domingo, 25 de abril de 2010

DULCE HOTEL


En un cementerio de carretera

en el que se alquilan nichos por horas,

las luces de neón negro brillan a lo lejos.

En medio de ninguna parte.



Las periciosas gobernantas

someten con ternura las lápidas,

para que los clientes no padezcan insomnio.

Alisan el mármol con mimo,

colocan con gusto las coronas de flores,

almohadas de suaves lirios,

que los cuellos de los conductores

acogen con sus músculos agarrotados.



El hilo musical del canto de los cuervos,

resuena como una nana,

en el hueco de las cunas-fosos,

tranquilizando a los viajeros.



Los kilómetros ya han perdido importancia,

como el cansancio,

los despertadores,

las citas a primera hora de la mañana,

los dolores cervicales,

las tendinitis de muñeca,

el deseo.



El servicio de habitaciones es impecable,

tan solo los vivos suelen quejarse,

y ya nadie quiere estarlo,

me lo ha dicho el botones con su pala.



Quién quiere jabones o costureros

cuando se puede disfrutar del silencio

que únicamente las plañideras rompen,

a lo lejos,

en los días de fiesta que les resultan rentables.



Quién puede compadecerse por no tener minibar,

cuando los gusanos invaden su rostro

y la tierra sus pulmones,

alimentando la paz,

refrescando los hastíos,

embriagando la esperanza.



Todos desearían quedarse,

si aún deseasen.

Rogarían clemencia

si se les condenase al destierro.



Pero ya no hay nada por lo que rogar,

ni por lo que llorar,

o lamentarse.

Simplemente no hay nada.



Ya quedan pocos hoteles

con tantos clientes satisfechos.

Pocos rincones

en los que gobierne el conformismo.

Ninguna ciudad o aldea

en la que todos sus habitantes,

aún sin saberlo,

no ansíen a gritos salir de viaje,

escapar y perderse,

soñar con el vacío,

encontrarse en el centro de un cielo infinito

y sentirse atraídos

por letreros que anuncian

confortables habitaciones,

sin desayuno,

sin obligaciones.



Huid todos,

para preservar el momento.

Romped los cristales de las ventanas,

y que se quemen las fábricas,

inundad las escuelas con lodo,

para que los templos repten.



Cubrid las ciudades con cemento,

y que a los pueblos los invadan los árboles.



Salvad tan solo los caminos,

laberintos del tiempo,

esclavos del destino,

llaves oxidadas de candados perdidos,

jaulas con salida a ningún lugar,

que sin que os dirijan,

serán capaces de distanciaros,


del bullicio,

del dolor,

del todo que nos sobrepasa.



Sed viajeros del azar,

en busca de la desidia.

Caballeros errantes y desnudos,

en defensa del desconcierto,

con la espada del deshonor.



Solitarios.

Ni en grupos ni en familias.

Por senderos en los que la amistad no existe

y dónde el amor pereció hace tiempo.



Acabaréis en camas individuales,

espaciosas y placenteras,

orgullosas de convertirse en vuestros lechos eternos,

contentas de albergar vuestros cuerpos agradecidos.



Vacaciones permanentes

que ponen de manifiesto

la inutilidad de haberse entregado al trabajo,

a veinticuatro horas diarias

que nunca merecieron ser vividas,

a las concesiones hechas en balde,

a las promesas cumplidas

a los besos robados.



Sólo en mi hotel

encontrarás sentido a lo que nunca ha existido.

Sólo conmigo

tus voces dejarán de ensordecerte.



Cuando en la noche un neón negro te reclame

no seas estúpido y para,

Te daré lo que quieras,

aunque tu deseo te haya abandonado,

en la última gasolinera,

dónde repostaste el olvido,

a cambio de tu último aliento.




domingo, 18 de abril de 2010

cenizas




te sienta tan bien la muerte
que las cenizas no te hacen justicia.


navegan por el recuerdo de mis sueños húmedos,
perdiéndose por el laberinto de mi memoria.


algunas logran alcanzar la salida,
orgullosas,
indemnes,
airosas.


las demás permanecen en la plenitud del olvido,
inertes,
jóvenes,
eternas.


burlonas y soberbias,
sabias y aventajadas.
con la certeza de no poder ser alteradas.


causándome una envidia enfermiza,
en la que me revuelco
como un niño en la arena.


buscándome,
llorándote.


con la esperanza de dejar de ser efímero,
sin el gozo que ayer el odio
me servía a cucharadas,
con la derrota de haberte sobrevivido.


con el hambre de tu vacío,
la ansiedad de mi deseo incinerado,
y los cristales rotos que me dejaron tus besos.


con el viento a favor huyes de mi cabeza,
en la nada te disuelves,
como una pastilla efervescente,
y con el aire,
a ella me devuelves.



de dónde nunca debería haber salido.

martes, 13 de abril de 2010

Nit de Sant Joan



Y en tu lecho me invocas,
recuerdas,
reprimes,
respiras,
me tocas.


Se te escapan mi foto,
las sombras,
el aire
y la vida.
Te agoto.


Suspiras nuestro nombre,
momentos,
ausencias,
torpeza.
¿Seré hombre?


Sangras por los rincones,
me manchas,
te ensucias.
Olvidos.
Cartones.


Arañas el pasado,
mis sueños,
errores,
los pozos
sin vado.


Anclado fui a tus huesos,
mi lienzo,
mi guía,
estuche
de besos.


Vi un padre con tus manos.
En yeso,
madera,
de gestos
humanos.


Lijaste mis astillas,
mis risas,
mis miedos,
con lisas
cuchillas.


Con tus parches me visto.
Disfrazo
las horas.
Me siento
hasta listo.


Libre eres, siempre fiero.
Me lloro.
Te grito.
Nos clamo
y espero.

domingo, 11 de abril de 2010

Siete amapolas para Nené



Siete amapolas para Nené


descansando en el balcón del Sena,

Testigos de luchas en la orilla,

playeras borrachas sin arena.


Cubiertas de corcho coralino,

volando los puentes con su pena,


arrastran fantasmas desquiciados,

se encogen de risa en la colmena.


Cabalgan la noche con sus tallos,

amputan raíces con gangrena.


Advierten dormidas que no hay fallos,

tan solo el despierto se enajena.


Desnudan sus cuerpos de pasados,

mudando sus pieles de sirena.


Admiran la muerte del camino

andado a empujones por condena.


Vomitan el odio en La Bastilla,

renacen del arte que serena

sus horas pasadas con Nené.

lunes, 29 de marzo de 2010

TRÍADA SOLITARIA I : TERRAL



Alicia camina sin aliento, mira el reloj y se sorprende de que a la hora bruja no haya ni un alma en la calle. Repasa mentalmente el camino hasta la parada de autobús. Aguanta la respiración para cerciorarse de que el sonido de los pasos que le acechan desde hace un par de calles, no está únicamente en su cabeza. Vuelve a soltar el aire y acelera un poco el ritmo. Mete instintivamente la mano en el bolso y se topa con el estuche de los tampax. Mierda. Con las prisas ha olvidado cambiarse el salvaeslip de socorro y a esas alturas debe de estar empapada.



