martes, 11 de mayo de 2010

the show must go on


Primero se le enredaron los hilos de las piernas. A fuerza de imaginar movimientos imposibles convirtiendo sus rodillas en cuencos, los pájaros podían beber de ellas, pero ya sólo le era posible desplazarse a rastras. Seguías teniendo juego con sus brazos, que al principio espantaban a las gaviotas para abrazarte. Nunca te convenció la mezcla de maderas de sus manos, o tal vez fuesen los barnices desconchados los que te alejaron de ellas. Cientos de abrazos vacíos más tarde, se le acabaron por fundir en la espalda, al chaleco de caucho que tú mismo bordaste al fabricarlo.


Él, inmóvil, ya sólo rezaba moviendo el cuello. Tú, aburrido, únicamente disfrutabas haciéndole responder con la cabeza a las preguntas sin respuesta que rondaban por la tuya, pero enseguida te cansaste. Tanto gesto sin lógica alguna acabó anudándole la nuca al hombro derecho, en una gigantesca contractura de cables.


Como un papel arrugado, una marioneta con los miembros inútiles se parece más a un yo-yo inservible, de los que ya nunca vuelven, que a un muñeco articulado. Pasear una bola de madera llena de hilos enredados acaba siendo una tarea fútil, de arduos esfuerzos e invisibles resultados. Ya nadie te envidiaba el poseer el control del que un día fue el más hábil de los títeres.


En una época en la que el circo se ha convertido en un espectáculo decadente tras la muerte del último payaso y el teatro callejero en un negocio sin inversores, nadie colecciona viejos juguetes, y tampoco quedan voluntarios para arreglar los que se han estropeado. Tú, ni tan siquiera pensaste en esa posibilidad. Cómo un niño que abandona en agosto el cachorro recibido en navidades, simplemente dejó de interesarte.


Cuando los trovadores poblaban las calles y los ayuntamientos eran presididos por bufones, fuiste la envidia de todas las aldeas que se ven desde la loma de los muertos. Por querer construirlo, por hacerlo a tu imagen y semejanza, por usar en él todo lo que de ti anhelabas. Adorado por villanos, venerado por nobles, reconocido por deidades. De tu muñeco ostentabas, paseabas tu orgullo entre sus hilos, con tu júbilo coreografiabas sus pasos de baile, danzó por tus éxitos acariciando tu cuarto de hora, poniéndole forma a tus sueños. Os visitaban en las plazas, os empujaban a las ferias de ganado, desaparecíais entre las sombras de mil Calles Mayores, en las fiestas de guardar y en las otras, en las que las invitaciones acostumbran a ser silenciosas, inodoras, transparentes susurros, insinuaciones en la distancia. En los momentos más íntimos y oscuros también te mostraste a través de sus gráciles reverencias, estiraste de la grieta de sus labios de madera para dibujar una sonrisa más generosa que la tuya, le contaste secretos de la noche, leyendas históricas inexistentes, silencios inventados. Os iluminabais en la niebla para que los más dispersos también pudiesen disfrutaros. Los de corazones saltimbanquis y mentes trapecistas, los contorsionistas con esclerósis múltiple, las esperanzas malabares, los equilibristas impacientes.


También en los bajos fondos os observaron. En un Cabaré clandestino, debajo de la Ópera en la que habíais actuado esa misma la mañana. En tiempos en los que la mierda atraía a más espectadores, cuando las muertes se bendecían a gritos. Entonces le llevabas siempre contigo, en tu maleta ordenada, en un ataúd taciturno a la espera ya sin esperanza de ser tocado por una espiga de luna al ser abierto. Y a la salida siempre os sonreían, con cada luna diferente, incluso en las rojas. En aquellos tiempos de profanaciones de tumbas y revistas de carretera, aún le sacabas a menudo.


Desde que se le enredaron las cuerdas, y las guitarras dejaron de sonar, ya no te gusta tanto arrastrarle, y te resulta más cómodo llevarle por un asa, aunque permanezca siempre a oscuras, encerrado y confuso.


Las luces de los teatros ya no brillan, y las de los sótanos ya sólo alumbran a un par de invidentes y a alguna que otra rata errante. La poesía si no es capaz de vender consoladores o de almacenarse en rollos de papel higiénico, ya ni se recicla al ser vomitada. Los focos se rompieron la última vez que se limpiaron con los restos óseos e inertes de los últimos que pagaron su entrada. El escenario se hundió con la pena, a falta de peso que seguir manteniendo. Los actores fueron quemados, el resto de técnicos lapidados con piezas de casino o empalados por antenas de televisión. Soterraron el arte sobre el cimiento de los creadores. Acallaron las voces llenando las rabias con cemento, tapando la luz del sol con la sangre que ya regaba por entonces las calles.


En un tiempo sin lugar para marionetas, enredaste sus hilos a propósito. Te propusiste el arrojo de deshilar sus manos anudadas. De desnudar el enojo de sus entrañas, a través de un río pudoroso y sin desembocadura. No le olvidaste porqué te resultó más sencillo seguir recordándole cada vez con menos frecuencia, a cada contacto con menos soltura y mayor impaciencia.


