martes, 23 de febrero de 2010

HISTORIA DE YO



Yo no sabe a ciencia cierta cuando nació, sin embargo recuerda que le han contado que midió tres dedos y medio de largo por dos de ancho. Le hubiera gustado preguntárselo a su madre, pero nunca tuvo la oportunidad de hacerlo porqué fue abandonado en el contenedor que está entre el quiosco y la parada de autobús una hora después de haber llegado a este mundo. Sobre su padre nadie pudo decirle nunca nada, así que creció en un vacío familiar perfecto para el nombre que más tarde adquiriría.

De un palacio verde a otro sin ventanas, Yo fue trasladado por un barrendero, con contrato temporal a quien habitualmente no le correspondía la limpieza de esa zona, que reparó en la caja de zapatos que había sido puesta junto al contenedor, en el momento en que tomaba una pausa para comprar tabaco. Tasio, el barrendero que nada sabía de niños ni de cajas de zapatos, al escuchar lo que creyó un balido, cogió la caja y se la llevó a su prima Maria Teresa, que se había criado en un caserío y que mucho sabía de ovejas. Un día más tarde, con mayor peso y menor ruido, ya que por todos es sabido que los gritos encogen y adelgazan, Maite decidió llevar al recién nacido a la Borda de sus ancestros, donde antaño habían residido cientos de ovejas y que en la actualidad servía de refugio a alguna errante que se escapaba de los terrenos colindantes, así como a algún otro animal que lo utilizaba como segunda residencia. A la vuelta, Maria Teresa enfrascó la tristeza de la separación, en un tarro envasado al vacío que colocó junto al contorno de ojos, nunca más volvió a sentirla.


Tasio, barrendero ocasional y malabarista en tiempos de crisis, como le gustaba decir a su prima, tenía un talento excepcional para actividades poco rentables. Una de las cuales era la de fabricante de espejos. A través de los años había llegado a perfeccionar tanto su técnica que en toda Navarra nadie hacía espejos como los suyos, de hecho no podían encontrarse iguales en ninguna otra parte del mundo, puesto que tenían la particularidad asombrosa de mostrar a quien se mirase en ellos de una forma tan fiel que podía leerse el alma. Únicamente vendió uno, y el comprador, un noble de algún condado de la zona, quedó tan sorprendido como insatisfecho, lo que arruinó una carrera que ni había llegado a despegar. Así que continuó aplicando su talento excepcional, acumulando espejos, cada vez con cualidades más asombrosas. Como en casa de su prima Maria Teresa, con quien compartía una buhardilla, ya no quedaba sitio para guardarlos, entre los dos decidieron llevarlos a la borda para hacerle compañía al pequeño, así como para librarse de un exceso de stock que ya no les permitía seguir caminando con normalidad por la casa.

El pequeño tuvo una infancia feliz aunque fatigosa. Amamantado por una oveja negra que decidió adoptarlo estableciendo su residencia definitiva dónde antes sólo iba de forma ocasional, creció sano en un palacio sin ventanas pero con tantos espejos que el mundo le parecía inmenso. Tardó más de la cuenta en aprender a andar porque se cansaba mucho más que el resto de personas, por lo que él caminaba y por todos los pasos que daba en cada uno de sus reflejos. Por el mismo motivo todos los movimientos que hacía, le cansaban de forma directamente proporcional al número de espejos en los que aparecía.

Maite se pasaba por la borda todos los viernes para limpiar los desperfectos semanales, sacarle brillo a los espejos de su primo, siempre con los ojos vendados, y asegurarse de que el pequeño y su nueva inquilina tenían todo lo que pudiesen necesitar. Tasio tan solo la acompañaba una vez al mes, aprovechando para llevar algún otro espejo y colocarlo en un sitio adecuado, respetando siempre los detalles de un mismo ritual, sentarse frente a la nueva incorporación con Yo en su regazo mirándose juntos durante horas. En esas ocasiones la plenitud del descanso también era doble, y el pequeño recuperaba el cansancio acumulado por no tomarse la serenidad de hacer lo mismo cuando estaba solo. Ni la oveja negra ni Maria Teresa participaban en dicha ceremonia. La madre adoptiva había desistido al no reflejarse por muy cerca que se plantase de cualquiera de los espejos. Maite lo había hecho una sola vez al haberse caído de bruces encima de uno cuando la buhardilla estaba abarrotada de ellos, y si el dolor de la caída había sido inmenso, el ocasionado por el reflejo le había dejado una secuela en la espalda de la que no llegó a recuperarse nunca.

Con el tiempo, Yo llegó a comunicarse con todos y cada uno de los espejos que iluminaban la borda, su contacto con la oveja negra llegó a parecerle tan poco real por el simple hecho de no reflejarse, que la única amiga, madre y compañera de fatigas que había tenido, acabó abandonando la borda para instalarse en otra más cerca del mar. Maite no pudo enfrascar la decepción de su inquilina, no habría encontrado tarro suficientemente grande para guardarla toda, además de que la oveja negra decidió abandonar los parajes un jueves, de forma que cuando Maite llegó al día siguiente, ya se había marchado con su pesar. La oveja que no se había reflejado nunca, para el pequeño tampoco parecía haber existido. No pasaba lo mismo con Maite, que aunque se negaba a ver su propio reflejo poniéndose como venda la corbata negra que su padre usaba en los funerales, el pequeño sí que la veía junto a él, por lo que aunque lejana, la percibía como verdadera.

Yo nunca creyó necesario aprender a hablar, además de que nadie se tomó nunca la molestia de enseñarle a hacerlo. Su contacto con personas se limitaba a la sesión mensual de descanso extremo que compartía con Tasio, y éstas siempre eran en absoluto silencio, y a la visita semanal de su benefactora Maite, que al dirigirse a él asegurándose de no reflejarse en ningún sitio, Yo era incapaz de escucharla, y cuando se reflejaban juntos en alguno de los espejos porque ella lo estuviese limpiando a ciegas, la concentración le impedía formular ninguna palabra. Así que nunca llegó a familiarizarse lo suficiente con el lenguaje como para llegar a practicarlo.


Las visitas ocasionales de determinados animales, principalmente ovejas, que habían caracterizado la borda a lo largo y ancho del tiempo, escaseaban ahora de forma sorprendente. Al parecer se había corrido la voz de que cientos de niños aparecían y desaparecían de las paredes, a esas alturas, ya completamente cubiertas de espejos. Asustados por los rumores y sin atreverse a verificarlo por sí mismos, fueron dejando de acercarse, hasta convertir la borda en una casa maldita por la que ya sólo moraba la presencia del niño. Además, Maria Teresa había recibido una oferta interesante para enfrascar la rabia de un grupo de parlamentarios en un lejano país, y Tasio desolado, y con un pequeño bote de mermelada donde su prima había había envasado la melancolía, decidió marcharse a tierras del este a probar suerte con la venta de espejos, así que Yo también dejó de recibir la compañía de esos dos extraños seres que lo habían acompañado desde siempre.

Sin raciones semanales ni leche de oveja, Yo tuvo que ingeniárselas para sobrevivir, cosa que le fue posible gracias a una manzana que Maite le había regalado antes de irse, Tasio no se vio capaz de despedirse de él, siempre había sido un sentimental y no podía controlarlo. Así que bocado a bocado, teniendo en cuenta que cada mordisco alimentaba en función de las veces que se reflejaba en los espejos del palacio sin ventanas, Yo llegó a la edad adulta sin más compañía que la suya propia, además de la de alguno de los gusanos que salían de la manzana.

Con la edad, el cansancio aumenta, y si al menos uno tiene la posibilidad de sorprenderse mientras se va conociendo a sí mismo, el camino puede ser menos tortuoso y más divertido. En el caso de Yo, reflejado desde niño en la verdad absoluta, nunca hubo lugar para la sorpresa, ni para la decepción, ni para la tristeza. Aunque debería decirse que en realidad nunca hubo lugar para ningún tipo de sentimiento, bueno o malo. Cuando uno se ve tal como es desde siempre, ni siquiera cabe el acabar aburriéndose de uno mismo, entre otros motivos por desconocerse el significado del concepto “diversión”.

