sábado, 17 de julio de 2010

Eneagrama Matemático: cuatro





busco la melancolía,
en las noches de insomnio,
entre sueños y alegrías.


te respiro,
y te encuentro,
en el centro
del olvido.


consigo azul en las rocas,
bruma en salas de fiesta,
frases de adiós en las bocas.


la distancia
me hace fuerte,
tras mi suerte
tu elegancia.


cabalgo en un unicornio,
o a lomos de una arpía,
por provocar al demonio.


fantaseo
con tu vuelta,
la revuelta
del deseo.


vivo mi muerte en la siesta
duermo clavado en brocas,
cuando la luna es bisiesta.


en el pozo
de mi trono,
tu abandono
ya es mi gozo.



matemática
(de versos y métrica)

8 x 8 = 64
7 x 4 = 28
4 x 4 = 16

64 + 28 + 16 = 108

3 x 4 = 12
4 x 4 = 16

12 + 16 = 28

m.c.m (28, 108) =
22 . 33 . 7 = 756

m.c.d (28, 108) = 22 = 4

numerología
(de m.c.m y m.c.d en versos y métrica)

7 + 5 + 6 = 18 = 1 +8 = 9
9 = 0 = comodín
9 + 4 = 13 = 1 + 3 = 4


TEST GRATUITO ENEAGRAMA

sábado, 3 de julio de 2010

TRÍADA SOLITARIA II: SOLSTICIO


    Málaga. Peñón del Cuervo. 24 de junio de 2001 9:00 a.m.


La playa está a rebosar de carpas semideshechas, bolsas de basura y de restos de comida entre las rocas que parecen sujetarlas. De cuerpos inertes que aún no han descubierto que el solsticio ya ha acabado, que el baño de luna ya se llevó el sudor de rabia y también el de cansancio. Mirando a la orilla aún se pueden percibir las sombras de los que unas horas antes saltaban las olas, volando por encima de las hogueras. Poniendo atención, incluso pueden llegar a escucharse las risas bañadas de salitre, como un eco traído por la marea que vuelve a subir de nuevo, en su húmedo eterno retorno.


Un ejército de limpiadores de uniforme se adentra en el peñón, dispersándose como siguiendo una coreografía aprendida de memoria, ensayada durante años, sin pasión en los gestos pero con gran pericia. En unas horas habrán recogido todo lo que escupe la arena, habrán borrado los cardenales doloridos de la playa, incluyendo los restos candentes de lo que fueron hogueras, y por los que se escuchan lamentos de dolor a través de las dunas.


En ese preciso instante, encima del peñón que le da nombre al rincón más mágico de Málaga, y que se asoma en el centro del “3” que parece dibujar la orilla, un muchacho de unos veinte años baraja la idea de tirarse de cabeza o bien seguir mirando las nubes. La marea aún está baja, pero sin resaca no corre el riesgo de estrellarse contra la gran roca si se tira adecuadamente. Se desnuda como en un ritual seguido cientos de veces, dejando la ropa perfectamente doblada en un hueco que siempre le hace las veces de ropero, y que impide que un golpe de viento se la lleve volando.


Inspira mirando al horizonte, deseaba tanto estar por fin solo. Expira acariciándose el pecho recién afeitado. Se le mezclan recuerdos difusos, experiencias nocturnas satisfactorias, ilusiones dudosas. Lamentos. Exceso. Vuelve a tomar aire de nuevo y se lanza como una gaviota en picado al mar. La confusión es arrastrada por el aire que rompe en la caída, por el torbellino que le absorbe hacia las caracolas. Las voces dejan de brillar, las sonrisas ya no se oyen, las caricias pasadas huyen. En el vacío los remordimientos siempre son demasiado lentos.


Cuando sus dedos rozan el agua, se da cuenta de que algo no va bien. A medida que se adentra, su cuerpo se va diluyendo como una pastilla efervescente. En a penas una fracción de segundo, el cuerpo aspirina de Aitor, que así se llama, ha desaparecido por completo, dejando tras de sí, tan solo un rastro de burbujas, que se mezcla con la espuma para acabar dispersándose en la orilla.




Girona. Judería. 23 de junio de 2009 8:00 p.m.


Josep, Pepu para los amigos, echa un último vistazo a su jardín del Carrer de la Força. Ha recogido las hojas secas y restos de glicina y buganvillas que ensuciaban el porche, y ahora se dispone a tomar un baño antes de que empiecen a llegar los primeros invitados.


Ya se ha convertido en una tradición. Hace unos diez años que celebra, según él, el solsticio de verano, organizando una fiesta por todo lo alto para su círculo más íntimo. Una verbena de Sant Joan en toda regla, aunque sobre santos, como judío de buena familia que es, nunca le haya gustado hablar. Josep, no ha llegado a asimilar el concepto de coherencia como le dicen sus hermanos todo el tiempo. También celebra las fiestas de su ciudad, coincidiendo con Sant Narcís, aunque cada año cambie de excusa mental para participar en ellas sin excesivos remordimientos. En cuanto a su círculo más íntimo, consiste en las familias del barrio que han de ser invitadas, otras no judías de Barcelona y Puigcerdà, y unas pocas personalidades del circuito cultural de Girona. Amigos, lo que se dice amigos, es otro concepto que como en el caso de coherencia y santidades se le escapa a menudo.


Si Josep se pusiese a pensar en amistades, aunque como ser optimista que es, no corre el riesgo de una introspección destructiva de ese estilo, llegaría a la conclusión de que el único en quien realmente confía y ha confiado desde siempre, es su gato, el Señor Tanaka. Y puesto que cualquier relación ha de basarse en la confianza, podría deducirse que su único amigo es un gato negro, irreverente, egoísta, arrogante e independiente, cualidades que ambos comparten.


