Primero se le enredaron los hilos de las piernas. A fuerza de imaginar movimientos imposibles convirtiendo sus rodillas en cuencos, los pájaros podían beber de ellas, pero ya sólo le era posible desplazarse a rastras. Seguías teniendo juego con sus brazos, que al principio espantaban a las gaviotas para abrazarte. Nunca te convenció la mezcla de maderas de sus manos, o tal vez fuesen los barnices desconchados los que te alejaron de ellas. Cientos de abrazos vacíos más tarde, se le acabaron por fundir en la espalda, al chaleco de caucho que tú mismo bordaste al fabricarlo.
Él, inmóvil, ya sólo rezaba moviendo el cuello. Tú, aburrido, únicamente disfrutabas haciéndole responder con la cabeza a las preguntas sin respuesta que rondaban por la tuya, pero enseguida te cansaste. Tanto gesto sin lógica alguna acabó anudándole la nuca al hombro derecho, en una gigantesca contractura de cables.
Como un papel arrugado, una marioneta con los miembros inútiles se parece más a un yo-yo inservible, de los que ya nunca vuelven, que a un muñeco articulado. Pasear una bola de madera llena de hilos enredados acaba siendo una tarea fútil, de arduos esfuerzos e invisibles resultados. Ya nadie te envidiaba el poseer el control del que un día fue el más hábil de los títeres.
En una época en la que el circo se ha convertido en un espectáculo decadente tras la muerte del último payaso y el teatro callejero en un negocio sin inversores, nadie colecciona viejos juguetes, y tampoco quedan voluntarios para arreglar los que se han estropeado. Tú, ni tan siquiera pensaste en esa posibilidad. Cómo un niño que abandona en agosto el cachorro recibido en navidades, simplemente dejó de interesarte.
Cuando los trovadores poblaban las calles y los ayuntamientos eran presididos por bufones, fuiste la envidia de todas las aldeas que se ven desde la loma de los muertos. Por querer construirlo, por hacerlo a tu imagen y semejanza, por usar en él todo lo que de ti anhelabas. Adorado por villanos, venerado por nobles, reconocido por deidades. De tu muñeco ostentabas, paseabas tu orgullo entre sus hilos, con tu júbilo coreografiabas sus pasos de baile, danzó por tus éxitos acariciando tu cuarto de hora, poniéndole forma a tus sueños. Os visitaban en las plazas, os empujaban a las ferias de ganado, desaparecíais entre las sombras de mil Calles Mayores, en las fiestas de guardar y en las otras, en las que las invitaciones acostumbran a ser silenciosas, inodoras, transparentes susurros, insinuaciones en la distancia. En los momentos más íntimos y oscuros también te mostraste a través de sus gráciles reverencias, estiraste de la grieta de sus labios de madera para dibujar una sonrisa más generosa que la tuya, le contaste secretos de la noche, leyendas históricas inexistentes, silencios inventados. Os iluminabais en la niebla para que los más dispersos también pudiesen disfrutaros. Los de corazones saltimbanquis y mentes trapecistas, los contorsionistas con esclerósis múltiple, las esperanzas malabares, los equilibristas impacientes.
También en los bajos fondos os observaron. En un Cabaré clandestino, debajo de la Ópera en la que habíais actuado esa misma la mañana. En tiempos en los que la mierda atraía a más espectadores, cuando las muertes se bendecían a gritos. Entonces le llevabas siempre contigo, en tu maleta ordenada, en un ataúd taciturno a la espera ya sin esperanza de ser tocado por una espiga de luna al ser abierto. Y a la salida siempre os sonreían, con cada luna diferente, incluso en las rojas. En aquellos tiempos de profanaciones de tumbas y revistas de carretera, aún le sacabas a menudo.
Desde que se le enredaron las cuerdas, y las guitarras dejaron de sonar, ya no te gusta tanto arrastrarle, y te resulta más cómodo llevarle por un asa, aunque permanezca siempre a oscuras, encerrado y confuso.
Las luces de los teatros ya no brillan, y las de los sótanos ya sólo alumbran a un par de invidentes y a alguna que otra rata errante. La poesía si no es capaz de vender consoladores o de almacenarse en rollos de papel higiénico, ya ni se recicla al ser vomitada. Los focos se rompieron la última vez que se limpiaron con los restos óseos e inertes de los últimos que pagaron su entrada. El escenario se hundió con la pena, a falta de peso que seguir manteniendo. Los actores fueron quemados, el resto de técnicos lapidados con piezas de casino o empalados por antenas de televisión. Soterraron el arte sobre el cimiento de los creadores. Acallaron las voces llenando las rabias con cemento, tapando la luz del sol con la sangre que ya regaba por entonces las calles.
En un tiempo sin lugar para marionetas, enredaste sus hilos a propósito. Te propusiste el arrojo de deshilar sus manos anudadas. De desnudar el enojo de sus entrañas, a través de un río pudoroso y sin desembocadura. No le olvidaste porqué te resultó más sencillo seguir recordándole cada vez con menos frecuencia, a cada contacto con menos soltura y mayor impaciencia.
En tiempos sin invitados ni ganas, no se producen engaños, ni se subvencionan excentricidades, y dudo que alguna limosna alcance para volver a poner en funcionamiento una vieja marioneta, aunque solo baste con cortarle los hilos para ponerle unos nuevos.