Yo, en la posición del Loto permaneció varios cientos de años postrado frente al mayor de los espejos que reflejaba la gran mayoría de los que Tasio había instalado por toda la borda. Con la vejez había aprendido que el menor de los movimientos, multiplicado por el poder de la magia del barrendero, podía ser letal, y si a algo no estaba dispuesto era a desaparecer. Por la misma razón también empezó a dejar de parpadear, por la fatiga que suponía el movimiento, así como por la fracción de segundo en la que cesaba de verse.


Sin apartar nunca la mirada de sus reflejos, ni moverse, ni parpadear, y alimentándose únicamente del reflejo del esqueleto de la manzana que le había permitido llegar a la edad adulta, Yo fue testigo silencioso de guerras, de reinados y de repúblicas, de dictaduras y de anarquías; víctima de terremotos y de huracanes, de tormentas de arena y de eras glaciales; sobrevivió al fin del mundo y al principio de los tiempos; fue inspirador de diferentes dioses y en él se basaron muchas teorías sobre el agnosticismo de diferentes culturas; pudo haber nacido millones de veces y conocer senderos infinitos; mas prefirió seguir mirándose a sí mismo.


Cuando un día, de una estación desconocida, de un calendario que aún no existía, con los ojos abiertos dejó de verse, supo que el mundo se había acabado. En su mente sólo había un negro intenso como el de la oveja que lo amamantó y que nunca llegó a ver, como en el que se había convertido la manzana que le había permitido continuar en vida, como el de las cenizas de Maria Teresa y de Tasio, que seguramente volarían entrelazadas en algún universo en movimiento y que también se le escapaban. Fue un negro tan envolvente, que ni el recuerdo de su reflejo llegaba a percibirse entre las sombras. Llevaba tantos siglos mirándose que no se le había ocurrido memorizar su imagen al no imaginarse que algún día acabaría por no poder seguir haciéndolo. Así que al despertarse en el fin de los tiempos, con un velo que le sostenía los párpados abiertos aunque no permitía que la luz siguiese pasando, Yo cesó de respirar. De hecho nunca había aprendido a hacerlo, siempre se había limitado a seguir las instrucciones de los que sí que eran de verdad, sus propios reflejos. Lamentablemente, ese último suspiro, esa última exhalación no pudo ser enfrascada por Maite, que llevaba años luz lejos de este mundo, ni recogida por ninguno de los espejos de Tasio, porqué aunque se reflejase su muerte, nunca hubiese sido capaz de verla sin sus ojos de antes, cuando se veía y la vida existía realmente. Yo llegó al final de los tiempos, sí, pero éstos no fueron testigos ciegos como el lo había sido sordo de ellos, nunca supieron que el había existido.

jueves, 18 de febrero de 2010

LA ENVIDIA DEL DIÁLOGO

Excepcionalmente haré una pequeña introducción para el presente texto.

Cuando creé el blog y a pesar de haberlo tenido más que muerto durante algún tiempo, fue con la idea original de publicar "Los Siete Diálogos Capitales y otras Satisficciones", empezando por la Soberbia, uno de mis pecados favoritos, y continuando con la incorporación a cuenta gotas de determinados relatos, casi siempre sin pulir. El primero de los textos es de marzo del 2006.

Dejo enlace por si interesa la lectura, haciendo la puntualización (comercial) de que se trata del más corto de los siete.

LA SOBERBIA DEL DIÁLOGO


El formato de alguno de los textos es de libreto, sin especificaciones posturales ni de localización, tampoco existen anotaciones del narrador, por lo que no pretenden ser obras teatrales, aunque se asemejen en forma.

Dicho lo dicho, dejo el texto. Feliz lectura.



ACTO 1

-Hola. Soy yo. Virginia.
-Si sigues repitiéndolo tal vez acabe por creerte.
-Virginia. Soy Virginia.
-Sólo te falta el espejo y una sonrisa forzada.
-Hola. Estoy sola. Esto no me está sucediendo a mí.
-¿Has probado a abrir los ojos? Tal vez sea sólo un sueño...
-Virginia. Me llamo Virginia. Esta es mi voz. La única que suena.
-“Virginia, Virginia, me llamo Virginia”...
-No. Yo me llamo Virginia y estoy sola.
-Sabes que no es cierto. Es la primera vez que te diriges a mí, pero ya eras consciente de que yo estaba contigo.
-¡Dios mío! ¡Esto no me está pasando!
-Virginia. Esto te está ocurriendo a ti, por supuesto que sí. Y deja de repetir esa fastidiosa frase, por favor, me aburres...
-Virginia, soy Virginia...
-Sí. Y también te agradecería que dejases de repetir tu nombre. Resulta cansino.
-Pero si es lo único que tengo...
-Deja de engañarte. También me tienes a mí. Madura.
-Soy Virginia. Oigo voces. Empiezo a enloquecer...
-Entonces, sí que estamos mal, sí señor...
-Quiero que paren. Estoy sola.
-Además de aburrida, maleducada.
-Soy incapaz de discernir entre la realidad y la imaginación.
-Eso se llama locura, en ello te doy la razón. Aunque francamente no entiendo por qué lo dices.
-Estoy sola. Soy Virginia.
-Locura, no soledad. ¿También tenemos problemas con el lenguaje?
-Sólo tengo que abrir los ojos.
-¿Y de coordinación de los músculos faciales?
-¡Abre los ojos, Virginia!
-Ahora estamos de acuerdo en algo, cuando alguien se habla en segunda persona, muy bueno no es. Pensaba que repetías tu nombre, cuestión de autoreafirmarte, pero ahora veo porqué estás tan preocupada.

ACTO 2

-La voz de la cordura me abandona...
-¡Uy! ¿También estaba con nosotras?
-Se aleja...
-¿Y ni siquiera nos presentas?
-Huye...
-No me digas que también puedes verla... Estás peor de lo que pensaba...
-Ahora ya estoy perdida.
-¡De perdidas, al río!
-La voz de la locura reclama mi exterminio...
-Ella es nueva. ¿También puedes verla?
-¡Quiero que se vaya! Sólo basta con abrir los ojos...
-¿Y ya estaba en la habitación con nosotras cuando se fue la de la cordura? Realmente es una rabia, me hubiera gustado tanto conocerla... Dicen que es muy simpática aunque algo bobalicona. -Al menos tendré el honor de conocer a esta última, espero...
-Por favor. Para de martirizarme. Sé que no eres real. Sólo te pido que te vayas...
-¿Sin conocer a la recién llegada? ¡Ni hablar!
-¡Qué descaro!
-Qué menos que una presentación en toda regla, Virginia...
-¿Una presentación? ¿Me tomas el pelo?
-No. Se llama protocolo. Aunque me gusta más la forma gala, politesse...
-La voz de la locura me pide una presentación consigo misma...
-Y ahora osa insultarme. ¿Pero no habíamos quedado en que la loca eras tú? Si será cierto al final. ¿O tal vez se trate de una artimaña para no presentarme a su nueva amiga?
-No hay presentaciones.
-Eres una antisocial, Virginia.
-Estoy sola. En una habitación con la puerta cerrada. A oscuras...
-Y una lunática egoísta.
-Puedo controlar mis propias voces.
-Me estás haciendo un lío, Virginia. Al final ¿Cuántas somos en la habitación? Tu plural confunde. -Quizás esté en una convención de féminas y no sea consciente de ello...
-Tú no existes, no estás conmigo.
-Sabes que sí.
-Estás en mi interior.
-Y ahora llegan las contradicciones. Estás, no estás, estás dentro, fuera, bla, bla, bla...
-En mi cabeza.
-No te niegues a la evidencia, sabes de sobra que ese no es el sitio en el que verdaderamente estoy. No te engañes, Virginia.
-Sólo eres una voz que retumba en mis oídos.
-¡Y yo sin saberlo!