Josep enciende las luces del jardín y sube las escaleras que le llevan al cuarto de baño de arriba. Prende una barra de incienso mientras se llena la bañera con la cantidad de espuma perfecta a la que está acostumbrado; se desnuda, nunca frente al espejo, y comprueba la temperatura del agua. Se mete en la bañera y se aplica la mascarilla que ha comprado en la perfumería de Joan Maragall, multihidratante y con efecto regenerador, cierra los ojos y escucha como el Señor Tanaka abre la puerta entrecerrada del baño con un golpe de su pata, y es que nunca le han gustado los accesos cerrados. En pocos segundos se sube al borde de la bañera para saludar a su humano. Pepu, acaricia su lomo hasta llegar al rabo que ya apunta hacia el techo. El Señor Tanaka, sin embargo, está más interesado, como siempre, por la espuma.


Intenta atrapar entre sus almohadillas parte de ese extraño líquido y en un movimiento en falso, resbala y se cae dentro de la bañera. Pepu da un brinco, cubriéndose los genitales con una mano y los ojos con la otra, y cuando al fin los abre, el Señor Tanaka parece ya haberse escapado del agua templada. Siempre le ha impresionado la rapidez de los gatos. Esta vez, en cambio, el Señor Tanaka no ha tenido la suerte de poder escapar. Al primer contacto con el agua, ha sentido como una extraña fuerza lo absorbía desde el fondo del desagüe, y simplemente se ha dejado llevar. Entre la fiesta y la resaca del día siguiente, Josep tardará días en darse cuenta de la desaparición de su único amigo.



Lesaka. Bar Atxaspi. 24 de junio de 2005 6:00 a.m.


Javi está sentado en un taburete a la entrada del bar. Lo ha escogido porqué está al lado de una columna, y entre ésta y la barra, su equilibrio no corre el riesgo de desmoronarse. La dignidad, sin embargo, decidió hacerlo hace horas, tantas como las que lleva exactamente en la misma posición, aunque no sabría decir cuantas, de la misma forma en que tampoco sería capaz de hacer el recuento de las copas de whisky que lleva en su haber.


Como intruso en el pueblo extranjero y pequeño, al que ha llegado por casualidad escapando de lo que intenta olvidar a litros de alcohol, nadie se ha dirigido a él en toda la noche. Él no lo sabe, ni tampoco le importa, pero ha creado la certidumbre en todos aquellos que le rodean de que se trata de un Guardia Civil de paisano que simula estar borracho. De todas formas, a Javi nunca le ha gustado la gente. Prefiere fijarse en los pequeños detalles que le fascinan, como los juegos de luz que se forman a través del humo, o las curiosas figuras que dibujan los cubitos de hielo en su vaso ancho a medida que se van deshaciendo. También le gusta disfrutar de ese estado de semi inconsciencia en el que se encuentra y en el que todos los malos recuerdos parecen flotar por encima de él, junto al resto de personas que se encuentran a su lado y que parecen desenfocadas, como él mismo.


Javi apaga su último cigarro, hurga en sus bolsillos en busca de monedas sueltas y se dirige a la máquina de tabaco que se encuentra a unos pocos metros de él. Sus pies parecen anclados al suelo como si caminase por un barrizal, aún así, y con sumo esfuerzo, consigue llegar a su objetivo y sacar un paquete de Camel. Generalmente fuma Gauloises rojo pero sólo puede comprarlo en estancos. Aprovechando que la máquina está junto al lavabo, y después de recapacitar seriamente si el esfuerzo vale realmente la pena, decide hacer de tripas corazón y arrastrar sus pesados zapatos unos metros más. Al fin y al cabo, su vejiga está a punto de estallar, aunque su cerebro aún no se haya dado cuenta.


Se desbotona el pantalón, que le cae hasta debajo de las rodillas, e intenta, sin manos, apuntar al urinario sin demasiada suerte. Se piensa en el baño de un tren en marcha y se ríe. Empapado por su propio orín, y habiendo olvidado retirar sus calzoncillos, presiona el botón de la cisterna y el agua le salpica de cintura para arriba, lo único que aún conservaba seco. En ese momento, Javi abandona mentalmente el tren para pasar a sentirse sirena recién salida de alguno de los siete mares. Se contonea nadando a carcajadas y vuelve a pulsar el botón, metiendo esta vez la cabeza en el urinario para poder sentir la frescura del océano. Comienza a dar brazadas apartando vellos púbicos, coge oxígeno entre líquidos desinfectantes, y desaparece, dejando en el lavabo de un bar de Lesaka, sus pantalones empapados de noche. Cuando la camarera limpie el baño se limitará a cogerlos para tirarlos a la basura, sin poder relacionarlos con el extraño picoleto borracho que tan solo ha visto de cintura para arriba.



* * * * *



En un lago perdido entre las nubes, las paredes del cielo estancan el olvido. A su orilla la mayor secuoya jamás vista lo sostiene con sus raíces.