Se nota las piernas húmedas. La vergüenza se mezcla con el miedo, el sudor con la sangre, las prisas con el cansancio. No recuerda haberse sentido de ese modo desde que sus compañeros de instituto la acosaban sin descanso poniéndola en ridículo año tras año. Una primera lágrima tiembla en la comisura del ojo amenazando con caer la primera de muchas. Intenta relajarse, practicar esas respiraciones de yoga que jamás son útiles cuando de verdad se necesitan.


Busca el silencio, la calma, la compostura. Encuentra de nuevo el sonido de los pasos que no son los suyos, se remueve por dentro, se deshace en pedazos. Definitivamente ese ruido insiste en salir de su cabeza, en acecharla más allá de su imaginación, en expandir su eco fuera de las paredes de su cerebro. La sensación de suciedad vuelve a desbordar la piscina de terror en la que está sumergida hasta el cuello. Estalla en sollozos. Con suspiros cortos y seguidos. Las mejillas bañadas. Las ingles gelatinosas.



Esos pasos aceleran y se acercan, como los suyos empiezan a desvanecerse y su conciencia a alejarse. Alicia recuerda a los niñatos mimados e hijos de puta que le hicieron imposible la mayor parte de su adolescencia. Busca reconfortarse en el desamparo que otras muchas veces sintió en esa misma ciudad que tanto daño le había causado, para tranquilizarse con el hecho de que todavía sigue de una pieza. ¿Por qué esta vez iba a ser diferente? No podía abandonarse, rendirse huyendo de la realidad con un ordinario desmayo.


Retoma los ejercicios de respiración, repasa en su mente y decide que tendría que haberse desapuntado hace años de esas jodidas clases de yoga que no le sirven para recuperar la entereza. Se ríe de ella misma y sigue llorando de rabia, terror, de desconcierto y de asco. Las arcadas empiezan a sucederse, las náuseas no paran de contraer su vientre. Se hunde en el oleaje de sentimientos e intenta recobrar el equilibrio que va perdiendo por momentos. El viento la zarandea, el calor insoportable al que ya se tendría que haber acostumbrado y sigue odiando desde niña, le susurra que desea destrozarla. Empieza a escuchar el cuchicheo del terror, el silbido de la repulsión. Consigue mirar hacia atrás, pierde la maleta con un golpe de bordillo. Una sombra se abalanza sobre ella, suelta el bolso y grita. Grita como si con la fuerza de su grito fuese a acallar el del viento y a expulsar toda la ira acumulada, su vergüenza, su recelo y su repugnancia. Las piernas se le enganchan, los movimientos se bloquean. Esa odiosa ciudad que la vio nacer, desea su infelicidad hasta en los últimos instantes que pase en ella. Siente el reproche que Málaga le está haciendo. Los celos de que se vaya. La sombra ya está encima. El sonido de su grito se ahoga. Unos ojos eclipsan los suyos. Su rostro ya lo tiene encima.

* * * * * * *

Carlos está sentado en la parada del bus. El viaje será largo, pero si todo sale bien, será el último. Un mes como máximo y el estrés se habrá acabado para siempre. Sonríe. Pierde su mirada en el vacío y se ve pasar las tardes en el Peñón del Cuervo, tomando una caña en Los Baños del Carmen, una copa en ese nuevo sitio de la Araña…


Necesita la playa. Ese sonido constante de las olas. Pero ante todo, el olor a Mar. Ese olor impregnado en las calles, en su cuerpo antes de acostarse, en el cuerpo de sus amantes en los encuentros de una noche. La gente que huele a mar, siempre le había inspirado mucha más confianza. En las ciudades de interior, la gente olía a rancio, al calor seco de un bar plagado de humo, a baúl enterrado, a metro, a infelicidad y a conformismo. Las calles de una ciudad sin mar, para Carlos, eran grises, opacas, estaban ligeramente desenfocadas, como ahumadas por la polución de una fábrica cercana. Hedían a encierro, a cárcel sin ventanas, a ropa vieja que no se ventila desde hace años.



Pero Málaga tenía la luz que él necesitaba, el contraste perfecto. Y además de eso, olía a mar, a azahar y a jazmín. Pero sobretodo a mar. Incluso en el rincón más recóndito del centro podía percibirse la presencia de la playa en la ciudad, esa brisa que lo embarga todo, ese regalo que lo diferenciaba de los sótanos sin ventilación o cocinas sin extractor que representaban para él las ciudades de interior de las que tanto tiempo llevaba escapando.

Mira el reloj y vuelve a sonreír. Un cuarto de hora y el bus le llevaría al aeropuerto. Un mes y la vuelta ya sería definitiva. Le esperarían mil porros en las playas de Pedregalejo, otros tantos besos por las calas de La Araña, litros de cerveza en Guadalmar… Las mareas volverían a regir el ritmo de sus venas, los latidos de su estado de ánimo.


Las doce de la noche y ni una persona en la calle. Las violentas ráfagas de viento parecían haber arrastrado a la gente hasta dejar todo vacío a su paso. El calor había fundido a todas las personas a las que había acariciado. Persianas cerradas. Silencio. Tranquilidad. La última persona que había visto pasar, lo había hecho hacía más de un cuarto de hora, y parecía desorientada, como perdida siguiendo el camino que el viento le marcaba.


Recorre mentalmente la suavidad de los pechos de Marta, la tersura del vientre de Julia, el calor de los abrazos de Noelia, la arena en el ombligo de Raquel. Otras tantas aventuras le esperarían a la vuelta. Pero solo mujeres que oliesen a Mar. Estaba harto del resto de fragancias de las mujeres de ciudades de interior. Esta sería la última vez que saldría de Málaga con esa añoranza, ya que las próximas serían para irse de vacaciones, y no para volver de ellas.


Carlos echa una mirada instintiva a su maleta, se ajusta el cuello de la camisa y vuelve a mirar el reloj. Sólo diez minutos para la llegada del autobús. El momento se acerca. Mira, y a lo lejos ve una pareja que se aproxima. Otro golpe de viento debe de haberlos llevado hasta allí. Por fin alguien más para hacerle compañía. Se acercan a paso firme hacia su misma parada ¿También irían al aeropuerto? Que bonito el amor. No. Parecía que discutían. Bueno, al fin y al cabo, eso también formaba parte de la pareja ¿no?, o al menos eso le había parecido oír. Aspira profundamente. Puede sentir como toneladas de olas llenan sus pulmones de vida.


* * * * * * *


Pablo. 43 años, malagueño y malaguita, funcionario de correos, proveniente de una familia de clase medio-alta con fuertes convicciones católicas. Acompaña a diario a la salida del trabajo a su padre a jugar a la petanca, vuelve a casa, discute con la madre, comen juntos, se echa la siesta y le da tiempo para acercarla a misa de ocho. Cuando le apetece, se queda, como barnizando con ese gesto su día de la más consistente rutina, pero la mayor parte del tiempo, no atraviesa ni la puerta del templo. Vuelve a casa, sintiéndose subversivo y único, se conecta a Internet y chatea durante horas, aprovechando esos momentos de paz, de libertad infinita. No cambiaría su ciudad natal por ninguna otra, aunque apenas haya salido de ella el tiempo suficiente como para poder comparar, y no conozca de Málaga más que su lado más discreto, menos radical y alternativo.