ACTO 3

-¡Vete! Abandona mi alma...
-Los exorcismos ya están pasados de moda... Ahora le sale la vena católica... ¿Y para qué iba a querer yo tu alma?
-Deja de formar parte de mí.
-Tiempo al tiempo, Virginia.
-Abandona mi cuerpo.
-Por fin algo sensato. Lo primero de la tarde.
-Deja de poseerme.
-La lucidez ya duraba demasiado. ¿Poseerte dices? Qué mente tan sucia. ¿Así te atreves a definirme?
-Ni te conozco.
-¿Y tú me creaste? ¡Qué decepción!
-Yo no he creado nada. No soy responsable de las voces que me llegan.
-En eso también estamos de acuerdo. Responsable, lo que se dice responsable, pues no, la verdad es que no lo eres. Por lo menos coincidimos de nuevo.
-Yo no tengo nada en común contigo. Sal de mí.
-Te he dicho que eso es sensato, no que vaya a resultar sencillo.
-La locura apela a la sensatez, y filosofa sobre las dificultades...
-No soy la pérdida de raciocinio, o sí, según se mire, pero en todo caso sería la tuya. Si digo que es sensato es simplemente porque resulta factible, no por considerar a la sensatez como a una de tus virtudes.
-Pues si es posible, ¡hazlo! ¡vete!
-Te vuelvo a repetir que no es fácil. Sólo tú puedes echarme, pero para eso se necesita valentía, no tan solo palabras desordenadas.
-¿De nuevo vas a proponerme el suicidio?
-Tergiversar palabras ajenas parece ser uno de tus dones, sin embargo, tienes razón en que con mi muerte acontecería la mía. Pero seamos realistas, Virginia, si no tienes agallas para echarme, ¿crees realmente posible tener las suficientes como para acabar con tu vida?
-No quiero morir.
-Ni yo tampoco.
-Pero tienes que irte, aunque eso signifique tu muerte.
-¿Y por qué no mueres tú y yo me quedo? Si lo que quieres es no estar conmigo, eso también sería una solución. Y una lástima, la verdad...
-¡Gozo el mío!

ACTO 4

-No seas exagerada. Hace años que ignoras el significado de esa palabra.
-No hace tanto tiempo que me conoces.
-Por supuesto que no. Estaríamos igual de locas.
-Eres cruel.
-Sólo repito tus conclusiones.
-Tú no sabes nada de la felicidad de las personas.
-Es cierto. Pero me basta con saber de la carencia de la tuya para decir que desconoces el significado del gozo, con conocimiento de causa.
-Soy feliz.
-Puedes hacer como con tu nombre, repetírtelo mil veces hasta que te lo creas. En ocasiones hasta funciona. ¿Has oído hablar del efecto placebo?
-Tengo un trabajo...
-...qué odias.
-Una familia...
-...a la que no ves nunca.
-Eres una mentirosa. También tengo un montón de amigos.
-Sí, claro. Cuya lista se limita a mí, sin contar las otras voces de las que hablas. Interesante vida social, sí señor.
-Un novio.
-¿Y a mí me llamas mentirosa? ¡Qué desfachatez!
-Tengo una relación.
-¡Descarada! ¿Al revolcón de hace tres meses le llamas “pareja”?
-No sabes nada del amor.
-Lo suficiente como para saber que no lo tienes.
-¿Mi vida es una mierda? ¿Es lo que intentas decirme?
-¿Y me lo preguntas a mí? Yo solo pongo las comas a lo que dices, acabo tus frases, pero no hago afirmaciones absolutas.
-Dices en tono seguro que no conozco la felicidad...
-Únicamente cuando aseguras tenerla.
-Que no tengo amigos, ni compañeros...
-Por qué aunque intentes creártelos, no es cierto que existan.
-Que odio mi trabajo...
-Puesto que es cierto. ¿Y qué hay de malo en ello?
-Estar encerrada ocho horas diarias en una cárcel blanca de tareas repetitivas ¿tendría que gustarme, según tú?
-Otras personas sobreviven.
-Yo estoy aquí.
-Y lo hacen sin lamentarse.
-¿Tendré derecho a dar mi opinión?
-De opiniones sin futuro está lleno el cementerio...
-¿Mejor morir que trabajar?
-Simplemente digo que es más provechoso, históricamente hablando, pasar a la acción que anclarse en la queja.
-¿Cambiaría mi vida si lo hiciese de trabajo?
-Seguirá siendo igual de gris si no lo haces nunca.
-¿Y el amor? ¿También soy yo la responsable?
-¿Por ser incapaz de sentirlo, te refieres?
-Tienes razón, todo es culpa mía.
-Al fin y al cabo es tu vida.
-Soy responsable de todo lo que me sucede.

ACTO 5

-¿Ha llegado la hora del juicio final, o lo ha hecho el final de la hora del juicio?
-Mi juicio se fue cuando tú llegaste.
-Te vuelves a engañar. Cuando vine, él ya se había ido hacía tiempo. De poco me habría servido que aún estuviese, supongo que tampoco me lo habrías presentado, como hiciste con las otras voces. Nunca fuiste una buena relaciones públicas.
-Eso es una afirmación rotunda, de las que dices no hacer nunca.
-Acabo de hacer una constatación de un hecho concreto que he tenido el infortunio de vivir en mis propias carnes.
-¿Ahora también vives?
-Nunca he dejado de hacerlo, Virginia.
-¿Siempre has estado conmigo?
-No soy tu locura, Virginia. A diferencia tuya, tengo un elevado respeto por las normas de educación y cortesía, por lo que sólo vengo cuando me invitan.
-Pero no te vas cuando te lo piden.
-Ya te he dicho que el acto es más efectivo que la palabra.
-Pues en la palabra pareces refugiarte.
-No va nada contigo ese comportamiento demagógico.
-Vives y tienes carne propia, si he de creer en todo lo que dices...
-Vivo porqué tú deseas que así sea, y la carne por el momento tan solo es compartida.
-¿He de suponer que es conmigo con quien la compartes?
-No soy yo la que oye voces, ni la que habla sola. No soy yo la que se lamenta de no tener, y que en vez de hacer algo por conseguirlo, envidia y se queja sin cese. Por supuesto que es contigo. Yo sólo a ti me dirijo.
-Si tan reprochable encuentras mi locura, mi autocompasión y mi envidia. ¿Por qué no me dejas sola, tranquila en mi desdicha.
-Porqué ya te he dicho que sólo con el gesto me iré. Tu voluntad tendrá que acabar reaccionando si quiere perderme de oído.
-Tan solo eres una voz, que vive en mis entrañas y que me atormenta sin descanso.
-Hasta el momento, la mejor definición que de mí has hecho. La envidia ha servido para algo bueno.
-¿La envidia de quién? ¿Y por qué motivo?
-Tu propia envidia te esta dando la lucidez suficiente. Empiezas a comprender. De ahí a actuar, aún queda un arduo camino.
-¿Y dejas mis preguntas sin respuesta?