En su fondo, las cucharillas de postre se mezclan con los calcetines desemparejados y algún primer beso se escabulle entre amoríos de la infancia. Ejércitos perdedores de batallas no escritas bailan con las causas justas, la música de pasados éxitos de otoño suena en el escenario de un teatro derruido por un huracán lejano. Las musas de pintores desconocidos atraen con sus cantos a los amantes crueles, los barcos de ayuda humanitaria se perdieron buscando algún pequeño país africano. Los ministros de viejos gobiernos follan con las reinas consortes de huraños reinos. El amor se desplaza por los recuerdos, el dolor es un pez intermitente que rara vez visita el lago, como el odio, prefiere ausentarse. La educación bucea mientras el respeto la persigue, la integridad siempre las mira divertida. Amistades de instituto pasean junto a primos segundos, ante los improperios de vecinas de primeras mudanzas y abucheos de tenderos de pueblos vacacionales. Las esperanzas brillan alumbrando la inmensidad del olvido, también luminiscentes saltan la felicidad y el deseo.


Las raíces de la gran secuoya acunan a todos los habitantes del lago, alimentándose de los nuevos jugos que le llegan sin cese. Autobuses de jubilados visitan el paraje entre semana los días que no son de visita, como los sentimientos que vienen o van, todo alimenta al gran árbol. Libros de bolsillo y cartas escondidas sirven de lectura a los viajeros errantes. Otros deciden quedarse para siempre.


Desde que la secuoya recuerde, y su memoria es la única que se conserva, puesto que el olvido no le llega a la totalidad de las ramas, nadie más que la soledad ha alargado su permanencia en exceso, a pesar de que entre los olvidados, el tiempo carezca de importancia. El despecho hace visitas fugaces, la muerte alterna sus vacaciones, y la enfermedad se compró una casa en la orilla para aparecer en verano, pero la soledad siempre estuvo allí, se rumorea que llegó en algún momento, pero nadie podría precisarlo.


En la canoa solitaria, cada nueva llegada representa un acompañante más y para siempre. Algunos llegan sin querer, otros sin saberlo, la mayoría se han forzado a venir, comprando entradas a algún vendedor ambulante de chiringuito, a otros los empujaron. Todos navegan juntos hacia la libertad en un viaje infinito.



* * * * *



En los helechos que salen de las nubes negras llenas de lunas nuevas, los animales acampan. Es el reino de los gatos. Gobiernan con justicia. Tanto los que se escaparon, como los que se llevó la protectora. Perros abandonados en agosto conviven con los de amos que trabajan todo el día. Los peces procedentes de cisternas de ciudad conceden audiencias a las tortugas que corrieron la misma suerte. Los que fueron maltratados protegen con cautela a los sobre alimentados con barras de chocolate. Alguno maulla a su suerte, sin hacer caso del resto, otros cabalgan sobre las estrellas. Ninguno está obligado a quedarse, y a ninguno le interesa hacer lo contrario. El Señor Tanaka ya no se acuerda de su nombre, ni de lo que fue su vida anterior, ronronea si le acaricias, huye cuando le apetece.



* * * * *



La gente sin forma, rema, no recordando mas que el movimiento exacto para poder seguir la ruta marcada por la necesidad. El azar y la tortura se cayeron por la borda. Lo bueno del olvido es poder seguir remando sin rumbo sin que Aitor o Javi se ofendan, después de todo, ellos hace tiempo que están patronando la canoa y tampoco recuerdan hacia dónde se dirigen.


CERRANDO CICLOS:
TRÍADA SOLITARIA I : TERRAL
TRÍADA SOLITARIA III: HAIZE-HEGOA

martes, 22 de junio de 2010

el viento y las horas


El viento y las horas

me arrastran, me mecen,

me cubren de esporas,

de olvidos que crecen.



El tiempo y las olas

me inundan de peces,

sirenas sin colas,

recuerdos sin heces.



De aliento decoras,

silencios que envuelven,

palabras muy solas

no dichas me pierden.



Mis anclas devoras,

no desaparecen

la tinta que añoras

ni el odio que hierve.



Tu ausencia se moja,

el mar la retiene,

la empuja a sus fosas,

tu hiel la detiene.



Vomitas aromas

pasados que vuelven.

Diluvios de comas

los puntos disuelven.



Levantas mi proa,

hundida mil veces.

Subido a la loma

tu piel reaparece.



La sal me destroza,

la arena me escuece,

no hay húmeda borda,

seco el dolor crece.



El viento y las horas

lejanos se advierten,

ya no hay quién los coja

desde tierras verdes.



El tiempo y las olas

mi dolor no ciernen.

La muerte se asombra,

mas ya no me quiere.

viernes, 11 de junio de 2010

GRACIAS POR VENIR


Sales del edificio. El cemento te ahoga. El aliento condensado de todos los sufrimientos que se hayan de convención, forma una densa bruma en la que ya te es imposible respirar. Una de las plañideras te mira con desconfianza, no te reconoce, debe de ser una de las nuevas. Buscas en los bolsillos del pantalón, abres la mochila, las prisas nunca fueron buenas.


Se acerca borrosa, desenfocada. Te toca la espalda quemándote a su contacto y te dice: “te acompaño en el sentimiento”. Tal vez guardes un bozal en la mochila, pero como estabas buscando el tabaco tampoco te has parado a examinar todo el contenido. Nadie puede acompañarte por dónde ni tú mismo conoces el camino. Intentas centrarte en sus rasgos. Podría ser familia de los herreros pero no parece tener el mentón cuadrado, aunque tampoco serías capaz de asegurarlo. Lo único a lo que te recuerda es a un perro de esos guardianes de los dibujos animados, a un bulldog sin dueño y que ladra sin parar. Sus babas te acompañan en el sentimiento y para que no te aburras te regalan toneladas de condescendencia y lamentos de mercadillo en oferta. Para hacerte más agradable el camino te prestan su asco y su vida de mierda, sus temores y esperanzas, que harán de la tuya un lugar plácido, una casa de campo a las afueras, con huerto, mujer, un par de críos, a poder ser la parejita y un perro en el jardín junto a la piscina. Pero un perro que no se parezca a ella. Llamas mentalmente a la protectora para rogarles que no olviden la inyección letal, ya que al tratarse de un perro rabioso, nunca se sabe, y que no hay que dejar que se acerque demasiado, y que de hacerlo siempre es bueno poder lanzarle un dardo desde lejos, un tiro con puntería que la acalle, y que seque sus babas incontrolables, un dardo certero que le regale el descanso eterno. Sigues sin verla con nitidez. Su mano no se aparta de tu hombro y además de quemaduras te produce náuseas y urticarias.


