedan a abandonar el local. Alguno de los asiduos, le ayuda con las sillas de la terraza de fuera y a subir los taburetes a la barra para que pueda pasar la escoba con mayor facilidad. Cuando cierra la puerta de madera de la entrada, y da salida a los rezagados, sonríe a una de las chicas que conversa animosamente con una de las compañeras de su “kuadrilla” con la que lleva toda la noche bebiendo. Ella ni se percata.


Una vez en el interior, se da cuenta de que todavía queda un cliente sentado en la mesa bajo la ventana de la izquierda, junto a los lavabos. El de siempre, un alma solitaria como en esos momentos siente la suya. Vuelve a la barra a servirse el último orujo de hierbas que bebe de un solo trago, y al salir se da de bruces contra el rezagado. Éste besa al camarero aprovechando su sorpresa, y ante la suya es correspondido.


Mezclándose los diferentes aromas de orujo de ambos, sus bocas son iluminadas mientras se entrelazan por el letrero verde de cerveza que parpadea. Desde fuera, la chica, algo borracha, puede ver la escena desde la pequeña ventana. Una mueca de decepción, solo perceptible por ella, invade su rostro.


Tras el beso verde, llega algo de sexo. Sin música, desenfocado como el bar a ojos de ambos, sumido en la niebla que a menudo ronda sobre Lesaka. El olor a semen y a orujo puebla sus mentes.


* * * * *


Karmen ha conseguido plasmar la rabia en el burdo retrato al óleo que ha hecho del escritor, guardia civil, friki homosexual. En su mente se dice que nunca volverá a pisar ese pueblo de mierda. Titula la obra “Soledad”, como su madre, como la hija que nunca tendrá la posibilidad de abortar.


Pepu sueña despierto. No ha dormido en toda la noche saboreando el placer de un orgasmo que le acompañará mientras viva. Como resultado de haber roto su sigilosa rutina, como recuerdo de haber conseguido por una vez algo que deseaba tanto, dejar de estar solo.


En un impulso coordinado por la ausencia de ataduras, Carlos sigue el viento sur, en búsqueda de lo que nunca acabará encontrando. Un instrumento que no deje de sonar, y lo más importante, lo suficientemente resistente como para aguantar un solo eterno. Sus maletas siguen al haize-hegoa que lo ha guiado siempre.



CERRANDO CICLOS:
TRÍADA SOLITARIA I : TERRAL
TRÍADA SOLITARIA II: SOLSTICIO

8 comentarios:

Xim dijo...

¿Qué voy a decir que no haya dicho ya?...

Well done Kss again and again...

X

Argax dijo...

Buenísimo.
Personas que se rozan apenas.

Un saludo.

Arezbra dijo...

Me ha recordado, por un momento a "Obaba". Me he perdido buceando en personas que no conocía pero que, gracias a tu perfecta descripción, conozco al dedillo ahora. El día "normal", no de las personas que la sufren, sino de las soledades que soportan a esas personas. Estoy flipando literalmente. Me encanta leerte porque me imagino cómo lo escribes.

عمَر dijo...

hasta tus silencios transmiten cariño, xim, gracias por leerme y estar siempre ahí...

justamente esa era la intención, argax, además de cerrar ese ciclo de soledad con el q ya dejaba de sentirme identificado... en las tres partes de la tríada a penas se conocen los personajes entre ellos. en la primera se encuentran en sus respectivas huidas, en el segundo en sus ansiadas muertes, aquí en una rutina a la q han llegado sin saber muy bien pq... tengo q pasarme por tu espacio más a menudo e intentar corresponderte, al menos de vez en cuando... soy bastante desastroso en mi gestión del tiempo dedicado a internet...

jo, arezbra, lo q comentas me llega de verdad, pq a pesar de describir a los personajes tan detalladamente, lo único q me interesaba transmitir de ellos eran sus propias soledades, las verdaderas protagonistas... con tus escritos tb acostumbro a hacerme una imagen del momento en el q los forjas... es curioso, pq en el fondo es prácticamente imposible q coincida con la realidad, pero hace q nos sintamos en mayor conexión con el texto, supongo... en este caso, empecé a escribirlo en atxaspi, y acabé en casa, encima de la cama, con una copa (o varias) de orujo, libreta y boli bic... XD ah, y con mis gatos dándome el coñazo entre las piernas, como siempre...

besos grandes a los tres, y gracias de nuevo.

Xim dijo...

¿Mis silencios? el primero en llegar siempre y dices mis silencios???... Quizás deba pasarme a la retaguardia como hacen otros "silenciosos"...

عمَر dijo...

cómo te lo tomas, xim, y todo por no utilizar el condicional q odio... hasta ellos me "transmitirían" ese cariño q sigo recibiendo... y de silencios trata la historia después de todo, en ningún momento he querido hacer un reproche... ¿q motivo "tendría" para hacerlo? si no me sueles dar ni tiempo a releerme, cosa q adoro, por cierto... XD
y no te me enfades :(

Argax dijo...

A mi me vale con que sigas dejándome asombrado, con que sigas enseñandome lo bien y profundo que se puede dibujar un personaje (y de paso su soledad), si te pasas por mi espacio pues mejor, así podremos intercambiar experiencas, pero lo que tienes que hacer es seguir creando estos textos que poseen una cualidad superior difícil de definir, mucha belleza, mucha credibilidad.

Un abrazo.

TUT dijo...

Has hecho, nuevamente, que sienta en mi cara el haize-hegoa, que me quede en un rincón del Atxaspi observando a los parroquianos, a Pepu sentado en la silla del fondo, junto a la ventana, mirando como mira a los chicos, como piensa en lo que piensan, en quienes son, como mira al camarero y como el deseo le retuerce las tripas. He visto a Karmen debatir cualquier tema con sus amigas mientras se fuma un porro tras otro y yo también he sido testigo de como Pepu y el camarero se besan al cerrar el bar.
Yo también estoy en Lesaka, porque soy amigo del catalán judio.

¡ Joder Omar !, que más puedo decirte, que eres la leche...

Un besazo de los gordos.