En tiempos sin invitados ni ganas, no se producen engaños, ni se subvencionan excentricidades, y dudo que alguna limosna alcance para volver a poner en funcionamiento una vieja marioneta, aunque solo baste con cortarle los hilos para ponerle unos nuevos.



viernes, 7 de mayo de 2010

LITIO PARA VIRGINIA WOOLF


Duermo en un colchón,

plagado de ratas,

sus dientes por muelles,

somieres de esparto,

dagas por almohada,

sábanas candentes.



Velo un paredón

sujeto con latas,

apilo los reyes

en un cruel reparto,

la carta mojada

de muertes presentes.



Espero un bajón

en las cataratas,

sin respetar leyes,

de gritos me harto.

En mi encrucijada,

mi altura presientes.



Litio,

Hay estado de sitio.



Silencio y reposo equilibran mi alma,

roedores callados, paredes en calma.



Duermo con tesón,

las horas son gratas.

Sin soplar los fuelles

mi energía aparto,

me fundo en la nada,

sentándome en puentes.



Velo de cartón,

tú, fuerte me atas,

deseo que selles

mi lejano parto,

que me alces tu azada,

que cierres las fuentes.



Espero un arcón,

fúnebres sonatas,

filas de mil bueyes

veneran mi infarto,

se alzan en cruzada

con ciegas videntes.



Litio,

Ya no encuentro mi sitio.


Borras mi desidia con hojas de palma,

cortas el pesar que la química empalma.


miércoles, 28 de abril de 2010

NIÑO PEZ, VIEJA SUERTE



Una mañana más, Joxe se despierta con el canto de las gaviotas. En su borda, construida en una playa en la que no se ve el mar, el sol no irrumpe y la gente dejó de existir hace tiempo. La única luz que entra a través de las piedras es el recuerdo de su exilio voluntario, un destierro obligado tras llegar a la conclusión de que la suerte nunca iba a poder ser encontrada entre mortales. Un viaje iniciático que sin haber dado frutos, al menos le trajo el silencio. Placebo de placidez. Sucedáneo de templanza.


La primera vez que rozó la suerte, pretendió encerrarla en un árbol hueco, sellando las entradas al tronco con barro y heces. El trébol de cuatro hojas no tardó en pudrirse por falta de aire y exceso de humedad, negándole la fortuna y dándole una primera lección de vida, que sin embargo no aprendió hasta el quinto intento, después de arrancar otros cuatro tréboles más, los últimos sobre la faz de la tierra. Tras el silencio y la búsqueda, llegó la desesperanza. La borda era suficientemente espaciosa para todos.


Las herraduras le trajeron la segunda de las decepciones. Después de tallar varias en madera y comprobar que todas ellas, antes o después, acababan descomponiéndose con el sudor y la lluvia, esculpió una en plata, con una moneda que aún le quedaba en el bolsillo. Fue la vez que más tiempo mantuvo cerca a la suerte, bien atada al cuello, en contacto con su cuerpo, para no poder olvidarse de ella. El primer verano que se paseó a torso descubierto con la fortuna brillando en su pecho, la casualidad quiso que una hurraca, que pasaba en ese momento, se sintiese atraída por el amuleto y que en un par de aleteos se lo llevase. Enganchándose la cadena de helechos a un pedazo de corazón de Joxe con la precisión del picotazo, a medida que el pájaro se alejaba con la herradura en el pico, su corazón se iba deshilachando, bordeando como con una cinta de meta infinita todos los planetas por los que el animal iba pasando.


Su tercer encuentro con la suerte fue con un elfo de los bosques, sabio testigo de los tiempos, mago de sueños, ilusionista de felicidades, hijo de la tierra, bello y perfecto, juguetón y esquivo. Lo ató a su árbol hueco para obligarle a compartir su secreto, y como mandan las costumbres no lo perdió de vista durante días, para que no se desvaneciese. Embelesado por su poder y tras cinco lunas de desvelo, no vio venir por la espalda a dos cuervos, siervos del elfo, que le arrancaron los ojos a un suspiro de su amo. Antes de desaparecer y a modo de disculpa, el elfo besó a Joxe en los labios, arrebatándole también el habla.


Ciego y mudo, sin esperanza ni corazón, siguió buscando a tientas, en su eterna noche cerrada, subiendo por el sendero que va desde la borda hasta el río, y que desemboca en el mar invisible. Siempre andaba descalzo, para saber cuando caminaba sobre la mierda de algún animal errante. Y creía haber pisado varias, que sin embargo seguían sin responder a las preguntas mudas y sin interrogantes de su cabeza sin ojos. Tantos años arrastrando los pies a ciegas por ciénagas y barrizales, le hicieron inmune al miedo a caminar por acantilados, pero no así al hecho de poder caer por ellos, como demostró la caída sufrida la tarde en la que perdió las dos piernas.