Le dices mentalmente que se vaya, en el lenguaje de los perros, con patadas invisibles. Sonríes y le susurras con los ojos llorosos “muchas gracias por venir”. Te acaricia de nuevo arrancándote jirones de piel. “Me ha llamado la tía esta mañana para decírmelo. Tan de repente, y tan joven...


Muchas gracias. Cuando por fin te deja, te preguntas si fue real, si acabas de hablar con esa señora infecta o la imaginación te traiciona. El insomnio siempre ayuda. Vuelves a meter la mano en el bolsillo. Olvidas lo que estabas buscando. Haces recuento de tus últimos movimientos. El olvido salta a través de ellos y te lo pone difícil. Una lágrima se desliza por tu nariz y aterriza en tus labios. La saboreas y la necesidad de nicotina vuelve a tu memoria. ¿Dónde has dejado el tabaco? Miras a tu alrededor para ver si alguien conocido fuma. Una sombra te impide seguir la inspección. Se abalanza sobre ti y su peso te quita el poco aire que aún llegaba a tus pulmones. Sus convulsiones te sacuden como en un terremoto y sientes un río de lágrimas y saliva sobre tus hombros, acariciando con su ácido tus recientes heridas.


La sombra cae sobre ti en una puesta de sol repentina, y se te abalanza, cruel y húmeda. Descifras “te acompaño en el sentimiento” entre balbuceos y sollozos. Te sientes más solo que nunca a pesar de hacer años que tus sentimientos no experimentaban el tener lista de espera. El peso de las mantas que la sombra te somete bajo los sobacos es excesivo, el calor insoportable y la presión empieza a despedazar tu esternón. Tus sentimientos quieren estar solos, lo reivindican a gritos en un manifiesto silencioso, conciso y rotundo. Desean resguardarse en una caja de zapatos cerrada, en el reflejo de la otra parte del espejo escondidos en el revés de una esquina, estar a oscuras, sin voces ensordecedoras. No quieren ya estar ni contigo, les has cansado, y a ti ya no te quedan fuerzas ni para convencerlos de que permanezcan, ni mucho menos para acompañarlos. Te piden permiso, eso sí. Para descansar a solas. Se lo concedes sin hacerte de rogar. Te dejan con la sombra parásito que te sigue abrazando. La separas, controlando el impulso para que no se convierta en el empujón que agradecerían tus manos. Ya no distingues ni su forma humana. El bulto negro que tienes delante no se ha caído al separarlo de ti. No se ha abierto la cabeza contra el bordillo como continúas fantaseando. Intentas imaginarte cómo podría una sombra sin cabeza, perderla de un golpe. Desistes. Podría ser un familiar o un amigo, un curioso o un alma errante, un fantasma, una nube. Se revuelve y te repite: “te acompaño en el sentimiento”, por si no te habías enterado la primera vez. Sonríes con la broma interna que eso supone, ahora que sólo tú sabes que eso no sería posible, que se ha ido para no ser acompañado por nadie, y aún menos por una sombra sin cabeza. Por un momento dudas si revelarle esa gran verdad, miras a dónde se supone que se encontrarían sus ojos de haber tenido cuencas que los pudiesen acunar y le vomitas en un tono uniforme de contestador - teleoperadora “muchas gracias por venir”. Crees haber sonreído en ese gesto autómata que llevas ensayando todo el día, pero no estás del todo seguro. “Me imagino lo duro que tiene que ser también para ti.” También, también, también...


También resuena en tu cabeza con un eco que hace que la palabra se repita en diferentes melodías como en un coro de infinitas voces. “Erais tan buenos amigos”. Amigos se mezcla con También aumentando acordes, incorporando instrumentos para asemejarse a un lamento con aires de muerte, que bien podría estar saliendo de La Traviata o del Requiem de Mozart. En el escenario perfecto que representa un tanatorio cualquier sombra sin cabeza o perro baboso puede representar el aria cumbre de la ópera más decadente.


Fuimos buenos amigos, cierto, también. Pero no precisamente en el orden utilizado por el bulto, ni con el mismo sentido. Esta vez te giras, la educación huye junto al sentimiento, también está harta, bien que hace, ella que puede y tú sin razones para impedírselo. Dice querer refugiarse en el único ascensor sin remolque del mundo, escondido en una cueva a la que no llegue la luz del día ni se pueda subir a ninguna parte. Si tiene espejo, seguro que se ve la otra parte del reflejo dónde agazapada la aguarden tus sentimientos, al otro lado de esa esquina convexa.