ACTO 6

-Envidia es lo único que te queda. Te ha educado en el lamento y el conformismo. Al menos ahora te ha proporcionado la inteligencia suficiente como para acercarte a mí.
-¿Y es a ti a quien se supone que envidio?
-Envidias todo lo que te rodea. ¿Por qué iba a extrañarme que lo hicieras también conmigo? Si por el contrario, no lo hubieras hecho, habría empezado a preocuparme. Pero puedo estar tranquila, el orden natural de la decrepitud humana sigue su curso...
-¿Todo lo que me rodea, dices? Si mi entorno es una desdicha ¿qué objeto de admiración y aun menos de envidia podría encontrar en él.
-Retomemos el trabajo.
-¿Acaso podría envidiar a las pobres desgraciadas que están en mi misma situación?
-Justamente...
-Si ni siquiera tienen sangre en las venas. Ni sienten, ni padecen. Ya se han ahogado de pleno en la prisión laboral y no les queda energía ni para compadecerse.
-¿Cómo la que a ti te falta para actuar, quieres decir?
-Al menos no trago en silencio.
-Y envidias que ellas sí sean capaces de hacerlo...
-No, eso me parece vergonzoso y cobarde, no envidiable.
-Pero tan cómodo...
-Ni siquiera tienen dos dedos de frente para darse cuenta del pozo sin fondo en el que se hallan.
-Por eso ellas sí han conseguido ser felices.
-¿Por qué son ignorantes? ¿De eso tendría que tener envidia?
-Porqué al menos, ellas son capaces de gozar como tú ya no puedes. ¿De eso te sirve tu inteligencia, Virginia? ¿Cómo limitación? Te gustaría tener esa misma venda en los ojos. ¿Por qué crees si no odiar tanto a esas pobres ignorantes, como tú las llamas? Porqué te corroe una profunda envidia.
-Yo hubiera dicho que más bien siento lástima por ellas.
-Lastimarse. Muy propio de ti. La reina del lamento y emperadora del drama. ¿Y en la amistad, -Virginia, también sientes lo mismo? ¿Albergas también lástima por aquellos a quien conoces?
-Nadie me inspira total confianza como para frecuentar un único círculo y prescindir de conocer otros nuevos. Idealizan la amistad.
-Como a ti te gustaría ser capaz de hacer...
-En absoluto. Lo encuentro ridículo. Un intercambio social mínimo me satisface...
-... porqué les envidias.
-No. Porqué no necesito sentirme necesitada.
-Pero te gustaría poseer la grandiosidad de ese sentimiento, la libertad que les embarga.
-¿Libertad lo llamas? ¿A limitarse a llorar, llamar por teléfono o cuchichear con gente, por no ser capaz de asumir que en el fondo todos estamos solos, y que la gran ficción llamada amistad no sirve más que para encubrir la realidad?
-Esa soledad de la que tanto te gustaría escapar, tu desconcierto al ver que otras personas sí son capaces de ello, aunque sea bajo el cobijo de una mentira.
-De nuevo declaras que la felicidad se esconde tras la ignorancia. ¿Sería mejor, pues, que me vendara los ojos para ser feliz?
-Envidias a los que nunca serán tus amigos porque ellos sí son capaces de conseguirlo.
-Y yo no, claro. ¿Y a mis amantes? ¿A ellos ambién les envidio? ¿Por qué ellos tienen pene y yo ansío tener uno?
-Misógina y envidiosa. No. Porqué ellos sí son capaces de amar, y tú te sabes incapaz de hacerlo.
-Y cegarme de amor me haría feliz.
-De nuevo unos ignorantes a los que envidias por el mismo motivo, como a tus compañeros de trabajo, como a tu familia...
-¡Los que faltaban! La otra gran mentira universal. El origen de todo. El pilar sagrado que hay que venerar ante todas las cosas.
-Ellos se sienten seguros y arropados, porque se tienen los unos a los otros...
-Porqué les han impuesto quererse. No han tenido la posibilidad de elegir. ¿Tengo que querer a mi madre por algún motivo en especial? ¿Debería agradecerle que me diese la vida? ¿Este regalo tan envenenado y precioso? ¿Y a mis hermanos también tendría que guardarles estima por haber estado a mi lado como estigmas constantes, como parásitos permanentes, como testigos silenciosos de un sinfín de vergüenzas y épocas olvidadas? ¿Me sentiría más segura en esa mentira? Sí, claro... Como engañándome con el trabajo, amantes y amigos... Permíteme que me ría...

ACTO 7

-Por una vez no te lamentas.
-Por una vez no me insultas.
-Por qué empiezas a liberarte.
-¿Y eres tú quien me quita los grilletes?
-No. La envidia es quien te hace libre, ya que de tener el objeto envidiado volverías a tu celda. Por eso me envidias a mí.
-¿Y a Dios? ¿Y a la madre naturaleza?
-Dios, sabes de sobra que no existe, razón de más para envidiarle.
-Sabía que podrías darle la vuelta..
-Y la naturaleza posee la perfección que tú nunca tendrás.
-¿Ahora busco la perfección?
-No eres más que envidia.
-¿Y me lo dice la voz de la conciencia que ni siquiera está en la habitación?
-Te lo dice tu hija, que de sobras sabes bien que te acompaña, y a la que no tienes que amar por el simple hecho de darle la vida.
-¿Y debería pedirte perdón por quitártela?
-Tendrías que armarte de valor para hacerlo. Las excusas serían lo más sencillo...
-¿Y por qué envidio a un trozo de carne no nato? ¿A un accidente? ¿A una decisión no tomada?
-Porqué tengo algo de lo que tú careces.
-¿Una placenta que me aisla de la realidad?
-No me tomes por imbécil...
-¿Juventud? ¿Una vida por delante?
-Ni te ancles en el cinismo.
-¿Qué coño tienes que yo ansíe? ¿Qué puedo envidiar de algo que yo misma he creado?
-La posibilidad que aún tengo de no nacer, que no es la misma que la de quitarse la vida. Esto último es vulgar, carece de originalidad, y asume la derrota. En cambio yo puedo ser todavía realmente libre, y sin hacerlo a través de la envidia. No poseo la ignorancia que tu envidias por dar la felicidad, ni envidio porque aún no tengo.
-¡Qué profunda! ¡Y sin haber nacido!
-Si abortas me seguirás envidiando siempre por haberme liberado, y si no lo haces, también, por existir la posibilidad de que me conforme como el resto.
-Estoy perdida entonces...
-Como lo has estado siempre. No debería tratarse de un sentimiento nuevo. Así que no tendría que sorprenderte. Nunca has sabido lo que quieres...
-Lo que realmente deseo es perderte de vista.
-Pues hazlo. Como hiciste con la cordura, la felicidad y la locura. Pero ten claro que nunca podrás hacer lo mismo con la envidia.
-Ni liberándome de ti me abandonará la envidia. Tendré que resignarme.
-Al menos siempre te quedará ella. Esta habitación. Tú misma.

viernes, 12 de febrero de 2010

LA SOPORTABLE GRAVEDAD DEL VACÍO



Sobre mi cabeza no hay más que vacío.

La inmensidad reposa en mi cráneo,
el pulso se acelera.

Cada respiración se acorta respecto a la anterior.
El suelo desaparece,
mis pies son absorbidos por la nada.

El cielo me aspira,
mis órganos se desplazan hacia arriba.
Mi izquierda desaparece,
la derecha se esconde.

Los tonos se aclaran
como en una vieja cinta de Súper ocho
que nunca ha sido restaurada.

Los bultos que representaban personas a mi alrededor,
ya no son ni sombras,
La luz se los ha llevado.

Estoy flotando en el aire,
y sin embargo,
me siento más pesado que nunca.

Todo es demasiado extenso para tener perspectiva.

Desearía estar en un féretro,
resguardado.


Sólo entre cuatro paredes,
lo suficientemente estrechas como para sentir que existo,
podría saberme seguro.

Quiero ser libre,
libre en un ataúd,
notando la presión de la madera en mi cuerpo,

Escucha el silencio.

A gritos te pide que acabes el trabajo,
que cambies el calor de tus abrazos
por la estabilidad de la tierra.

Que me cubras,
y me olvides,
que me entierres
para no poder volver a llenarme de ti.