"Esta vez no pienso hacerme ilusiones”.


Se lo repite una y otra vez mientras se somete la camisa nueva en el pantalón recién planchado, centrándolo perfectamente para que la raya coincida con exactitud con el centro de su rodilla. Se alisa las arrugas imaginarias del cuello y se desempolva las inexistentes motas de caspa de los hombros. Es su tercera visita al aeropuerto en seis meses, y ninguna de ellas ha sido para recoger a la misma persona.


“Podría funcionar si esta vez no me muestro demasiado impaciente y ansioso”.


En el fondo sabe que no será capaz, pero le encanta engañarse. Saborea la vida en pareja que tanto añora y espera el encuentro inminente como a algo mágico, definitivo, para siempre.


“Dios mío. Deja que esta vez funcione. Prometo entrar con mamá todos los días a la iglesia, dejar el vicio del chat, guardar ayuno el domingo...”


Querría perder unos cinco kilos. Eso le ayudaría también a conservar el amor de su vida.


¿Podría decir que esta vez había conseguido encontrarlo? No. Mejor era ir con pies de plomo que después se llevaba la desilusión de su vida, y la última vez había engordado tres kilos.”


Para Pablo, cada relación rota suponía, de media, un aumento de talla. También les echaba la culpa de las nuevas arrugas, las canas o sus cada vez más generosas entradas, aunque eso no era capaz de demostrarlo científicamente. Como la primera impresión es la que cuenta, para su primera cita se había dado el lujo de estrenar la faja reductora milagrosa de la Teletienda. El único problema es que andaba como si le estuviesen estirando de una cuerda atada a la cintura. Es cierto que esa incomodidad no le importaba demasiado, puesto que la barriga casi ni se le marcaba y parecía incluso más alto, y eso era lo realmente importante. Además, había acabado por aceptar, que para estar decente era necesario sacrificio y disciplina.

Una vez en la calle, coreografía sus nuevos y rígidos movimientos con el fin de hacerlos más naturales, disfrutando mentalmente de su vientre casi plano. Se va mirando en los escaparates para cerciorarse de que en el reflejo, aunque no se distinga más que una simple sombra, en ella no se note que lleva la nueva sauna moldeadora no disponible en tiendas. Preocupado por su esbelta figura, por los detalles perfeccionistas de su primer encuentro y por el martirio que está dispuesto a soportar, si éste se materializa en el amor eterno que lleva toda la vida buscando, va avanzando por la calurosa noche en contra de las violentas oleadas de viento, sin darse cuenta de estar invadiendo el espacio vital de la chica que tiene a pocos pasos por delante. La chica tropieza y la maleta se le cae, en pocos segundos su cuerpo la sigue. Pablo acelera el paso para asegurarse de que no se ha hecho daño.


* * * * * * *

El conductor del autobús 19 se detiene en la parada del Paseo del Parque. La noche ha sido muy tranquila. Los oídos le zumban por el incesante viento que entra por la ventanilla que tiene abierta. A pesar de ello, no se queja. Ya está acostumbrado al Terral que desde su infancia le ha hecho inmune a los torbellinos de aire caliente. Lo único que lamenta es no tener suficientes pasajeros que le den conversación. Parecen haberse resguardado todos del viento, dispuestos incluso a perder sus aviones que partirían vacíos. Tres viajes más y volvería a casa. Con su aire acondicionado y su televisión de plasma.


Abre la puerta. Los tres que aguardan en cola van subiendo. Tampoco le darán conversación, parece que van juntos. Lástima. Entre risas pagan sus billetes. Los dos chicos ayudan a la tercera a subir su maleta. Muy caballerosos, sí señor, como tiene que ser. A veces piensa que le gustaría tener amigos con los que ir de viaje. ¿Pero, a dónde? El conductor sin nombre arranca el autobús imaginando destinos que no existen a los que ir con gente que no conoce. Para variar, entre tanto trayecto al aeropuerto, no estaría mal que a la llegada se bajase algún día a embarcar con la maleta que nunca había tenido.

CERRANDO CICLOS:
TRÍADA SOLITARIA II: SOLSTICIO
TRÍADA SOLITARIA III: HAIZE-HEGOA

jueves, 18 de marzo de 2010

recuerdo



Fuiste un amante generoso, de los que no abundan. A pesar de haber acabado antes que yo, dichosos nervios los míos, seguiste el reclamo de mis deseos obedeciendo a mis jadeos, recorriste con atino las pistas marcadas sobre mi piel como subrayando las frases tatuadas exigiendo caricias, tapaste con besos las grietas abiertas por mi ansiedad formando una masilla indestructible al mezclar tu saliva y mi sudor.


Fuiste un amante cuidadoso, de los que nunca había llegado a conocer. En la oscuridad de las sombras dónde la agresión reina, no me sedujiste a la fuerza, no me arrastraste a tu lascivia, no te impusiste sin permiso. Te acercaste sorteando los bultos en fila buscando contactos y me dedicaste una única mirada. Suplicante. Sincera. Que me robó una sonrisa, la que permitió que decidieses reír sobre mis labios.


Fuiste un amante silencioso, discreto, como el resto de apuntes en una lista de la compra sin fin, pero marcando tu presencia en negrita. Nuestros nombres nunca fueron pronunciados, nuestros cuerpos retorcidos al unísono de la melodía de tu experiencia se lo dijeron todo, los labios siempre estuvieron demasiado ocupados memorizando pliegues, curvas escondidas y sabores recién descubiertos como para poder pronunciar palabras. El silencio alimentó el placer, la discreción el misterio.


Fuiste un desconocido en un parque, como tantos otros, que desnudó los secretos de dos cuerpos disfrazando el reflejo de sus almas, que satisfizo el bienestar del recuerdo y consiguió mantener en vilo a la memoria. Caminaste como muchos sobre mi lujuria, sin embargo al haberlo hecho descalzo, las huellas de tus plantas desnudas aún se conservan intactas.


Ayer te vi en la parada del autobús 17. No había nadie más con nosotros. Me dedicaste una mirada educada y te sonreí. Esta vez tus labios no besaron los míos. Mi corazón latía intentando vocalizar lo suficiente como para evocar en ti un recuerdo, por lejano que fuese. Esta vez, parecías haber olvidado el lenguaje de mi cuerpo. Tú, que en tan solo una noche habías sido capaz de enseñarme idiomas nuevos. Al apartar tus ojos, se borró mi sonrisa. Llegó el 17, y al subirte en él te llevaste nuestro recuerdo dejándome en la resaca.