Te tropiezas contra un árbol en movimiento. No ves la corteza pero crees distinguir lo que se supone que son sus ramas agitándose contra tus oídos, y entre las hojas escuchas que lo siente, que te acompañan, sentimiento, pena... Las palabras se intercalan con frases sin sentido. Oyes que la muerte en alguien tan joven es injusta. Piensas en la justicia del momento. Tú sin sentimientos ni educación, libre en una celda de dos metros cuadrados, sonriendo desde las rejas a desconocidos, estrechando la mano de enemigos, siendo abrazado por sombras, acosado por árboles, rodeado por formas tambaleantes y difusas. Piensas en la injusticia de haberle perdido y en el dolor que todavía no ha llegado pero sabes que lo hará sin hacerse esperar demasiado. Huyes del cemento y del olor a ataúd buscando una mano amiga, en la que puedas distinguir los dedos, y en la que subiendo por sus brazos nítidos puedas llegar a disfrutar de una verdadera sonrisa, la que sería la primera del día, y también del silencio que ansías.


Escapas del árbol removido por el viento que clama en voz alta y clara su relación con el “fallecido”. Bonita palabra, pulcra y precisa, aséptica y antierótica como comer una polla con condón, elegante como el macarra de barrio que asiste a la comunión de su ahijado. “Relación con el fallecido”. A fuerza de pensar en las varias veces, para diversos impresos, en los que llevas rellenando ese espacio desde esa misma mañana, lo adoptas como lenguaje propio, cercano y coloquial.


Cada vez que algún llanto suena menos o más cerca, se te parece al maullido de un gato. Los discursos sobre justicia, tu relación con el fallecido, estadísticas sobre accidentes de tráfico, sobre el sol maravilloso que luce en un día tan triste, sobre las relaciones homosexuales, o sobre el momento del día en que se habían enterardo de la malograda noticia. Sobre si habían cagado o se estaban lavando los dientes, sobre si habían recibido una llamada con sobresalto o un sms que no se creerían hasta haberlo leído seis veces. A todos esos discursos los unía un mismo hilo conductor y les faltaban únicamente las risas enlatadas, las de la escena más divertida de la teleserie de moda, la que dan a mediodía en cualquier cadena autonómica. Igual a la que se escucha en las emisiones de monólogos. Sí, efectivamente faltaban la banda sonora, las risas enlatadas y la gente con cara y ojos, las sombras con rasgos perceptibles. Faltaban las personas y sobraban las palabras. Los abrazos de la gente amable se habían esfumado con los fumadores y los paquetes de tabaco perdidos, a algún exilio en un país lejano con playa. Ya sólo quedaban inundaciones de complacencia de saldo, choques frontales e invasiones del espacio vital. El respeto a las reglas del juego ya reinaba en el ambiente sin dejar lugar en su dictadura al dedicado a las personas.


En una tormenta de verano viajan tus sentimientos y tu educación. Al fin han creído cauto volver, pero han decidido hacerlo a lo grande, the show must go on, cayendo sobre el mundo que se hunde sin haber sentido el aliento de una boca no difuminada. Caen en forma de granizo partiendo en pedazos a los árboles irrespetuosos de ramas inquietas, se desbordan en torrentes que disuelven las acuarelas difusas que ves a lo lejos borrando la dantesca escena, fluyen también en brillantes ráfagas de gotas apagando las sombras. Desaparecen de tu vista arrasados, todos de golpe, junto a la “relación con el fallecido”, los sinceros pésames y el resto de palabras que forman un charco de tinta al mojarse que tiñe todo lo que quedaba. Olvidas las firmas, las esquelas, los preparativos, los gracias por venir. Miras hacia arriba sorprendido de estar completamente seco.


* * *


Una sombra aparece a lo lejos. Por un momento te asalta el desconcierto de que todo empiece a reaparecer poco a poco. Bien podría ser un árbol, tratarse de un perro pero parece ir tomando forma de persona. Se acerca enfocado y ya solo puedes ver su sonrisa, por fin la primera del día. Sus ojos aligeran la carga que se colgaba sobre tus párpados por haberlos confundido con un trapecio. Recobras la respiración y el cielo vuelve. Su cuerpo te habla, te observa con detenimiento, te examina. Parece que has pasado la prueba.


Te estrecha contra su pecho y te hundes en su cama de agua acolchada, con cojines bordados de cariño y rellenos con calma. Con la destreza de un niño que redescubre, con la curiosidad satisfecha de un gato, y en su colchón te incrustas sin desinflarlo. Te pierdes en su abrazo, sin sentimiento ni educación, que siguen ocupados terminando agonías y destiñendo hipocresías. Sin prisas te entregas.


En una perfecta lectura de necesidades, en el momento en que las lágrimas comienzan a rascarte la garganta, se aparta dejando tan solo su mano en contacto con la tuya, lo suficiente para que no te tambalees. Te sigue mirando en silencio. Sabe que estás roto, que tus añicos están esparcidos por el suelo y que cada paso que alguien da sobre ellos los convierte en polvo. Sabe lo que lo sientes y que jamás podrá acompañarte más lejos de dónde ya ha llegado,. En silencio, te sonríe y te pone un cigarro en la boca después de besarte los labios. Coge otro para él y los enciende. Os paseais bajo el sol. Tu disfrutas de cada una de las caladas como si fuese la primera, él se entretiene tirándote piedras por la espalda. Por un momento las estrellas se apagan.


martes, 11 de mayo de 2010

the show must go on


Primero se le enredaron los hilos de las piernas. A fuerza de imaginar movimientos imposibles convirtiendo sus rodillas en cuencos, los pájaros podían beber de ellas, pero ya sólo le era posible desplazarse a rastras. Seguías teniendo juego con sus brazos, que al principio espantaban a las gaviotas para abrazarte. Nunca te convenció la mezcla de maderas de sus manos, o tal vez fuesen los barnices desconchados los que te alejaron de ellas. Cientos de abrazos vacíos más tarde, se le acabaron por fundir en la espalda, al chaleco de caucho que tú mismo bordaste al fabricarlo.