Que una lápida de mármol sin grabados
se te escape y me selle,
me rejuvenezca,
te aleje.



lunes, 8 de febrero de 2010

EL ADJUNTO


Luis aquella mañana se sentía mucho más pesado que de costumbre, sin embargo, su rutina había sido la de siempre, incluyendo los acontecimientos de la noche anterior. Había cenado sopas de ajo, lejos quedaban ya los atracones desproporcionados de tiempos pasados que ni siquiera recordaba. Cuando hubo descubierto que la restricción era directamente proporcional a la ligereza del alma, no tuvo más remedio que aceptarla como amiga e incluirla en su lista de costumbres. Sus desayunos también eran pobres, y es que empezar una jornada laboral con el peso de una piedra en el estómago, no sólo bajaba el rendimiento, si no que aumentaba la angustia de saberse irresponsable. La austeridad alimenticia y sobre todo la social, habían ayudado con el paso de los años a una salud mental en la que el equilibrio sólo era posible si se alejaba de las distracciones, y por fin parecía haberlo logrado. Su trabajo había empezado a dar los frutos que siempre surgen de todo sacrificio, y este último le había permitido salvarse de una vida vacía y sin aliciente alguno. ¿Cómo hubiera conseguido, si no, la promoción al puesto de Adjunto en tan poco tiempo?

Frente al espejo, Luis no detectaba diferencia alguna respecto al recuerdo de su reflejo de la mañana anterior. Ahondaba en la memoria y tampoco era capaz de dar con ninguna si comapraba la presente imagen a la de todas las mañanas de las que lograba acordarse.

En su aspecto parecía haberse parado el reloj del tiempo. Tez blanca, y es que la luz del sol era un lujo del que disfrutaba más bien poco, perfectamente afeitado, la experiencia diaria lo llevaba directamente a la perfección, y de aspecto general impoluto. Traje, camisa y corbata de tonos oscuros, generalmente su recurrente negro, para no tener que preocuparse a diario por el color que iba con cada uno de los días que lo mecían. Y de todas formas, puesto que su estado de ánimo nunca fluctuaba, el monocroma de su indumentaria expresaba fielmente la sobriedad de su humor inamovible.

Pero esa mañana y por primera vez desde que había traspasado el portón de la madurez, una contrariedad lo desorientaba. Algo se escapaba a su control, y lo que era peor, se consideraba incapaz de darle una explicación plausible al hecho de que la carga que aumentaba por segundos empezaba a impedir su libertad de movimientos.

Un Adjunto de vida ordenada y sin sobresaltos debía corresponder a su entorno en la forma exacta en que éste se había acostumbrado a percibirlo, sin improvisaciones ni sorpresas. No podía irrumpir en su rutina con un peso insoportable que no sabía ni de dónde venía, ni el motivo que hacía que aumentase imparable. Nadie entendería tal diferencia, por sutil que fuese, y francamente empezaba a creerse incapaz de poder ocultar el malestar que ya se extendía por todo el cuerpo.

Su imagen lo miraba compasivo. A través del espejo seguía sin observar ningún detalle externo que justificase su estado actual. Aunque poniendo mucha antención empezó a darse cuenta de que el color de sus mejillas enrojecía ligeramente. Tal vez de tanto mirar a su imagen, ésta por falta de costumbre se estuviese sonrojando, aunque eso no explicaba el creciente malestar que cada vez más
lo abatía. Preocupado aunque paciente, siguió a la expectativa de percibir el más mínimo cambio que le ayudase a comprender, sin apartar la vista de sus propios ojos observándole.

Unas gotas de sudor deslizándose por su frente lo sorprendieron de repente. Sorpresa. Un sentimiento que tenía guardado bajo llave y que parecía haber resurgido espontáneamente sin ni siquiera pedir permiso. Cuando Luis intentó quitárselas, fue consciente de un nuevo efecto del peso, mientras su imagen lo obedecía burlona; su brazo se negaba a moverse como si alguien tirase desde abajo con una soga atada a las muñecas. ¿Por qué el espejo le estaba mintiendo? y ¿Qué era esa extraña carga que impedía que pudiese alzar los brazos?

Con ambas manos como pegadas a sus muslos, siguió con la vista fija en ese otro Luis que obedecía a sus pensamientos restregándoselo por la cara, que ahora enrojecía en conjunto, como difuminando el pigmento más oscuro de sus mejillas. Su diabólica imagen se movía liviana pero mostraba fiel los cambios que su cuerpo estaba experimentando, en eso parecía no engañarle. Ese otro Luis se sacudía las gotas de sudor, se frotaba las manos y daba los saltos que mentalmente ordenaba el verdadero. Pero su aspecto empeoraba por segundos. Las venas de mejillas, nariz y sienes empezaron a hincharse arrebatándole a su cutis de porcelana el lacado blanco para mancharlo con tonos oscuros que se acercaban cada vez más al azul corporativo de la empresa en la que trabajaba.

* * * * *

El sentimiento de peso con el que había amanecido, había empezado a trepar desde el estómago agarrándose a la columna, para balancearse en cada una de las vértebras como sobre un trapecio. Desde las cervicales, ya rozando la cima, prefiere quedarse. Se reparte por su cuello como en un abrazo de locura. Se lo acaricia y se posa en la nuez, o sobre ella, en el nudo que la cubre.

Sigue sin comprender el motivo, pero al menos da con el origen. Cuando ese otro Luis deja de obedecerle, y se percata de la asfixia inminente, sabe que es el fin. Su lengua sale hinchada de la boca, rompiendo el espejo.

A través de los añicos puede ver como la corbata aumenta de tamaño y se ciñe amorosa en un fuerte abrazo al cuello de su camisa, como una serpiente. El peso del nudo le impidie moverse. El saber que su verdugo está siendo su fiel compañera durante largos años, le entristece profundamente, aunque su último pensamiento es el que realmente le mantiene aún en vilo. ¿A quién nombrarían como nuevo Adjunto? Y apenas con el eco de la repetición mental de su nuevo título, y sin ni siquiera conocer las competencias del cargo, las dos lenguas de Luis, la del espejo y la otra, se reflejan con ironía, como lamiendo la corbata que las ha sacado de sus cuevas, al menos en esa despedida saborean el sonido de un último suspiro de alivio.


viernes, 22 de enero de 2010

PREGÚNTALE A LA ALI



PREGUNTALE A LA ALI
Debió de ser en el taxi. No lo tendría que haber cogido. ¿A quién se le ocurre? Sigo sin entender cómo una ciudad tan Ideal como París puede permitir que un piojoso inmigrante consiga la licencia para ejercer el taxi. En Barcelona son mucho más estrictos. Claro, como hablan catalán, visten de Custo y sólo salen por bares de diseño... Claro, si será por eso... Paris, capital mundial de la moda. ¿Por qué le darán menos importancia a la higiene? Aunque lo cierto es, que no sólo pasa en Francia. El año pasado cuando fuimos a Londres de rebajas con Toti, también nos quedamos alucinados al ver que el taxista llevaba un polo Lacoste pasado de moda, posiblemente falso y a juego, para más inri, con su turbante como si estuviéramos en el Libro de la Selva... Pero claro, London es mucho más vulgar. Ellos lo llaman toque “grunge”, pero en mi pueblo se acostumbra a utilizar la palabra “hortera” o incluso "guarro".. Aunque por lo menos los ingleses no son tan cerdos como los taxistas gabachos. En mi próximo viaje haré como la Ali, únicamente me sentaré encima de un fiejo foulard de Hermès. Dice que parte del precio se debe a que al tejer la seda usan repelentes bacterianos, estos indios son la leche, lástima que les dé por disfrazarse cuando se instalan en Europa. ¿Cómo pueden ser tan IN en cuestiones esenciales de moda y descuidar el aseo al mismo tiempo? Aunque ahora que lo pienso no tengo ningún pañuelo viejo de la temporada pasada. ¿Servirán igual unas bragas modelo exclusivo de Victoria Secret? No sé si estarán tejidas en Francia o en la India, pero bueno siempre se puede probar... Aunque si fuese tan simple como llevar ropa de marca, ahora que lo pienso, no estaría en la dramática situación en la que me encuentro. Porqué si la memoria no me falla, me parece recordar que el día “D” llevaba mi traje chaqueta de Thierry Mugler, y si la teoría de la Ali fuese cierta, nunca me habría pasado nada... ¿O llevaba la falda Armani? No, no. Definitivamente me había puesto el Mugler, porque me acuerdo que me puse el desodorante de pelo suyo en el pubis, cuestión de ir íntimamente conjuntada. Al principio me escoció un poco, eso sí, parece ser que está hecho para la cabeza, pero al saber que el equilibrio cósmico estaba en regla al llevar todo a juego, se me pasó enseguida la preocupación. Tal vez fuese culpa del cinturón, no tendría que haber escogido el Prada, pero los zapatos me quedan tan monos ¿Dónde estarán esos Manolos? Hace tiempo que no los veo... No. El Prada no pudo ser... ¿Y si...? Mierda, la lástima es que no recuerdo que bragas me puse. ¿Llevaba bragas? A ver, reina, haz memoria: Te levantaste la falda y te aplicaste el aerosol que casi te deja rasurada, pero ¿bajo qué bragas lo hiciste? Ni idea. Vamos a ver, ¿qué día de la semana era? Espero que no fuese miércoles, por qué claro, los miércoles toca no llevar. La Ali dice que de vez en cuando tiene que respirar el tema o se te cierran los chakras. Y ella de todos los temas estos New Age sabe un rato... ¡Qué estuvo en Woodstock y todo!