Con mucha menos agilidad que a su llegada aunque igual de persistente y ordenado, Joxe siguió subiendo a rastras el camino hacia el río a diario. Como para demostrarse que todavía podía alcanzar a la suerte, darle caza y ser capaz de preservarla.


Una mañana más, Joxe sale reptando por la puerta de su borda ayudado tan solo por sus manos, restregando contra el suelo el hueco de su pecho, encallando aún más los muñones que despuntan de sus ingles. No llega hasta la tarde al río, recorrido que antes hacía en a penas una media hora. Se acerca a la orilla, lava los arañazos y heridas producidos en la subida, y bebe en el cuenco que forman sus manos, por el que se escapan las gotas que producen la música más maravillosa de todo el día, contentas de encontrarse de nuevo con sus hermanas, de lanzarse a una carrera sin fin, felices de fluir en equilibrio a través de su madre, el cauce del río.


Ya sólo conserva el oído y sus manos, por lo que si oyese a la suerte lo suficientemente cerca, sería capaz, al menos, de acariciarla, con lo que por el momento ya se conforma.


Mientras bebe, un canto se mezcla con la percusión de las gotas escapándose de entre sus dedos. No se trata de su gaviota despertador, ni del viento, ni de ningún compañero nuevo, si no de un canto mágico, una melodía circular, como si alguien hubiese conseguido afinar la perfección. Unas notas que le invitan a sumergirse y seguir la misma suerte que arrastrará a las gotas caídas del cuenco de sus brazos.


Ha oído hablar de sirenas de río, de monstruos acuáticos, de lamías, de mujeres de agua y del niño pez. Ha escuchado todas esas leyendas de boca de los más sabios, los árboles, se ha dormido cientos de veces con los relatos contados por la luna, las nanas cantadas por el viento y los poemas recitados por las águilas. Historias sobre las quimeras de río y sobre la suerte que corren aquellos que las encuentran. Pero ya no tiene esperanza ni corazón para disfrutar de esa fortuna ni para ansiarla, no le quedan ojos para verla, ni palabras para poder resolver las dudas que aún alberga. Y sin piernas tampoco podría saltar si se le escapase de nuevo.


Una muerte más, y como en cada una de las anteriormente sufridas, Joxe es esclavo de su destino. De nuevo se le presenta delante, y esta vez también sabe que no va a poder rechazarla, que será incapaz de resistirse. Escucha las mil voces del niño pez, sí, ahora sabe que se trata de él porqué se lo han susurrado las piedras. Estira los brazos para asirse con fuerza a las raíces de la orilla y poder franquearla. Empuja con los muñones y tomando el impulso de una trucha a contra corriente desaparece. Con la fuerza de un torrente se precipita hacia el mar que nunca ha visto, y dónde acabará confundiéndose con la suerte que tantas veces se le ha escapado, y que esta vez gracias al niño pez va a poder conocer.


* * * * *


A veces aún paseo por el monte con la esperanza de encontrar la borda y acabar mis días en un palacio sin ventanas acompañado de ovejas. El mar ya no llega a esta zona, los buscadores de suerte se lo bebieron. Joxe ya sólo vuelve cuando sopla el haize-hego (viento sur), o eso dicen los ancianos, y sin voz, únicamente puede entenderle el que haya dado con su árbol hueco, que ahora utiliza como cuerdas vocales. Los troncos vacíos abundan en este infinito cementerio de árboles, pero ninguno me habla. Vuelvo a casa y escribo las conversaciones imaginarias mantenidas con Joxe. Miro por la ventana desde mi escritorio y me pregunto si la suerte se parecerá al silencio.


Tampoco oigo respuesta alguna en las montañas. A veces fantaseo con cortarme las manos y sonrío. Escribir con muñones palabras que nunca fueron dichas, menuda suerte la mía.


domingo, 25 de abril de 2010

DULCE HOTEL


En un cementerio de carretera

en el que se alquilan nichos por horas,

las luces de neón negro brillan a lo lejos.

En medio de ninguna parte.



Las periciosas gobernantas

someten con ternura las lápidas,

para que los clientes no padezcan insomnio.

Alisan el mármol con mimo,

colocan con gusto las coronas de flores,

almohadas de suaves lirios,

que los cuellos de los conductores

acogen con sus músculos agarrotados.



El hilo musical del canto de los cuervos,

resuena como una nana,

en el hueco de las cunas-fosos,

tranquilizando a los viajeros.



Los kilómetros ya han perdido importancia,

como el cansancio,

los despertadores,

las citas a primera hora de la mañana,

los dolores cervicales,

las tendinitis de muñeca,

el deseo.



El servicio de habitaciones es impecable,

tan solo los vivos suelen quejarse,

y ya nadie quiere estarlo,

me lo ha dicho el botones con su pala.



Quién quiere jabones o costureros

cuando se puede disfrutar del silencio

que únicamente las plañideras rompen,

a lo lejos,

en los días de fiesta que les resultan rentables.



Quién puede compadecerse por no tener minibar,

cuando los gusanos invaden su rostro

y la tierra sus pulmones,

alimentando la paz,

refrescando los hastíos,

embriagando la esperanza.