Él, inmóvil, ya sólo rezaba moviendo el cuello. Tú, aburrido, únicamente disfrutabas haciéndole responder con la cabeza a las preguntas sin respuesta que rondaban por la tuya, pero enseguida te cansaste. Tanto gesto sin lógica alguna acabó anudándole la nuca al hombro derecho, en una gigantesca contractura de cables.


Como un papel arrugado, una marioneta con los miembros inútiles se parece más a un yo-yo inservible, de los que ya nunca vuelven, que a un muñeco articulado. Pasear una bola de madera llena de hilos enredados acaba siendo una tarea fútil, de arduos esfuerzos e invisibles resultados. Ya nadie te envidiaba el poseer el control del que un día fue el más hábil de los títeres.


En una época en la que el circo se ha convertido en un espectáculo decadente tras la muerte del último payaso y el teatro callejero en un negocio sin inversores, nadie colecciona viejos juguetes, y tampoco quedan voluntarios para arreglar los que se han estropeado. Tú, ni tan siquiera pensaste en esa posibilidad. Cómo un niño que abandona en agosto el cachorro recibido en navidades, simplemente dejó de interesarte.


Cuando los trovadores poblaban las calles y los ayuntamientos eran presididos por bufones, fuiste la envidia de todas las aldeas que se ven desde la loma de los muertos. Por querer construirlo, por hacerlo a tu imagen y semejanza, por usar en él todo lo que de ti anhelabas. Adorado por villanos, venerado por nobles, reconocido por deidades. De tu muñeco ostentabas, paseabas tu orgullo entre sus hilos, con tu júbilo coreografiabas sus pasos de baile, danzó por tus éxitos acariciando tu cuarto de hora, poniéndole forma a tus sueños. Os visitaban en las plazas, os empujaban a las ferias de ganado, desaparecíais entre las sombras de mil Calles Mayores, en las fiestas de guardar y en las otras, en las que las invitaciones acostumbran a ser silenciosas, inodoras, transparentes susurros, insinuaciones en la distancia. En los momentos más íntimos y oscuros también te mostraste a través de sus gráciles reverencias, estiraste de la grieta de sus labios de madera para dibujar una sonrisa más generosa que la tuya, le contaste secretos de la noche, leyendas históricas inexistentes, silencios inventados. Os iluminabais en la niebla para que los más dispersos también pudiesen disfrutaros. Los de corazones saltimbanquis y mentes trapecistas, los contorsionistas con esclerósis múltiple, las esperanzas malabares, los equilibristas impacientes.


También en los bajos fondos os observaron. En un Cabaré clandestino, debajo de la Ópera en la que habíais actuado esa misma la mañana. En tiempos en los que la mierda atraía a más espectadores, cuando las muertes se bendecían a gritos. Entonces le llevabas siempre contigo, en tu maleta ordenada, en un ataúd taciturno a la espera ya sin esperanza de ser tocado por una espiga de luna al ser abierto. Y a la salida siempre os sonreían, con cada luna diferente, incluso en las rojas. En aquellos tiempos de profanaciones de tumbas y revistas de carretera, aún le sacabas a menudo.


Desde que se le enredaron las cuerdas, y las guitarras dejaron de sonar, ya no te gusta tanto arrastrarle, y te resulta más cómodo llevarle por un asa, aunque permanezca siempre a oscuras, encerrado y confuso.


Las luces de los teatros ya no brillan, y las de los sótanos ya sólo alumbran a un par de invidentes y a alguna que otra rata errante. La poesía si no es capaz de vender consoladores o de almacenarse en rollos de papel higiénico, ya ni se recicla al ser vomitada. Los focos se rompieron la última vez que se limpiaron con los restos óseos e inertes de los últimos que pagaron su entrada. El escenario se hundió con la pena, a falta de peso que seguir manteniendo. Los actores fueron quemados, el resto de técnicos lapidados con piezas de casino o empalados por antenas de televisión. Soterraron el arte sobre el cimiento de los creadores. Acallaron las voces llenando las rabias con cemento, tapando la luz del sol con la sangre que ya regaba por entonces las calles.


En un tiempo sin lugar para marionetas, enredaste sus hilos a propósito. Te propusiste el arrojo de deshilar sus manos anudadas. De desnudar el enojo de sus entrañas, a través de un río pudoroso y sin desembocadura. No le olvidaste porqué te resultó más sencillo seguir recordándole cada vez con menos frecuencia, a cada contacto con menos soltura y mayor impaciencia.


En tiempos sin invitados ni ganas, no se producen engaños, ni se subvencionan excentricidades, y dudo que alguna limosna alcance para volver a poner en funcionamiento una vieja marioneta, aunque solo baste con cortarle los hilos para ponerle unos nuevos.



viernes, 7 de mayo de 2010

LITIO PARA VIRGINIA WOOLF


Duermo en un colchón,

plagado de ratas,

sus dientes por muelles,

somieres de esparto,

dagas por almohada,

sábanas candentes.



Velo un paredón

sujeto con latas,

apilo los reyes

en un cruel reparto,

la carta mojada

de muertes presentes.



Espero un bajón

en las cataratas,

sin respetar leyes,

de gritos me harto.

En mi encrucijada,

mi altura presientes.



Litio,

Hay estado de sitio.



Silencio y reposo equilibran mi alma,

roedores callados, paredes en calma.



Duermo con tesón,

las horas son gratas.

Sin soplar los fuelles

mi energía aparto,

me fundo en la nada,

sentándome en puentes.



Velo de cartón,

tú, fuerte me atas,

deseo que selles

mi lejano parto,

que me alces tu azada,

que cierres las fuentes.