Fuiste un amante generoso, cuidadoso, silencioso y discreto. Fuiste un desconocido en un parque que me recordó lo que significaba volver a estar vivo, que despertó sentimientos que ya tenía olvidados y que marcó una senda sobre la que hoy aún me muevo. Sólo tuve que pagar el precio de ser ignorado, y a quien no tiene orgullo ni memoria resulta imposible arrebatarle nada.

jueves, 11 de marzo de 2010

ANTOLOGÍA DE UN DUELO SILENCIOSO




I.




Beso tu boca apretando las grapas,
la herida de tu silencio supura.
Despego tus párpados con ternura,
buscándote entre las cuencas mis mapas.


Quemo tu piel arrancando las capas,

que entretejieron tu cruel hermosura.

No hallo calor en tu fría basura,
en tu gélido cobijo me atrapas.



Tu culpa anudo, la cuelgo en mis venas,
me regocijo en tus dulces palizas,
al hablar con tu sombra me serenas.



Escribo sobre tu ausencia con tizas,
en tu vacío pinto con arenas,

con tus cartas en blanco me hipnotizas.




II.



Vomito los “te quiero” que ofreciste,

en garrafas de formol los conservo,
por si voy a tu entierro los reservo

y tapar el silencio que me diste.


No es rencor lo que guardo a lo que hiciste.
Corrijo que cambiaras siempre el verbo,

mas tu porte y sarcasmo un tanto acerbo
envilecen los versos que dijiste.



No entiendo la sonrisa de tus ojos,

ni concibo el concederte mi cuello.
Ya no estás bajo el techo de mi cueva.



Si el olvido podrá borrar enojos

me desconcierta haber sido plebeyo

aunque estuviese bien ser tu manceba.




III.



Moran saltamontes por mis intestinos,
escaparon a saltos de mi garganta,

que es muy traviesa, sí, y que cuando ella canta
porta tu aliento, de adioses asesinos.


La podredumbre se advierte en los vecinos,

pude haber tejido y despunté tu manta,

mas no hubo espera, sireno ni giganta,

ni finales teatrales anodinos.


Aún resuena el silencio de tu hasta luego,

y me escuecen las mejillas por tu ausencia.
Siento miles de erizos en tus recuerdos.


Lloro para que esta vez apague el fuego

sin ahogarme en el dolor de tu presencia,

ni fundirme en lo glacial de tus acuerdos.




IV.



Cambié mis ojos por bolas de cristal,

tus recuerdos por las fotos sobreexpuestas,
y en el rincón en el que tú aún te acuestas,

camuflé una bastilla armada en metal.



Me enterraste entre colchones de orfidal,

maté al amanecer, condené a las puestas,

truqué los descensos cambiados a cuestas
cosí los olvidos usando dedal.



Tus palabras tatuadas en la nuca,

desordenan con atino mi memoria

que en el dolor de la tinta se acurruca.



Sigo oyendo el veneno de tu oratoria,

la huella de tu cuerpo en mí no caduca,
tu pasado converge en mi trayectoria.



V.



Medicado, la lucidez embelesa,

la perfección de las ideas asoma
toda inmensidad del absurdo me doma

sobrevuelas mi dolor en tu calesa.



Extasiado porque el mundo me interesa,

su color, texturas, la luz de su aroma.

Perdido en las horas tu tiempo es mi broma,
tu cruz mi descanso que a penas me pesa.


Huelo el ruido del sol, veo el mar en las sombras,
la luna me envuelve cuando en ti me refleja.
Toco el viento, lo navego sobre alfombras.



Duermo el olvido que del temor me aleja.

Sueño el recuerdo de que aún hoy tu me asombras.

Vivo en la muerte, firmo el pacto sin queja.




V. (BIS)



Caminas descalzo por el olvido,
cansado de torturas con cautela.
Eres sutil en tu inútil barrido,
ya no viertes cemento en mi acuarela.


Sacudes mi recuerdo entre deshechos,

vas con mis esperanzas al infierno,

me devuelves besos insatisfechos,
veranos que no tuvieron invierno.


Me conduces por sendas recorridas,
dónde araño mis piernas con zarzales,

arrastrando mis brechas descosidas,
contruyendo en mi dolor catedrales.



De las palabras no dichas me agencio,

dulce reproche pour tu cruel silencio.

lunes, 8 de marzo de 2010

VENENO


sórdida y noctámbula,
entre la paranoia de las imágenes hipnagógicas y el desvelo del duelo entre la nicotina y el alcohol abriéndose paso bajo mi cráneo.

complaciente compañera,
inolvidable cómplice de pérdidas de memoria,
estruendosa sonrisa de mi triste silencio.

mórbida y roquera.
un parche malgastado contra la fuga de recuerdos,
un remiendo mal cosido por el que se escapan los olvidos.

mi presente y mi pasado
deslizándose a caricias junto al sudor de tus nalgas.

tórrida y guerrera.
dominatrix de los sueños que despiertos desaparecen.

combustible del deseo que amanece en la furia.
fustigadora de débiles que viven en la queja sin fondo.

* * * * *

verdugo de las apariencias,
pirómana de la moral,
¿podré seguir tu ritmo durante mucho más tiempo?

martes, 23 de febrero de 2010

HISTORIA DE YO



Yo no sabe a ciencia cierta cuando nació, sin embargo recuerda que le han contado que midió tres dedos y medio de largo por dos de ancho. Le hubiera gustado preguntárselo a su madre, pero nunca tuvo la oportunidad de hacerlo porqué fue abandonado en el contenedor que está entre el quiosco y la parada de autobús una hora después de haber llegado a este mundo. Sobre su padre nadie pudo decirle nunca nada, así que creció en un vacío familiar perfecto para el nombre que más tarde adquiriría.

De un palacio verde a otro sin ventanas, Yo fue trasladado por un barrendero, con contrato temporal a quien habitualmente no le correspondía la limpieza de esa zona, que reparó en la caja de zapatos que había sido puesta junto al contenedor, en el momento en que tomaba una pausa para comprar tabaco. Tasio, el barrendero que nada sabía de niños ni de cajas de zapatos, al escuchar lo que creyó un balido, cogió la caja y se la llevó a su prima Maria Teresa, que se había criado en un caserío y que mucho sabía de ovejas. Un día más tarde, con mayor peso y menor ruido, ya que por todos es sabido que los gritos encogen y adelgazan, Maite decidió llevar al recién nacido a la Borda de sus ancestros, donde antaño habían residido cientos de ovejas y que en la actualidad servía de refugio a alguna errante que se escapaba de los terrenos colindantes, así como a algún otro animal que lo utilizaba como segunda residencia. A la vuelta, Maria Teresa enfrascó la tristeza de la separación, en un tarro envasado al vacío que colocó junto al contorno de ojos, nunca más volvió a sentirla.