Todos desearían quedarse,

si aún deseasen.

Rogarían clemencia

si se les condenase al destierro.



Pero ya no hay nada por lo que rogar,

ni por lo que llorar,

o lamentarse.

Simplemente no hay nada.



Ya quedan pocos hoteles

con tantos clientes satisfechos.

Pocos rincones

en los que gobierne el conformismo.

Ninguna ciudad o aldea

en la que todos sus habitantes,

aún sin saberlo,

no ansíen a gritos salir de viaje,

escapar y perderse,

soñar con el vacío,

encontrarse en el centro de un cielo infinito

y sentirse atraídos

por letreros que anuncian

confortables habitaciones,

sin desayuno,

sin obligaciones.



Huid todos,

para preservar el momento.

Romped los cristales de las ventanas,

y que se quemen las fábricas,

inundad las escuelas con lodo,

para que los templos repten.



Cubrid las ciudades con cemento,

y que a los pueblos los invadan los árboles.



Salvad tan solo los caminos,

laberintos del tiempo,

esclavos del destino,

llaves oxidadas de candados perdidos,

jaulas con salida a ningún lugar,

que sin que os dirijan,

serán capaces de distanciaros,


del bullicio,

del dolor,

del todo que nos sobrepasa.



Sed viajeros del azar,

en busca de la desidia.

Caballeros errantes y desnudos,

en defensa del desconcierto,

con la espada del deshonor.



Solitarios.

Ni en grupos ni en familias.

Por senderos en los que la amistad no existe

y dónde el amor pereció hace tiempo.



Acabaréis en camas individuales,

espaciosas y placenteras,

orgullosas de convertirse en vuestros lechos eternos,

contentas de albergar vuestros cuerpos agradecidos.



Vacaciones permanentes

que ponen de manifiesto

la inutilidad de haberse entregado al trabajo,

a veinticuatro horas diarias

que nunca merecieron ser vividas,

a las concesiones hechas en balde,

a las promesas cumplidas

a los besos robados.



Sólo en mi hotel

encontrarás sentido a lo que nunca ha existido.

Sólo conmigo

tus voces dejarán de ensordecerte.



Cuando en la noche un neón negro te reclame

no seas estúpido y para,

Te daré lo que quieras,

aunque tu deseo te haya abandonado,

en la última gasolinera,

dónde repostaste el olvido,

a cambio de tu último aliento.




domingo, 18 de abril de 2010

cenizas




te sienta tan bien la muerte
que las cenizas no te hacen justicia.


navegan por el recuerdo de mis sueños húmedos,
perdiéndose por el laberinto de mi memoria.


algunas logran alcanzar la salida,
orgullosas,
indemnes,
airosas.


las demás permanecen en la plenitud del olvido,
inertes,
jóvenes,
eternas.


burlonas y soberbias,
sabias y aventajadas.
con la certeza de no poder ser alteradas.


causándome una envidia enfermiza,
en la que me revuelco
como un niño en la arena.


buscándome,
llorándote.


con la esperanza de dejar de ser efímero,
sin el gozo que ayer el odio
me servía a cucharadas,
con la derrota de haberte sobrevivido.


con el hambre de tu vacío,
la ansiedad de mi deseo incinerado,
y los cristales rotos que me dejaron tus besos.


con el viento a favor huyes de mi cabeza,
en la nada te disuelves,
como una pastilla efervescente,
y con el aire,
a ella me devuelves.



de dónde nunca debería haber salido.

martes, 13 de abril de 2010

Nit de Sant Joan



Y en tu lecho me invocas,
recuerdas,
reprimes,
respiras,
me tocas.


Se te escapan mi foto,
las sombras,
el aire
y la vida.
Te agoto.


Suspiras nuestro nombre,
momentos,
ausencias,
torpeza.
¿Seré hombre?


Sangras por los rincones,
me manchas,
te ensucias.
Olvidos.
Cartones.


Arañas el pasado,
mis sueños,
errores,
los pozos
sin vado.


Anclado fui a tus huesos,
mi lienzo,
mi guía,
estuche
de besos.


Vi un padre con tus manos.
En yeso,
madera,
de gestos
humanos.


Lijaste mis astillas,
mis risas,
mis miedos,
con lisas
cuchillas.


Con tus parches me visto.
Disfrazo
las horas.
Me siento
hasta listo.


Libre eres, siempre fiero.
Me lloro.
Te grito.
Nos clamo
y espero.

domingo, 11 de abril de 2010

Siete amapolas para Nené



Siete amapolas para Nené


descansando en el balcón del Sena,

Testigos de luchas en la orilla,

playeras borrachas sin arena.


Cubiertas de corcho coralino,

volando los puentes con su pena,


arrastran fantasmas desquiciados,

se encogen de risa en la colmena.


Cabalgan la noche con sus tallos,

amputan raíces con gangrena.


Advierten dormidas que no hay fallos,

tan solo el despierto se enajena.