Espero un arcón,

fúnebres sonatas,

filas de mil bueyes

veneran mi infarto,

se alzan en cruzada

con ciegas videntes.



Litio,

Ya no encuentro mi sitio.


Borras mi desidia con hojas de palma,

cortas el pesar que la química empalma.


miércoles, 28 de abril de 2010

NIÑO PEZ, VIEJA SUERTE



Una mañana más, Joxe se despierta con el canto de las gaviotas. En su borda, construida en una playa en la que no se ve el mar, el sol no irrumpe y la gente dejó de existir hace tiempo. La única luz que entra a través de las piedras es el recuerdo de su exilio voluntario, un destierro obligado tras llegar a la conclusión de que la suerte nunca iba a poder ser encontrada entre mortales. Un viaje iniciático que sin haber dado frutos, al menos le trajo el silencio. Placebo de placidez. Sucedáneo de templanza.


La primera vez que rozó la suerte, pretendió encerrarla en un árbol hueco, sellando las entradas al tronco con barro y heces. El trébol de cuatro hojas no tardó en pudrirse por falta de aire y exceso de humedad, negándole la fortuna y dándole una primera lección de vida, que sin embargo no aprendió hasta el quinto intento, después de arrancar otros cuatro tréboles más, los últimos sobre la faz de la tierra. Tras el silencio y la búsqueda, llegó la desesperanza. La borda era suficientemente espaciosa para todos.


Las herraduras le trajeron la segunda de las decepciones. Después de tallar varias en madera y comprobar que todas ellas, antes o después, acababan descomponiéndose con el sudor y la lluvia, esculpió una en plata, con una moneda que aún le quedaba en el bolsillo. Fue la vez que más tiempo mantuvo cerca a la suerte, bien atada al cuello, en contacto con su cuerpo, para no poder olvidarse de ella. El primer verano que se paseó a torso descubierto con la fortuna brillando en su pecho, la casualidad quiso que una hurraca, que pasaba en ese momento, se sintiese atraída por el amuleto y que en un par de aleteos se lo llevase. Enganchándose la cadena de helechos a un pedazo de corazón de Joxe con la precisión del picotazo, a medida que el pájaro se alejaba con la herradura en el pico, su corazón se iba deshilachando, bordeando como con una cinta de meta infinita todos los planetas por los que el animal iba pasando.


Su tercer encuentro con la suerte fue con un elfo de los bosques, sabio testigo de los tiempos, mago de sueños, ilusionista de felicidades, hijo de la tierra, bello y perfecto, juguetón y esquivo. Lo ató a su árbol hueco para obligarle a compartir su secreto, y como mandan las costumbres no lo perdió de vista durante días, para que no se desvaneciese. Embelesado por su poder y tras cinco lunas de desvelo, no vio venir por la espalda a dos cuervos, siervos del elfo, que le arrancaron los ojos a un suspiro de su amo. Antes de desaparecer y a modo de disculpa, el elfo besó a Joxe en los labios, arrebatándole también el habla.


Ciego y mudo, sin esperanza ni corazón, siguió buscando a tientas, en su eterna noche cerrada, subiendo por el sendero que va desde la borda hasta el río, y que desemboca en el mar invisible. Siempre andaba descalzo, para saber cuando caminaba sobre la mierda de algún animal errante. Y creía haber pisado varias, que sin embargo seguían sin responder a las preguntas mudas y sin interrogantes de su cabeza sin ojos. Tantos años arrastrando los pies a ciegas por ciénagas y barrizales, le hicieron inmune al miedo a caminar por acantilados, pero no así al hecho de poder caer por ellos, como demostró la caída sufrida la tarde en la que perdió las dos piernas.


Con mucha menos agilidad que a su llegada aunque igual de persistente y ordenado, Joxe siguió subiendo a rastras el camino hacia el río a diario. Como para demostrarse que todavía podía alcanzar a la suerte, darle caza y ser capaz de preservarla.


Una mañana más, Joxe sale reptando por la puerta de su borda ayudado tan solo por sus manos, restregando contra el suelo el hueco de su pecho, encallando aún más los muñones que despuntan de sus ingles. No llega hasta la tarde al río, recorrido que antes hacía en a penas una media hora. Se acerca a la orilla, lava los arañazos y heridas producidos en la subida, y bebe en el cuenco que forman sus manos, por el que se escapan las gotas que producen la música más maravillosa de todo el día, contentas de encontrarse de nuevo con sus hermanas, de lanzarse a una carrera sin fin, felices de fluir en equilibrio a través de su madre, el cauce del río.


Ya sólo conserva el oído y sus manos, por lo que si oyese a la suerte lo suficientemente cerca, sería capaz, al menos, de acariciarla, con lo que por el momento ya se conforma.


Mientras bebe, un canto se mezcla con la percusión de las gotas escapándose de entre sus dedos. No se trata de su gaviota despertador, ni del viento, ni de ningún compañero nuevo, si no de un canto mágico, una melodía circular, como si alguien hubiese conseguido afinar la perfección. Unas notas que le invitan a sumergirse y seguir la misma suerte que arrastrará a las gotas caídas del cuenco de sus brazos.


Ha oído hablar de sirenas de río, de monstruos acuáticos, de lamías, de mujeres de agua y del niño pez. Ha escuchado todas esas leyendas de boca de los más sabios, los árboles, se ha dormido cientos de veces con los relatos contados por la luna, las nanas cantadas por el viento y los poemas recitados por las águilas. Historias sobre las quimeras de río y sobre la suerte que corren aquellos que las encuentran. Pero ya no tiene esperanza ni corazón para disfrutar de esa fortuna ni para ansiarla, no le quedan ojos para verla, ni palabras para poder resolver las dudas que aún alberga. Y sin piernas tampoco podría saltar si se le escapase de nuevo.