Y pensar que de joven fue hippie... ¿Quién iba a decirlo ahora? Aunque conociéndola seguro que era hippie, pero eso sí, limpia. Fijo que se duchaba a diario. Te puedes vestir como un adefesio pero ir aseada. La higiene es fundamental. Menos mal que acabó reformándose, eso sí, porqué si no, no sabría que habría sido de mi vida. Ella que me ha enseñado todo lo que sé sobre moda, aunque en cuestiones de gusto haya superado a mi maestra, por supuesto... Ella que me llevó por primera vez a un SPA, aún recuerdo la mascarilla de caviar, uno de esos grandes momentos que hay en la vida... La Ali, sin la que no habría podido inyectarme botox en los noventa. Mi primer lifting también fue todo un éxito gracias a sus contactos quirúrgicos, y pensar que creía que era una leyenda urbana lo de los hilos de oro de la Deneuve... ¡Ingenua de mí! No. Me niego a pensar que pueda estar equivocada en algo tan básico y crucial como la teoría de los pañuelos Hermès. Claro, es que si los tejen en los Campos Eliseos, han de tener magia propia. ¿No los hacían en la India? ¿O es la tela lo que viene de allí? En fin, poco importa, ya sólo el venderse en un sitio con tanto glamour ya aporta magia. Como las velas del Marché de Noël de Bruselas. Sin ese espíritu navideño con el que fueron concebidas, nunca me hubiesen sacado de la depresión del 95. Seguí todas las instrucciones de la Ali, encender las velas con luna llena, una barrita de incienso al día de las de Sándalo, hechas en Casablanca, habiéndome asegurado que no habían sido tocadas por manos sucias, y eso sí, mis dos prozacs diarios. ¡Qué mala época aquella! ¡Gracias a las velas, que si no! Aunque también pudo influir en algo el Prozac, sé que no fue mano de santo, porque al tomarlo a diario desde que Luismi me ofreció el primero a los 17 cuando engordé aquellos dos kilos horribles, tampoco sentí una gran diferencia al aumentar la dosis.


La Ali, mi gran amiga, mi hermana. Ella que ha estado en todos los grandes momentos de mi vida. ¿Cómo puedo dudar, ni que sea un momento, de ella? Si dice que no hay que sentarse nunca sin haber extendido antes un pañuelo sobre el asiento, será por algo... La Ali no es de las que hablan por hablar... Aún recuerdo que el año pasado en el viaje a New York que hicimos por semana santa, compartió conmigo su bufanda D&G para sentarnos en el avión. ¿También la habrían tejido las indias de Paris con sus saris de Hare Krishna? Supongo que sí, la verdad, porqué si no, no creo que hubiese corrido el riesgo, y tampoco nos pasó nada entonces. Por cierto, hace tiempo que no veo a ninguna de esas indias, ¿He visto alguna vez un Hare Krishna en directo? Bueno, la verdad es que ya no me acuerdo, pero que más da haberlo visto de verdad o en un documental, al fin y al cabo es lo mismo, ¿no?


Tengo que llamarla esta noche para preguntarle lo que piensa. Aunque ¡Qué vergüenza! ¡Qué poco glamour por mi parte! ¿La decepcionaré por no haber hecho caso de sus sabios consejos? Mejor me lo callo, porque hasta una amistad tan profunda como la nuestra, puede llegar a tener sus límites, y mucho me temo que lo mío los superen.


A Toti también paso de contárselo, porqué conociéndolo, me hará pasar por el primer grado. ¿O es el tercero? Tengo que volver a ver Ally McBeal para no cagarla en aspectos legales. Imagínate que suelto alguna incongruencia en un Cocktail... ¡Me da algo! Ya me imagino a Toti. Interrogatorio infernal, cachondeo infinito y conclusión sexual, muy en su línea... Todo lo limita al sexo, pero también es normal, claro, tratándose de un hombre... La Ali me dijo una vez que el lóbulo frontal izquierdo de los hombres se encoge cada vez que tienen una erección, por lo que parte de sus neuronas se desplaza al miembro a través de la médula espinal. Y aunque no haya ido a la facultad, me lo creo. Le dedica mucho tiempo a la lectura de revistas científicas, como Cosmopolitan o Saber Vivir. Además su primer novio estaba en tercero de medicina, digo yo que algo habría aprendido. Y de todas formas, sabiendo que me dirá que lo “he cogido follando”. Y eso que YO nunca follo, únicamente hago el amor. Aunque los acabe de conocer necesito estar profundamente enamorada, o les amo o me es imposible tocarles, es que soy muy sentimental, ya me lo dice la Ali... El caso, es que si me pongo a pensar en los argumentos de Toti, tampoco creo que fuese posible, ya que en el último mes sólo he estado con un chico, con Diego. Y un chico que usa de forma integral perfume de Issey Miyake (me alegra saber que no soy la única que se perfuma los genitales), crema hidratante Shisheido, se depila y sólo lleva slips Calvin Klein, por no hablar de que debería cobrar por derechos de imagen al no vestir más que de Adolfo Domínguez, no puede contagiar nada malo. Además es de Barcelona. No. Sería imposible. Queda absolutamente descartado como responsable del problema actual. Así que no merece la pena discutir con Toti, ya que nunca lo entendería. Aunque si se lo pudiese contar a la Ali... No. Deja. Sería una lástima perder a una hermana por un tema tan banal.


De todas formas seguiré su consejo, o al menos trataré de adaptarlo. Sí. Me pondré Chanel nº5. Como lo hacen en los Campos Elíseos, igual que los pañuelos de Hermès y los cinturones de D&G, seguro que eso las mata. Aunque ahora que lo pienso, un perfume no se teje, pero seguro que al ser francés lleva el dichoso componente antibacteriano... Si sólo recordase como se llaman... Sé que Joaquín las atrapó en la mili, por sentarse dónde no debía, seguro. Pero tenían un nombre tan complicado... Si me acordase del jodido nombre podría buscarlo en la Wikipedia, aunque claro, de todas formas tendría que preguntarle a la Ali cómo se enciende el ordenador, dónde se encuentra el botón de la Wikipedia... ¡Buf! ¡Qué pereza! Seguro que me pregunta para qué lo quiero y podría llegar a sospechar algo. No. Mejor no me arriesgo. ¿Pero como se llamaban esos dichosos bichitos?

martes, 19 de enero de 2010

ARITMÉTICA DEL DESCONCIERTO


Fuimos un sistema de ecuaciones de dos incógnitas. Yo la ecuación más simple, y tú la más incomprensible. La “X” representaba el cariño que me tenías. La “Y” el mío hacia ti.