Tasio, barrendero ocasional y malabarista en tiempos de crisis, como le gustaba decir a su prima, tenía un talento excepcional para actividades poco rentables. Una de las cuales era la de fabricante de espejos. A través de los años había llegado a perfeccionar tanto su técnica que en toda Navarra nadie hacía espejos como los suyos, de hecho no podían encontrarse iguales en ninguna otra parte del mundo, puesto que tenían la particularidad asombrosa de mostrar a quien se mirase en ellos de una forma tan fiel que podía leerse el alma. Únicamente vendió uno, y el comprador, un noble de algún condado de la zona, quedó tan sorprendido como insatisfecho, lo que arruinó una carrera que ni había llegado a despegar. Así que continuó aplicando su talento excepcional, acumulando espejos, cada vez con cualidades más asombrosas. Como en casa de su prima Maria Teresa, con quien compartía una buhardilla, ya no quedaba sitio para guardarlos, entre los dos decidieron llevarlos a la borda para hacerle compañía al pequeño, así como para librarse de un exceso de stock que ya no les permitía seguir caminando con normalidad por la casa.

El pequeño tuvo una infancia feliz aunque fatigosa. Amamantado por una oveja negra que decidió adoptarlo estableciendo su residencia definitiva dónde antes sólo iba de forma ocasional, creció sano en un palacio sin ventanas pero con tantos espejos que el mundo le parecía inmenso. Tardó más de la cuenta en aprender a andar porque se cansaba mucho más que el resto de personas, por lo que él caminaba y por todos los pasos que daba en cada uno de sus reflejos. Por el mismo motivo todos los movimientos que hacía, le cansaban de forma directamente proporcional al número de espejos en los que aparecía.

Maite se pasaba por la borda todos los viernes para limpiar los desperfectos semanales, sacarle brillo a los espejos de su primo, siempre con los ojos vendados, y asegurarse de que el pequeño y su nueva inquilina tenían todo lo que pudiesen necesitar. Tasio tan solo la acompañaba una vez al mes, aprovechando para llevar algún otro espejo y colocarlo en un sitio adecuado, respetando siempre los detalles de un mismo ritual, sentarse frente a la nueva incorporación con Yo en su regazo mirándose juntos durante horas. En esas ocasiones la plenitud del descanso también era doble, y el pequeño recuperaba el cansancio acumulado por no tomarse la serenidad de hacer lo mismo cuando estaba solo. Ni la oveja negra ni Maria Teresa participaban en dicha ceremonia. La madre adoptiva había desistido al no reflejarse por muy cerca que se plantase de cualquiera de los espejos. Maite lo había hecho una sola vez al haberse caído de bruces encima de uno cuando la buhardilla estaba abarrotada de ellos, y si el dolor de la caída había sido inmenso, el ocasionado por el reflejo le había dejado una secuela en la espalda de la que no llegó a recuperarse nunca.

Con el tiempo, Yo llegó a comunicarse con todos y cada uno de los espejos que iluminaban la borda, su contacto con la oveja negra llegó a parecerle tan poco real por el simple hecho de no reflejarse, que la única amiga, madre y compañera de fatigas que había tenido, acabó abandonando la borda para instalarse en otra más cerca del mar. Maite no pudo enfrascar la decepción de su inquilina, no habría encontrado tarro suficientemente grande para guardarla toda, además de que la oveja negra decidió abandonar los parajes un jueves, de forma que cuando Maite llegó al día siguiente, ya se había marchado con su pesar. La oveja que no se había reflejado nunca, para el pequeño tampoco parecía haber existido. No pasaba lo mismo con Maite, que aunque se negaba a ver su propio reflejo poniéndose como venda la corbata negra que su padre usaba en los funerales, el pequeño sí que la veía junto a él, por lo que aunque lejana, la percibía como verdadera.

Yo nunca creyó necesario aprender a hablar, además de que nadie se tomó nunca la molestia de enseñarle a hacerlo. Su contacto con personas se limitaba a la sesión mensual de descanso extremo que compartía con Tasio, y éstas siempre eran en absoluto silencio, y a la visita semanal de su benefactora Maite, que al dirigirse a él asegurándose de no reflejarse en ningún sitio, Yo era incapaz de escucharla, y cuando se reflejaban juntos en alguno de los espejos porque ella lo estuviese limpiando a ciegas, la concentración le impedía formular ninguna palabra. Así que nunca llegó a familiarizarse lo suficiente con el lenguaje como para llegar a practicarlo.


Las visitas ocasionales de determinados animales, principalmente ovejas, que habían caracterizado la borda a lo largo y ancho del tiempo, escaseaban ahora de forma sorprendente. Al parecer se había corrido la voz de que cientos de niños aparecían y desaparecían de las paredes, a esas alturas, ya completamente cubiertas de espejos. Asustados por los rumores y sin atreverse a verificarlo por sí mismos, fueron dejando de acercarse, hasta convertir la borda en una casa maldita por la que ya sólo moraba la presencia del niño. Además, Maria Teresa había recibido una oferta interesante para enfrascar la rabia de un grupo de parlamentarios en un lejano país, y Tasio desolado, y con un pequeño bote de mermelada donde su prima había había envasado la melancolía, decidió marcharse a tierras del este a probar suerte con la venta de espejos, así que Yo también dejó de recibir la compañía de esos dos extraños seres que lo habían acompañado desde siempre.

Sin raciones semanales ni leche de oveja, Yo tuvo que ingeniárselas para sobrevivir, cosa que le fue posible gracias a una manzana que Maite le había regalado antes de irse, Tasio no se vio capaz de despedirse de él, siempre había sido un sentimental y no podía controlarlo. Así que bocado a bocado, teniendo en cuenta que cada mordisco alimentaba en función de las veces que se reflejaba en los espejos del palacio sin ventanas, Yo llegó a la edad adulta sin más compañía que la suya propia, además de la de alguno de los gusanos que salían de la manzana.

Con la edad, el cansancio aumenta, y si al menos uno tiene la posibilidad de sorprenderse mientras se va conociendo a sí mismo, el camino puede ser menos tortuoso y más divertido. En el caso de Yo, reflejado desde niño en la verdad absoluta, nunca hubo lugar para la sorpresa, ni para la decepción, ni para la tristeza. Aunque debería decirse que en realidad nunca hubo lugar para ningún tipo de sentimiento, bueno o malo. Cuando uno se ve tal como es desde siempre, ni siquiera cabe el acabar aburriéndose de uno mismo, entre otros motivos por desconocerse el significado del concepto “diversión”.

Yo, en la posición del Loto permaneció varios cientos de años postrado frente al mayor de los espejos que reflejaba la gran mayoría de los que Tasio había instalado por toda la borda. Con la vejez había aprendido que el menor de los movimientos, multiplicado por el poder de la magia del barrendero, podía ser letal, y si a algo no estaba dispuesto era a desaparecer. Por la misma razón también empezó a dejar de parpadear, por la fatiga que suponía el movimiento, así como por la fracción de segundo en la que cesaba de verse.