Desnudan sus cuerpos de pasados,

mudando sus pieles de sirena.


Admiran la muerte del camino

andado a empujones por condena.


Vomitan el odio en La Bastilla,

renacen del arte que serena

sus horas pasadas con Nené.

lunes, 29 de marzo de 2010

TRÍADA SOLITARIA I : TERRAL



Alicia camina sin aliento, mira el reloj y se sorprende de que a la hora bruja no haya ni un alma en la calle. Repasa mentalmente el camino hasta la parada de autobús. Aguanta la respiración para cerciorarse de que el sonido de los pasos que le acechan desde hace un par de calles, no está únicamente en su cabeza. Vuelve a soltar el aire y acelera un poco el ritmo. Mete instintivamente la mano en el bolso y se topa con el estuche de los tampax. Mierda. Con las prisas ha olvidado cambiarse el salvaeslip de socorro y a esas alturas debe de estar empapada.



Se nota las piernas húmedas. La vergüenza se mezcla con el miedo, el sudor con la sangre, las prisas con el cansancio. No recuerda haberse sentido de ese modo desde que sus compañeros de instituto la acosaban sin descanso poniéndola en ridículo año tras año. Una primera lágrima tiembla en la comisura del ojo amenazando con caer la primera de muchas. Intenta relajarse, practicar esas respiraciones de yoga que jamás son útiles cuando de verdad se necesitan.


Busca el silencio, la calma, la compostura. Encuentra de nuevo el sonido de los pasos que no son los suyos, se remueve por dentro, se deshace en pedazos. Definitivamente ese ruido insiste en salir de su cabeza, en acecharla más allá de su imaginación, en expandir su eco fuera de las paredes de su cerebro. La sensación de suciedad vuelve a desbordar la piscina de terror en la que está sumergida hasta el cuello. Estalla en sollozos. Con suspiros cortos y seguidos. Las mejillas bañadas. Las ingles gelatinosas.



Esos pasos aceleran y se acercan, como los suyos empiezan a desvanecerse y su conciencia a alejarse. Alicia recuerda a los niñatos mimados e hijos de puta que le hicieron imposible la mayor parte de su adolescencia. Busca reconfortarse en el desamparo que otras muchas veces sintió en esa misma ciudad que tanto daño le había causado, para tranquilizarse con el hecho de que todavía sigue de una pieza. ¿Por qué esta vez iba a ser diferente? No podía abandonarse, rendirse huyendo de la realidad con un ordinario desmayo.


Retoma los ejercicios de respiración, repasa en su mente y decide que tendría que haberse desapuntado hace años de esas jodidas clases de yoga que no le sirven para recuperar la entereza. Se ríe de ella misma y sigue llorando de rabia, terror, de desconcierto y de asco. Las arcadas empiezan a sucederse, las náuseas no paran de contraer su vientre. Se hunde en el oleaje de sentimientos e intenta recobrar el equilibrio que va perdiendo por momentos. El viento la zarandea, el calor insoportable al que ya se tendría que haber acostumbrado y sigue odiando desde niña, le susurra que desea destrozarla. Empieza a escuchar el cuchicheo del terror, el silbido de la repulsión. Consigue mirar hacia atrás, pierde la maleta con un golpe de bordillo. Una sombra se abalanza sobre ella, suelta el bolso y grita. Grita como si con la fuerza de su grito fuese a acallar el del viento y a expulsar toda la ira acumulada, su vergüenza, su recelo y su repugnancia. Las piernas se le enganchan, los movimientos se bloquean. Esa odiosa ciudad que la vio nacer, desea su infelicidad hasta en los últimos instantes que pase en ella. Siente el reproche que Málaga le está haciendo. Los celos de que se vaya. La sombra ya está encima. El sonido de su grito se ahoga. Unos ojos eclipsan los suyos. Su rostro ya lo tiene encima.

* * * * * * *

Carlos está sentado en la parada del bus. El viaje será largo, pero si todo sale bien, será el último. Un mes como máximo y el estrés se habrá acabado para siempre. Sonríe. Pierde su mirada en el vacío y se ve pasar las tardes en el Peñón del Cuervo, tomando una caña en Los Baños del Carmen, una copa en ese nuevo sitio de la Araña…


Necesita la playa. Ese sonido constante de las olas. Pero ante todo, el olor a Mar. Ese olor impregnado en las calles, en su cuerpo antes de acostarse, en el cuerpo de sus amantes en los encuentros de una noche. La gente que huele a mar, siempre le había inspirado mucha más confianza. En las ciudades de interior, la gente olía a rancio, al calor seco de un bar plagado de humo, a baúl enterrado, a metro, a infelicidad y a conformismo. Las calles de una ciudad sin mar, para Carlos, eran grises, opacas, estaban ligeramente desenfocadas, como ahumadas por la polución de una fábrica cercana. Hedían a encierro, a cárcel sin ventanas, a ropa vieja que no se ventila desde hace años.