Al principio para calcular el amor y ver la desproporción entre “X” e “Y”, bastaba con el método de resolución más lento aunque menos rebuscado, el de IGUALACIÓN.
  • 2X + Y = 5 Mi ecuación.
  • 3X + Y = 7 La tuya.
Intentábamos aislar mi amor por ti (“Y”) en las dos ecuaciones e igualábamos ambos resultados. De forma que obteníamos la cuantía de tus sentimientos, a partir de lo que ya podíamos pasar a cuantificar los míos.
  • Y = 5 – 2X Mis sentimientos en mi ecuación.
  • Y = 7 – 3X Mi amor por ti en la tuya.
  • 5 – 2x = 7 – 3X Igualación de resultados.
  • - 2X + 3X = 7 – 5
  • X = 2 Cuantificación de tus sentimientos por mí.
  • Y = 5 – 2.2 Sustitución de tus sentimientos en mi ecuación.
  • Y = 1 Cuantificación de mis sentimientos por ti.
Los primeros años resulta el método de resolución más adecuado, en el que ambos resultados siempre son parecidos. En ocasiones un resultado es mayor que el otro, pero ambos se van turnando a medida que las ecuaciones evolucionan.

Llega la primera crisis y las ecuaciones se complican. La Igualación se convierte en un método adverso y entre tanta fracción y raíces cuadradas resulta casi imposible aislar uno de los dos sentimientos en cada una de las dos ecuaciones, por lo que decidimos pasar al de SUSTITUCIÓN.

Nos rompemos la cabeza para averiguar mi amor por ti, o sea “Y”, en la ecuación en la que resulte más sencillo, a menudo en la tuya, y sustituimos el resultado en la mía.


  • 3X + 2Y = 7 Soy yo.
  • 5X + Y = 2 Eres tú.
  • Y = 2 – 5X
En ti. Mis sentimientos representan dos unidades, menos cinco veces el cariño que tú me tienes. Por lo que pasamos a sustituir en mi propia ecuación.

3X + 2(2 – 5X) = 2
Soy yo
3X + 4 – 10X = 2
-7X = -2
X = 2/7

Al ver mi ecuación, el tema empieza a ser preocupante. Por simple definición, por un instante, todo lo que me compone es tu amor por mí (“X”), lo que me hace vulnerable. Es como si yo no existiese. Incluso todas las manipulaciones de mi destino se realizan para saber el amor que tú me tienes. Si bien es cierto que da un resultado positivo aunque sea inferior a uno, utilizamos dicho resultado para ponerme a mi mismo a prueba.


Y = 2 – 5X
Y = 2 – 5(2/7)
Y = 2 – 10/7
Y = 14/7 – 10/7
Y = 4/7

Si en ti sustituimos tu amor por mí, descubrimos que el que yo te tengo es del doble, aunque hablemos en séptimos y las fracciones hayan empezado a reducir lo nuestro.


En esta fase del amor pueden empezar a dar resultados negativos, en cuyo caso es mejor dejarlo. De seguir en el eje de abcisas a la derecha del cero, continuaremos los cálculos matemáticos siguiendo la evolución de nuestras propias ecuaciones, para poder ir aislando y resolviendo nuestros nuevos sistemas.

Con resultados por debajo de la unidad, en los que las probabilidades y porcentajes se van alejando estrepitosamente del cien por cien inicial, la sustitución empieza a ser un método sin sentido, puesto que ya resulta imposible en cualquiera de nuestras dos ecuaciones. Es entonces cuando llega el último en álgebra clásica, a nivel de secundaria. El método de REDUCCIÓN.

Mal augurio para una relación el llegar a este método de resolución, puesto que en éste, prima el transformar una de nuestras dos ecuaciones de manera forzada para poder seguir hacia delante, generalmente multiplicándola por un número negativo, para sumar ambas con el fin de eliminar uno de los dos sentimientos o incógnitas.

  • 2/5X – 3/2Y = -2/4 Soy yo.
  • 4/5X + 4/3Y = 5/7 Eres tú.
En este ejemplo vemos que una de las estrategias a seguir, sería la de multiplicarme por menos dos para poder reducir una de las dos incógnitas, en este caso la del amor que tú me tienes. Para poder cuantificar el amor que nos tenemos, he tenido que cambiar radicalmente para convertirme en algo que no deseo.

Yo multiplicado por -2: -4/5X + 3Y = 1


Una vez transformado, me convierto en la equidad que siempre he rechazado. Estoy formado por menos cuatro quintos de tus sentimientos hacia mí más el triple de los que yo experimento. Llega la hora de reducirnos.


  • -4/5X + 3Y = 1 Mi nuevo “YO”
  • 4/5X + 4/3Y = 5/7 El “TÚ” que sigue siendo el de siempre.
  • 0X+ 13/3Y = 12/7 El resultado de nuestra suma

Sumamos nuestras ecuaciones tras mi transformación y vemos que lo nuestro se reduce a una fracción de mis sentimientos por ti, y que los tuyos han desaparecido.

Seguimos resolviendo.
  • 0X+ 13/3Y = 12/7
  • Y = 12/7 : 13/13 = 36/91
  • Y = 36/91
Sustituimos mis sentimientos cuantificados en mi nuevo “YO”.

-4/5X + 3(36/91) = 1
-4/5X + 108/91 =1
-4/5X =-17/91
X = 17/91 : 4/5
X = 85/364

Aunque por poco Y > X Mis sentimientos siguen superando a los que tú sientes por mí. La única diferencia es que para poder haber llegado a la misma conclusión de antes, he tenido que transformarme.


Una vez llegados a este punto, lo mejor es abandonar las Matemáticas y darse a campos más subjetivos y menos complejos como el Arte o la Literatura. Ciencias no exactas que excluyen el cálculo para cuantificar el alma. Porque de continuar, habría de utilizar cálculos de álgebra avanzada o empezar a resolver el sistema, a menudo con otra ecuación más como mínimo. Caso en el que aumenta el número de incógnitas proporcionalmente al de ecuaciones, y tenemos que empezar con el uso de Determinantes para el método de Kramer o las famosas matrices de Gauss a triangular según las apetencias del aplicado estudiante. Tampoco son métodos exageradamente complejos, aunque empiezan a resultar inconvenientes e innecesarios.

Para mentes simples y continuando con el sistema de REDUCCIÓN, se suele acabar dando una Indeterminación que nos imposibilita averiguar la cuantía de ambos sentimientos, y cuyos resultados acaban siendo infinitos por no cuantificables.

Cuando ocurre lo descrito, es a menudo por haber vuelto al punto de partida. Es decir, tu ecuación y la mía han retomado la misma distribución del principio de nuestra historia, pero con una ligera diferencia. Una de las dos ecuaciones ha perdido su forma para adoptar la justa y exacta del cónyuge contrario. En nuestro caso, me volvió a tocar a mí.

  • 3X + Y = 7 Mi nuevo “YO”.
  • 3X + Y = 7 El “TÚ” del principio.
Si aplicamos el método de reducción, lo más simple sigue siendo multiplicarme por menos uno. Tanta transformación seguida empieza a descentrarme y para reconocerme, sólo un cargamento de ansiolíticos, antidepresivos y horas de terapia son capaces de hacer que retome el equilibrio.

  • -3X - Y = -7 Mi nuevo “YO”, de nuevo transformado.
  • 3X + Y = 7 El “TÚ” de siempre.

Llega el momento de la suma de nuestras ecuaciones, que son exactamente iguales pero con el signo cambiado, y evidentemente, la mía es la negativa.


-3X - Y = -7
3X + Y = 7
0X + 0Y = 0

Y he aquí la Indeterminación resultante. La suma de nuestras almas demuestra que nuestros sentimientos son nulos y que no conducen a ningún sitio. Nuestro sistema de dos ecuaciones con dos incógnitas ha acabado resultando COMPATIBLE INDETERMINADO. Infinitas soluciones y todas enfocadas al Caos. Gauss y Kramer rehuyen. Se han agotado los métodos de resolución. Tú sigues siendo la misma ecuación de siempre. Yo tardaré años en reconocerme, pero talvez lo consiga.