Sin apartar nunca la mirada de sus reflejos, ni moverse, ni parpadear, y alimentándose únicamente del reflejo del esqueleto de la manzana que le había permitido llegar a la edad adulta, Yo fue testigo silencioso de guerras, de reinados y de repúblicas, de dictaduras y de anarquías; víctima de terremotos y de huracanes, de tormentas de arena y de eras glaciales; sobrevivió al fin del mundo y al principio de los tiempos; fue inspirador de diferentes dioses y en él se basaron muchas teorías sobre el agnosticismo de diferentes culturas; pudo haber nacido millones de veces y conocer senderos infinitos; mas prefirió seguir mirándose a sí mismo.


Cuando un día, de una estación desconocida, de un calendario que aún no existía, con los ojos abiertos dejó de verse, supo que el mundo se había acabado. En su mente sólo había un negro intenso como el de la oveja que lo amamantó y que nunca llegó a ver, como en el que se había convertido la manzana que le había permitido continuar en vida, como el de las cenizas de Maria Teresa y de Tasio, que seguramente volarían entrelazadas en algún universo en movimiento y que también se le escapaban. Fue un negro tan envolvente, que ni el recuerdo de su reflejo llegaba a percibirse entre las sombras. Llevaba tantos siglos mirándose que no se le había ocurrido memorizar su imagen al no imaginarse que algún día acabaría por no poder seguir haciéndolo. Así que al despertarse en el fin de los tiempos, con un velo que le sostenía los párpados abiertos aunque no permitía que la luz siguiese pasando, Yo cesó de respirar. De hecho nunca había aprendido a hacerlo, siempre se había limitado a seguir las instrucciones de los que sí que eran de verdad, sus propios reflejos. Lamentablemente, ese último suspiro, esa última exhalación no pudo ser enfrascada por Maite, que llevaba años luz lejos de este mundo, ni recogida por ninguno de los espejos de Tasio, porqué aunque se reflejase su muerte, nunca hubiese sido capaz de verla sin sus ojos de antes, cuando se veía y la vida existía realmente. Yo llegó al final de los tiempos, sí, pero éstos no fueron testigos ciegos como el lo había sido sordo de ellos, nunca supieron que el había existido.

jueves, 18 de febrero de 2010

LA ENVIDIA DEL DIÁLOGO

Excepcionalmente haré una pequeña introducción para el presente texto.

Cuando creé el blog y a pesar de haberlo tenido más que muerto durante algún tiempo, fue con la idea original de publicar "Los Siete Diálogos Capitales y otras Satisficciones", empezando por la Soberbia, uno de mis pecados favoritos, y continuando con la incorporación a cuenta gotas de determinados relatos, casi siempre sin pulir. El primero de los textos es de marzo del 2006.

Dejo enlace por si interesa la lectura, haciendo la puntualización (comercial) de que se trata del más corto de los siete.

LA SOBERBIA DEL DIÁLOGO


El formato de alguno de los textos es de libreto, sin especificaciones posturales ni de localización, tampoco existen anotaciones del narrador, por lo que no pretenden ser obras teatrales, aunque se asemejen en forma.

Dicho lo dicho, dejo el texto. Feliz lectura.



ACTO 1

-Hola. Soy yo. Virginia.
-Si sigues repitiéndolo tal vez acabe por creerte.
-Virginia. Soy Virginia.
-Sólo te falta el espejo y una sonrisa forzada.
-Hola. Estoy sola. Esto no me está sucediendo a mí.
-¿Has probado a abrir los ojos? Tal vez sea sólo un sueño...
-Virginia. Me llamo Virginia. Esta es mi voz. La única que suena.
-“Virginia, Virginia, me llamo Virginia”...
-No. Yo me llamo Virginia y estoy sola.
-Sabes que no es cierto. Es la primera vez que te diriges a mí, pero ya eras consciente de que yo estaba contigo.
-¡Dios mío! ¡Esto no me está pasando!
-Virginia. Esto te está ocurriendo a ti, por supuesto que sí. Y deja de repetir esa fastidiosa frase, por favor, me aburres...
-Virginia, soy Virginia...
-Sí. Y también te agradecería que dejases de repetir tu nombre. Resulta cansino.
-Pero si es lo único que tengo...
-Deja de engañarte. También me tienes a mí. Madura.
-Soy Virginia. Oigo voces. Empiezo a enloquecer...
-Entonces, sí que estamos mal, sí señor...
-Quiero que paren. Estoy sola.
-Además de aburrida, maleducada.
-Soy incapaz de discernir entre la realidad y la imaginación.
-Eso se llama locura, en ello te doy la razón. Aunque francamente no entiendo por qué lo dices.
-Estoy sola. Soy Virginia.
-Locura, no soledad. ¿También tenemos problemas con el lenguaje?
-Sólo tengo que abrir los ojos.
-¿Y de coordinación de los músculos faciales?
-¡Abre los ojos, Virginia!
-Ahora estamos de acuerdo en algo, cuando alguien se habla en segunda persona, muy bueno no es. Pensaba que repetías tu nombre, cuestión de autoreafirmarte, pero ahora veo porqué estás tan preocupada.

ACTO 2

-La voz de la cordura me abandona...
-¡Uy! ¿También estaba con nosotras?
-Se aleja...
-¿Y ni siquiera nos presentas?
-Huye...
-No me digas que también puedes verla... Estás peor de lo que pensaba...
-Ahora ya estoy perdida.
-¡De perdidas, al río!
-La voz de la locura reclama mi exterminio...
-Ella es nueva. ¿También puedes verla?
-¡Quiero que se vaya! Sólo basta con abrir los ojos...
-¿Y ya estaba en la habitación con nosotras cuando se fue la de la cordura? Realmente es una rabia, me hubiera gustado tanto conocerla... Dicen que es muy simpática aunque algo bobalicona. -Al menos tendré el honor de conocer a esta última, espero...
-Por favor. Para de martirizarme. Sé que no eres real. Sólo te pido que te vayas...
-¿Sin conocer a la recién llegada? ¡Ni hablar!
-¡Qué descaro!
-Qué menos que una presentación en toda regla, Virginia...
-¿Una presentación? ¿Me tomas el pelo?
-No. Se llama protocolo. Aunque me gusta más la forma gala, politesse...
-La voz de la locura me pide una presentación consigo misma...
-Y ahora osa insultarme. ¿Pero no habíamos quedado en que la loca eras tú? Si será cierto al final. ¿O tal vez se trate de una artimaña para no presentarme a su nueva amiga?
-No hay presentaciones.
-Eres una antisocial, Virginia.
-Estoy sola. En una habitación con la puerta cerrada. A oscuras...
-Y una lunática egoísta.
-Puedo controlar mis propias voces.
-Me estás haciendo un lío, Virginia. Al final ¿Cuántas somos en la habitación? Tu plural confunde. -Quizás esté en una convención de féminas y no sea consciente de ello...
-Tú no existes, no estás conmigo.
-Sabes que sí.
-Estás en mi interior.
-Y ahora llegan las contradicciones. Estás, no estás, estás dentro, fuera, bla, bla, bla...
-En mi cabeza.
-No te niegues a la evidencia, sabes de sobra que ese no es el sitio en el que verdaderamente estoy. No te engañes, Virginia.
-Sólo eres una voz que retumba en mis oídos.
-¡Y yo sin saberlo!