Pero Málaga tenía la luz que él necesitaba, el contraste perfecto. Y además de eso, olía a mar, a azahar y a jazmín. Pero sobretodo a mar. Incluso en el rincón más recóndito del centro podía percibirse la presencia de la playa en la ciudad, esa brisa que lo embarga todo, ese regalo que lo diferenciaba de los sótanos sin ventilación o cocinas sin extractor que representaban para él las ciudades de interior de las que tanto tiempo llevaba escapando.

Mira el reloj y vuelve a sonreír. Un cuarto de hora y el bus le llevaría al aeropuerto. Un mes y la vuelta ya sería definitiva. Le esperarían mil porros en las playas de Pedregalejo, otros tantos besos por las calas de La Araña, litros de cerveza en Guadalmar… Las mareas volverían a regir el ritmo de sus venas, los latidos de su estado de ánimo.


Las doce de la noche y ni una persona en la calle. Las violentas ráfagas de viento parecían haber arrastrado a la gente hasta dejar todo vacío a su paso. El calor había fundido a todas las personas a las que había acariciado. Persianas cerradas. Silencio. Tranquilidad. La última persona que había visto pasar, lo había hecho hacía más de un cuarto de hora, y parecía desorientada, como perdida siguiendo el camino que el viento le marcaba.


Recorre mentalmente la suavidad de los pechos de Marta, la tersura del vientre de Julia, el calor de los abrazos de Noelia, la arena en el ombligo de Raquel. Otras tantas aventuras le esperarían a la vuelta. Pero solo mujeres que oliesen a Mar. Estaba harto del resto de fragancias de las mujeres de ciudades de interior. Esta sería la última vez que saldría de Málaga con esa añoranza, ya que las próximas serían para irse de vacaciones, y no para volver de ellas.


Carlos echa una mirada instintiva a su maleta, se ajusta el cuello de la camisa y vuelve a mirar el reloj. Sólo diez minutos para la llegada del autobús. El momento se acerca. Mira, y a lo lejos ve una pareja que se aproxima. Otro golpe de viento debe de haberlos llevado hasta allí. Por fin alguien más para hacerle compañía. Se acercan a paso firme hacia su misma parada ¿También irían al aeropuerto? Que bonito el amor. No. Parecía que discutían. Bueno, al fin y al cabo, eso también formaba parte de la pareja ¿no?, o al menos eso le había parecido oír. Aspira profundamente. Puede sentir como toneladas de olas llenan sus pulmones de vida.


* * * * * * *


Pablo. 43 años, malagueño y malaguita, funcionario de correos, proveniente de una familia de clase medio-alta con fuertes convicciones católicas. Acompaña a diario a la salida del trabajo a su padre a jugar a la petanca, vuelve a casa, discute con la madre, comen juntos, se echa la siesta y le da tiempo para acercarla a misa de ocho. Cuando le apetece, se queda, como barnizando con ese gesto su día de la más consistente rutina, pero la mayor parte del tiempo, no atraviesa ni la puerta del templo. Vuelve a casa, sintiéndose subversivo y único, se conecta a Internet y chatea durante horas, aprovechando esos momentos de paz, de libertad infinita. No cambiaría su ciudad natal por ninguna otra, aunque apenas haya salido de ella el tiempo suficiente como para poder comparar, y no conozca de Málaga más que su lado más discreto, menos radical y alternativo.


"Esta vez no pienso hacerme ilusiones”.


Se lo repite una y otra vez mientras se somete la camisa nueva en el pantalón recién planchado, centrándolo perfectamente para que la raya coincida con exactitud con el centro de su rodilla. Se alisa las arrugas imaginarias del cuello y se desempolva las inexistentes motas de caspa de los hombros. Es su tercera visita al aeropuerto en seis meses, y ninguna de ellas ha sido para recoger a la misma persona.


“Podría funcionar si esta vez no me muestro demasiado impaciente y ansioso”.


En el fondo sabe que no será capaz, pero le encanta engañarse. Saborea la vida en pareja que tanto añora y espera el encuentro inminente como a algo mágico, definitivo, para siempre.


“Dios mío. Deja que esta vez funcione. Prometo entrar con mamá todos los días a la iglesia, dejar el vicio del chat, guardar ayuno el domingo...”


Querría perder unos cinco kilos. Eso le ayudaría también a conservar el amor de su vida.


¿Podría decir que esta vez había conseguido encontrarlo? No. Mejor era ir con pies de plomo que después se llevaba la desilusión de su vida, y la última vez había engordado tres kilos.”


Para Pablo, cada relación rota suponía, de media, un aumento de talla. También les echaba la culpa de las nuevas arrugas, las canas o sus cada vez más generosas entradas, aunque eso no era capaz de demostrarlo científicamente. Como la primera impresión es la que cuenta, para su primera cita se había dado el lujo de estrenar la faja reductora milagrosa de la Teletienda. El único problema es que andaba como si le estuviesen estirando de una cuerda atada a la cintura. Es cierto que esa incomodidad no le importaba demasiado, puesto que la barriga casi ni se le marcaba y parecía incluso más alto, y eso era lo realmente importante. Además, había acabado por aceptar, que para estar decente era necesario sacrificio y disciplina.