Las Matemáticas me abren un mundo de posibilidades para transformarme racionalmente, de forma individual y voluntaria. Puedo intentar convertirme en una Progresión Geométrica o Aritmética. Representarme gráficamente mientras siga sintiendo algo por ti. O seguir buscando ecuaciones hasta conseguir sistemas compatibles que perduren en el tiempo.

Yo sin embargo preferí perderme entre los números complejos. Esconderme tras el número imaginario i, que no representa más que una incongruencia matemática para intentar darle un valor a algo que en realidad no existe, como es la raíz cuadrada de un número negativo.

Las incógnitas han desaparecido. Salto del álgebra al cálculo para zambullirme en infinitas transformaciones individuales, y todas ellas me llevan a i. A la igualdad i= √(-1). A una igualdad sin sentido, que no es más que una excusa para poder seguir calculando. Sigo sin existir. Pero los números imaginarios me reconfortan. Talvez algún día vuelvan a acercarme a ti. Mientras tanto, sigo resolviendo operaciones sin fin, y no pienso soltar el papel ni el lápiz.

martes, 12 de enero de 2010

DE COMPRAS


Paseas por las tiendas de ultramarinos, invades las grandes superficies, matas el tiempo en colmados, vagabundeas por los supermercados.

Antaño te aferrabas a las marcas, después lo hiciste a las recomendaciones de calidad de las revistas para consumidores, ahora sueñas con productos biológicos o procedentes de cosechas ecológicas, en las que no se utilicen niños, con etiquetas verdes, azules y amarillas.

Silencias a la ansiedad a golpe de talonario, a la tristeza con el contenido suelto de tus bolsillos, a la soledad con tus tarjetas de crédito de innumerables entidades bancarias, a tu rabia con billetes arrugados, aunque acaben de salir del cajero.

Atenúas las críticas reivindicando tu libertad, excusando las que te afectan con el escudo de la verdad absoluta que supone para ti la compra perfecta.


El lunes tomas el cortado de las once en la cafetería de las multisalas del Eroski, el martes recorres las zapaterías del Centro Carrefour de al lado de tu casa, los miércoles al tener la tarde libre aprovechas para tus compras semanales, los jueves tocan escaparates sin rumbo, el viernes recorres jugueterías para los hijos que no tienes y para los ahijados que nunca te han propuesto. Los fines de semana hay que coger el coche para conocer algún Centro Comercial Nuevo y pasar el día entero.

Hace tiempo que no usas bolsas de plástico y que sigues el cuadrante de reciclaje que pusiste en la nevera con un imán en forma de paella. Pero tiras las colillas al suelo y los condones por el retrete. Organizas tus deshechos por bolsas de colores, y tu vida por comercios en los que dispongan de aparcamiento gratuito.

Me enamoré de tu imperfección, de tus contradicciones, de tu mediocridad.

Te grité desde mi estante y conseguí que me compraras. A pesar de no llevar distintivo de la Unión Europea, poseer pensamientos y costumbres que dañan el medioambiente, y proceder de cultivos en los que se usan elementos químicos para fumigar en las noches de insomnio.

Te llamé desde mi escondite entre latas de conserva, y aunque mi envoltorio pareciese de una procesadora de Europa del este o incluso de algún país asiático, y mis colores no clamasen al cielo New Age por el que deambulas de puntillas, llegaste a mí. Apartaste una lata de sardinas, otra de mejillones en escabeche, y encima de la de berberechos te esperaba sonriente.

Consumidor de productos de lujo, sibarita de un mercado inexistente. Reclamas la originalidad y el naturalismo y acabas coleccionando una copia, un vulgar sucedáneo procesado, una burda imitación congelada fuera de la zona de frío.

Después de tantos años en el cajón que nunca abres de la despensa que a penas visitas, me pregunto si me adquiriste como a las típicas colecciones de septiembre de relojes coloniales, vírgenes de sobremesa o lavativas de todos los países del mundo, que se empiezan y no se siguen nunca. Me pregunto si tu intención era que estuviese encerrado solo, como es el caso, o bien tenías pensado en algún momento, reclutar unos cuantos fraudes más para que me hiciesen compañía.

Después de tantos años yo te sigo queriendo, pero ya no me molesto en seguir chillando, puesto que pasas la mayor parte de tu tiempo de compras y mis lamentos caerían al vacío. Sé que te sigo gustando, por eso me conservas, o tal vez te hayas olvidado de que me compraste, de que te encaprichaste un miércoles de un bien de los que nunca usas, y me almacenaste como a uno de tus artículos de lujo, aunque sigas sin abrirme ni en las ocasiones especiales. Aunque también conserves determinada basura, me niego a verme como la víctima rescatada de un Síndrome de Diógenes, tendrás tus propios motivos para que siga contigo.

Después de tantos años, me conformo con imaginarte desde mi cajón cerrado, a través de mi envase desgastado que alberga un contenido que caducó hace tiempo.

Después de tantos años, sigo con la duda de si lo que realmente te convenía era un sucedáneo en oferta, aunque me alegre de seguir siendo tuyo.

Después de tantos años todo sigue como al principio, tú de compras, yo en mi lugar de la fila esperándote, sin rencores, con alegría, paciente, expectante… Y todavía se sigue escuchando que el Amor no es para siempre. Tonterías.

jueves, 7 de enero de 2010

COLLAGE


Otoño, hastío.

Armarios sin perchas, ropa sin propietario.
Almuerzos de ayuno, dietas compuestas por bulimia compulsiva.
Castillos vacíos, aldeas despobladas, bosques de dunas, reinos republicanos, novias vestidas de negro.

Rosales que germinan en mi estómago y que al florecer paren larvas y liendres.
Raíces que trepan por las fosas nasales anclándose en mi garganta austera.
Almorranas en los ojos. Orzuelos en la campanilla.


Desesperanza enlatada.

Libertad al vacío.
Visión nocturna y GPS.

Perdición y Muerte.


Ronroneo de dolor.

Aullido en la espera.

Música del olvido.



Paradoja.
Paradoja.


Final Feliz,

regresión imposible.

Rebobino y saltan los plomos.



Eres mi nana fúnebre,

mi cuna con espinas,

mi biberón de arsénico,
mi pezón dinamitado.
Me pariste entre mierda,
ahora en ella me ahogo.



Caminos que se cruzan en el desconcierto.

Jaulas de sentimientos precocinados.



Desencuentros despiadados.

Despedidas desesperadas.

Corrupción del silencio.

Sutileza del odio.

Cambio.

La Nada.


Respiro sin oxígeno,

hago el amor sin genitales,

amo sin alma,
te abrazo con mis muñones,
sonrío con mis labios cosidos.



Cartones en las ventanas.
Zarzas tejidas cubriendo las camas.

Orín de gato como perfume hogareño.

Anillas de granadas por alianzas.
Cardos secos en los jarrones.



Observo la belleza desde las cuencas vacías de mis ojos apagados.

Cargo mi fusil con rencor y no soy capaz más que de dispararme a mí mismo.

Ven, siente, calla, vive, alimenta mi envidia.

Sufro, luego existo.
Amo,
Después perezco.


Viaja conmigo,

en el infierno dan bonos de vacaciones.


Tengo una lápida en primera línea de playa,

con vistas al mar,

a dos metros bajo tierra.

Nunca me gustaron los nichos.

Es más fácil escapar de ellos.



Mis pulmones te reclaman,
pero ya no queda aire en tu mundo.
Cuando respiro en tu vacío,
mi interior se reseca.
Encoge.

Se deshidrata.

Se arruga.

Desaparece.

ACEPTACIÓN



En los estantes vacíos de mi soledad
ya no podrá acampar un autor favorito,
ni un ejemplar inédito,
ni una vieja edición descatalogada…


Ya no queda espacio para libros.


La tristeza quemó la biblioteca,
y las cenizas de los recuerdos
ahora lo ocupan todo.


Corro las cortinas
para despistar a la memoria,
pero el mohín las sortea sin dificultad alguna
y se estampa en mis mejillas,
secando las lágrimas que riegan tu muerte,


Literatura.