ACTO 3

-¡Vete! Abandona mi alma...
-Los exorcismos ya están pasados de moda... Ahora le sale la vena católica... ¿Y para qué iba a querer yo tu alma?
-Deja de formar parte de mí.
-Tiempo al tiempo, Virginia.
-Abandona mi cuerpo.
-Por fin algo sensato. Lo primero de la tarde.
-Deja de poseerme.
-La lucidez ya duraba demasiado. ¿Poseerte dices? Qué mente tan sucia. ¿Así te atreves a definirme?
-Ni te conozco.
-¿Y tú me creaste? ¡Qué decepción!
-Yo no he creado nada. No soy responsable de las voces que me llegan.
-En eso también estamos de acuerdo. Responsable, lo que se dice responsable, pues no, la verdad es que no lo eres. Por lo menos coincidimos de nuevo.
-Yo no tengo nada en común contigo. Sal de mí.
-Te he dicho que eso es sensato, no que vaya a resultar sencillo.
-La locura apela a la sensatez, y filosofa sobre las dificultades...
-No soy la pérdida de raciocinio, o sí, según se mire, pero en todo caso sería la tuya. Si digo que es sensato es simplemente porque resulta factible, no por considerar a la sensatez como a una de tus virtudes.
-Pues si es posible, ¡hazlo! ¡vete!
-Te vuelvo a repetir que no es fácil. Sólo tú puedes echarme, pero para eso se necesita valentía, no tan solo palabras desordenadas.
-¿De nuevo vas a proponerme el suicidio?
-Tergiversar palabras ajenas parece ser uno de tus dones, sin embargo, tienes razón en que con mi muerte acontecería la mía. Pero seamos realistas, Virginia, si no tienes agallas para echarme, ¿crees realmente posible tener las suficientes como para acabar con tu vida?
-No quiero morir.
-Ni yo tampoco.
-Pero tienes que irte, aunque eso signifique tu muerte.
-¿Y por qué no mueres tú y yo me quedo? Si lo que quieres es no estar conmigo, eso también sería una solución. Y una lástima, la verdad...
-¡Gozo el mío!

ACTO 4

-No seas exagerada. Hace años que ignoras el significado de esa palabra.
-No hace tanto tiempo que me conoces.
-Por supuesto que no. Estaríamos igual de locas.
-Eres cruel.
-Sólo repito tus conclusiones.
-Tú no sabes nada de la felicidad de las personas.
-Es cierto. Pero me basta con saber de la carencia de la tuya para decir que desconoces el significado del gozo, con conocimiento de causa.
-Soy feliz.
-Puedes hacer como con tu nombre, repetírtelo mil veces hasta que te lo creas. En ocasiones hasta funciona. ¿Has oído hablar del efecto placebo?
-Tengo un trabajo...
-...qué odias.
-Una familia...
-...a la que no ves nunca.
-Eres una mentirosa. También tengo un montón de amigos.
-Sí, claro. Cuya lista se limita a mí, sin contar las otras voces de las que hablas. Interesante vida social, sí señor.
-Un novio.
-¿Y a mí me llamas mentirosa? ¡Qué desfachatez!
-Tengo una relación.
-¡Descarada! ¿Al revolcón de hace tres meses le llamas “pareja”?
-No sabes nada del amor.
-Lo suficiente como para saber que no lo tienes.
-¿Mi vida es una mierda? ¿Es lo que intentas decirme?
-¿Y me lo preguntas a mí? Yo solo pongo las comas a lo que dices, acabo tus frases, pero no hago afirmaciones absolutas.
-Dices en tono seguro que no conozco la felicidad...
-Únicamente cuando aseguras tenerla.
-Que no tengo amigos, ni compañeros...
-Por qué aunque intentes creártelos, no es cierto que existan.
-Que odio mi trabajo...
-Puesto que es cierto. ¿Y qué hay de malo en ello?
-Estar encerrada ocho horas diarias en una cárcel blanca de tareas repetitivas ¿tendría que gustarme, según tú?
-Otras personas sobreviven.
-Yo estoy aquí.
-Y lo hacen sin lamentarse.
-¿Tendré derecho a dar mi opinión?
-De opiniones sin futuro está lleno el cementerio...
-¿Mejor morir que trabajar?
-Simplemente digo que es más provechoso, históricamente hablando, pasar a la acción que anclarse en la queja.
-¿Cambiaría mi vida si lo hiciese de trabajo?
-Seguirá siendo igual de gris si no lo haces nunca.
-¿Y el amor? ¿También soy yo la responsable?
-¿Por ser incapaz de sentirlo, te refieres?
-Tienes razón, todo es culpa mía.
-Al fin y al cabo es tu vida.
-Soy responsable de todo lo que me sucede.

ACTO 5

-¿Ha llegado la hora del juicio final, o lo ha hecho el final de la hora del juicio?
-Mi juicio se fue cuando tú llegaste.
-Te vuelves a engañar. Cuando vine, él ya se había ido hacía tiempo. De poco me habría servido que aún estuviese, supongo que tampoco me lo habrías presentado, como hiciste con las otras voces. Nunca fuiste una buena relaciones públicas.
-Eso es una afirmación rotunda, de las que dices no hacer nunca.
-Acabo de hacer una constatación de un hecho concreto que he tenido el infortunio de vivir en mis propias carnes.
-¿Ahora también vives?
-Nunca he dejado de hacerlo, Virginia.
-¿Siempre has estado conmigo?
-No soy tu locura, Virginia. A diferencia tuya, tengo un elevado respeto por las normas de educación y cortesía, por lo que sólo vengo cuando me invitan.
-Pero no te vas cuando te lo piden.
-Ya te he dicho que el acto es más efectivo que la palabra.
-Pues en la palabra pareces refugiarte.
-No va nada contigo ese comportamiento demagógico.
-Vives y tienes carne propia, si he de creer en todo lo que dices...
-Vivo porqué tú deseas que así sea, y la carne por el momento tan solo es compartida.
-¿He de suponer que es conmigo con quien la compartes?
-No soy yo la que oye voces, ni la que habla sola. No soy yo la que se lamenta de no tener, y que en vez de hacer algo por conseguirlo, envidia y se queja sin cese. Por supuesto que es contigo. Yo sólo a ti me dirijo.
-Si tan reprochable encuentras mi locura, mi autocompasión y mi envidia. ¿Por qué no me dejas sola, tranquila en mi desdicha.
-Porqué ya te he dicho que sólo con el gesto me iré. Tu voluntad tendrá que acabar reaccionando si quiere perderme de oído.
-Tan solo eres una voz, que vive en mis entrañas y que me atormenta sin descanso.
-Hasta el momento, la mejor definición que de mí has hecho. La envidia ha servido para algo bueno.
-¿La envidia de quién? ¿Y por qué motivo?
-Tu propia envidia te esta dando la lucidez suficiente. Empiezas a comprender. De ahí a actuar, aún queda un arduo camino.
-¿Y dejas mis preguntas sin respuesta?