Una vez en la calle, coreografía sus nuevos y rígidos movimientos con el fin de hacerlos más naturales, disfrutando mentalmente de su vientre casi plano. Se va mirando en los escaparates para cerciorarse de que en el reflejo, aunque no se distinga más que una simple sombra, en ella no se note que lleva la nueva sauna moldeadora no disponible en tiendas. Preocupado por su esbelta figura, por los detalles perfeccionistas de su primer encuentro y por el martirio que está dispuesto a soportar, si éste se materializa en el amor eterno que lleva toda la vida buscando, va avanzando por la calurosa noche en contra de las violentas oleadas de viento, sin darse cuenta de estar invadiendo el espacio vital de la chica que tiene a pocos pasos por delante. La chica tropieza y la maleta se le cae, en pocos segundos su cuerpo la sigue. Pablo acelera el paso para asegurarse de que no se ha hecho daño.


* * * * * * *

El conductor del autobús 19 se detiene en la parada del Paseo del Parque. La noche ha sido muy tranquila. Los oídos le zumban por el incesante viento que entra por la ventanilla que tiene abierta. A pesar de ello, no se queja. Ya está acostumbrado al Terral que desde su infancia le ha hecho inmune a los torbellinos de aire caliente. Lo único que lamenta es no tener suficientes pasajeros que le den conversación. Parecen haberse resguardado todos del viento, dispuestos incluso a perder sus aviones que partirían vacíos. Tres viajes más y volvería a casa. Con su aire acondicionado y su televisión de plasma.


Abre la puerta. Los tres que aguardan en cola van subiendo. Tampoco le darán conversación, parece que van juntos. Lástima. Entre risas pagan sus billetes. Los dos chicos ayudan a la tercera a subir su maleta. Muy caballerosos, sí señor, como tiene que ser. A veces piensa que le gustaría tener amigos con los que ir de viaje. ¿Pero, a dónde? El conductor sin nombre arranca el autobús imaginando destinos que no existen a los que ir con gente que no conoce. Para variar, entre tanto trayecto al aeropuerto, no estaría mal que a la llegada se bajase algún día a embarcar con la maleta que nunca había tenido.

CERRANDO CICLOS:
TRÍADA SOLITARIA II: SOLSTICIO
TRÍADA SOLITARIA III: HAIZE-HEGOA

jueves, 18 de marzo de 2010

recuerdo



Fuiste un amante generoso, de los que no abundan. A pesar de haber acabado antes que yo, dichosos nervios los míos, seguiste el reclamo de mis deseos obedeciendo a mis jadeos, recorriste con atino las pistas marcadas sobre mi piel como subrayando las frases tatuadas exigiendo caricias, tapaste con besos las grietas abiertas por mi ansiedad formando una masilla indestructible al mezclar tu saliva y mi sudor.


Fuiste un amante cuidadoso, de los que nunca había llegado a conocer. En la oscuridad de las sombras dónde la agresión reina, no me sedujiste a la fuerza, no me arrastraste a tu lascivia, no te impusiste sin permiso. Te acercaste sorteando los bultos en fila buscando contactos y me dedicaste una única mirada. Suplicante. Sincera. Que me robó una sonrisa, la que permitió que decidieses reír sobre mis labios.


Fuiste un amante silencioso, discreto, como el resto de apuntes en una lista de la compra sin fin, pero marcando tu presencia en negrita. Nuestros nombres nunca fueron pronunciados, nuestros cuerpos retorcidos al unísono de la melodía de tu experiencia se lo dijeron todo, los labios siempre estuvieron demasiado ocupados memorizando pliegues, curvas escondidas y sabores recién descubiertos como para poder pronunciar palabras. El silencio alimentó el placer, la discreción el misterio.


Fuiste un desconocido en un parque, como tantos otros, que desnudó los secretos de dos cuerpos disfrazando el reflejo de sus almas, que satisfizo el bienestar del recuerdo y consiguió mantener en vilo a la memoria. Caminaste como muchos sobre mi lujuria, sin embargo al haberlo hecho descalzo, las huellas de tus plantas desnudas aún se conservan intactas.


Ayer te vi en la parada del autobús 17. No había nadie más con nosotros. Me dedicaste una mirada educada y te sonreí. Esta vez tus labios no besaron los míos. Mi corazón latía intentando vocalizar lo suficiente como para evocar en ti un recuerdo, por lejano que fuese. Esta vez, parecías haber olvidado el lenguaje de mi cuerpo. Tú, que en tan solo una noche habías sido capaz de enseñarme idiomas nuevos. Al apartar tus ojos, se borró mi sonrisa. Llegó el 17, y al subirte en él te llevaste nuestro recuerdo dejándome en la resaca.