Una muerte más, y como en cada una de las anteriormente sufridas, Joxe es esclavo de su destino. De nuevo se le presenta delante, y esta vez también sabe que no va a poder rechazarla, que será incapaz de resistirse. Escucha las mil voces del niño pez, sí, ahora sabe que se trata de él porqué se lo han susurrado las piedras. Estira los brazos para asirse con fuerza a las raíces de la orilla y poder franquearla. Empuja con los muñones y tomando el impulso de una trucha a contra corriente desaparece. Con la fuerza de un torrente se precipita hacia el mar que nunca ha visto, y dónde acabará confundiéndose con la suerte que tantas veces se le ha escapado, y que esta vez gracias al niño pez va a poder conocer.


* * * * *


A veces aún paseo por el monte con la esperanza de encontrar la borda y acabar mis días en un palacio sin ventanas acompañado de ovejas. El mar ya no llega a esta zona, los buscadores de suerte se lo bebieron. Joxe ya sólo vuelve cuando sopla el haize-hego (viento sur), o eso dicen los ancianos, y sin voz, únicamente puede entenderle el que haya dado con su árbol hueco, que ahora utiliza como cuerdas vocales. Los troncos vacíos abundan en este infinito cementerio de árboles, pero ninguno me habla. Vuelvo a casa y escribo las conversaciones imaginarias mantenidas con Joxe. Miro por la ventana desde mi escritorio y me pregunto si la suerte se parecerá al silencio.


Tampoco oigo respuesta alguna en las montañas. A veces fantaseo con cortarme las manos y sonrío. Escribir con muñones palabras que nunca fueron dichas, menuda suerte la mía.


domingo, 25 de abril de 2010

DULCE HOTEL


En un cementerio de carretera

en el que se alquilan nichos por horas,

las luces de neón negro brillan a lo lejos.

En medio de ninguna parte.



Las periciosas gobernantas

someten con ternura las lápidas,

para que los clientes no padezcan insomnio.

Alisan el mármol con mimo,

colocan con gusto las coronas de flores,

almohadas de suaves lirios,

que los cuellos de los conductores

acogen con sus músculos agarrotados.



El hilo musical del canto de los cuervos,

resuena como una nana,

en el hueco de las cunas-fosos,

tranquilizando a los viajeros.



Los kilómetros ya han perdido importancia,

como el cansancio,

los despertadores,

las citas a primera hora de la mañana,

los dolores cervicales,

las tendinitis de muñeca,

el deseo.



El servicio de habitaciones es impecable,

tan solo los vivos suelen quejarse,

y ya nadie quiere estarlo,

me lo ha dicho el botones con su pala.



Quién quiere jabones o costureros

cuando se puede disfrutar del silencio

que únicamente las plañideras rompen,

a lo lejos,

en los días de fiesta que les resultan rentables.



Quién puede compadecerse por no tener minibar,

cuando los gusanos invaden su rostro

y la tierra sus pulmones,

alimentando la paz,

refrescando los hastíos,

embriagando la esperanza.



Todos desearían quedarse,

si aún deseasen.

Rogarían clemencia

si se les condenase al destierro.



Pero ya no hay nada por lo que rogar,

ni por lo que llorar,

o lamentarse.

Simplemente no hay nada.



Ya quedan pocos hoteles

con tantos clientes satisfechos.

Pocos rincones

en los que gobierne el conformismo.

Ninguna ciudad o aldea

en la que todos sus habitantes,

aún sin saberlo,

no ansíen a gritos salir de viaje,

escapar y perderse,

soñar con el vacío,

encontrarse en el centro de un cielo infinito

y sentirse atraídos

por letreros que anuncian

confortables habitaciones,

sin desayuno,

sin obligaciones.



Huid todos,

para preservar el momento.

Romped los cristales de las ventanas,

y que se quemen las fábricas,

inundad las escuelas con lodo,

para que los templos repten.



Cubrid las ciudades con cemento,

y que a los pueblos los invadan los árboles.



Salvad tan solo los caminos,

laberintos del tiempo,

esclavos del destino,

llaves oxidadas de candados perdidos,

jaulas con salida a ningún lugar,

que sin que os dirijan,

serán capaces de distanciaros,


del bullicio,

del dolor,

del todo que nos sobrepasa.



Sed viajeros del azar,

en busca de la desidia.

Caballeros errantes y desnudos,

en defensa del desconcierto,

con la espada del deshonor.



Solitarios.

Ni en grupos ni en familias.

Por senderos en los que la amistad no existe

y dónde el amor pereció hace tiempo.



Acabaréis en camas individuales,

espaciosas y placenteras,

orgullosas de convertirse en vuestros lechos eternos,

contentas de albergar vuestros cuerpos agradecidos.



Vacaciones permanentes

que ponen de manifiesto

la inutilidad de haberse entregado al trabajo,

a veinticuatro horas diarias

que nunca merecieron ser vividas,

a las concesiones hechas en balde,

a las promesas cumplidas

a los besos robados.



Sólo en mi hotel

encontrarás sentido a lo que nunca ha existido.

Sólo conmigo

tus voces dejarán de ensordecerte.



Cuando en la noche un neón negro te reclame

no seas estúpido y para,

Te daré lo que quieras,

aunque tu deseo te haya abandonado,

en la última gasolinera,

dónde repostaste el olvido,

a cambio de tu último aliento.