ACTO 6

-Envidia es lo único que te queda. Te ha educado en el lamento y el conformismo. Al menos ahora te ha proporcionado la inteligencia suficiente como para acercarte a mí.
-¿Y es a ti a quien se supone que envidio?
-Envidias todo lo que te rodea. ¿Por qué iba a extrañarme que lo hicieras también conmigo? Si por el contrario, no lo hubieras hecho, habría empezado a preocuparme. Pero puedo estar tranquila, el orden natural de la decrepitud humana sigue su curso...
-¿Todo lo que me rodea, dices? Si mi entorno es una desdicha ¿qué objeto de admiración y aun menos de envidia podría encontrar en él.
-Retomemos el trabajo.
-¿Acaso podría envidiar a las pobres desgraciadas que están en mi misma situación?
-Justamente...
-Si ni siquiera tienen sangre en las venas. Ni sienten, ni padecen. Ya se han ahogado de pleno en la prisión laboral y no les queda energía ni para compadecerse.
-¿Cómo la que a ti te falta para actuar, quieres decir?
-Al menos no trago en silencio.
-Y envidias que ellas sí sean capaces de hacerlo...
-No, eso me parece vergonzoso y cobarde, no envidiable.
-Pero tan cómodo...
-Ni siquiera tienen dos dedos de frente para darse cuenta del pozo sin fondo en el que se hallan.
-Por eso ellas sí han conseguido ser felices.
-¿Por qué son ignorantes? ¿De eso tendría que tener envidia?
-Porqué al menos, ellas son capaces de gozar como tú ya no puedes. ¿De eso te sirve tu inteligencia, Virginia? ¿Cómo limitación? Te gustaría tener esa misma venda en los ojos. ¿Por qué crees si no odiar tanto a esas pobres ignorantes, como tú las llamas? Porqué te corroe una profunda envidia.
-Yo hubiera dicho que más bien siento lástima por ellas.
-Lastimarse. Muy propio de ti. La reina del lamento y emperadora del drama. ¿Y en la amistad, -Virginia, también sientes lo mismo? ¿Albergas también lástima por aquellos a quien conoces?
-Nadie me inspira total confianza como para frecuentar un único círculo y prescindir de conocer otros nuevos. Idealizan la amistad.
-Como a ti te gustaría ser capaz de hacer...
-En absoluto. Lo encuentro ridículo. Un intercambio social mínimo me satisface...
-... porqué les envidias.
-No. Porqué no necesito sentirme necesitada.
-Pero te gustaría poseer la grandiosidad de ese sentimiento, la libertad que les embarga.
-¿Libertad lo llamas? ¿A limitarse a llorar, llamar por teléfono o cuchichear con gente, por no ser capaz de asumir que en el fondo todos estamos solos, y que la gran ficción llamada amistad no sirve más que para encubrir la realidad?
-Esa soledad de la que tanto te gustaría escapar, tu desconcierto al ver que otras personas sí son capaces de ello, aunque sea bajo el cobijo de una mentira.
-De nuevo declaras que la felicidad se esconde tras la ignorancia. ¿Sería mejor, pues, que me vendara los ojos para ser feliz?
-Envidias a los que nunca serán tus amigos porque ellos sí son capaces de conseguirlo.
-Y yo no, claro. ¿Y a mis amantes? ¿A ellos ambién les envidio? ¿Por qué ellos tienen pene y yo ansío tener uno?
-Misógina y envidiosa. No. Porqué ellos sí son capaces de amar, y tú te sabes incapaz de hacerlo.
-Y cegarme de amor me haría feliz.
-De nuevo unos ignorantes a los que envidias por el mismo motivo, como a tus compañeros de trabajo, como a tu familia...
-¡Los que faltaban! La otra gran mentira universal. El origen de todo. El pilar sagrado que hay que venerar ante todas las cosas.
-Ellos se sienten seguros y arropados, porque se tienen los unos a los otros...
-Porqué les han impuesto quererse. No han tenido la posibilidad de elegir. ¿Tengo que querer a mi madre por algún motivo en especial? ¿Debería agradecerle que me diese la vida? ¿Este regalo tan envenenado y precioso? ¿Y a mis hermanos también tendría que guardarles estima por haber estado a mi lado como estigmas constantes, como parásitos permanentes, como testigos silenciosos de un sinfín de vergüenzas y épocas olvidadas? ¿Me sentiría más segura en esa mentira? Sí, claro... Como engañándome con el trabajo, amantes y amigos... Permíteme que me ría...

ACTO 7

-Por una vez no te lamentas.
-Por una vez no me insultas.
-Por qué empiezas a liberarte.
-¿Y eres tú quien me quita los grilletes?
-No. La envidia es quien te hace libre, ya que de tener el objeto envidiado volverías a tu celda. Por eso me envidias a mí.
-¿Y a Dios? ¿Y a la madre naturaleza?
-Dios, sabes de sobra que no existe, razón de más para envidiarle.
-Sabía que podrías darle la vuelta..
-Y la naturaleza posee la perfección que tú nunca tendrás.
-¿Ahora busco la perfección?
-No eres más que envidia.
-¿Y me lo dice la voz de la conciencia que ni siquiera está en la habitación?
-Te lo dice tu hija, que de sobras sabes bien que te acompaña, y a la que no tienes que amar por el simple hecho de darle la vida.
-¿Y debería pedirte perdón por quitártela?
-Tendrías que armarte de valor para hacerlo. Las excusas serían lo más sencillo...
-¿Y por qué envidio a un trozo de carne no nato? ¿A un accidente? ¿A una decisión no tomada?
-Porqué tengo algo de lo que tú careces.
-¿Una placenta que me aisla de la realidad?
-No me tomes por imbécil...
-¿Juventud? ¿Una vida por delante?
-Ni te ancles en el cinismo.
-¿Qué coño tienes que yo ansíe? ¿Qué puedo envidiar de algo que yo misma he creado?
-La posibilidad que aún tengo de no nacer, que no es la misma que la de quitarse la vida. Esto último es vulgar, carece de originalidad, y asume la derrota. En cambio yo puedo ser todavía realmente libre, y sin hacerlo a través de la envidia. No poseo la ignorancia que tu envidias por dar la felicidad, ni envidio porque aún no tengo.
-¡Qué profunda! ¡Y sin haber nacido!
-Si abortas me seguirás envidiando siempre por haberme liberado, y si no lo haces, también, por existir la posibilidad de que me conforme como el resto.
-Estoy perdida entonces...
-Como lo has estado siempre. No debería tratarse de un sentimiento nuevo. Así que no tendría que sorprenderte. Nunca has sabido lo que quieres...
-Lo que realmente deseo es perderte de vista.
-Pues hazlo. Como hiciste con la cordura, la felicidad y la locura. Pero ten claro que nunca podrás hacer lo mismo con la envidia.
-Ni liberándome de ti me abandonará la envidia. Tendré que resignarme.
-Al menos siempre te quedará ella. Esta habitación. Tú misma.