Fuiste un amante generoso, cuidadoso, silencioso y discreto. Fuiste un desconocido en un parque que me recordó lo que significaba volver a estar vivo, que despertó sentimientos que ya tenía olvidados y que marcó una senda sobre la que hoy aún me muevo. Sólo tuve que pagar el precio de ser ignorado, y a quien no tiene orgullo ni memoria resulta imposible arrebatarle nada.

jueves, 11 de marzo de 2010

ANTOLOGÍA DE UN DUELO SILENCIOSO




I.




Beso tu boca apretando las grapas,
la herida de tu silencio supura.
Despego tus párpados con ternura,
buscándote entre las cuencas mis mapas.


Quemo tu piel arrancando las capas,

que entretejieron tu cruel hermosura.

No hallo calor en tu fría basura,
en tu gélido cobijo me atrapas.



Tu culpa anudo, la cuelgo en mis venas,
me regocijo en tus dulces palizas,
al hablar con tu sombra me serenas.



Escribo sobre tu ausencia con tizas,
en tu vacío pinto con arenas,

con tus cartas en blanco me hipnotizas.




II.



Vomito los “te quiero” que ofreciste,

en garrafas de formol los conservo,
por si voy a tu entierro los reservo

y tapar el silencio que me diste.


No es rencor lo que guardo a lo que hiciste.
Corrijo que cambiaras siempre el verbo,

mas tu porte y sarcasmo un tanto acerbo
envilecen los versos que dijiste.



No entiendo la sonrisa de tus ojos,

ni concibo el concederte mi cuello.
Ya no estás bajo el techo de mi cueva.



Si el olvido podrá borrar enojos

me desconcierta haber sido plebeyo

aunque estuviese bien ser tu manceba.




III.



Moran saltamontes por mis intestinos,
escaparon a saltos de mi garganta,

que es muy traviesa, sí, y que cuando ella canta
porta tu aliento, de adioses asesinos.


La podredumbre se advierte en los vecinos,

pude haber tejido y despunté tu manta,

mas no hubo espera, sireno ni giganta,

ni finales teatrales anodinos.


Aún resuena el silencio de tu hasta luego,

y me escuecen las mejillas por tu ausencia.
Siento miles de erizos en tus recuerdos.


Lloro para que esta vez apague el fuego

sin ahogarme en el dolor de tu presencia,

ni fundirme en lo glacial de tus acuerdos.




IV.



Cambié mis ojos por bolas de cristal,

tus recuerdos por las fotos sobreexpuestas,
y en el rincón en el que tú aún te acuestas,

camuflé una bastilla armada en metal.



Me enterraste entre colchones de orfidal,

maté al amanecer, condené a las puestas,

truqué los descensos cambiados a cuestas
cosí los olvidos usando dedal.



Tus palabras tatuadas en la nuca,

desordenan con atino mi memoria

que en el dolor de la tinta se acurruca.



Sigo oyendo el veneno de tu oratoria,

la huella de tu cuerpo en mí no caduca,
tu pasado converge en mi trayectoria.



V.



Medicado, la lucidez embelesa,

la perfección de las ideas asoma
toda inmensidad del absurdo me doma

sobrevuelas mi dolor en tu calesa.



Extasiado porque el mundo me interesa,

su color, texturas, la luz de su aroma.

Perdido en las horas tu tiempo es mi broma,
tu cruz mi descanso que a penas me pesa.


Huelo el ruido del sol, veo el mar en las sombras,
la luna me envuelve cuando en ti me refleja.
Toco el viento, lo navego sobre alfombras.



Duermo el olvido que del temor me aleja.

Sueño el recuerdo de que aún hoy tu me asombras.

Vivo en la muerte, firmo el pacto sin queja.




V. (BIS)



Caminas descalzo por el olvido,
cansado de torturas con cautela.
Eres sutil en tu inútil barrido,
ya no viertes cemento en mi acuarela.


Sacudes mi recuerdo entre deshechos,

vas con mis esperanzas al infierno,

me devuelves besos insatisfechos,
veranos que no tuvieron invierno.


Me conduces por sendas recorridas,
dónde araño mis piernas con zarzales,

arrastrando mis brechas descosidas,
contruyendo en mi dolor catedrales.



De las palabras no dichas me agencio,

dulce reproche pour tu cruel silencio.

lunes, 8 de marzo de 2010

VENENO


sórdida y noctámbula,
entre la paranoia de las imágenes hipnagógicas y el desvelo del duelo entre la nicotina y el alcohol abriéndose paso bajo mi cráneo.

complaciente compañera,
inolvidable cómplice de pérdidas de memoria,
estruendosa sonrisa de mi triste silencio.

mórbida y roquera.
un parche malgastado contra la fuga de recuerdos,
un remiendo mal cosido por el que se escapan los olvidos.

mi presente y mi pasado
deslizándose a caricias junto al sudor de tus nalgas.

tórrida y guerrera.
dominatrix de los sueños que despiertos desaparecen.

combustible del deseo que amanece en la furia.
fustigadora de débiles que viven en la queja sin fondo.

* * * * *

verdugo de las apariencias,
pirómana de la moral,
¿podré seguir tu ritmo durante mucho más tiempo?